SINOPSIS


   Brujas Anónimas es una blognovela orientada a un público juvenil y con una temática fantástica. Se desarrolla en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Sigue la historia de Micaela, una joven universitaria que un día descubre, a su pesar, la existencia de una sociedad paralela dentro de su propia ciudad.














sábado, enero 19, 2013

Capítulo II - pag 7



    ―Sí ―dijo Mariana antes de que Micaela pudiera reaccionar dado que el agua ya estaba hirviendo. ―Empecé hace poco y Mica me está enseñando.
    ―Ah ―la mujer sonrió―, Micaela es muy buena en todo lo que hace. Aprende en seguida y también se le da bien enseñar.
    ―Mamá.
    ―Estoy segura de que con su ayuda pronto no tendrás problemas.
    ―Yo también lo creo, señora.
    ―Oh, no me llames así. En realidad no soy tan vieja como veo.
    ―No te ves vieja, mamá.
    ―Hija, hija, ya sé lo que esta enfermedad está haciendo conmigo, eso no me preocupa, lo que temo es lo que está haciendo contigo.
    ―Yo estoy bien, mamá ―dijo Micaela mientras ponía una taza de té caliente entre las manos de su madre.
    La mujer sonrió débilmente y tomó un sorbo.
    ―No es el deber de una hija atender a su madre.
    ―¿El de quién entonces? ―Micaela besó la frente de su madre.
    Mariana se removió en su asiento y la madre de Micaela se volvió hacia ella.
    ―Puedes decirme Marisa.
    ―¿En serio? ―Mariana abrió los ojos.
    ―¿Te parece muy raro mi nombre? ―rió la mujer.
    ―No, pero sí me parece extraño que todos nuestros nombres empiecen con M.
    ―¿Ah, sí? ¿Cómo te llamas?
    ―Mariana.
    ―Es un lindo nombre, fue uno de los que tenía en mente cuando estaba embarazada, al final me decidí por Micaela.
    ―Gracias ―dijo Mariana cuando le acercaron la taza de café.
    Micaela se sentó cerca de su madre, en otro pequeño banco.
    ―¿Y vives por aquí? ―preguntó Marisa―. Es un poco tarde para que vuelvas sola en esta época del año.
    ―Oh, estoy acostumbrada. Soy la menor de seis hermanos y mi mamá siempre me dejaba y me deja arreglarme sola.
    Marisa negó lentamente.
    ―Es tarde y hace mucho frío. ¿Por qué no te quedas a pasar la noche? Estoy segura de que podemos arreglar algo. Tenemos un colchón de más.
    Las jóvenes se miraron, Micaela con extrañeza y Mariana con una ancha sonrisa.
    ―Pues, es muy amable, Marisa, me encantaría…
    ―¿No tienes eso que hacer mañana? ―dijo Micaela―. Lo que me contaste.
    ―Ah, eso, no hay problema ―sonrió la joven―, basta con que salga temprano y pase por casa antes.

Capítulo II - pag 8


    ―Entonces está arreglado ―dijo Marisa―, llamemos a tu madre así le avisamos dónde te quedas.
    Mariana sonrió nuevamente a Micaela mientras seguía Marisa hasta el comedor, donde estaba el teléfono.
    No mucho después, cada una estaba acurrucada bajo un pilón de mantas. Habían puesto el colchón cerca de la cama de Micaela, con un espacio para caminar entre ambos. Micaela recién había apagado la estufa y se disponían a dormir.
    ―¿Por qué? ―preguntó en un susurro.
    ―En serio no lo sé ―respondió Mariana―, pero siento que debo protegerte.
 
***
   Cuando Micaela despertó, faltaban pocos minutos para que sonara el despertador. Con un gruñido profundo lo apagó y juntó fuerzas para salir de la cama. De camino al baño tropezó con el colchón en el piso. Mariana no estaba allí.
    Fue entonces cuando escuchó las voces en la cocina. Se acercó allí antes de lavarse la cara y encontró a su madre sentada cerca de la cocinilla, con las hornallas prendidas, hablando con Mariana que otra vez estaba sobre la mesada.
    ―Hola, cariño.
    ―¿Mamá? ¿Estás bien?
    ―Sí, estoy mejor que ayer. ¿Por qué no vas a lavarte y cambiarte? Tendremos el desayuno listo para cuando vuelvas.
    Micaela lanzó una mirada interrogativa a Mariana, pero esta solo se limitó a sonreír. Entonces se apresuró a ir al baño y arreglarse lo más pronto posible. Quién podía saber lo que le estaría contando Mariana a su madre.
    Cuando estuvieron las tres sentadas en el comedor, desayunando tranquilamente, Marisa dobló la servilleta con cuidado y se dirigió a su hija.
    ―Micaela, te conozco, hija, sé que esto no significa nada para ti, que no crees en estas cosas y por eso nunca te dije nada ―miró de reojo a Mariana―, pero tal vez ahora sea necesario.
    ―¿De qué hablas, mamá?
    ―Sabes que nunca tuvimos una buena relación con la familia de tu padre. Ellos no aprobaron nuestro matrimonio. Sobre todo su madre.
    Micaela dejó la taza en el plato y la observó.
    ―No sé muy bien cómo explicarlo, porque nunca lo dijeron explícitamente ni hubieron pruebas de que…
    ―Tu abuela es una bruja ―dijo tranquilamente Mariana.
    ―Querida ―suspiró Marisa―, hay mejores maneras de dar este tipo de información.
    ―Estabas tardando mucho, Marisa.
    ―Espera, mamá, ¿qué es todo esto? ¿Una broma?
    ―No, Micaela, es cierto.
    ―¿Tú crees en estas cosas?

Capítulo II - pag 9


    ―Sabes que sí.
   Micaela frunció los labios.
   ―Y sé que tú no, pero si conocieras a tu abuela…
   ―¿Qué tiene?
   ―No sé, no es fácil explicarlo, es algo que se siente. Tu padre nunca me dijo nada, lo averigüé después, pero estoy segura de que lo sabía, de que él también era…
   ―Eso solo si su padre también fue brujo ―aclaró Mariana.
   ―¿Perdón? ―dijeron madre e hija a la vez.
   ―La brujería se hereda de madre a hija y de padre a hijo. O sea que si solo la mujer es bruja, entonces solo las hijas lo serán.
   ―Pero mamá no es bruja ―dijo Micaela tentativamente y luego sacudió la cabeza―, ya no sé qué estoy diciendo.
   ―No, no lo soy ―dijo Marisa.
   ―Pero puede saltarse una generación ―Mariana se sirvió otra tostada―. Es muy raro, pero pasa.
   Marisa se quedó mirando pensativamente a Mariana.
   —Todo esto no tiene sentido y se me hace tarde para la facultad —dijo Micaela mientras se levantaba de la mesa y llevaba su taza a la cocina.
   —Hija, por favor, al menos trata de mantener una mente abierta.
   —Para ser alguien que cursa la educación superior eres muy cerrada —Mariana se sirvió otra tostada y comenzó a untarla con abundante dulce de leche.
   Micaela la ignoró y se dirigió a la pieza, su madre la siguió y la observó guardar las cosas en su enorme bolso. Ella se lo había regalado en su último cumpleaños. Le había gustado que sirviera tanto de cartera como de mochila para llevar los cuadernos y apuntes de la facultad.
   —Micaela, sé que esto es extraño, pero…
   —¿Quieres que crea todas estas cosas, mamá? —Micaela se detuvo y se volvió—. ¿Realmente tú las crees?
   —No sé qué tanto es cierto, hija, pero sé que hay cosas que no entendemos y no debemos ignorarlas, no siempre. Algo cambió en ti, hija, lo siento cuando te veo, estás distinta.
   —Madre —Micaela se acercó a ella y la abrazó—, soy la misma de siempre, soy tu hija.
   —Claro que eres mi hija —sonrió Marisa—, pero hay algo más ahí y tengo miedo por ti. Creo que debes escuchar a esta chica, Mariana. Es un poco brusca, sin embargo tiene buenas intenciones.
   —Máaa…
   —Hazlo por mí.
   —Está bien —Micaela bajó los brazos—, aunque no sé qué quieres que haga.
   —Ve con ella, escúchala, ten cuidado.
   Micaela miró a los ojos de su madre.
   —Lo tendré, mamá, te lo prometo.
   Unos golpes sonaron en la puerta. Mariana se hallaba en el umbral y las miraba un poco contrariada.
   —Entonces, ¿vamos a casa? Seguro que mi abuela sabe algo.

Capítulo II - pag 10


     Micaela negó con la cabeza.
    —Tengo que ir a la facultad y al trabajo.
    —No creo que sea buena idea…
    —No. Mira, trataré de seguir tus consejos y mantener una mente abierta, pero no voy a hacer mi vida a un lado por esto.
    —Está bien, está bien —Mariana alzó las manos mostrando las palmas—. A la facultad y luego al trabajo, y luego a ver a la abuela. Marisa ¿puedo hacer otra llamada?
    —Claro, niña.
    —Mamá, ¿estás segura de que estás bien? ―dijo Micaela mirando las ojeras de su madre―. ¿No quieres ir a la casa de la tía?
    Marisa sonrió.
    —No te preocupes, estaré bien.
   —Ve a acostarte, por favor, te ves cansada.
   —Es tan triste que mi hija me dé órdenes a mí —Marisa suspiró y se alejó con la espalda encorvada y pasos trémulos a su habitación—. Yo debería ser la que te protegiera.
   —Estoy bien, má, no te preocupes por mí.
   Micaela se quedó inmóvil, lo que fuera que estuviera ocurriendo debía proteger a su madre, era lo único que tenía. Tal vez debiera forzarle a que fuera a la casa de la tía. No sería bien recibida, aunque al menos no estaría sola.
   «No —se dijo—, será peor allí, aquí en casa, con sus cosas se siente mejor. Pero, ¿cuándo sanará?»
   Micaela reprimió un escalofrío y se quedó mirando la puerta de la habitación de su madre.

*Fin del capítulo II*
 
Brujas Anónimas - Capítulo II

sábado, enero 12, 2013

Capítulo II - pag 1


(Debido a la extensión de los capítulos, se publican en varias páginas.)
   Las primeras dos horas de la jornada laboral pasaron como un huracán. A la rápida atención de los miles de clientes que acudieron, Micaela tuvo que sumar la mirada insistente de su encargado. No le quitaba la vista de encima, la sentía sobre todo en su cuello, cuando estaba de espaldas. Cuando llegó su descanso, se acercó a él.
   ―Martín, ¿estoy haciendo algo mal?
   Él terminó de dar unas órdenes a un chico nuevo y se volvió hacia ella, otra vez la mirada resbaló por su cuello.
   ―Micaela ―saboreó el nombre―… no, todo está bien, ¿por qué?
   ―Porque, no sé, siento que me estás observando ―se sonrojó.
   ―Tal vez ―sonrió―, es que hoy te ves distinta. Algo como… luminosa.
   ―¿Luminosa?
   ―Sí, es raro, no me había dado cuenta antes, pero hay como una luz en ti.
   Micaela lo miró extrañada, esperando que aclarara un poco más, pero él se quedó como embobado y después una fina línea de saliva se le escapó por la comisura de la boca. Micaela retrocedió y estaba a punto de decirle algo cuando el chico nuevo se acercó a Martín.
   ―Eh, ¿señor? ―dijo el chico tímidamente―. ¿Señor? No sé cómo… no entiendo cómo…
   El encargado se despertó y centró su atención en el muchacho. Micaela aprovechó ese momento para irse a la oficina trasera, donde los empleados podían comer un rápido almuerzo y descansar un poco antes de volver al trabajo. Por suerte, el resto de la tarde el encargado estuvo bastante ocupado y Micaela pudo evadirlo.
   Cuando terminó su jornada, salió de allí apresurada y ni siquiera se cambió de ropa. Algunas compañeras trataron de invitarla a salir con ellas, pero Micaela se excusó rápidamente y se alejó de allí a las corridas. Se volvió atrás varias veces, pero era la única que iba en esa dirección.
   Aunque todavía era temprano, en la calle ya se respiraba noche. La parada del colectivo estaba vacía y Micaela supuso que un coche había pasado recientemente. Tal vez tendría que esperar bastante al siguiente.
   Después de varios minutos, comenzó a bailar en el lugar tratando de quitarse el frío de encima, pero sentía los pies congelados aún con las medias gruesas que llevaba bajo las botas.
   Empezó a soplar un viento muy fuerte y Micaela se abrazó a sí misma. Le pareció que el entorno se volvía más oscuro, aunque tal vez se debiera a que no pasaba ningún auto por la calle y había poca iluminación.
   La zona estaba desolada y Micaela comenzó a rogar que apareciera alguien. Ya había decidido que si no llegaba un colectivo y pasaba un taxi, lo tomaría de todas formas, aunque solo fuera para alejarse de allí.
   El viento se hizo más insistente y ella comenzó a temblar. Las sombras comenzaron a alargarse a su alrededor, a enroscarse en torno a ella. Ya no era posible distinguir la cuadra siguiente y Micaela se asustó. Sin embargo, no podía moverse.
   A medida que el viento se arremolinaba, empezó a oír voces, un murmullo grave, tosco, confuso y algo ronco. No distinguía palabras, pero estaba segura de que las había. Se esforzó por enfocarlas, sentía que casi estaba allí. Cerró los ojos y se concentró en el sonido, tanto que ya no sentía el viento frío a su alrededor. Se le relajó el cuerpo y sintió las voces vibrar en su interior, tranquilizándola.

Capítulo II - pag 2


     La atacó un sopor cada vez más fuerte, tanto que ya no le importaba tratar de entender lo que decían las voces. El ronroneo la acunaba y ella se dejaba llevar. Estuvo a punto de perderse, cuando unos dedos se le clavaron en los brazos y sintió un aliento cálido en la cara.
    ―¡Despierta! ¡Despierta!
    Esa voz fue haciéndose más aguda hasta que se convirtió en un chillido. Sintió calor en las mejillas. ¿La habrían golpeado?
    ―¡Despierta!
    Abrió los ojos de golpe y se encontró con la joven de negro, Mariana, frente a ella.
    ―¡Vamos, debes despertar!
    ―¿Qué… qué sucede? ―susurró Micaela.
    ―No hay tiempo para explicarlo ahora, sígueme ―tiró de ella y la arrastró hacia quien sabía dónde. Todo estaba oscuro a su alrededor y ella seguía desconcertada.
    Sentía como si estuviera corriendo sobre arena. Se hubiera detenido, si no fuera porque Mariana no dejaba de tirar de ella. Cada vez que pensaba que se iba a caer, Mariana le daba otro tirón y la obligaba a seguir.
    Por fin, el aire comenzó a calentarse a su alrededor y notó que podía respirar mejor. Ya no estaba tan cansada y se le despejó la mente. Las luces comenzaron a aparecer y también la gente, y los autos. Se detuvo. 
   ―Vamos ―la animó Mariana―, un poco más y podremos descansar.
   ―¿Qué ocurrió? ¿Qué hacías tú allí?
   ―Aquí no ―suspiró―, cuando estemos en un lugar seguro, hablamos.
   Tiró de vuelta con fuerza de su brazo y Micaela no opuso mucha resistencia. Poco después llegaron a una vieja zapatería. Mariana se apresuró a entrar y se dirigió directo a la puerta que llevaba a la parte interna del negocio.
   Una vez que atravesaron el umbral, Mariana se volvió y se concentró en la puerta. Micaela sintió una vibración y en ese momento, la joven suspiró y pareció relajarse por primera vez.
   ―Eso estuvo cerca.
   Micaela se sentó en el piso.
   ―¿Qué pasó?
   ―Lo que te dije que pasaría si no te cuidabas. Es una suerte que yo anduviera por allí ―maldijo por lo bajo―, debería haber llevado algunos hechizos preparados.
   ―¿Qué hacías por allí?
   ―Vigilándote, ¿qué más?
   ―¿Vigilándome?
   ―Claro. Mira, después de nuestro encuentro me quedó claro que o bien eras muy sospechosa e intentabas aparentar inocencia o bien eras muy tonta y no sabías el riesgo que corrías.
   ―No soy tonta.
   Mariana la calibró con la vista.
   ―Bueno, tal vez ignorante.
   ―¡No soy ignorante!

Capítulo II - pag 3


     ―¿Entonces por qué no te defendiste? Tendrías que al menos poder haber hecho un hechizo de protección.
    Micaela respiró profundamente.
    ―Ya… te dije… que… no existen las brujas. Y yo… no… soy… una.
    ―Entonces repito: eres… muy… IGNORANTE.
    Micaela se puso de pie de un salto y avanzó hacia la puerta. Giró con fuerza el picaporte, pero estaba trabado. No observaba ninguna cerradura o llave. Hizo más fuerza, y fue inútil. Empujó con todo su cuerpo, la puerta seguía inamovible.
    ―Déjame salir ―dijo sin volverse.
    ―Podría, pero por algún motivo me caes bien y no quiero verte lastimada.
    ―¿Me estás amenazando?
    Mariana puso los ojos en blanco.
    ―¿No te acabo de rescatar? No, no te estoy amenazando. Eres muy testaruda. Te quiero ayudar, aunque no quieras creerme. Así que nos vamos a quedar aquí hasta que pase el peligro y después te llevo hasta tu casa. ―Hizo una mueca―. Aunque no me convence la idea de dejarte allí sin protección. ¿Vives sola?
    ―Con mi madre ―dijo Micaela y después se mordió la lengua―. ¿Qué te importa?
    ―La verdad ―se encogió de hombros―, ni yo entiendo por qué me importa, tal vez me gusta saber que puedo hacer más que una espontánea y que no eres una engreída, no lo sé. ―Se frotó el cuello―. No creo que lo mejor sea que te quedes sola.
    Micaela trató de tranquilizarse. No iba lograr nada peleándose con aquella joven y, por más que pareciera loca, no le había hecho daño. Además tenía que reconocer que era la segunda vez que la sacaba de una situación amenazante. ¿Qué habría sucedido allí?
    Con movimientos lentos volvió al rincón donde estuviera antes y otra vez se sentó en el piso. Mariana asintió, pero no dijo nada.
    Poco después, Micaela rompió el silencio.
    ―¿Qué pasó?
    ―¿Qué sentiste?  
   Micaela perdió la vista en la distancia tratando de recordar. Un escalofrío le recorrió el cuerpo.
   ―Sentí frío y después escuché una voces, como un murmullo grave, no entendía lo que decían. Era como si me acunaran, me estaba quedando dormida.
   ―Estuvo cerca ―dijo Mariana con seriedad.
   ―¿Qué cosa? ¿Qué fue lo que pasó?
   ―Son los señores de las sombras ―hizo un ademán al gesto de Micaela―; sí, sé que suena melodramático, pero es así como se llaman a sí mismos. Nadie los vio nunca, al menos nadie que pueda contarlo. Son malos, muy malos, tanto que hasta los vampiros los temen. Nadie sabe exactamente lo que quieren, más allá de causar daño y recolectar poder, lo acumulan como una adicción.
   »Siempre actúan en manada, cuando están cerca todo se oscurece y puedes escuchar sus voces, aunque no se las puede diferenciar ni entender lo que dicen. Tampoco deberías intentarlo, te atrapan con esa pequeñez, con solo tenerte intentando entender lo que dicen, te distraen hasta que…

Capítulo II - pag 4


      Micaela se agitó nuevamente con el recuerdo.
    ―¿Hasta que qué?
    ―Hasta que te consumen.
    ―¿Qué significa eso?
    ―No estoy muy segura, pero sí sé que no quiero averiguarlo ―dijo Mariana ceñuda.
    ―Hay algo más, ¿no? Algo que no me estás diciendo.
    ―¿Qué? No es nada.
    ―Si quieres que crea en ti, que confíe, entonces…
    ―Ya, ya ―dijo Mariana irritada―, ahórrate sonar como mi madre. Es solo que me pareció raro que nos resultara tan fácil escapar.
    ―¿Hubieras preferido que fuera más difícil? ―se sorprendió Micaela.
    ―Me hubiera dado la oportunidad de probar algunas cosas ―sonrió―, pero no, no lo hubiera preferido. Sin embargo, es extraño y me molesta no encontrar una razón.
    Quedaron en silencio otra vez. Un par de veces, Micaela amagó a preguntar algo y se detuvo a último momento. Cuando había pasado una hora, Mariana se puso de pie y se acercó a la puerta.
    ―Creo que ya podríamos salir. No suelen quedarse mucho tiempo.
    Micaela se puso de pie, la siguió y se golpeó contra ella cuando Mariana se detuvo de repente.
    ―Sabes, nunca me dijiste tu nombre.
    ―Bueno ―dijo lentamente―, no tuvimos un encuentro muy convencional.
    ―Aun así yo te dije cómo me llamaba.
    Micaela suspiró, esa joven era muy rara.
    ―¿Me vas a decir cómo te llamas o tengo que leerte la mente?
    ―¿Puedes? ―Micaela se encogió.
    Mariana estalló en una risa que le convulsionó el cuerpo.
    ―Tendrías que verte el rostro, entre la incredulidad y el miedo ―se rió con ganas―. No, no puedo hacerlo, vas a tener que decírmelo.
    ―Micaela ―dijo, exasperada―. Ahora, ¿podemos irnos?
    ―Claro ―siguió riéndose Mariana y la guió fuera de la zapatería.
    ―¿De quién es la tienda?
    ―De la sociedad de brujas y brujos. Son lugares seguros que tenemos repartidos por allí y por aquí, por si alguien necesita un refugio.
    Micaela frunció los labios y siguió caminando. Mariana sonrió y no le dijo nada, la llevó hasta la avenida más próxima.
    ―Bueno, tú dirás, ¿hacia dónde vamos?
    Micaela dudó solo un segundo, después de todo ya lo había decidido cuando estaban en la zapatería.  
    ―Hacia Chacarita.
   ―Uh, ¿cerca del cementerio?
   ―A dos cuadras.
   Mariana silbó.

Capítulo II - pag 5


 
      ―Ojalá me lo hubieras dicho antes.
    ―No me lo habías preguntado.
    ―Todo el mundo sabe que no es recomendable andar cerca de los cementerios de noche. ―La miró con los ojos entornados―. No hay que ser bruja para eso.
    ―Es un poco desolado, pero siempre paso por allí. No hay problema.
    Mariana suspiró.
    ―Bueno, no tenemos opción. ―Comenzó a caminar―. Vamos por acá, en la otra cuadra para el colectivo que nos deja en la plaza. ¿A cuántas cuadras de allí?
    ―Tres.
    ―Al menos son pocas. Podemos correr si es necesario. Ten a mano la llave.
    Micaela la miró exasperada, aunque de todas formas, disimuladamente, buscó las llaves en su bolso y se la guardó en el bolsillo.
    El viaje en colectivo fue extrañamente tranquilo. Mariana miraba para todos y recelaba de cualquiera que se les acercaba. Tanto que la gente comenzó a hacer un círculo alrededor de ellas. Micaela se puso nerviosa, aunque prefirió no decir nada, no estaba segura de cómo iba a reaccionar aquella joven.
    Cuando bajaron, Mariana la aferró de la muñeca y tiró de ella con paso decidido. Micaela intentó quejarse, pero la joven la hizo callar y casi volaron a través de la plaza.
    ―En la otra esquina a la izquierda ―alcanzó a decir Micaela mientras cruzaban la calle.
    Alcanzó a oír un murmullo malhumorado ‘a la izquierda, encima a la izquierda’. Cruzaron las demás calles al mismo ritmo ya que, afortunadamente para este caso, no tenían semáforo porque el tráfico era muy escaso. Micaela la hizo parar frente a una puerta de hierro vieja que daba a un largo pasillo.
    ―Es aquí.
    ―Rápido, abre ―la animó mientras le daba la espalda y vigilaba la calle.
    Casi la empujó dentro y cerró la puerta de un portazo. Le arrancó la llave de la mano y la hizo girar en la cerradura con brusquedad. Dio una última mirada alrededor y luego la empujó por el pasillo.
    ―Vas a tener que cambiar la puerta, no es segura. Se ve todo, no tienes dónde esconderte mientras caminas por este pasillo.
    ―Esconderme ¿de qué?
    ―Sshhh.
    ―Fuiste tú la que empezó a…
    ―Sshhh, habla más bajo. ¿Cuál puerta?
    ―La primera.
    Mariana observó con ojo crítico a las únicas dos plantas que franqueaban la entrada. Eran una azalea marchita y un tímido helecho que languidecían en sendas macetas de plástico. La pintura verde de la puerta estaba cascareada y tenía manchas de óxido.
    ―¿Es de chapa?
    ―Más o menos ―dijo Micaela mientras la abría y entraba a su casa.
    Mariana se volvió hacia la puerta mientras la cerraba.

Capítulo II - pag 6


    ―Esta definitivamente vas a tener que cambiarla. No sirve ni como puerta.
    Micaela suspiró.
    ―Trata de no hablar muy fuerte, mi madre debe de estar en la cama.
    ―Todavía es temprano, ¿ya está acostada?
    ―Está enferma.
    ―¿De qué?
    ―¿Qué te importa? ―Micaela cerró los ojos e inspiró―. Ella no tiene nada que ver con esto.
    ―Tal vez ―dijo Mariana mirando alrededor.
    ―Eh, ¿quieres algo de tomar?
    ―Sí, un café estaría bien.
    ―¿A esta hora?
    ―¿Hay un horario?
    ―Bueno, en general no se toma café a la noche, sino no puedes dormir.
    ―Tal vez tú no puedas. De todas formas, nunca me acuesto temprano.
    Micaela dejó el bolso en una de las sillas que estaban alrededor de la mesa y se encaminó hacia la cocina, seguida de Mariana. Prendió la cafetera mientras buscaba el filtro y unas tazas. Para ella, calentó un poco de agua y rebuscó entre las cajas de té.
    ―Té, puaj.
    ―A mí me encanta, y también a mamá.
    ―¿Y tu papá?
    ―No eres muy amiga de la sutileza, ¿eh?
    Mariana se sentó en la mesada y se encogió de hombros.
    ―Creo que eso es una pérdida de tiempo. Tanto cuidado para hacer una pregunta, al final nunca la haces.
    ―Él falleció cuando era chica, casi un bebé.
    ―¿Hermanos?
    ―No.
    ―Entonces vamos a tener que hablar con tu madre.
    ―Mira, ya te dije que ella no tiene nada que ver, además sigo sin estar convencida de todo esto.
    ―¿Mica?
    Las jóvenes se dieron vuelta. En el umbral estaba una mujer maltrecha envuelta en una bata acolchada vieja y manchada. Debajo se adivinaba un cuerpo pequeño y débil. Las mejillas estaban consumidas y las ojeras ocupaban una parte importante de su cuerpo.
    ―Mamá, lamento haberte levantado.
    ―Estoy bien, hija, estaba despierta. No pude dormir bien hoy.
    ―¿Quieres un té? ―ofreció Micaela mientras escrutaba el rostro materno.
    ―Gracias, cielo ―la mujer se sentó en una banqueta―. ¿Y quién es ella? ¿Una compañera de la facultad?
    ―No ―dijeron las jóvenes al unísono.
    ―¿Del trabajo?