SINOPSIS


   Brujas Anónimas es una blognovela orientada a un público juvenil y con una temática fantástica. Se desarrolla en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Sigue la historia de Micaela, una joven universitaria que un día descubre, a su pesar, la existencia de una sociedad paralela dentro de su propia ciudad.














sábado, diciembre 22, 2012

Capítulo I - pag 3


  
   Micaela miró el reloj, eran las tres de la madrugada. Suspiró y se levantó para seguir a su madre a la cocina. El sueño todavía la perseguía, y siguió sintiendo escalofríos hasta que se puso cerca de la cocina y colocó las manos sobre la hornalla, donde se estaba calentando el agua.
   ―¿Estás bien?
   ―¿Eh? Sí, sí, es solo que esa pesadilla…
   Su madre asintió a la vez que sacaba dos tazas de la alacena.
   ―Sí, pueden parecer muy reales, pero ya pasó. Probablemente, estés incubando un resfriado. ¿Te abrigaste bien hoy?
   ―Sí, mami, no te preocupes, estoy bien. Solo fue una pesadilla.

***

   La mañana siguiente llegó con benévola celeridad. Estaba oscuro y frío cuando se levantó, pero se sentía con renovada energía. Pasó por la pieza de su madre para asegurarse de que seguía durmiendo y que la habitación estaba caliente. Cuando estuvo satisfecha fue al baño a lavarse la cara y los dientes.
   Se sorprendió al mirarse al espejo, su piel emitía una leve luminiscencia que la hacía parecer casi traslúcida. Nunca había visto su rostro de esa manera, siempre acostumbrada a tenerlo bronceado. También notó que se veía relajada y extrañamente más joven, como si recién estuviera saliendo de la niñez. Sacudió la cabeza y comenzó con su aseo personal. Se le estaba ocurriendo ideas muy locas.
   Sin embargo, mientras se vestía, tuvo que mirarse sorprendida otra vez: no tenía ningún moretón ni raspadura. ¿Cómo era posible? No podía haberse curado con tanta rapidez. Revisó sus piernas y manos minuciosamente: nada.
    Todavía más, su piel se notaba tersa y flexible, mostraba una lozanía que antes jamás había tenido. Al final optó por creer que no se había hecho tanto daño, que solo se había visto así porque seguía traumatizada por lo que había sucedido en la plaza. Sintió un estremecimiento y terminó de vestirse.
    Desayunó un café con leche y un par de tostadas con dulce de leche. Se cuidó bien de prepararlas y luego guardar el dulce de leche antes de comenzar a comer. Si no lo dosificaba de esa manera, llegaría a ser su perdición, podía comerse ella sola un bote de medio kilo en una sola sentada.
    Con el café calentándole el estómago, salió a la calle eternamente oscura desde que había empezado a trabajar para cubrir los gastos de la facultad y ayudar a su madre en la casa. El mundo la recibió con su habitual vacío y ella se encaminó primero hacia la avenida, que lindaba con el paredón, y luego hacia la plaza.
   Tendría que pasar por ella sí o sí. Si quisiera evitarla sería necesario dar un verdadero rodeo, ya que en realidad eran tres plazas separadas por calles, y las cuadras para evitarlas estaban todavía menos iluminadas que ese gran parque.
   Se armó de valor y la encaró con decisión. Cuando se hallaba a la mitad, se estremeció. Miró hacia todos lados, pero no vio nada. Terminó de cruzar con más tranquilidad de la que había empezado y se apresuró a entrar en el subte. Una vez en el andén, agradeció la presencia de otras personas somnolientas y se dispuso a esperar la formación.
   Tardó unos buenos diez minutos y para entonces Micaela ya se sentía ella misma otra vez. Entró en un vagón casi vacío y se sentó cerca de la puerta. En su asiento no había nadie más, pero en la siguiente estación subió alguien que se acomodó justo frente a ella.

Capítulo I - pag 4


   El hombre era enjuto, puro hueso y tatuajes. Se había rapado la cabeza y también llevaba grabados allí. Desde el momento en que se sentó, clavó su vista en ella y no la apartó ni un segundo. Ni siquiera parpadeaba.
   Micaela, al principio, lo ignoró y luego consideró la opción de cambiarse de vagón, aunque a medida que se llenaba de gente, desechó la idea. Todavía estaba susceptible por la noche anterior, tal vez era solo uno de esos hombres que les gustaba intimidar a las jóvenes. No es que aquello la reconfortara, pero al menos no era tan extraño.
   Cuando llegó a su estación se apresuró a salir, el hombre la agarró de la muñeca cuando atravesaba la puerta.
   ―Ten cuidado ―murmuró―, si sigues mostrándote así, ellos te encontrarán.
   Micaela se paralizó. Sentía los dedos del hombre hundirse en su muñeca y un escalofrío resbaló por su espalda. El sonido que indicaba que las puertas iban a cerrarse la despertó y retorció la mano para soltarse.
   ―Ocúltate ―fue lo último que dijo él a través de la ventana.
   Micaela observó el tren abandonar la estación mientras se masajeaba la muñeca.
   ―¿Estás bien? ―preguntó una señora a su lado.
   ―¿Eh? Sí, sí.
   ―Tienes que tener más cuidado, niña, esos hombres están a la caza.
   ―¿Eh? Sí, claro, lo tendré.
   Se alejó de allí aprisa, mirando su reloj. Si no se apresuraba, llegaría tarde. El frío de la mañana la impulsó a recorrer con rapidez las pocas cuadras que la separan de la facultad.
   Cuando estaba subiendo al primer piso, sintió que alguien le tiraba del bolso. Pegó un salto al costado, acompañado de un pequeño grito.
   ―Eh, que no es para tanto… es cierto que no me maquillé ―una joven alta y regordeta le sonría―, pero tampoco puedo estar tan mal.
   ―Perdona, Ceci, no dormí bien y estoy un poco alterada.
   ―¿Te pasó algo? ―su amiga se acercó a ella y a miró a los ojos.
   Micaela bajó la vista.
   ―Había un hombre en el subte, no me sacó los ojos de encima durante todo el viaje.
   ―Siempre está lleno de babosos ―Cecilia hizo un ademán con la mano y se acomodó el largo pelo rubio―. Aunque si se fijó en ti, también era un pervertido. No lo tomes a mal, Mica, pero pareces una nena y hoy todavía más. Tal vez deberías dejarte el pelo largo y maquillarte un poco  
   La miró con atención.
   ―Maquillarte bastante.
   Micaela continuó subiendo las escaleras más por seguir a su amiga que por estar pensando en asistir a clase. Estaba ensimismada.
   ―¿Ocurrió algo más?
   ―¿Eh? No sé… no es nada… es solo que… no sé.
   ―Ah, bueno, me quedó clarísimo.
   Micaela sacudió la cabeza y entró en el aula.
   ―Es una tontería.

Capítulo I - pag 5


Página 4  

    ―Pues te tiene bastante preocupada ―dijo Cecilia sentándose a su lado.
    ―Es que, anoche…
    Pero justo en ese momento llegó el profesor y comenzó a tomar lista sin siquiera decir buenos días. Las chicas sacaron su cuaderno de apuntes y prestaron atención a la clase.
    Hacia la mitad, Micaela había logrado evadirse de sus pensamientos y seguía la lección con bastante interés. Cuando pasaron las dos horas, se apresuraron a llegar a la siguiente materia que cursaban en el otro extremo de la facultad, en planta baja, junto al estacionamiento.
    Terminaron cerca del mediodía. Mientras salían, Cecilia se acercó a su amiga y, cogiéndola del brazo, la alejó del bullicio y el gentío eterno frente a la facultad.
    ―¿Qué sucedió anoche?
    ―Oh, no fue nada. Extraño, pero estoy bien.
    ―Vamos, cuéntame, sabes que estoy aburrida, sobre todo esta semana que Nicolás está de viaje con la familia.
    ―Ah, cierto, me había olvidado. ¿Cuándo vuelve?
    ―No me cambies de tema. ¿Qué pasó?
    ―Ahora no puedo, Ceci, tengo que ir a trabajar.
    ―Vamos, te acompaño hasta la parada del colectivo y me cuentas mientras esperamos.
    La fila en la parada era importante y Micaela se resignó a que no podría abordar el primero que llegara. Suponía que lo máximo que lograría sería llegar una hora antes de su turno para hacerla extra, lo que no era mucho.
    ―Entonces… anoche… ―apuntó lentamente Cecilia.
    ―Fue raro, cuando estaba cruzando la plaza…
    ―No deberías atravesarla sola de noche.
    ―¿Y qué quieres que haga? Sino no llego más a casa y…
    ―Está bien, está bien, estabas cruzando y…
    ―Y algo me golpeó, caí de bruces al piso y ella se tiró encima de mí, no me podía mover.
    ―¿Ella? ¿Te atacó una chica?
    ―Una mujer.
    ―¿Te… te tocó?
    ―¡No! Ceci, por favor, siempre pensando en lo mismo.
    ―Está bien, no te interrumpo más, sigue.
    ―Bueno, ella…
    ―¿Te robó?
    ―Cecilia.
    ―Está bien, está bien, me callo.
    ―No, no me robó. Solo me tiró contra el piso, se puso encima de mí y… no sé, hizo algo, hablaba con una voz rara y no entendí lo que dijo. Puso una mano sobre mi frente y otra sobre mi estómago y…
    ―¡Te metió mano, Mica!

Capítulo I - pag 6


      El resto de la gente en la parada se volvió y Micaela clavó la vista en su amiga, mientras se le enrojecía la cara. Cecilia se encogió de hombros y sencillamente se dirigió a las demás personas:
    ―Es una conversación privada.
    Los demás desviaron la vista, no sin antes sacudir la cabeza y lanzar algunas miradas de desaprobación. Cecilia se acercó a su amiga y le susurró:
    ―Entonces sí te tocó.
    ―No ―dijo Micaela también en voz baja―, no así.
    ―¿Cómo lo sabes? Nunca tuviste novio, Mica.
    Ella la miró con odio.
    ―Está bien, está bien, solo digo.
    ―No hace falta tener novio, sé que no me tocó de esa manera.
    Se acercó al cordón de la vereda, un colectivo repleto se acercaba. Amagó con parar, pero finalmente siguió de largo. La gente en la cola refunfuñó y suspiró. Cecilia le tiró del brazo.
    ―¿Qué pasó después?
    Micaela la miró en silencio unos segundos.
    ―No sé, me sentí rara, y después ella me soltó y me dijo que me fuera. Eché a correr y cuando me di vuelta, ella seguía allí parada… y era como si unas sombras la rodearan.
    Sacudió la cabeza.
    ―Habrán sido las pocas luces. Ella siguió gritando que me fuera y yo corrí de vuelta, y no paré hasta llegar a casa.
    ―Unas sombras ―murmuró Cecilia―, ¿qué habrán sido?
    ―Nada, Ceci.
    ―¿Entonces por qué gritaba ella?
    ―Porque estaba loca, ¿por qué si no haría lo que hizo?
    Cecilia frunció los labios y entornó los ojos.
    ―No pienses más de lo que es, Ceci.
    ―Pero, nena, unas sombras raras, de noche, en la plaza, la plaza cerca del cementerio.
    ―No es nada.
    ―¿Entonces por qué estás así?
    ―Me asustó, nada más, además… ―Micaela se calló de pronto y se aferró a su bolso.
    ―¿Además qué? ¿Qué más pasó?
    ―Nada.
    ―Tus nadas están llenos de cosas. Dale, nena, ¿qué pasó?
    ―Cuando llegué a casa tenía raspones y moretones en las manos y rodillas, pero esta mañana ya no estaban allí. Yo no me curo tan rápido.
    ―Estás un poco pálida hoy.
    ―Me siento bien.
    ―¿No era que no habías dormido?

Capítulo I - pag 7


    ―Fue solo una pesadilla.
    ―¿Una pesadilla? ¿Después de que unas sombras te atacaran en la plaza, de noche?
    ―Cecilia, no empieces, no quiero escuchar esas tonterías.
    ―No son tonterías, existen… ―se acercó a ella y le susurró al oído― existen seres que habitan en las sombras.
    Micaela bufó y se inclinó para mirar la oleada de coches, otro colectivo se acercaba y ella sintió crecer la esperanza.
    ―¿Y qué hay del hombre de esta mañana?
    ―Era únicamente un pervertido, como dijiste.
    ―¿Solo te miró?
    Micaela se puso el pelo detrás de la oreja, aunque lo llevaba tan corto que pronto se zafó.
    ―Miiicaaa…
    ―Eres muy molesta.
    ―Por eso me quieres ―Cecilia mostró una amplia sonrisa―. Sin mí te aburrirías mucho, no hablarías con nadie, ni siquiera estarías lo que se dice viva.
    ―Ja ja.
    El colectivo paró y la cola comenzó a avanzar. Micaela contó de vuelta las monedas que tenía en la mano.
    ―Mica.
    ―Nada, solo me dijo algo raro, habrá estado drogado.
    ―¿Qué te dijo?
    Micaela miró al colectivo, evaluó si llegaba a entrar y puso un pie en el primer escalón. El chofer amenazó con arrancar, pero unos pasajeros le gritaron y se detuvo otra vez.
    ―Mica.
    ―Me dijo: ‘ocúltate, si te muestras así, te descubrirán’.
    ―¿Qué significa eso?
    ―¿Qué se yo? Nada ―subió al colectivo y se volvió hacia su amiga―, no es nada, Ceci.
    ―Esto no me gusta.
    ―Es solo gente loca.
    ―¿Dos? ¿Uno después de otro? Por favor, Mica, cuídate, las sombras sí existen.
    Su amiga la miró con condescendencia.
    ―Entonces hazlo por mí ―dijo Cecilia cuando el colectivo se puso en movimiento―, si no crees en ellas, hazlo por mí. Cuídate.
    Micaela le sonrió y le saludó desde detrás de la puerta que se cerró y luego se internó dentro del colectivo, avanzando entre la gente lo mejor que pudo. Por suerte, para esos casos, su cuerpo de niña servía muchísimo, podía meterse en cualquier hueco que encontrara.
    El colectivo avanzaba con lentitud por la avenida congestionada. Micaela había logrado llegar al fondo y sujetarse de un asiento. Para ella era imposible alcanzar los anillos que colgaban del techo.
    Pronto la empujaron tanto que prácticamente quedó inclinada sobre el asiento. Le sonrió a la mujer que viajaba sentada allí, pero ella le volvió la cara con evidente enojo y se dedicó a mirar por la ventanilla. No sabía por qué se enojaba con ella, después de todo Micaela era la que peor la pasaba.

Capítulo I - pag 8


   Poco después sintió un cuerpo sobre suyo y una respiración caliente sobre su oreja izquierda. ¡Cómo odiaba viajar así! Pero no le quedaba más remedio, esa era la forma más rápida de llegar al trabajo, que no fuera tomar un taxi. Y no podía tomárselo todos los días, no servirían de nada las horas extras si lo hiciera.
    Trató de colocar el cuerpo para que quien fuera que estuviera encima de ella no tuviera tanto contacto, pero esa persona –estaba convencida de que era un hombre– volvía a acomodarse y le tiraba todo el peso encima. Micaela ya estaba resignada a aguantar así el resto del viaje cuando sintió algo que le paralizó el corazón. Él le estaba lamiendo el cuello.
    ¿Lamiendo? Sí, estaba segura de que era una lengua lo que sentía en el cuello, aunque era fría y pegajosa. Aunque no tuviera mucha experiencia en eso, podía afirmar que así no se sentían las lenguas, o al menos no deberían. Trató de alejarse un poco más, pero era imposible sin tirarse encima de la mujer sentada.
    Intentó cambiar de lugar, pero el colectivo iba demasiado lleno. Al borde de las lágrimas, aguantó todo lo que pudo hasta que decidió bajarse y seguir el trayecto a pie. ¡Al diablo con la hora extra! No valía tanto como para soportar aquello.
    Se bajó del colectivo y casi se cae al pisar el último escalón. Un joven la sostuvo del codo y evitó que fuera a parar bajo la rueda.
    ―Gracias ―dijo Micaela y alzó la vista.
    ―Fue un placer ―dijo el muchacho. No debía de tener más de veinte años, su piel era traslúcida y tenía unas ojeras importantes. La miraba con hambre y cuando se relamió los labios, Micaela supo que él era el que había estado lamiéndole el cuello.
    Con asco y furia se soltó de su brazo y se apresuró a alejarse de allí.
    ―Espera ―dijo él caminando tras ella―, no te vayas.
    Micaela caminó más rápido, zigzagueando entre la gente. Aunque no se volvió, sentía que él seguía tras ella.
    ―Espera, niña, no voy a hacerte daño.
    Micaela apresuró más el paso, casi iba al trote. Algunas personas la miraban con extrañeza, pero nadie le dijo nada, ni se preocupó por lo que pudiera estar pasándole. Cuando llegó a la esquina tuvo que detenerse porque el semáforo estaba en rojo. Se dio la vuelta, el joven estaba a media cuadra y le sonreía. Tal vez pensaba que ella estaba esperándole.
    Micaela se volvió otra vez hacia la calle y clavó la vista en el semáforo.
    ―Vamos, vamos ―susurraba, pero la luz roja era inamovible.
    No quería volverse, no quería saber qué tan cerca estaba él.
    ―Vamos, vamos.
    Escuchó un griterío a sus espaldas y se dio vuelta a su pesar. Había varias personas en el piso y a él no se le veía por ningún lado.
    ―Vamos ―dijo una voz a su costado―, no tenemos mucho tiempo.
    Micaela se sobresaltó. A su lado estaba una chica desgarbada, toda vestida de negro y con un corte de pelo irregular, negro también, si bien obviamente teñido.
    ―Vamos ―repitió―, él se levantará en cualquier momento y no dejará de seguirte.

Capítulo I - pag 9


    Micaela dudó un segundo, pero después de todo, aquella chica era la única que le había ofrecido ayuda. La siguió hasta mitad de cuadra, donde la muchacha entró en una panadería. El negocio era pequeño y casi no ofrecía mercadería.
   ―Por aquí ―dijo la chica de negro y la guió detrás de la tienda.
   Micaela la siguió, al atravesar el umbral sintió un escalofrío, pero la muchacha la agarró del brazo y tiró de ella.
   ―Aquí estarás a salvo, no podrá detectarte.
   ―¿Detectarme? ¿Quién es? ¿Lo conoces? ¿Quién eres tú?
   La chica la miró con una sonrisa irónica y se sentó en una banqueta alta de madera que estaba junto a la pared.
   ―Ya que te salvé de él, ¿por qué no empiezo yo con las preguntas?
   Micaela miró a su alrededor, había otra banqueta desvencijada frente a la que se había sentado la joven. Se sentó o más bien escaló en ella y puso el bolso sobre las piernas.
   ―Gracias.
   ―No es nada ―la sonrisa todavía no se le borraba.
   ―No sé qué pasó, se me tiró encima en el colectivo y ―hizo un gesto de asco― me lamió el cuello, puaj.
   La joven de negro rió con un ruido profundo y gutural.
   ―Sí, los vampiros bebés suelen hacer eso. Hasta es casi tierno.
   ―¿Vampiros? ―dijo Micaela y miró con dudas hacia la puerta.
   ―No te preocupes, no puede entrar en esta parte de la panadería, está protegida.
   ―Ah, claro ―Micaela se acomodó en su asiento.
   ―Ah, ya veo, no me crees. ―Se puso de pie y se acercó a ella―. Mira, tal vez no sea una bruja espontánea, de esas que vienen con todos los poderes lindos, pero trabajé mucho para llegar a lo que soy hoy y esa barrera protectora funciona. Te lo aseguro.
   ―Yo no decía eso ―Micaela se tiró hacia atrás para tratar de agrandar la distancia entre la joven y ella―. Te creo.
   La joven la miró con fijeza, inclinó la cabeza y luego puso cara de enfado.
   ―Crees que estoy loca.
   ―No, no, mira, te agradezco que me ayudaras, pero… ¿vampiros?
   ―Ja, ¿no crees en ellos? No lo puedo creer, una bruja que no cree en vampiros.
   ―Yo no soy bruja.
   ―Por supuesto que sí, una muy blanca y muy fuerte. ―Olfateó a su alrededor con los ojos cerrados―. Apestas a poder ―esto último lo pronunció con algo de envidia.
   ―No soy bruja, esas cosas no existen.
   ―¡Claro que existen! Vamos, no tienes que negarlo conmigo. Te ayudé. Que vista de negro no significa que sea mala, solo me gusta este color.
   Se alejó y se sentó de golpe.
   ―¿Sabes qué? Estoy cansada de todas ustedes, se vanaglorian de solo haber nacido. En cambio, yo trabajé y sudé por cada onza de poder que tengo, lo merezco. Y merezco respeto.

Capítulo I - pag 10


     Micaela levantó las manos en un gesto defensivo.
   ―Mira, en serio no sé de qué hablas, pero te respeto. Fuiste la única que me ayudó cuando me perseguía ese hombre.
   Ella la miró con recelo y después volvió a ponerse de pie. Esta vez se acercó más e inhaló profundamente a su lado. La miró a los ojos hasta que los de Micaela comenzaron a lagrimear. Finalmente, se alejó, confundida.
   ―Realmente no lo sabes ―murmuró―. ¿Cómo puede ser que no lo sepas?
   ―¿Saber qué?
   La joven volvió la cabeza con una rapidez tal que Micaela se sorprendió que no sonara.
   ―No importa, ¿cuándo crees que podré salir de aquí?
   ―¿Tu madre no te dijo?
   ―¿Mi mamá? ¿Sobre qué?
   ―Sobre todo, magia, brujería.
   Micaela se movió lentamente hacia atrás.
   ―Ahí está esa mirada otra vez ―dijo la joven―, sigues creyendo que estoy loca.
   ―No, pero…
   ―¿Pero…?
   ―Bueno, todo el mundo sabe que las brujas no existen, y los vampiros… son una estrategia comercial. Muy buena por cierto.
   La joven la miró con recelo y luego se largó a reír con ese sonido profundo y vibrante. Las carcajadas brotaban de ella como si fuera un manantial. Micaela la observó confundida un rato y luego, lentamente, se acercó a la puerta.
   ―No, espera, primero debo comprobar si sigue allí. Ellos son muy tenaces y, bueno, tienen tiempo.
   ―Los vampiros no salen de día.
   ―¿No era que no existían?
   Micaela se ruborizó y la joven echó otra carcajada.
   ―Como te dije, este es un bebé, todavía puede tolerar el sol, eso cambiará pronto. Aun así, es peligroso, incluso más que un vampiro adulto, porque no puede controlarse tan bien y su mordisco suele ser más infeccioso.
   Apartó a Micaela de la puerta y la atravesó con decisión. Micaela pensó en seguirla, pero por algún motivo, creyó que sería mejor esperar unos minutos a ver si aquel muchacho extraño se había ido. La joven regresó poco después.
   ―No hay moros en la costa, aunque yo le daría unos minutos más.
   ―Tengo que llegar al trabajo.
   ―Pues ve, es tu cuello ―sus ojos se iluminaron―, no el mío.
   Micaela, incómoda, volvió a acomodarse en la banqueta. Pasaron unos segundos de silencio y la joven lo rompió.
   ―¿Sabes? Tal vez no creas que eres una bruja, lo que me parece raro, pero no deberías andar por ahí brillando así, se te acercarán todo tipo de cosas. Es más, no entiendo cómo no te había pasado esto antes.

Capítulo I - pag 11


   ―Nunca me pasó algo así, y no soy bruja.
   ―Vale, es obvio que no lo vas a aceptar, al menos no de mí. Pero cree en esto, si no sabes lo que eres, no estarás segura en ningún lado. Hay muchos vampiros bebés dando vueltas, y otras cosas peores, mucho peores.
   Micaela sintió un escalofrío y de repente recordó las palabras del hombre del subte. ‘Si no te ocultas, te encontrarán’. ¿Se refería a ellos? Sacudió la cabeza. No, eso no tenía sentido, ¿en qué estaba pensando? ¿Quiénes eran ellos? Todo esto era una locura, un día muy loco.
   Ya era suficiente.
   ―Estaré bien ―dijo poniéndose de pie―, gracias otra vez. Creo que ya me voy.
   La joven no se movió mientras Micaela atravesaba la puerta y salía de la panadería. Nadie le preguntó dónde había estado ni de dónde había salido. Cuando llegó otra vez a la esquina, sintió que alguien la alcanzaba corriendo. Se volvió sobresaltada, pero era la joven de negro.
   ―Toma ―le dijo dándole una tarjeta―, es el número de la panadería. El de atrás es mi celular, pero suele estar en reparación. Me llamo Mariana, llámame si necesitas algo.
   Micaela la miró con extrañeza.
   ―Vamos, tómala, no te hará daño guardar la tarjeta.
   ―¿Por qué haces esto?
   Ella volvió a sonreír con esa media sonrisa irónica.
   ―Digamos que tal vez me gustó ser la protectora, la que sabe más.
   Micaela iba a hacerle otra pregunta, pero la chica se alejó corriendo y volvió a meterse en la panadería. Ella se quedó unos minutos allí mirando la tarjeta, cuando sintió que la empujaban. Notó que el semáforo estaba en verde y cruzó la calle junto con el resto de la gente.
   Llegó al trabajo justo sobre la hora de su horario normal. Se apresuró a ir al vestuario para cambiarse de ropa y se cruzó con el encargado.
   ―Creí que hoy venías más temprano, por las extras.
   ―Se me hizo tarde ―dijo Micaela sin mirarlo.
   Él la observó entrar en los vestidores y se lamió los labios.
 
*Fin del capítulo I*

Brujas Anónimas - Capítulo I

sábado, diciembre 15, 2012

Capítulo I - pag 1


(Debido a la extensión de los capítulos, se publican en varias páginas.)
   Estaba regresando de la facultad tarde en la noche, como todos los lunes. Al igual que los jueves, volvía a casa casi a medianoche. Hundió la barbilla en el cuello alto del pulóver e hizo un puño con las manos dentro de los bolsillos. Se inclinó hacia adelante, como si cabeza fuera proa abriendo paso entre el viento frío.
   No escuchó los pasos a su alrededor ni advirtió las sombras que se le acercaban hasta que, al llegar la mitad de la plaza, se vio de repente en el suelo con un peso caliente sobre la espalda.
   Respiraba con agitación mientras trataba de decidir cómo reaccionar. No sentía las piernas y las manos todavía estaban en sus bolsillos, con los dedos aplastados. Le dolía la barbilla y creía que se había mordido la lengua ya que sentía un gusto amargo en la boca. Intentaba moverse cuando sintió un aliento cálido en la oreja izquierda y su corazón se detuvo.
   ―No te muevas, no grites ―dijo una voz ronca de mujer―. No tengo mucho tiempo.
   Unos dedos ardientes caminaron por su frente y se clavaron en el punto entre las cejas. Otros se movieron por su estómago, llegaron hasta la cintura de su pantalón y más abajo. Por un momento creyó que… pero se detuvieron un poco debajo del ombligo.
   Unas palabras guturales, inentendibles y de una vibración espeluznante resonaron en sus oídos, vibraron en su interior a medida que los dedos, cada vez más calientes, se clavaban en su piel.
   Percibió cómo líneas de calor la recorrían por dentro, uniendo esos dos puntos y extendiéndose por todo el cuerpo. Los oídos le zumbaban, la vista se le nubló y un sabor ácido se elevó por su garganta, pero fue incapaz siquiera de toser o de hacer el más mínimo ruido.
   Cuando todo acabó, sintió tanto frío por dentro que creyó que nunca más iba a poder moverse.
   ―Vete ―la voz sonaba cansada―. Vete ahora, me queda muy poco tiempo, usaré el resto de mis fuerzas para ocultarte de ellos mientras te alejas. Debes irte ahora.
   Sintió que el peso se levantaba de su espalda, pero aun así no se movió.
   ―Vete ―sintió una patada en su costado―. Vamos, niña, vete ahora.
   Se levantó con lentitud y trató de volverse.
   ―¡Vete!
    Pegó un salto y salió corriendo. Solo se detuvo cuando había terminado de cruzar la plaza y estaba en la otra cuadra. Se volvió con lentitud, un peso entorpecía sus movimientos; tardó en reconocer su bolso enredado en el brazo derecho.
    En mitad de la plaza, varias sombras se acercaban a otra solitaria que parecía estar esperándolas. Esta última se volvió hacia ella. Era una mujer, alta, morena y con mirada que la taladró, aun a esa distancia.
    «Vete», volvió a escuchar la voz en su cabeza.
    Las otras sombras se acercaron a la mujer, levitaban sobre el césped, con jirones ondulando a su alrededor. Emitían un silbido tenue cuando se desplazaban. Cayeron sobre la mujer y poco después se escucharon ruidos de mordiscos y masticación. Ella se estremeció.
    ―¡Vete! ―sonó como un chillido.
    Salió corriendo de allí y no paró hasta llegar a su casa. Tardó bastante en encontrar las llaves dentro del bolso, mientras agradecía que todavía lo tuviera encima. Miró varias veces hacia atrás, pero no había nada, ninguna sombra a sus espaldas.   
  


Capítulo I - pag 2


Página 1  
   Abrió la puerta de la calle con unas manos temblorosas y la cerró con un fuerte golpazo. Corrió por el pasillo e hizo lo mismo con la otra puerta.
   En seguida se arrepintió y se quedó inmóvil. Esperaba no haber despertado a su madre. Aunque ella intentaba esperarla despierta, no era la suficientemente fuerte. En realidad, lo era cada vez menos desde que había enfermado, un año atrás.
   Cuando no escuchó ningún ruido proveniente de la pieza de su madre, respiró y se acercó lentamente a la puerta de su habitación. La escuchó roncando lentamente al otro lado y se tranquilizó.
   Avanzó de puntillas hasta su propia pieza y se tiró en la cama, el bolso todavía estaba enganchado en el brazo y cayó sobre ella. Se quedó observando las sombras que danzaban en el techo, hasta que recordó las que había visto en la plaza y se incorporó de un salto.
   Se llevó la mano a la frente y luego al estómago. Ahora solo sentía un leve cosquilleo donde la había tocado le mujer. ¿Qué había sido todo eso? Sintió un escalofrío, se puso de pie. Con lentitud, se deshizo del bolso y fue hacia el baño.
   Se miró en el espejo. Solo tenía un leve raspón en una de sus sienes y un corte en el mentón. El punto entre sus cejas parecía brillar. Parpadeó un par de veces y la sensación desapareció. Se alzó el pulóver, tampoco había nada allí. Finalmente, se revisó las manos y las rodillas, nada más que pequeños raspones y futuros moretones.
   Se sacó la ropa y se lavó las heridas, se puso un poco de desinfectante y luego se puso un grueso pijama y medias de lana. Regresó al baño para lavarse los dientes y se miró en el espejo una vez más. Se veía cansada, pero estaba bien. Había tenido suerte.
   Puso el despertador y se arropó con el acolchado que le había tejido su madre hacía años. Pensó en prender un rato la estufa, pero terminó quedándose dormida antes de llevar a cabo su plan.
   Durante la noche, los sueños la atacaron sin descanso. Al principio eran simple imágenes de lo sucedido durante el día, hasta que llegó a la plaza. A partir de allí las escenas fueron adquiriendo velocidad. Parecían un remolino negro que la rodeaba, la engullía.
   De pronto, sintió de vuelta el peso sobre su espalda, no se podía mover. No podía gritar, no podía escapar. Intentó por todos los medios huir, se concentró en mover los brazos, las piernas, lo que fuera. Se estaba ahogando, el peso la oprimía cada vez más y le quemaba, le ardía toda la piel. Juntó todas sus fuerzas y gritó.
   ―Micaela, Micaela, despierta.
    Abrió los ojos con sobresalto. Su madre estaba inclinada sobre ella, la luz estaba prendida.
    ―Ya está, hija, era solo una pesadilla ―le acarició la frente―. Estás caliente, debes de tener fiebre. Te haré un té caliente, te hará bien.
    ―Gracias, má, pero estoy bien ―se incorporó lentamente―. No te preocupes por mí, ve a acostarte.
    ―¿Cómo no me voy a preocupar? ―le tomó el rostro entre las manos―. Eres mi hija.
    Micaela sonrió.
    ―Está bien, voy contigo y hacemos el té juntas.
    ―Me encantaría ―dijo su madre y se levantó de la cama. Su cuerpo estaba encorvado y se movía con lentitud.