SINOPSIS


   Brujas Anónimas es una blognovela orientada a un público juvenil y con una temática fantástica. Se desarrolla en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Sigue la historia de Micaela, una joven universitaria que un día descubre, a su pesar, la existencia de una sociedad paralela dentro de su propia ciudad.














sábado, agosto 31, 2013

Capítulo III - pag 1


(Debido a la extensión de los capítulos, se publican en varias páginas.)
   Cuando Mariana regresó del comedor, Micaela seguía parada en el medio de la habitación mirando la puerta que comunicaba con la pieza de su madre.
   —¿Estás bien?
   —¿Eh? Sí, sí. Debemos apurarnos, sino llegaré tarde.
   —No soy yo la que está parada sin hacer nada.
   Micaela le dirigió una mirada de exasperación y terminó de acomodar su bolso. Echó un último vistazo a la habitación y salió de ella.
   —¿Siempre haces la cama a la mañana? ―preguntó Mariana.
   —Sí.
   Mariana la miró como si estuviera loca.
   —¿Todos los días?
   —Sí.
   —Es raro.
   —¿Hacer la cama? —Micaela rió secamente—. Después de todo lo que me contaste, ¿te parece raro hacer la cama?
   —Bueno, no conozco a mucha gente que lo haga, que no sea mi mamá.
   Micaela abrió la puerta y esperó a que Mariana saliera. Luego cerró con llave y suspiró antes de guardarla en el bolso. Caminaron en silencio por el largo pasillo y Mariana se detuvo ante la puerta de salida.
   —Está abierta —dijo Micaela.
   —¿Cómo lo sabes?
   —La señora Ramírez, que vive al fondo, siempre se levanta muy temprano y sale a caminar antes de hacer las compras. La deja abierta hasta que vuelve.
   —Eso no es seguro.
   —Tal vez, pero nunca tuvimos problemas. Éste sigue siendo un barrio tranquilo.
   Mariana la miró con una expresión poco convencida y se cerró la campera hasta arriba. La mañana era fría y corría un viento persistente que las obligó a mantener la cabeza baja. No había nadie en la acera mal alumbrada. Micaela le indicó que lo mejor era caminar por la calle, donde había un poco más de luz.
   —¿Ni siquiera pasan taxis por aquí? —preguntó Mariana.
   —Pocos, y menos todavía a esta hora.
   Mariana miró con tristeza la avenida vacía a la que llegaron luego de dos cuadras de caminata. Cuando levantó la vista se chocó con el paredón del cementerio y sintió un escalofrío. Desvió la mirada y buscó hacia ambos lados de la avenida.
   —Alguno tiene que pasar.
   —Vamos en subte —dijo Micaela dando vuelta en la esquina sin siquiera echar una mirada al paredón—, la entrada está en la plaza.
   —¿La plaza donde te atacaron? —Mariana la alcanzó en un par de zancadas—. Perfecto.

Capítulo III - pag 2


    —¿Ahora tienes miedo? —sonrió—. No parecías de ese tipo.
   —¡No soy de ese tipo! —Mariana se sopló las manos y volvió a meterlas en los bolsillos—. Hay que ser precavida, además… no me gusta viajar en subte.
   —¿Por qué no? Es rápido.
   —Es bajo tierra —Mariana hizo una mueca.
   Micaela se volvió a mirarla, entonces divisó un taxi que se acercaba lentamente por una de las calles laterales.
   —Mira, un taxi.
   —Vamos —dijo Mariana y apuró el paso.
   El coche avanzaba lentamente, cerca de la acera derecha. No se veía si estaba encendida la señal de libre y tampoco se alcanzaba a distinguir al conductor. El auto no alteró su marcha cuando ellas se dirigieron hacia él. Estaban a unos metros cuando Mariana se detuvo en seco y cruzó un brazo para detener a Micaela.
   —¡No!
   —¿Qué pasa?
   Mariana entornó los ojos. Luego buscó frenéticamente entre sus ropas y sacó una pequeña bolsa. Antes de que Micaela pudiera reaccionar, Mariana esparció un polvo blanco en un círculo alrededor de ellas. Tomó a Micaela de las manos.
   —No lo mires, mírame a mí y repite conmigo.
   —¿Qué sucede? ¿Es eso sal?
   —¡Mírame a mí!
   Micaela pegó un salto y se quedó mirando los ojos marrones y relucientes de Mariana. Escuchaba que murmuraba algo, pero no alcanzaba a discernir las palabras. Se sintió adormecer con el cántico, aunque aun así percibía una especie de amenaza que las rodeaba.
   Lo que fuera que las buscara no parecía estar seguro de dónde estaban. Se acercaba y se alejaba de ellas, a veces llegando a oprimirlas. Sin embargo, la barrera que las rodeaba resistía.
   No era capaz de enfocar el rostro de Mariana, aunque lo tuviera a pocos centímetros. La joven mantenía una expresión concentrada, con la frente sembrada de profundas arrugas. Hablaba cada vez más lentamente, pero aun así Micaela no entendía las palabras que pronunciaba.
   Poco después, notó que la amenaza comenzó a diluirse hasta que desapareció. La mirada de Mariana se enfocó y ella emitió un largo suspiro.
   —Vamos, creo que ya es seguro.
   —¿Qué pasó? —dijo Micaela con la voz algo pastosa.
   ―No podemos quedarnos acá, podría volver —Mariana miró a su alrededor.
   ―¿Estás bien? Te ves muy pálida.
   ―Estoy bien, vamos.
   Micaela se encontró otra vez siendo arrastrada por Mariana, a la que le quedaban más fuerzas de las que parecía.

Capítulo III - pag 3


    —¿Qué fue todo eso? ―jadeó Micaela mientras atravesaban la plaza.
   —Había oído de ese taxi, pero no lo había visto nunca, y espero nunca volver a hacerlo. Creo que él no nos vio.
   —¿Él? ¿Quién?
   —Lo que sea que maneja ese taxi. Vamos, apurémonos, esta vez sí aceptaré el viaje en subte.
   Cuando llegaron a la boca del subte, bajaron las escaleras en un santiamén. La estación estaba bastante más llena que el día anterior; en general, unos minutos de diferencia se notaban bastante.
   Mariana no dejó que Micaela se fuera hasta una de las puntas y la obligó a quedarse en el medio.
   —Aquí hay más gente, no podremos sentarnos ―se quejó Micaela.
   —No importa. La gente es buena, nos gusta tener gente alrededor.
   —¿Nos gusta?
   —Sí, mientras más gente haya a tu alrededor, menos visible eres.
   No tuvieron que esperar mucho a que llegara la formación. Aunque entraron en un subte bastante lleno, fueron capaces de conseguir asientos.
   Mariana tamborileaba los dedos sobre las piernas y en cada estación preguntaba si ya debían bajarse. Cuando faltaba una, subió el hombre que había hablado con Micaela el día anterior, el hombre tatuado.
   De nuevo se sentó frente a ella. Micaela no sabía cómo había conseguido justo ese asiento.
   —¿Es en la próxima?
   —¿Eh? Sí, la próxima.
   —¿Quién es ese? ―preguntó Mariana cuando se percató del hombre tatuado que las observaba sin pestañear.
   —No lo sé.
   —¿Lo conoces?
   —Nnno.
   —Pero lo viste antes, ¿no?
   —Mmm… ayer.
   —¿Qué pasó?
   —Nada.
   Mariana se inclinó hacia adelante y clavó su mirada en el hombre. Él desvió la suya de Micaela y le dedicó una sonrisa. Cuando estaban entrando en la siguiente estación, se levantó y se acercó a ellas.
   —Has conseguido una protectora, eso es bueno —le dijo a Micaela y luego se volvió hacia Mariana—. Será una tarea difícil para ti, chiquilla, pero supongo que alguien tiene fe en ti, sino no te hubieran marcado.
   —¿Chiquilla? —gruñó Mariana—. No soy ninguna chiquilla, tengo veinte años, y nadie me marcó.
   El hombre sonrió de vuelta y volvió a fijar su atención en Micaela.
   —Todavía tienes mucho que aprender; sin embargo, sigues viva, tal vez eso sea una buena indicación. —Hizo una reverencia—. Buena suerte a ambas.

Capítulo III - pag 4


    —¿De qué estás hablando? —exigió saber Mariana.
   —Nos tenemos que bajar ―interrumpió Micaela.
   —No, espera…
   —No podemos, vamos, las puertas se cerrarán enseguida.
   Corrieron fuera del subte y se volvieron a tiempo para ver cómo aquel hombre las observaba desde el otro lado del vidrio. Sonreía con tristeza mientras asentía lentamente.
   —¿Qué fue lo que te dijo la otra vez?
   —Oh, nada que tuviera sentido.
   —Después todo lo que ha pasado, ¿todavía crees eso?
   Micaela frunció los labios y comenzó a abrirse camino entre la gente que se dirigía a la escalera de salida.
   —Vas a tener que contarme todo lo que pasó —dijo Mariana cuando la alcanzó al pie de la escalera mecánica.
   Sin embargo, caminaron en silencio las pocas cuadras que la separaban de la facultad. Podrían haber ingresado por un acceso lateral, pero Micaela insistió en hacerlo por la puerta frontal. En las anchas escaleras, con dos vasos calientes en la mano, la esperaba Cecilia.
   —Hola, Mica —le tendió uno que no olía a café—, qué frío, ¿eh?
   —Hola, Ceci, gracias.
   Cecilia y Mariana se midieron con la mirada. Parecían opuestos, una rubia vestida con colores chillones y otra toda de negro y con un pelo aún más oscuro. Cecilia fue la primera en sonreír.
   —Si hubiera sabido que venías con alguien, compraba otro café o té. ¿Por qué no me avisaste? —lanzó una mirada de enojo a Micaela y luego se volvió hacia Mariana—. Hola, soy Cecilia, la mejor amiga de Micaela.
   —Mariana.
   —Mariana —repitió Cecilia lentamente—. ¿Estudias aquí también? No recuerdo haberte visto antes y estoy seguro de que te recordaría.
   —No —dijo Micaela—, es… es nueva en el trabajo. Nos encontramos de casualidad en el subte y… veníamos hablando. Ella tiene que hacer, eh… un trámite por acá cerca.
   —Ah, claro —Cecilia las miró dubitativa y luego se dirigió a Micaela—, será mejor que entremos.
   —Sí, claro —dijo Micaela y se volvió a Mariana.
   —Te veré en un rato —se adelantó esta—, tengo esas cosas que te comenté para hacer. ¿A qué hora sales?
   —A la una.
   —¿Van a ir a algún lado? —preguntó Cecilia con una mirada herida hacia Micaela.
   —Solo al trabajo —dijo Micaela.
   —Ah.
   —Bueno —dijo Mariana—, nos vemos después.
   Se alejó de allí sin esperar respuesta. Micaela y Cecilia se adentraron en la facultad integrándose con la masa de alumnos que se movía por los pasillos. Cada tanto algunos se desviaban a otro pasillo o entraban automáticamente en aulas pobremente iluminadas. Micaela y Cecilia ingresaron en una de las aulas del fondo.

Capítulo III - pag 5


    —Así que esa es tu nueva amiga —dijo Cecilia mientras se acomodaba en el pupitre.
   —Bueno, yo no la llamaría amiga, es más bien una compañera, una compañera de trabajo.
   Cecilia se relajó visiblemente.
   —Claro, lleva más tiempo ser amigas. Por ejemplo, una compañera de trabajo no sabría que prefieres el té.
   Micaela le sonrió.
   —Eso lo sabes solo tú.
   El rostro de Cecilia se iluminó.
   —Para eso estamos las amigas. ―Se acomodó en su asiento y quedó sentada de costado, enfrentando a Micaela―. Entonces, ¿qué pasó ayer?
   —¿Ayer?
   —Sí, después de lo que me contaste. ¿Algo más sucedió? ¿Estás bien?
   —Sí, estoy bien ―dijo Micaela pensando que ya había dicho esa frase demasiadas veces en los últimos días.
   —No, no lo estás —Cecilia suspiró—. A veces es realmente cansador atravesar esa coraza que tienes alrededor.
   —¿Qué coraza? —frunció el ceño Micaela—. ¿De qué estás hablando?
   —Ya lo sabes, eso de que no dices lo que piensas, lo que sientes. Bah, no dices casi nada que no sea la conversación social obligada.
   —No tengo nada que decir —se encogió de hombros—, además ayer ya te conté todo lo que pasó.
   —Hay algo más, lo puedo sentir —suspiró otra vez—. ¿Me prometes que me lo contarás cuando estés lista?
   Micaela sintió un leve rubor en las mejillas. No sabía cuándo Cecilia había comenzado a ser tan hábil leyéndola. Antes no se daba cuenta de nada, al principio.
   —Sí —susurró.
   Cecilia asintió y luego se volvió hacia el frente, el profesor ya había entrado en el aula y se dirigía a la clase.
   Hubo poco de que hablar mientras navegaban junto con el alumnado en las clases matutinas. Ninguna de las cuales hizo nada para ayudarlas a despertarse y sus cuadernos contenían cada vez menos apuntes a medida que avanzaba la mañana.
   Cuando por fin dio la una, Cecilia se desperezó estrambóticamente y se volvió hacia Micaela mientras esperaban que el resto de la clase saliera del aula. A veces era mejor aguardar unos minutos antes que quedar atrapados en la euforia de la gente saliendo del salón.
   —¿Cuándo tienes franco esta semana?
   —Mañana.
   —¿Mañana? Perfecto, ¿te parece si vamos al cine?
   —No lo sé.
   —Vamos, Mica, nos vendría bien relajarnos un poco, a ti más que a mí.
   Cecilia se puso de pie y Micaela la siguió.

Capítulo III - pag 6


    —Lo pensaré.
   —Pues no lo pienses mucho, ya prácticamente es mañana.
   —¿No estás un poco apurada? —sonrió Micaela mientras se detenía en el patio junto gran macetón que antes albergaba un árbol y ahora solo sus restos.
   Apoyó el bolso en el borde para acomodar mejor el cuaderno. De repente, sintió un pinchazo en la mano, creyó que habría sido un mosquito, pero cuando se miró la mano, había un pequeño hombre marrón, casi indistinguible de la tierra, aferrado a su mano. Si no hubiera sido por su gorro rojo casi no lo hubiera visto. Se quedó paralizada un segundo, hasta que sintió otra vez los dientes clavarse en su mano.
   —¡Ay! ¡Suéltame!
   —¿Qué sucede? —dijo Cecilia y se acercó a ella—. ¿Qué es eso?
   —No lo sé, pero me está mordiendo.
   —¿Te está qué?
   —Ayúdame a sacármelo de encima.
   Cecilia, con reticencia, trató de asir el cuerpo de aquel hombrecillo, pero era como si en realidad no tuviera forma. Se deshacía en sus manos convirtiéndose en tierra.
   —Rápido —jadeó Micaela—, me duele.
   —¡Es que no puedo! —gritó Cecilia.
   Algunos estudiantes se volvieron a verlas, aunque se mantuvieron alejados. Cecilia miró a su alrededor, debía de haber algo con qué pegarle. Encontró un pedazo de madera, probablemente parte de un banco, y ya se dirigía a tomarlo cuando un borrón marrón y verde saltó entre ella y Micaela.
   Otro hombrecillo cayó al lado del de sombrero rojo. Micaela y Cecilia jadearon a la vez, pero pronto vieron que el recién llegado atacaba al anterior.
   —Bien —dijo Cecilia—, mientras ellos pelean, nosotros nos podremos escapar.
   —No me suelta la mano —sollozó Micaela.
   Cecilia tiraba de ella, no sabía qué más hacer. El nuevo hombrecillo luchaba enloquecido y finalmente fue capaz de tirar al otro al suelo, donde se confundió con el resto de la tierra del macetón. Micaela y Cecilia cayeron hacia atrás.
   —¿Están bien? —preguntaron unos chicos que pasaban por allí.
   —Sí, sí —dijo Cecilia—, solo nos tropezamos.
   —Estás sangrando —dijo uno de los muchachos señalando la mano de Micaela.
   —Se rasguñó con… con esta madera —dijo Cecilia que todavía tenía cerca el tablón—, no pasa nada.
   Los muchachos no parecían convencidos, pero igualmente se alejaron de allí. Estaban tan acostumbrados a ver gente rara en la facultad como el resto del alumnado. Cecilia ayudó a Micaela a levantarse, agarró su bolso y se alejaron de allí hacia los baños. Una vez dentro, la agarró de la muñeca.
   —Déjame ver.

Capítulo III - pag 7


    La mano de Micaela estaba hinchada, con un tono casi violáceo y unas pequeñas hendiduras de dientes refulgían de un rojo similar al gorro de aquella cosa.
   —Hay que desinfectarla —dijo Micaela mirando con ojo crítico—, no tengo nada aquí, tal vez en la farmacia...
   —¿Es lo primero que dices? —Mariana la miraba incrédula—. ¿Después de lo que viste?
   —No sé lo que vi —Micaela esquivó la mirada de su amiga—, un bicho o una rata que me mordió.
   —¡No era ninguna rata, Mica!
   —Ceci, no empecemos con…
   Cecilia le clavó los dedos en los hombros y la forzó a mirarla.
   —Era un duende, Mica, un duende te mordió y parecía… parecía estar chupándote la sangre. No puedes ignorar eso. —Se alejó de ella—. Pero no te sorprende tanto, ¿no? Ya lo sabías.
   —No, claro que no.
   —¿Por qué no confías en mí?
   —Yo confío en ti, eres mi mejor amiga, la única que tengo —Micaela lo dijo con firmeza y esperó a que las palabras hicieran efecto—. No sé qué está sucediendo, todo es tan raro, no puede ser real.
   —Dime, Mica, yo te puedo ayudar. —Cecilia suspiró—. Esa Mariana tiene algo que ver, ¿no? ¿Por qué hablas con ella y no conmigo?
   —Yo no hablo con ella —Micaela abrió uno de los grifos de agua fría y puso la mano de bajo. Hizo una mueca, pero se mantuvo firme—. Ella apareció de la nada, diciendo un montón de cosas locas y ahora no me la puedo sacar de encima.
   Cecilia se relajó un poco y observó a otras chicas que entraron riendo al baño. Se peinaron un poco y una de ellas se retocó el maquillaje. No paraban de carcajear y conversar todas a la vez. Cuando se fueron, Cecilia volvió a hablar.
   —Tienes que contarme todo. No —hizo una seña cuando vio que Micaela se disponía a interrumpirla—, no importa que no lo creas, yo sí lo hago y quiero saber qué pasa. Quiero ser capaz de ayudarte. Por favor, Mica, también eres mi única amiga.
   Micaela la miró con tristeza. Jamás había entendido por qué Cecilia no tenía otras amigas. Era una persona muy sociable y adoraba a su novio con quien era muy feliz, pero no hablaba con ninguna otra chica que no fuera ella.
   —Está bien, te lo contaré todo.
   Cecilia asintió. En ese momento, Mariana entró en el baño, las miró a las dos y después se acercó a Micaela. Estudió la herida con atención y luego rebuscó otra vez entre sus ropas, esta vez extrajo una pequeña pomada. La extendió suavemente sobre la herida y Micaela suspiró al sentir el efecto refrescante.
   —¿Cómo sabías que estábamos aquí?
   —Cuando vi que no salías, entré a buscarte. No fue difícil, la gente está hablando de dos chicas locas en el patio que se tiraron al suelo.
   —No estamos locas —dijo Cecilia—, nos atacó un duende, más bien la atacó a Mica.
   —¿Qué clase de duende?

Capítulo III - pag 8


    —Uno feo, todo marrón y con un gorro rojo.
   Mariana gruñó.
   —Eso no es bueno —miró a Micaela—, tuviste suerte, no suelen soltar su presa fácilmente una vez que muerden.
   —De eso no tengo dudas —dijo Micaela.
   —Si no hubiera sido por el otro —continuó Cecilia—, no sé cómo lo hubiéramos arrancado de la mano de Mica.
   —¿Cuál otro?
   —Parecía más chico que el anterior, más enjuto y además de marrón era verde, tipo planta, no llevaba gorro. ―Cecilia hasta parecía entusiasmada al contar lo sucedido―. Salió de la nada y empezó a atacar al que estaba mordiendo a Mica, supongo que para morder él también.
   —Yo no como personas —dijo una voz aguda a sus pies— y no es de buena educación que lo acusen a uno cuando acaba de ayudar a alguien.
   Micaela y Cecilia pegaron un salto, pero Mariana se acercó para mirarlo más de cerca. El hombrecillo esperó pacientemente a que terminara la inspección.
   —¿Qué haces aquí? —preguntó Mariana.
   —Vengo a recoger el pago por mis servicios.
   —No, me refiero a qué haces en este país. Si te reconozco bien, deberías estar en Europa, al norte.
   El hombrecillo se cruzó de brazos.
   —¿Quién dice que no podemos viajar? Es propio de una bruja pensar que solo ella puede andar por todos lados.
   —¿Qué clase de pago? —preguntó Micaela.
   —El pago por haberte sacado a ese rojo de encima, no pido mucho, solo un lugar donde vivir, un poco de tabaco y… ah, sí, no trabajo los domingos.
   Cecilia no pudo evitar reír.
   —¿Te parece gracioso? —chilló el hombrecillo.
   —Bueno, un poco, ¿tienes sindicato?
   El hombrecillo la olió.
   —Tú no eres bruja, te perdono lo que has dicho —se volvió a Micaela—, entonces, ¿tenemos un trato?
   —¿Trato? No sé quién eres.
   —Mi nombre es Nesi y soy quien te salvó la vida.
   —Eso es exagerar un poco —dijo Mariana.
   —No tanto —contestó Nesi—, podría infectarse y envenenar su sangre. ¿Dónde estabas tú, protectora?
   —¿Cómo me llamaste? —se acercó Mariana.
   —Será mejor que vayamos a otro lugar —dijo Micaela mientras observaba a otro grupo de chicas que entraba en el baño.

Capítulo III - pag 9


    —Vamos —dijo Mariana poniéndose a un lado de Micaela, Cecilia se colocó del otro lado y ambas la guiaron fuera del baño.
   En ese momento, Micaela sintió que algo se metía en su bolso. El hombrecillo la sonrió desde dentro.
   —¿Qué crees que…?
   —Ahora no —dijo Mariana—. No te preocupes, no es de los malos.
   Atravesaron los pasillos a los empujones y recibieron varios insultos. Por más que buscaron, no encontraron ningún rincón donde pudieran hablar con calma un rato, así que decidieron cruzar a la plaza de enfrente. Fuera de la facultad, la fría mañana se había transformado en un día gris.
 
*Fin del capítulo III*
 
Brujas Anónimas - Capítulo III