SINOPSIS


   Brujas Anónimas es una blognovela orientada a un público juvenil y con una temática fantástica. Se desarrolla en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Sigue la historia de Micaela, una joven universitaria que un día descubre, a su pesar, la existencia de una sociedad paralela dentro de su propia ciudad.














sábado, diciembre 07, 2013

Brujas Anóminas - Libro I


¿Y si un día descubrieras que existe otro mundo dentro de tu propia ciudad?
La vida de Micaela no será la misma cuando le abran los ojos a lo que la rodea: un lugar lleno de misterios donde las esquinas esconden peligros y un simple viaje en subte es toda una aventura.
Las calles de Buenos Aires no serán las mismas cuando Micaela acceda a sus secretos y conozca realmente a todos sus habitantes.

El libro I de la serie Brujas Anónimas
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sábado, noviembre 09, 2013

Epílogo - pag 1



(Debido a la extensión de los capítulos, se publican en varias páginas.)

 
    El almuerzo del domingo era todo un acontecimiento en la casa de Mariana. No solo estaba la familia a pleno: Eva, Andrés y seis hijos. Sino que también acudían parientes lejanos y amigos de la familia.
   La mesa estaba tan colmada que apenas era posible mover los brazos sin dar un codazo a la persona que se tuviera al lado. Aun así, todos se mostraban felices. La charla no cesaba un segundo, aunque había momentos de crescendo y otros de murmullos, jamás llegaba al silencio.
   Micaela estaba sentada a la mesa, con su madre y Mariana una a cada lado. Estaba muy feliz porque su madre ya podía levantarse de la cama, y se la veía muy animada. Pero una parte de ella sentía nostalgia. Por la casa a la que no volvería y por la vida que había dejado atrás, y por las personas que faltaban.
   «No puedo pensar en eso todavía», se dijo.
   Todo había concluido el día anterior, un frío sábado de inverno. Ese domingo a la mañana se había despertado otra vez en la casa de Mariana, pero esta vez no en su cuarto. Sino en uno más grande, con una cama enorme: la habitación de los padres de Mariana. Al darse vuelta, había visto que ella dormía en el otro extremo.
   No había pasado mucho tiempo antes de que Nesi apareciera saltando dentro de la cama y Gilda y Eva entraran en la habitación.
   A partir de allí había caído una explicación después de otra, y vuelta a empezar cuando Mariana se despertó.
   Se ofrecieron muchas disculpas en un mar de lágrimas que ningún hombre osó interrumpir. Poco después se unió Marisa y se renovaron las historias, los planes, los acuerdos. Se decidió que Micaela y Marisa se mudarían allí, por lo menos de momento.
   El trabajo de Micaela sería investigado antes de que le permitieran regresar y comenzaría su entrenamiento en el mismo grupo que estaba Mariana. Quien también la acompañaría a la facultad cuando fuera posible. Como no había otra opción, Nesi se quedó con ellas.
   Antes de ir a su casa por última vez, a buscar todo lo que pudiera rescatar de allí, la familia de Mariana les preparó un almuerzo de bienvenida.
   Es tu ingreso oficial a nuestra sociedad, le había dicho Mariana, Brujas Anónimas en Bs. As. a que tiene pega, ¿eh?
   ―¿Mica, estás bien? ―preguntó Mariana volviéndola a la realidad de la mesa.
   ―¿Eh? Sí, solo estaba pensando.
   ―Todo estará bien, hija ―dijo su madre apoyando una mano en el brazo de Micaela―. Iremos poco a poco. Lo importante es que estamos juntas y tenemos gente que nos ayuda y a quienes le importamos.
 

Epílogo - pag 2


      ―Sí, mamá ―sonrió tímidamente Micaela.
   Echó una ojeada a su alrededor, Nesi la saludó desde el centro de la mesa, donde estaba inspeccionando las fuentes de comida. Micaela inspiró y espiró lentamente.
   Esa sería su familia a partir de hoy, y también su nueva vida. Todavía no estaba segura de poder aceptarla.
   ―Poco a poco ―musitó para sí y tomó el tenedor.
   Miró la comida frente a ella durante un segundo y luego, con decisión, tomó el primer bocado.
 
*Fin del epílogo*
 
Brujas Anónimas - Epílogo
 
*Fin del libro I de Brujas Anónimas*
Brujas_Anonimas-cabecera
 
 

sábado, noviembre 02, 2013

Capítulo XI - pag 1


(Debido a la extensión de los capítulos, se publican en varias páginas.)

    Era la madrugada del sábado cuando volvieron a la casa de Mariana. Gilda salió a recibirlos con la feliz noticia de que Marisa estaba despierta. Micaela la empujó a un lado y corrió hasta la habitación donde estaba su madre.
   —Micaela, hija —sonrió Marisa desde la cama.
   —Mamá —se abalanzó sobre ella y se aferró a su madre.
   —Hija, ¿qué sucede? —Marisa la abrazó con fuerza—. Dime, Mica, ¿qué pasó?
   —Ceci… lia… —balbuceó—… ella… oh, mamá… ella… el vampiro la… él la…—se deshizo en llanto y su madre la dejó liberarlo.
   Poco después, Mariana entró tímidamente en la habitación. Marisa le hizo señas para que mantuviera el silencio. Micaela se había dormido sobre su regazo.
   Fue un sueño pesado, lleno de imágenes terribles y del rostro acusador de Cecilia. Micaela se despertó hacia el atardecer, otra vez estaba en la habitación de Mariana. Y ésta estaba sentada al lado del escritorio, junto a Nesi.
   —Micaela —saltó Mariana de su asiento—, ¿cómo estás? —Apretó los labios al instante. —Quiero decir, ¿necesitas algo?
   —Quiero volver a casa —dijo Micaela con voz ronca.
   —No…, no puedes.
   Micaela se puso de pie y comenzó a buscar sus zapatillas.
   —Por favor, Mica, no es seguro.
   —¿Seguro? ¿Acaso es seguro estar con ustedes? ¿Lo fue para Cecilia?
   —Eso no es justo, nosotros no la metimos en este lío, ella debió quedarse en la casa.
   —¿Fue culpa de ella?
   —No, lo que digo es que… nosotros no creamos esta situación, sino que…
   —¿Entonces es culpa mía?
   —¡No! Mica, no entiendes lo que quiero decir.
   —No, no lo entiendo, Mariana, no entiendo lo que pasó. —Encontró las zapatillas y se las puso—. Confié en ustedes, confié en ti, en que sabían más que yo, en que me podrían ayudar… me equivoqué.
   —Fue error nuestro, Mica, es cierto. La abuela realmente lo lamenta.
   —¡¿De qué me sirve que lo lamente?! ¿De qué le sirve a Cecilia?
   Se encaminó hacia la puerta.
   —Micaela.
   —Déjame en paz, mi vida era mejor cuando no te conocía.
   Mariana se quedó congelada en el centro de la pieza y bajó el brazo que había extendido hacia Micaela. Nesi, en cambio, la siguió fuera de la habitación. Micaela fue a ver a su madre. Allí encontró también a Eva.
   —Hija —dijo Marisa—, ¿cómo te sientes? Ven, siéntate conmigo.
   Micaela se acercó mirando de reojo a Eva.
   —Estoy bien, má.
   —No, no lo estás —le tomó el rostro en las manos—, pero eres fuerte, sé que saldrás adelante. Cecilia lo hubiera querido así.

Capítulo XI - pag 2


   Micaela volvió la cabeza.
   —No sé lo que hubiera querido —susurró.

   —Hija…
   —Debemos irnos, mamá —Micaela se puso de pie—, debemos volver a casa.
   —No creo que sea una buena idea… —comenzó Eva.
   —¿Acaso te lo pregunté, bruja?
   —¡Micaela! —la amonestó su madre.
   —Sus buenas ideas hicieron que mataran a Cecilia, madre. Nos vamos de aquí.
   —Micaela —dijo Eva—, sé razonable. Tú madre todavía está débil y tu casa no es segura.
   —Estar con ustedes tampoco —se volvió hacia su madre—. ¿Mamá?
   —Hija, creo que tienen razón, no es seguro regresar a casa.
   —¿No quieres volver?
   —Quiero lo que es mejor para ti.
   —Yo quiero volver a casa —insistió Micaela.
   —Hija, ahora estas dolorida y enojada, es comprensible. ¿Por qué no descansas un poco y lo piensas más tranquilamente?
   —¡No tengo nada que pensar! —bufó Micaela—. Esto no es algo que se cura con descanso. Cecilia no va a volver, ella esta… —bufó otra vez y salió de la habitación.
   De camino a la salida por la panadería, se cruzó con Gilda, a quien dejó hablando sola en la sala, y con Andrés y Federico, que trataron de preguntarle cómo estaba.
   Sin embargo, solo llegó hasta la puerta que comunicaba con la negocio. Era imposible abrirla.
   Se volvió hacia Andrés que la había seguido junto con los demás.
   —Déjame salir.
   —No es seguro.
   —No te pregunté eso, ¡déjame salir!
   —Micaela —se acercó Federico—, ¿qué te pasa?
   —¿Qué me pasa? ¿Acaso lo tienes que preguntar? Me quiero ir, lejos de ustedes, lejos de todas estas porquerías. ¡Dé... jen… me… sa… lir!
   —Micaela —dijo Andrés—, entiendo cómo…
   —¡No! ¡No entiendes nada! —un cosquilleo tibio bajó por sus brazos hasta sus dedos—. No entiendes cómo me siento, no puedes saberlo. ¡No es tu vida la que está hecha un desastre! No fuiste tú el que perdió a su única amiga. ¡No sabes nada!
   Las últimas palabras fueron acompañadas por una fuerte explosión y Micaela se vio empujada hacia atrás. Cuando pudo levantarse, notó que estaba en la panadería, en medio de mucha madera destrozada y algo de mampostería.

Capítulo XI - pag 3


   Aguzó el oído, no escuchó ningún ruido. Se puso de pie y echó a correr. Corrió durante cuadras y cuadras, como loca. Veía la gente pasar a su lado, como si estuvieran inmóviles, algunas la señalaban con el dedo, pero ella seguía corriendo. Era raro que no se quedara falta de aire o que no le dolieran las piernas, aunque no le importó, no quiso analizarlo. Siguió corriendo con todas sus fuerzas.
   Cuando se detuvo ya se iba el sol y estaba en una plaza.
   «No, la plaza, donde comenzó todo —se dijo—. ¿Cómo puede ser que siempre termine aquí?»
   No había nadie alrededor. Caminó hacia los juegos y se sentó en una hamaca. Estaba húmeda y las cadenas, muy frías. Se balanceó lentamente mientras pensaba en todo lo ocurrido en esos días.
   ¿Por qué le había pasado eso a ella? ¿Por qué a ella?
   —¿Por qué? —dijo en voz alta.
   El viento vibró a su alrededor.
   —¿Por qué? —se puso de pie y miró a su alrededor—. ¿Por qué mi hiciste esto? ¿Por qué me elegiste a mí? ¡Contéstame, maldición!
   —Deberías cuidar los modales, niña.
   Micaela se sobresaltó y dio la vuelta, allí estaba la mujer, la que había iniciado su pesadilla. Recordaba su voz.
   —Fuiste tú, ¿por qué me hiciste esto?
   Ella inclinó la cabeza.
   —Eras un recipiente adecuado.
   Micaela se atragantó.
   —¿Qué? ¿Eso es todo? Solo algo que pasaba por ahí y te servía, ¿eso soy?
   —¿Qué esperabas que te dijera? ¿Qué querías oír?
   —Que…—se dejó caer en la hamaca—, ¿entonces esto no fue más que mala suerte?
   —¿Para quién? —la mujer ahora estaba sentada en una hamaca junto a ella.
   Recién en ese momento, Micaela notó que podía ver a través de ella, o casi.
   —¿Tú estás…?
   Ella rió.
   —Sí, ¿por qué sino te hubiera dado mi poder?
   —Pero, entonces estabas viva…
   —No por mucho tiempo —la mujer suspiró—, no podía huir más de ellos, debía enfrentarlos o transferir mi poder. No era lo demasiado fuerte para lo primero.

   —Lo siento —susurró Micaela, pero después se animó—. Si tú estás aquí y puedo hablarte, entonces…
   —No.
   —Ni siquiera sabes qué iba a decir.

Capítulo XI - pag 4


   —No puedes hablar con tu amiga. Ella no es como nosotros, y yo solo me quedaré aquí un tiempo, hasta que te acomodes.
   —¿Qué me acomode? Yo no me voy a quedar con esto. Si soy solo un recipiente, puede haber otro.
   —Eso te molestó, ¿no? —sonrió la mujer—. Esperabas que te dijera que eras la elegida, la que iba a salvar el mundo.
   —No —se sonrojó Micaela.
   —Claro que sí, todo el mundo lo espera, yo también lo hice —suspiró—. Era tan joven e ingenua, me recuerdas a mí a tu edad.
   —¿Cómo hago para encontrar otro recipiente?
   —Lo cierto es que no se puede decir que alguien sea especial —continuó, ignorando la pregunta de Micaela—, porque todo lo somos. Cada uno para algo distinto, tú eres un recipiente adecuado, como lo fui yo. Las dos somos especiales, yo hice me parte, tú harás la tuya.
   —¿Cómo hago para encontrar otro recipiente?
   —Ese conocimiento solo se adquiere cuando hay necesidad.
   —Yo lo necesito.
   —No —se volvió para mirarla de frente—, lo que necesitas es aceptar lo que pasó y aprender a vivir con ello.
   —No quiero esto.
   La mujer se encogió de hombros
   —Aun así lo tienes.
   —¿Cómo puedes ser tan cruel?
   —¿Cómo puedes ser tan llorica? Tienes un poder formidable, una oportunidad como pocas personas de aprender muchísimo, de ver otros mundos dentro de este mismo y de hacer mucho bien. ¿Por qué te niegas?
   —Perdí a mi amiga.
   —No puedo cambiar eso, pero no puedes asegurar que no hubiera pasado si nunca nos hubiéramos cruzado en el camino. Fue la decisión de Cecilia arriesgarse, no la tuya, no la de Mariana y ni la de su familia.
   —Casi pierdo a mi madre.
   —También la salvaste.
   —Eres imposible —bufó Micaela.

   La mujer rió con ganas.
   —Mi protector decía lo mismo.
   Micaela se aferró a las cadenas de la hamaca.

Capítulo XI - pag 5


   —Lo lamento, niña, esto no es fácil para nadie. Sé que pronto entenderás por qué no podía dejar que este poder se perdiera.
   —¿No hay ninguna forma de pasárselo a alguien que lo quiera?
   —No, ninguna en la que puedas sobrevivir, el poder ahora es parte de ti. —La miró seriamente—. Y debes aprender a controlarlo, rápido.
   —No, no quiero…
   —No tienes tiempo, niña, mira a tu alrededor.
   Micaela le hizo caso. Había oscurecido notablemente. Cuando el fantasma de la mujer desapareció, Micaela notó que esa era la única luz que había en la plaza. Un fuerte viento la golpeó y la tiró de la hamaca. Al apoyar las manos en el piso, las sombras treparon por ellas como insectos.
   Se puso de pie de un salto, pero estaban por todos lados, subían por sus piernas, se abrazaban a su espalda. Las sintió cosquillear en sus orejas y el murmullo comenzó a caminar por su piel, asfixiándola.
   Cada vez era más difícil moverse, incluso respirar. Las sombras que la envolvían ocupaban todo su cuerpo. Trató de gritar, pero por más que se esforzaba, no se oía ningún sonido. Cuando estaba a punto de sucumbir al pánico, escuchó la voz de la mujer:
   «Contrólate.»
   Micaela respiró profundamente y trató de calmarse. Cerró los ojos y dejó de luchar contra las sombras, se concentró en serenar sus pensamientos.
   Poco a poco, pudo ver la esfera blanca que habitaba su mente. Era más frágil que cuando practicaba con Gilda, casi transparente y temblaba frente a ella.
   Estiró el brazo y apoyó la mano en una de las paredes, esta de deshizo entre sus dedos. Las sombras comenzaron a apretarla otra vez.
   —¡Micaela! ¡Micaela! —sonó la voz de Mariana.
   Micaela se concentró en ella, se levantó a duras penas y avanzó hacia el lugar desde donde provenía su voz. Cada paso agotaba sus fuerzas, pero se negaba a rendirse. Los murmullos trataban de adormecerla, mas ella comenzó a tararear para sí misma.
   —¿Micaela?
   El rostro de Mariana apareció frente a ella.
   —Micaela —sonrió—, estás bien. No preocupes, estoy aquí.
   Mariana avanzaba entre las sombras con una luz brillante en una de sus manos. Llevaba el brazo alzado como si pueda mantenerlo por encima de la marea de sombras.
   —Mica, Fede y Sebas también están cerca. Tenemos que aguantar —alcanzó a Micaela—. Vamos, tratemos de alejarnos.
   —Mariana —se debatió Micaela—, yo…
   —Calla, ahora no es el momento —sonrió—, además ya no importa. Ven dame la mano y…

   Un tentáculo la golpeó en la espalda y la tiró al suelo, la luz que llevaba en la mano se le cayó y se apagó al instante.
   —¿Mariana?
   —Mica, estoy bien —jadeó—, tenemos que… ¡Aaahhh!

Capítulo XI - pag 6


    —¿Mariana? ¡Mariana!
   Micaela comenzó a manotear a su alrededor. Las sombras la tiraron al piso otra vez, trató de levantarse y la aplastaron. Sintió el peso sobre su espalda, la agobiaba, le quemaba. Pataleó para sacárselas de encima, pero cada vez le quedaban menos fuerzas. Los quejidos de Mariana también estaban disminuyendo.
   «No te rindas.», la voz de la mujer sonó lejana.
   Lo único que podía sentir Micaela era aquel peso enorme sobre su espalda y las lágrimas que le caían por las mejillas.
   «No te rindas, acepta el poder que se te dio, podrías salvar a Mariana.»
   Micaela reaccionó.
   Ya no podía oír la voz de Mariana. Se refugió en su mente y se concentró en su amiga, trató de escuchar su voz. Tenía que seguir allí, no podría soportar otra pérdida. Ella la salvaría, de algo tendría que servir lo que había pasado, ella la salvaría.
   «Así es, niña, puedes hacer bien, si lo aceptas.»
   —Lo hago —murmuró Micaela.
   En ese momento la esfera reapareció en su mente, más blanca que nunca. Micaela apoyó ambas manos sobre la pared y se internó en ella. La luz blanca la envolvía, la atravesaba. Sintió que se elevaba por su garganta y atravesaba los brazos. La sintió salir a través de sus manos y de su boca.
   El colgante que llevaba en el cuello se derritió.
   Por un instante, vio toda la plaza iluminada como si fuera de día. Mariana estaba en el suelo, a un lado de ella. Se veían dos personas que corrían hacia donde se encontraban. Una pequeña sombra tembló a su izquierda. Micaela se volvió hacia ella, estiró su mano hacia ella y mostrándole la palma, sonrió.
   Escuchó la voz de Federico justo antes de desvanecerse.
 
*Fin del capítulo XI*
 
Brujas Anónimas - Capítulo XI
 


sábado, octubre 26, 2013

Capítulo X - pag 1


(Debido a la extensión de los capítulos, se publican en varias páginas.)

    Micaela despertó poco a poco y se encontró en una habitación extraña. No era la suya, sino un pequeño cuarto casi desnudo. Apenas abrió los ojos, Nesi saltó a su lado.
   —¡Estás despierta!
   Mariana se apresuró a sentarse en la cama, junto a ella.
   —¿Cómo te sientes? Iré a buscar a la abuela.
   —Estoy bien —murmuró Micaela—, ¿y mamá?
   —Está bien, está en la habitación de mis padres. Voy por la abuela.
   Micaela cerró los ojos otra vez. Estaba a salvo, en la casa de Mariana y su madre estaba bien. Sonrió.
   —Pensamos que tardarías más en despertar —dijo Nesi—, casi ni respirabas.
   —Estoy muy cansada, ¿qué pasó?
   —Cuando los vampiros nos cercaron, casi estallaste. O por lo menos así lo sentí, Salí disparado de tu hombro, por suerte Eva pudo cogerme.
   —Lo siento, Nesi.
   —Oh, estoy bien. Soy muy resistente —sonrió el hombrecillo—, los vampiros salieron volando por todos lados.
   Gilda entró en la habitación.
   —Micaela, me alegro de verte despierta.
   —¿Cómo está mamá?
   —Descansando, está muy enferma.
   —Sí, esto justo tuvo que pasar cuando se estaba recuperando, ahora tendrá una recaída. —Gilda miró de reojo a Mariana y Nesi y les indicó que mantuvieran la boca cerrada. —¿Está herida? ¿Le hicieron algo?
   —No, querida, solo sufre las consecuencias de estar en esa atmósfera nefasta, necesita descansar.
   —Quiero verla —dijo Micaela incorporándose.
   —Tú también necesitas descansar.
   —Quiero verla, solo un momento.
   —Está bien —accedió Gilda—. Mariana, ayúdala.
   La habitación de los padres de Mariana continuaba en perpetuo desorden. Marisa ocupaba el centro de la cama y Eva estaba sentada a su lado, humedeciéndole lentamente la frente.
   Micaela se sentó a un lado y tomó la mano de su madre entre las suyas.
   —Mamá —suspiró con una sonrisa.
   —Estará mejor después de unas horas de sueño —dijo Eva—, no te preocupes, yo me ocuparé de ella.
   —Muchas gracias. Muchas gracias a todos. Nunca podré pagar lo que hicieron por mí hoy.
   —Anoche —murmuró Mariana y Gilda le dio un coscorrón.
   Micaela sonrió.
   —No sé qué habría hecho sin ustedes —miró alrededor del cuarto—. ¿Dónde está Cecilia?

Capítulo X - pag 2


   —Será mejor que vuelvas a la cama —dijo Gilda.
   —¿Volvió a su casa? —preguntó Micaela mientras Mariana la ayudaba a levantarse—. Quería disculparme con ella.
   Miró de uno a otro cuando nadie contestaba. Nesi había desaparecido y Mariana evitaba su mirada.
   —¿Qué pasó? ¿Dónde está Cecilia?
   —Tranquilízate —dijo Gilda—. Ella está a salvo… por el momento.
   —¿Por el momento? ¿Qué significa eso?

   En ese instante Andrés entró en la habitación, seguido de Federico.
   —¡Mica, estás despierta! —dijo este último.
   —¿Qué pasó con Cecilia?
   —Ups —Federico retrocedió.
   Andrés y Eva intercambiaron una mirada.
   —Ella fue capturada —dijo Andrés.
   —¿Qué fue qué? —Micaela cayó sobre la cama—. ¿Pero cómo…? ¿Qué fue lo que sucedió?
   —Estábamos en el andén, y cuando nos volvimos, vimos a Cecilia siendo retenida por un vampiro.
   —¿Por qué no la liberaron?
   —Era un vampiro adulto —dijo Eva.
   —¡¿Y qué?!
   —Pueden ser muy fuertes en su territorio —explicó Andrés— y este debía de serlo si pudo ocultar tan bien su presencia.
   Micaela cerró los ojos y tragó con fuerza. Sacudió la cabeza y se levantó de la cama.
   —¡Debemos volver a buscarla!
   —Ahora debes descansar —dijo Gilda.
   —¿Cómo voy a descansar?
   Eva se acercó a ella.
   —Sé que esto es muy duro, no se me ocurre qué decirte para consolarte, pero debes saber que estamos haciendo todo lo posible para ayudarte. Hemos solicitado refuerzos, otros brujos se unirán a nosotros. Por el momento debemos juntar fuerzas y planificar el rescate.
   —¿Y Cecilia? —se cruzó de brazos Micaela—. ¿Qué le pasará durante ese tiempo?
   Los brujos volvieron a intercambiar una mirada.
   —Ah —suspiró Micaela—, no me lo digan. Él me quiere a mí, por eso se quedó con Cecilia. ¿Qué soy yo? ¿Un maldito trofeo? Tal vez debería entregarme de una vez y que todo esto terminara.
   —¡Nunca digas eso! —Gilda se irguió ante ella.
   —Esto está lastimando a todos mis seres queridos —le contestó Micaela.

Capítulo X - pag 3


   —Lo solucionaremos, Mica —Mariana la abrazó—, ya verás que encontraremos la forma de tenerlos a todos a salvo. Y tú aprenderás a defenderlos también. Lo haremos juntas.
   Micaela se aferró a Mariana y se dejó guiar por ella de vuelta a la habitación. No quería que los demás vieran cómo se le arrasaban los ojos. Lo último que alcanzó a escuchar fue un susurró de Andrés.
   —¿Esa es nuestra hija? —preguntó a su esposa.
   Eva rió quedamente.
   Solo Nesi, que había reaparecido, siguió a las chicas hasta la pieza y se mantuvo en silencio mientras Mariana ayudaba a Micaela a acostarse.
   —¿Quieres algo de comer? ¿De beber?
   Micaela negó en silencio.
   —Trata de descansar, me quedaré contigo.
   Se durmió más rápido de lo que había esperado.
   En sus sueños volvió a visitar el túnel. Era tan real que podía sentir el olor y oír el correr de El Maldonado tras ella. Estaba en la misma sala donde habían encontrado a su madre, pero ahora era Cecilia la que estaba encadenada a la pared. Los vampiros bebés estaban sentados alrededor, en semicírculo. Junto a su amiga se erguía una criatura más temible.
   Era un ser enjuto, puro hueso y piel reseca. Se cuarteaba en las articulaciones y aún con ropa se podían adivinar las costillas debajo. Parecía estar hablando con la banda, pero no se oía ninguna voz.
   De repente se volvió hacia Cecilia y recorrió su rostro con un dedo. Abrió un fino tajo en la mejilla que no tardó en sangrar. Se inclinó sobre ella y lamió.
   Micaela se despertó de un salto. La habitación estaba a oscuras, Mariana todavía la sostenía de la mano, pero ahora estaba laxa.
   —Está dormida —susurró Nesi cerca de su oído.
   —Debo ir a buscar a Cecilia.
   —Ya habíamos hablado de eso…
   —No, Nesi, la acabo de ver, esa cosa se está alimentando de ella, debemos ir antes de que sea demasiado tarde. O sea, antes de que la premonición realmente suceda.
   —Iré a buscar a Gilda —dijo Nesi incómodo—, tú quédate aquí.
   Poco después, estaban otra vez en la sala, aunque esta vez estaba más colmada. Había dos brujos y tres brujas desconocidas, todos adultos. Cuando Micaela terminó de contar su sueño, uno de ellos exclamó:
   —Si ya se está alimentando de ella, no tendremos mucho tiempo, les cuesta detenerse una vez que empiezan.

Capítulo X - pag 4


   —Por eso debemos ir ahora —dijo Micaela—, antes de que ocurra lo que vi en mi premonición.
   —Esa no es una premonición —dijo el otro brujo—, esas no tienen sonidos y ni olores, esto fue un viaje astral, niña, estabas ahí cuando…
   —¡Silencio! —dijo Gilda.
   —¿Qué? —dijo Micaela—. ¿Qué quiere decir eso? —se volvió hacia Gilda—. Me dijiste que era una premonición, que podía detenerla porque aún no había sucedido.
   —No sabemos realmente cómo operan tus poderes —Gilda lanzó una mirada al otro brujo—, no es igual al de la brujería.
   —Pero me dijiste… ¡me mentiste!
   —No, te dije lo que me parecía más probable, basada en mi experiencia.
   Micaela dudó y miró hacia Mariana, ella parecía estar avergonzada y sorprendida a la vez.
   —¿Tú lo sabías? —le exigió.
   —¿Yo? —su expresión daba a pensar que no, pero Micaela no podía estar segura.
   «Si mintieron en eso, ¿en qué más?», pero otra voz en su mente le dijo que no podía detenerse en ello. Había muchos secretos en la vida de estas personas y ahora las necesitaba para rescatar a Cecilia.
   —Hablaremos de esto después —dijo mirando fijamente a Gilda—, ahora quiero concentrarme en rescatar a Cecilia.
   —Bien —dijo la matriarca—, el plan es básicamente el mismo. Aunque Andrés, Diego y Sebastián se encargarán de distraer a los vampiros bebés y el resto tratará de hacer lo mismo con el adulto, mientras Eva y Federico rescatan a Cecilia.
   —¿Y yo? —dijo Micaela.
   —Te quedarás con Mariana, a menos que nos digas que ya sabes cómo manejar ese poder que demostraste anoche.
   —Mamá… —dijo Eva.
   —Perdón —cerró los ojos Gilda—, estamos todos con los nervios a prueba.
   —Ya está todo listo —dijo Andrés asomándose al salón.
   Por segunda vez, se dirigían a la guarida de los vampiros.
   —¿No estarán dormidos? —preguntó Micaela—. Es mediodía.
   —Allí abajo no llega el sol —explicó una de las brujas— y aunque suelen descansar a estas horas, deben de estar esperándonos.
   En la camioneta iban más apretados, más en silencio. Estacionaron en un lugar distinto y estaba vez ingresaron por Dorrego. Micaela estaba franqueada por tres brujos y llevaba a Nesi a la espalda, asomando de una pequeña mochila. Lo único que escuchaba era cuchicheos entre los brujos y cada tanto alguno la aplastaba contra la pared.

Capítulo X - pag 5


   El olor en los túneles esta vez era repulsivo. Pensar que todo este tiempo había culpado al río subterráneo y ahora descubría que había un nido de criaturas ponzoñosas viviendo allí. Le dio un escalofrío al recordar que todos los días pasaba por allí de camino a la facultad.
   De repente el grupo se detuvo y se dividió. Micaela quedó con el grupo mayor. Estaban frente a la gran sala interior, en el acceso principal donde había una cruda escalera labrada en la roca.
   En el agujero estaban los ocho vampiros adolescentes y el adulto. Era fácil reconocer a este último, la mirada iba hacia ese punto lo quisiera uno o no.
   —No sean tímidos —dijo con una voz seseante que se elevó desde el pozo—. El trato es simple, la niña rubia a cambio de la morena.
   —No haremos ningún trato —se adelantó Andrés—. Devuélvenos a la chica.
   —No puedes exigir nada, brujo, no es de las tuyas —el vampiro sonrió con una son risa hueca—, es humana, terreno libre según los últimos pactos.
   —Estaba bajo nuestra protección cuando te apropiaste de ella.
   —Ustedes estaban invadiendo mi casa —se acercó hacia las escaleras—, si recuerdo bien.
   —Estábamos rescatando a otra humana bajo nuestra protección. Parece que últimamente te quedas con mucha de nuestra gente.
   —Los chicos deben alimentarse —acarició con ternura a uno de los adolescentes a su lado—, aun cuando se porten mal.
   Micaela retrocedió ante la amenaza que percibió en su voz.
   —Los humanos no son alimento suficiente —dijo Andrés.
   —¿Te estás ofreciendo, brujo? —el vampiro avanzó hasta quedar al pie de las escaleras—. Serías bienvenido, acércate un poco más.
   Ante la mirada sorprendida de Micaela, Andrés comenzó a bajar las escaleras. Nadie más se movió, todos estaban concentrados en cada movimiento del vampiro. Andrés llegó al final y quedó frente a él, a menos de tres metros.
   —Mi nombre es Jaime —el vampiro hizo una reverencia.
   Andrés se quedó inmóvil unos segundos y luego emitió un silbido agudo. Antes de que terminara de sonar, el vampiro había saltado sobre él, pero Andrés ya no estaba allí.
   El resto sucedió en una confusión que Micaela no pudo comprender. Los brujos aparecían y desaparecían por doquier. Los vampiros adolescentes caían de uno en uno, pero el adulto parecía estar en todos lados a la vez. Sus golpes estaban dejando huecos por toda la sala.

Capítulo X - pag 6


   En un momento sintió que alguien le tiraba del brazo. En medio de la polvareda, alcanzó a ver el rostro de Sebastián. Se dejó guiar por él a través de los túneles.
   —¿Cecilia? —gritó para hacerse escuchar.

   Sebastián le hizo unas señas. Micaela vio a Federico corriendo con un bulto en los brazos. Al pequeño momento de alivio, le siguió un sobresalto por la explosión que sonó detrás.
   —¡No te detengas! —la apremió Sebastián.
   En medio de escombros, llegaron tosiendo a la estación de Malabia. Eva, que dirigía el grupo, no los dejó descansar y los impulsó a salir de la estación y correr durante varias cuadras antes de llegar a la camioneta.
   —Diego, Sebastián —dijo Eva una vez llegaron—, vigilen. Federico, pon a Cecilia dentro.
   Micaela se apresuró a entrar tras él. Su amiga estaba inconsciente y se veía muy pálida, pero no había ninguna otra herida aparte del rasguño en la cara. Quiso acercarse a ella, pero la mantuvieron lejos mientras Eva y otra bruja que había aparecido poco después la atendían.
   Al rato llegaron Andrés y el resto del grupo. Estaban agotados y no pudieron dejar de toser hasta bastante después de que arrancara la camioneta.
   —Diego —dijo Andrés entregándole la llave—, conduce tú.
   Ya estaban a mitad de camino y Micaela aún no podía acercarse a Cecilia.
   —¿Cómo está?
   Las brujas alzaron la cabeza, se miraron entre sí, y luego volvieron a bajar la vista.
   —Iré a averiguar —dijo Nesi saliendo de la mochila.
   Se escurrió entre las personas alrededor de Cecilia y llegó hasta la cabeza de esta. Micaela trató de espiar, pero era imposible ver qué sucedía. Sencillamente había demasiadas personas allí.
   —¿Cómo está? —repitió.
   Nesi salió con los hombros encorvado y evitando la mirada de Micaela. Subió hasta su hombro y se acomodó lentamente en la mochila.
   —¿Nesi?
   —Lo siento —dijo el hombrecillo con un hilo de voz y se hundió fuera de vista.
   —¡No! ¡No puede ser! —Micaela se abalanzó hacia Cecilia.
   Las brujas le abrieron paso. Micaela cayó sobre su amiga, la tomó por las manos, estaban congeladas, sus mejillas estaban traslúcidas. La zarandeó tímidamente y luego cada vez más fuerte.
   —¡Despierta, Ceci! ¡Despierta!
   —No hay nada que puedas hacer —dijo Eva a su lado.
   —¡Despierta! Maldición, Cecilia, no me puedes hacer esto.

Capítulo X - pag 7


   Micaela la golpeó repetidamente en el pecho, mientras las lágrimas caían por sus mejillas.
   —¡Cecilia! ¡Cecilia!
   —Micaela —dijo Eva—, ella no..

   —¡Cállate! Esto es culpa tuya, de todos ustedes, y de Gilda. ¡Me mintieron! Me dijeron que estaba a salvo, que… que mi premonición... Era todo mentira.
   —Niña, nosotros no podíamos saber… —intentó una de las brujas.
   —¡Lo sabían! Gilda dijo que era una premonición, pero no era cierto, era lo que estaba ocurriendo en ese momento. Lo sabían y la dejaron morir, dejaron que esa cosa le chupara la sangre mientras ustedes hacían planes. ¡Ustedes la mataron!
   Micaela les dio la espalda y se inclinó sobre su amiga.
   —Oh, Ceci —murmuró—, Ceci, Ceci.
 
*Fin del capítulo X*
 
Brujas Anónimas - Capítulo X
 

sábado, octubre 19, 2013

Capítulo IX - pag 1


(Debido a la extensión de los capítulos, se publican en varias páginas.)

    Federico, Diego y Sebastián escucharon la versión abreviada de lo ocurrido y a la vez dieron parte de sus actuaciones. Esta vez estaban en el comedor, donde Eva había insistido en trasladarse y todos tenían una taza de té frente a ellos, aunque nadie lo estaba bebiendo.
   —Ya tengo preparados tres bolsos de armamento —dijo Sebastián—, todos cuentan con amuletos de atadura, pre-hechizos de ocultamiento, de velocidad y pociones para crear niebla, dormir, y erosionar metal —Diego levantó las cejas—. Asumí que si había vampiros, iba a haber cadenas por algún lado.
   —Y asumiste bien —dijo orgulloso su padre—. Bien, eso será suficiente para que vayamos nosotros cuatro. Federico, tú te ocuparás de proteger a Micaela. Diego, te ocuparás de la madre. Sebastián y yo vamos a…
   Gilda carraspeó, Andrés la ignoró.
   —Sebastián y yo vamos a…
   —Yerno, creo que yo soy la matriarca aquí.
   —Lo que no quiere decir que debes tomar todas las decisiones. Puedo planear un rescate, ya lo he hecho varias veces, con éxito.
   —Querido —intervino Eva—, nadie está diciendo que no seas capaz.
   —Pues yo creo que sí lo está diciendo. ¿Gilda?
   —Nada más lejos de la verdad, hijo. Es que olvidas que también debe ir Mariana y Eva es mucho más fuerte y tiene más experiencia que Federico.
   —¡Abuela! —exclamó este—. Yo puedo perfectamente enfrentarme a un par de vampiros bebés.
   —No sabemos cuántos son —insistió Gilda.
   —Entonces tal vez sea mejor que vayamos todos —propuso Eva.
   —¡Sí! —saltó Nesi.
   —Hija, a veces te excedes en la inclusión —la abuela puso los ojos en blanco.
   —Estaremos bien, mamá, sabes que si los dejas, probablemente vayan por su cuenta.
   —Lo que demuestra su falta de disciplina.
   —Y en esta ocasión —continuó Eva—, creo que será mejor tener manos de más.
   Gilda se encogió de hombros, pero su hija sabía que lo pagaría después. El primer precio sería un largo sermón sobre la obediencia y la necesidad de una jerarquía.
   —Debemos ponernos ropa más adecuada —dijo Eva—. Querido, ¿por qué no, mientras nos cambiamos, armas otros kits con Sebastián? Yo buscaré la ropa para ustedes.
   Todos se pusieron de pie, algunos siguieron a Andrés y otros a Eva. Gilda fue la única que quedó en su asiento. Detuvo a Cecilia cuando pasaba a su lado, Micaela también se quedó esperando, tras el umbral de la puerta.
   —Tú no puedes ir —dijo la matriarca a Cecilia.
   —No voy a ser la única que quede detrás.

Capítulo IX - pag 2


   —Yo también me quedo, eso no significa nada.
   —Micaela es mi mejor amiga y también la quiero a Marisa, hace años que la conozco.
   —Esto no tiene nada que ver con cuánto las quieres, sino con cuán útil puedes ser allí. Dime, ¿qué harías?
   Cecilia le mantuvo la mirada unos segundos y luego bajó los hombros.
   —No hay nada malo en ello, niña, simplemente tus fortalezas están en otro lado.
   —¿Puedo al menos acompañarla mientras se prepara?
   —Ve, pero después vuelve aquí conmigo, los esperaremos juntas.
   Micaela se adelantó, no creía que la hubiera visto del otro lado de la puerta, ni que Cecilia tuviera ganas de encontrarla allí. Se cruzó con Nesi que la instó a ir a la habitación de Eva.
   Mariana y Eva estaban en el medio de un caos importante. La madre de Mariana había extraído del armario varios conjuntos de ropa negra ajustada y llena de bolsillos que había separado sobre la cama.
   Mariana se acercó a ella cuando entró y le alcanzó un conjunto para que se lo probara. Cecilia entró poco después y se sentó en la cama repleta de ropa, a Eva le bastó un segundo para saber lo que pasaba.
   —Lo hace por tu bien, sé que es difícil verlo, pero queremos protegerte.
   —Lo sé.
   —¿Qué pasa? —preguntó Micaela evitando la mirada de su amiga.
   —No puedo ir con ustedes —suspiró Cecilia.
   Micaela se acercó a ella, se sentó a su lado y la tomó por las manos.
   —Después de mi mamá, eres la persona más importante para mí, la única amiga que tengo —Mariana gesticuló algo, pero su madre la golpeó en la cabeza—. No quiero ponerte en peligro.
   —También eres mi única amiga, Mica, quiero ayudarte.
   —Me ayudará saber que estás a salvo.
   —Eso no es nada.
   —Lo es para mí.
   —Está bien —suspiró Cecilia echándose hacia atrás en la cama—, no me gusta, pero sé que no puedo hacer nada. Te esperaré.
   —Gracias —dijo Micaela y comenzó a cambiarse.
   Menos de media hora después, estaban todos listos. Parecían un pelotón de película, todos vestidos de negro y con mochilas llenas de armas. Por suerte, Andrés tenía una camioneta donde todos entraban cómodamente. Diego acompañaba a su padre en la parte delantera y Eva y los demás iban detrás.