SINOPSIS


   Brujas Anónimas es una blognovela orientada a un público juvenil y con una temática fantástica. Se desarrolla en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Sigue la historia de Micaela, una joven universitaria que un día descubre, a su pesar, la existencia de una sociedad paralela dentro de su propia ciudad.














sábado, septiembre 28, 2013

Capítulo VI - pag 1


(Debido a la extensión de los capítulos, se publican en varias páginas.)
 
    Micaela se despertó despacio, saboreando cada segundo restante entre las cómodas y calientes sábanas. Mientras se desperezaba, miró el reloj: eran las diez de la mañana.
   «¡Las diez de la mañana!», pensó y pegó un salto de la cama.
   Corrió hacia el baño y no pudo evitar que la puerta golpeara con fuerza contra la bacha del inodoro.
   —Lo siento, mamá —murmuró a la vez que trataba de lavarse la cara y los dientes a la vez, y si podía peinarse mejor.
   —Ah, veo que ya estás levantada —Nesi se asomó desde el umbral.
   —Me quedé dormida.
   —Te hacía falta el descanso.
   Micaela se detuvo.
   —¿Esto fue planeado? ¿Quién lo organizó?
   —Todos —dijo calmadamente el hombrecillo.
   —¡No puedo faltar a la facultad! —Micaela continuó con su frenético arreglo, se le cayó el cepillo y luego la pasta dental.
   —¿Por qué no? —Nesi saltó para esquivar el agua que salpicaba.
   —¡Por que no!
   —Esa no es razón —Nesi se subió en el trapo de piso que estaba bajo la pileta y comenzó a deslizarse alrededor de Micaela—. ¿Siempre mojas tanto el baño?
   —Si me apuro, puedo llegar a la clase de las once.
   —¿Para qué?
   —¿Cómo que para qué? Es la facultad, hay que ir.
   —Ese no parece motivo suficiente. ¿Qué pasa si no vas?
   Micaela escupió en la pileta y cerró el grifo mientras se secaba la boca con la toalla. Enfiló hacia el inodoro y cuando estaba a punto de sentarse, recordó a Nesi.
   —Eh… voy a necesitar un poco de intimidad para esto.
   El hombrecillo levantó la cabeza y la observó unos segundos.
   —Ah, claro —sonrió—, aunque en realidad no veo nada desde aquí.
   Micaela le clavó la mirada.
   —Está bien, está bien, esperaré afuera.
   Micela suspiró cerrando la puerta tras él y trató de mantener los pensamientos fuera de su mente. Cuando salió del baño, casi se tropieza con Nesi que se hallaba del otro lado de la puerta.
   —Todavía no me dices qué pasa si no vas.
   —No pasa nada —dijo Marisa sentada en la cama de Micaela—. Hija, te preocupas demasiado. Cecilia te traerá los apuntes, era más importante que descansaras un poco. Ven a la cocina, está más caliente que esta pieza y ya tengo preparado el desayuno.
   Se acercó a ella y le tendió la mano.
 

Capítulo VI - pag 2


    —Bueno —se dio por vencida Micaela—. En realidad no me vendrá mal descansar un poco.
   —¿Cómo tienes la mano? —preguntó Marisa acariciándole los dedos.
   —Ya no me duele, no fue gran cosa.
   Su madre miró la venda con aprensión.
   —En serio, má, no duele nada.
   —Hija, me gustaría poder decirte algo…
   —No hay mucho que decir.
   —O tal vez hacer algo, me siento tan inútil. Ya soy una carga para ti y ahora encima esto…
   —Mamá, por favor, no digas eso, nunca serás una carga para mí. Y esto… bueno, esto no sé qué es, pero nos ajustaremos, ya verás.
   Marisa sonrió y la guio hacia la cocina. La hizo sentarse frente a la pequeña mesa que tenían allí, cerca de las hornallas, y le sirvió un plato lleno de panqueques.
   —Vamos, come, estás quedando la piel y huesos.
   —¿Piel y huesos? Creo que queda un solo pantalón que me entra.
   —Eso es porque son todos viejos, deberías comprar nuevos.
   —Estoy de acuerdo —dijo Nesi saltando sobre la mesa—. Tu ropa es horrible y vieja, deberías tirar todo y empezar de nuevo.
   —¿Estuviste husmeando entre mi ropa?
   —Acomodando —apuntilló Nesi mientras metía la mano en el dulce de leche y sacaba un puño cargado.
   —Eso no se hace —lo amonestó Marisa—. Toma —dijo y le tendió una cuchara de dulce de leche—, la próxima vez, pídelo. No se mete la mano donde comen todos.
   —Gracias —susurró Nesi.
   —Eres impresionante, mamá, en serio.
   El resto del desayuno Nesi se lo pasó exponiendo todo lo que consideraba que debían arreglar en la casa. No se guardó de expresar el enorme trabajo que constituía para él, pero que estaba dispuesto hacerlo y que lo haría bien, mucho mejor que otros de los duendes que él conocía.
   Cuando volvió a la habitación, Micaela notó que la cama ya estaba hecha, con el pijama doblado al final y las pantuflas alineadas debajo de la cama, apenas asomándose.
   —Ya no tienes que preocuparte por estos temas —Nesi se erguía a su lado con las manos en la cintura—. Todavía me falta averiguar dónde van algunas cosas, pero en una semana tendré todo al día.
   —Eh, gracias, no debiste molestarte.
   —No es molestia, en realidad es mi trabajo, y lo hago bien. ¿Cuándo conoceré a tu padre? —Nesi se ruborizó, si es que puede hacerlo alguien que es entre verde y marrón—. Tal vez el fume y yo…
   —Él falleció, cuando yo era chica.

Capítulo VI - pag 3


    —Ah, lo siento.
   Micaela se acercó a la cama y se acostó sobre el acolchado. Quedó un rato en silencio, tanto que Nesi creyó que se había quedado dormida.
   —¿Qué clase de tabaco? —dijo Micaela de repente.
   —¿Eh? —Nesi salió de dentro del placard—, cualquiera en polvo está bien, me gustan los especiados —entrecerró los ojos.
   —Veré que puedo hacer.
   —Te lo agradecería mucho.
   —Yo debería agradecerte, por salvarme de ese duende rojo.
   —Eso no fue nada, nunca me gustaron los rojos. Son una desgracia para la especie, decir que son mis primos... —Nesi se sacudió.
   —Bueno, gracias de todas formas.
   —No es nada —sonrió Nesi y luego de un salto estaba en la cama, junto a Micaela—. Es una casa muy agradable, pero te diré que la mantienen bastante abandonada. Le hacen falta muchas reparaciones.
   —Ahora no tenemos dinero.
   —Yo podría hacer algunas —torció el gesto—, las pequeñas.
   —Tal vez más adelante.
   —De acuerdo —Nesi se sentó cruzado de piernas.
   Permanecieron en silencio otra vez y esa vez Micaela sí se adormeció. No llegó a dormirse por completo, pero sabía que no estaba completamente despierta.
   Las imágenes que desfilaban por su mente eran a la vez desconocidas y conocidas. Circulaban a raudales, como remolinos. Ninguna se detenía lo suficiente como para examinarla y, en cierto modo, le producían desasosiego.
   Una de ellas fue perfilándose más y más a medida que se hundía en el sueño. Era el rostro de una mujer morena, de cabello encrespado. Los ojos tenían una luz que acaparan toda la atención, uno casi no se podría fijarse en el resto. Era un rostro hermoso, de perfiles definidos y boca y mentón fuertes.
   Micaela sintió la necesidad de hablar con ella y por un momento creyó que podría hacerlo. La imagen se acercaba cada vez más y podía notar que ella estaba moviendo los labios. Aunque no supiera lo que dijera. Sola faltaba un poco más, un poco más…
   —¿Micaela? ¿Hija? —Marisa se acercó con cuidado—. Oh, perdona, no sabía que estabas durmiendo.
   —Está bien —dijo Micaela incorporándose—, no importa.
   —Pensé que te gustaría ver una foto de tu abuela paterna —Marisa le tendió una fotografía vieja y amarilla—, aquí está con tu padre cuando era chico.

Capítulo VI - pag 4


    El retrato mostraba a una mujer joven con un niño en brazos. Ella era pequeña y de constitución robusta. Los ojos pequeños parecían incrustados en su rostro y brillaban con una fuerza que repelía. Mantenía la boca apretada con firmeza, la misma que trasmitía en el agarre del niño que llevaba en el regazo.
   —No es mucho —dijo su madre—, pero tal vez alguna de tus nuevas amigas la conoce… por ser brujas, tú sabes.
   —Sí…, claro, preguntaré.
   —No estás obligada —su madre se negó a que le devolviera la foto—, aunque tal vez te la cruces y sería mejor que estuvieras prevenida.
   —Gracias, mamá.
   Marisa sonrió con debilidad.
   —A ver —Nesi saltó para ponerse al lado del brazo de Micaela.
   —¿Siempre andas saltando? —le dijo esta.
   —Con mi altura, no me quedan muchas opciones. —Nesi se inclinó sobre la foto—. Una mujer ruda, eh, pobre chiquillo, parece como si quisiera escapar.
   —Terminó haciéndolo —dijo Marisa con tristeza—, de un modo u otro.
   Nesi miró de Micaela a Marisa y luego de vuelta a Micaela.
   —Veré si la cocina está ordenada, siempre hay algo que limpiar allí —se fue dando pequeños saltos.
   —Él hubiera sabido que hacer en esta situación —dijo Marisa
   Micaela abrazó a su madre. En ese momento, sonó el timbre.
   —Debe de ser Cecilia —dijo Marisa secándose los ojos—, iré a abrirle.
   —Ni hablar —se incorporó Micaela—, hace demasiado frío. Vuelve a la cama, ya iré yo.
   Micaela se apresuró a salir antes de que su madre tuviera algo que agregar. Cogió el tapado que estaba sobre la silla y se lo puso encima del pijama. El frío del pasillo le congeló los pies que se resguardaban tras unas finas medias. Apuró el paso hasta la puerta.
   Allí la esperaban Cecilia y Mariana. Mientras abría la puerta, Micaela preguntó:
   —¿No es temprano? ¿Qué pasó con la clase de las once?
   —Siempre la misma —rezongó Cecilia—. Buenos días para ti también. El profesor no fue y terminamos temprano la anterior. Hoy no valía la pena haber ido a la facultad, me hubiera quedado durmiendo.
   —Buenos días —dijo Micaela y se volvió hacia Mariana—. Hola.
   —Hola —dijo Mariana señalando la bolsa que llevaba Cecilia—, trajimos facturas.
   —Pasen, hace mucho frío.

Capítulo VI - pag 5


    —Ni que lo digas —Cecilia se apresuró por el pasillo.
   Mariana se detuvo para mirar a Micaela atentamente.
   —¿Cómo estás?
   —Mejor, más descansada.
   —¿La mano?
   —No me duele.
   —Bien, igual la voy a revisar.
   —Gracias.
   —No es nada —Mariana sonrió—. Después de todo, soy tu protectora.
   —¿Pudiste averiguar algo más?
   —No mucho, sé que van a reunirse pronto las matriarcas, pero será difícil colarse en la reunión.
   —Tal vez Nesi… —murmuró Micaela.
   Mariana rió y comenzó a caminar:
   —Me gusta como piensas, sí, tal vez él pueda.
   Cuando llegaron al comedor, Cecilia ya había dispuesto la mesa y estaba preparando café junto con Marisa. Nesi caminaba entre las facturas, inspeccionándolas.
   —Mamá, ¿estás segura de que no quieres acostarte? Podemos llevarte el café y las facturas a la cama.
   —Estoy bien. En realidad me siento más animada que en los últimos días.
   Se sentaron alrededor de la mesa y Micaela se sorprendió al notar que todavía tenía hambre, con lo cual se sirvió más de una vez. Se sintió bastante aliviada al saber que no había perdido nada en la facultad y casi ni valía la pena copiar los apuntes de Cecilia.
   —Bueno —dijo Cecilia—, ¿cuáles son los planes para este día?
   Todos que volvieron a mirar a Mariana.
   —¿Gue me mirranami? —preguntó con la boca llena.
   —Tú eres la guía en este mundo extraño —dijo con entusiasmo Cecilia—, nadie más de nosotros lo conoce.
   —Habla solo por ti, humana —carraspeó Nesi—. Yo podría guiarlas a través del reino misterioso.
   —No digas pavadas —intervino Mariana—, no es un reino misterioso. Todo el mundo escuchó hablar de él, poco o nada, creyendo o no, pero no tiene tanto de misterioso. —Miró la taza vacía, y fue hasta la cocina—. En realidad, creo que lo mejor sería volver a casa —continuó cuando volvió— y que vieras a la abuela —se estiró para apoyar una mano sobre la de Micaela—. Está muy apenada por lo que pasó, pero aun así insiste en que debes aprender a controlar tu poder. Yo puedo ayudarte, sin embargo algunas cosas serán más fáciles con ella.
   Micaela se removió en su silla.

Capítulo VI - pag 6


    —No será tan malo, la abuela me prometió que estaba vez puedo quedarme contigo mientras te guía —agregó Mariana.
   —Yo también quiero estar presente —dijo Cecilia.
   —Tú no eres bruja —Mariana dio un trago a su segunda taza de café y se sirvió otra factura repleta de dulce de leche.
   —Pero soy su amiga.
   —Esto no es algo de amistad —dijo pacientemente Mariana—, es sobre brujería.
   —Tu abuela dijo que en realidad Mica no es bruja —insistió Cecilia—, que es algo parecido, pero no una bruja.
   —Por eso, como no hay muchas como ellas –o al menos no que conozcamos- lo más cercano es una bruja y nosotras somos las únicas que podemos ayudarla.
   —Yo también puedo ayudarla —dijo Cecilia y tomó un trago de su café.
   —No de este modo.
   —No puedes hacerme a un lado —dijo Cecilia con firmeza.
   —¡Basta, basta, por favor! —Micaela se puso de pie y se llevó ambas manos a la cabeza—. Me están poniendo nerviosa.
   —Hija, ¿estás bien?
   —Sí, es que… no entiendo cómo pueden pelear sobre eso cuando… cuando lo que está pasando es… Ayer maté a un hombre lobo. ¿Tienen idea de lo que significa eso? ¿Esa simple oración? Hay tantas cosas que están mal en esa frase que no sé por dónde comenzar. Y ustedes se ponen a pelear así… no entiendo.
   —Tienes razón —dijo Cecilia—, esto es muy duro para ti y no tendríamos que crearte más preocupaciones. Justamente por eso quiero estar a tu lado.
   Micaela miró a Mariana quien negó con la cabeza. Micaela apeló a los ojos de cachorro maltratado. Mariana gruñó.
   —Hablaré con la abuela…
   —Bien —asintió Micaela—, entonces me iré a vestir.
   Poco después estaban en la calle decidiendo cómo viajar. Mariana se negaba a tomar un taxi de la zona, Micaela no estaba convencida con respecto a los colectivos y Cecilia deseaba poder tener un auto. Mientras discutían, no se dieron cuenta de que alguien se aproximaba a ellas.
   —Hola, Micaela, ¿ya te sientes mejor?
   Las tres se sobresaltaron a la vez y Nesi asomó la cabeza desde el bolso de Micaela. Como no iba a la facultad, habían sacado todos los cuadernos para dejarle más espacio al hombrecillo.
   —Martín —reaccionó Micaela—, ¿qué estás haciendo acá?

Capítulo VI - pag 7


    Vine a ver cómo estabas —se relamió los labios—, parece que ya no estás enferma.
   —Eh, sí, me siento mejor.
   —¿Vas a trabajar hoy? —se inclinó hacia adelante.
   —Es mi franco.
   —¿Y no te gustaría poder recuperar las horas perdidas? —dio unos pasos hacia ella—. Podríamos pasarlas todas como extras.
   —Eh, gracias por la oferta, pero ya tengo otros planes.
   Mientras ellos hablaban, Mariana se había ido moviendo lentamente para quedarse situada detrás de Martín. El joven estaba tan absorto en Micaela que no reparaba en nada más. Sus ojos denotaban un hambre que hizo que Micaela tuviera un escalofrío. Y de repente: se quedó inmóvil.
   —¿Martín? —Micaela intentó acercarse y Cecilia la aferró del brazo.
   —Está bien —dijo Mariana saliendo de detrás—, debemos irnos.
   —¿Qué le hiciste?
   —Una atadura, pero no son muy efectivas con los vampiros, se liberará pronto. Vamos.
   —Creo que vas a tener que cambiar de trabajo, Mica —dijo Cecilia mientras corrían en dirección a la plaza.
 
*Fin del capítulo VI*
 
Brujas Anónimas - Capítulo VI

sábado, septiembre 21, 2013

Capítulo V - pag 1


(Debido a la extensión de los capítulos, se publican en varias páginas.)
 
    Llegó jadeando a una parada de colectivos, no sabía cuál era ni le importaba. Las lágrimas no paraban de rodar por sus mejillas. La gente la miraba sin disimulo y algo contrariados.
   El colectivo tardaba en llegar y ella cada vez lloraba más. Llegó un momento en que ya no lo pudo contener y estalló en unos sollozos descontrolado. Las demás personas se alejaron unos pasos, excepto una señora mayor que se acercó a ella y le puso una mano en el hombro.
   —Ya pasará, pequeña, ya verás como todo pasa.
   Se quedó al lado de ella hasta que llegó el colectivo y la ayudó a subir, hasta le pagó el pasaje. No le preguntó nada, solo la tomó de la mano, la guió hasta un asiento y la dejó llorar hasta que se calmó un poco. Ya llevaban la mitad del viaje cuando Micaela fue capaz de tranquilizarse.
   —¿Hasta dónde vas? —le preguntó la mujer que se había sentado a su lado y aún le sostenía la mano.
   —Hasta Chacarita —se sorbió la nariz.
   —Bien, entonces falta poco. ¿Crees que podrás llegar a tu casa sola?
   —Sí, señora. Muchas… muchas gracias, yo no… no sé…
   —No tienes nada que explicarme. Yo lloré mucha más veces que tú y sé que no se puede evitar, pero también sé que lo que sea que te sucede, se puede arreglar. Ten fe.
   —Gracias, señora.
   Micaela le brindó una tímida sonrisa y siguieron viajando en silencio. Aunque no era tarde, ya estaba anocheciendo. Pronto llegaron a la terminal de Lacroze y todo el colectivo quedó vacío. La señora se despidió con un fuerte apretón de manos y Micaela se dirigió hacia la plaza algo reconfortada.
   Al principio creyó que lo mejor iba a ser rodear la plaza, pero al final se decidió a cruzarla, quería llegar a su casa lo más pronto posible. Todavía le quedaban rastros de lo que había visto, las imágenes ya no eran claras, sino que lo que permanecía era un vago sentimiento. Trató de apartar esos pensamientos y concentró la mirada en un punto en la cuadra al otro lado de la plaza. Avanzó con la vista fija allí.
   La plaza estaba prácticamente vacía, solo se veía a una persona haciendo jogging. El viento se arremolinaba a su alrededor y levantaba las hojas desparramadas por el piso. El aire frío le cortaba la piel y la forzaba a mantener la cabeza baja y las manos en los bolsillos. Ya había cruzado más de la mitad y estaba a punto de llegar al final cuando sintió un gruñido a su costado. Se detuvo en seco.
   Sintió un escalofrío. Algo andaba muy mal. Respiró lentamente y se mantuvo quieta, tal vez había sido solo un… el gruñido se oyó otra vez. Con el corazón al galope, se volteó de a poco, los gruñidos se mantenían bajos, amenazantes. Con mucho cuidado, miró al costado y casi le fue imposible reprimir el sobresalto.
   Un perro enorme le enseñaba los dientes, los colmillos eran gigantescos y brillaban bajo la luz crepuscular. Una baba espesa le chorreaba por las mandíbulas y creaban un charco a sus pies. Sus patas delanteras se veían extrañas, demasiado largas y angostas, sin embargo las garras al final de cada dedo no parecían tener nada mal, eran largas y encorvadas.
 

Capítulo V - pag 2


   Un gruñido más fuerte la volvió a la realidad. Micaela lo miró e instintivamente supo que iba a saltar sobre ella. El miedo le atenazó el estómago, no se le ocurría nada que hacer. Aunque corriera, estaba segura de que ese perro la alcanzaría a los pocos pasos.
   Trató de tranquilizarse, tal vez si se mantenía inmóvil, aquello terminaría por perder el interés y se iría. Había leído alguna vez que algunos depredadores solo querían que uno les mostrara sumisión y luego te dejaban en paz. Respiró lo más profundamente que pudo y se concentró en un punto en su frente.
   No sabía por qué, pero ya hacía rato que sentía un cosquilleo ahí, así que fijó su atención en ese lugar. De a poco fue tranquilizándose aunque los gruñidos no cesaban. Sentía que la bestia estaba caminando a su alrededor. Tal vez si aguantaba un poco más, alguien más aparecería y la ayudaría.
   Cuando se hizo el silencio, abrió los ojos esperanzada. El perro estaba justo frente a ella y la miraba con decisión. Ahora estaba segura, iba a saltar. Alzó los brazos en el preciso momento que el perro saltó sobre ella y sintió que le temblaba todo el cuerpo mientras sus manos aumentaban se calentaban. Sentía que las palmas le ardían y, de pronto, se mareó. Cayó sobre las rodillas.
   Cuando pudo volver a mirar a su alrededor, vio al perro a poca distancia de ella. Estaba tendido de costado y no se movía. Recordó haber escuchado un alarido, pero no estaba segura de que hubiera sido del animal. Aun cuando sabía que debía alejarse de allí, se sentía demasiado cansada.
   Cerró los ojos e inspiró. Comenzó a sentirse mareada otra vez, y algo adormilada. El viento se levantó de nuevo, esta vez más frío. Estaba oscureciendo rápidamente. Los árboles se movían con la brisa, y el murmullo de las hojas llegaba a sus oídos.
   «¿Las hojas? —pensó Micaela—. Más bien parecían voces.»
   Trató de mantenerse despierta, pero cada vez se sentía más débil. Si tan solo pudiera acostarse y descansar un poco. Solo un poco.
   —¡Micaela!
   Abrió los ojos de golpe, los rostros de Cecilia y Mariana se confundían frente a ella. Sintió que la tomaban de los brazos.
   —Vamos —dijo Mariana—, debemos irnos de aquí lo más pronto posible.
   —¿Qué sucede? —dijo Cecilia.
   —Son las sombras —murmuró Mariana.
   —¿Las qué?
   —Después te explico.
   Cecilia se mordió el labio inferior.
   —Ah, lo que contó tu abuela.
   —Después —repitió Mariana y miró a su alrededor.
   Cecilia hizo lo mismo, la oscuridad reptaba por el piso hacia ellas, las tenían casi rodeadas. Pero otra cosa fue lo que captó su atención.
   —¿Qué es eso? —señaló Cecilia.

Capítulo V - pag 3


   Nesi, que había salido del bolso que tenía Cecilia al hombro, se alejó a los saltos y volvió con igual rapidez.
   —Es un hombre lobo, pero está muerto.
   —¿Qué? —Micaela había logrado levantarse—. ¿Lo maté?
   —¿Fuiste tú? —Cecilia la miró con extrañeza.
   —No es el lugar ni el momento —gruñó Mariana y pasó el brazo de Micaela por su hombro—. Vamos, tenemos que irnos.
   Cecilia la ayudó con el otro brazo de Micaela, Nesi volvió al bolso. Micaela estaba tan débil que casi no podía mantenerse en pie. Por suerte, era la más pequeña de las tres. Cuando la tuvieron bien asegurada, dieron unos pasos, y oyeron un gruñido. Se pararon en seco.
   —¿Qué fue eso? —tembló Cecilia.
   —Creí que habías dicho que estaba muerto —Mariana le refunfuñó al bolso y, lentamente, soltó el brazo de Micaela—. No se puede confiar en los duendes.
   —Lo estaba —chilló Nesi.
   El lobo las rodeó, gruñendo por lo bajo, con un andar desigual, como si tuviera que arrastrar la mitad de su cuerpo. Cuando lo tuvieron de frente y la poca luz de la luna que se filtraba lo iluminó, vieron que parte de su cuerpo estaba quemado hasta los huesos.
   Micaela y Cecilia exclamaron a la vez y el lobo les contestó con otro gruñido.
   —Silencio —dijo Mariana.
   —Pero eso… eso… —dijo Cecilia.
   —No está vivo, no —dijo Mariana—, no realmente. Son las sombras, están usando su cuerpo.
  El animal seguía dando vueltas alrededor de ellas y cada tanto sacudía la cabeza. Sus ojos eran completamente negros y demasiado brillosos.
  —¿Qué… qué hacemos? —murmuró Cecilia.
  —Llévate a Micaela, corre lo más rápido que puedas, yo lo distraeré.
   —No vamos a dejarte acá sola con eso —se quejó Micaela, aunque no podía dejar de aferrarse a Cecilia para mantener el equilibrio.
   —Yo me quedaré con ella —dijo Nesi saliendo del bolso y saltando hasta el hombro de Mariana—. Si tienen que recurrir a utilizar el cuerpo de ese hombre lobo, es porque no son muy fuertes.
   —Vamos, váyanse —dijo Mariana—, las alcanzaremos luego.
   Cecilia asintió y ayudó a Micaela a avanzar. El lobo se volvió hacia ellas, pero Nesi se interpuso y reclamó su atención.
   Siguieron las órdenes de Mariana. Cecilia llevaba a Micaela y avanzaban lo más rápido posible. Ambas resistieron la necesidad de volver la vista atrás, donde los ruidos iban in crescendo.
   Las tres cuadras que las separaban de la casa de Micaela les parecieron eternas. Se cruzaron con pocas personas, ninguna de las cuales les prestó atención. Cuando llegaron a la puerta de su casa, Micaela la hizo detenerse.

Capítulo V - pag 4


   —Esperaremos aquí.
   —Mica, debes entrar, casi no puedes tenerte en pie.
   —Los esperaremos aquí —repitió— y si no vuelven…
   —¿Qué están haciendo? —jadeó Mariana que acercaba a la carrera con Nesi en el hombro sujetándose de su cabello—. ¿Por qué no abren la puerta —se dirigió a Cecilia.
   —¿Yo?
   —Tú tienes el bolso con las llaves.
   —Ah, sí, sí.
   Cecilia rebuscó con esmero, pero aun así tardó varios minutos en encontrarlas. Mariana no dejó de apurarla ni un segundo.
   —No haces que la gente se sienta muy tranquila —comentó Nesi.
   —Ahora no es el momento de estar tranquilas, debemos entrar en un lugar seguro. Aunque no creo que la casa de Micaela lo sea.
   Por fin Cecilia abrió la puerta y Mariana arrastró a Micaela a través del pasillo.
   —No te olvides de cerrar la puerta.
   —Sí, sí —murmuró Cecilia—, eres peor que mi madre.
   Tuvo que correr para llegar a la otra puerta antes que Mariana. La abrió con una velocidad que ni ella entendió y la cerró rápidamente, segundos después de que la atravesaran todos. Mariana llevó a Micaela hasta su pieza y la dejó en la cama. Poco después apareció Marisa.
   —¿Qué sucedió?
   —La atacó un hombre lobo —dijo Mariana.
   Marisa la miró y luego miró a Cecilia, quedó inmóvil un segundo y luego corrió hacia su hija.
   —¿Está herida? ¿La… la mordió?
   —No creo —dijo Mariana—, no veo que esté sangrando. Además ella se defendió, eso fue la que la dejó tan débil. —Mariana se sentó en la silla junto al escritorio—. Todavía no sabe controlar el flujo de poder y liberó demasiado.
   —Estoy bien, mamá —murmuró Micaela—, solo un poco cansada.
   Mientras Cecilia caminaba alrededor, Marisa revisó todo el cuerpo de su hija y después se sentó en la cama a su lado. Le acarició la frente con cuidado.
   —Debes tener más cuidado, hija. No sé qué haría yo sin ti.
   Micaela la asió por la muñeca.
   —En serio, má, estoy bien, no te preocupes.
   Marisa suspiró y asintió.
   —¿Por qué no te pones cómoda? Te haré un poco de té. ¿Comiste algo?
   —La comida le hará bien —interrumpió Mariana—, nada pesado.

Capítulo V - pag 5


   Entonces en vez de té, haré un poco de sopa. A ustedes también les hará bien, chicas, hace mucho frío hoy.
   —Gracias, Marisa.
   Cuando se retiró, Nesi también salió de la habitación. Volvió poco después, cuando Mariana y Cecilia ya habían ayudado a Micaela a cambiarse y meterse en la cama. Cecilia también prendió la estufa y la puso cerca. Nesi se mantuvo lejos del calor.
   Cecilia lo contempló mientras merodeaba por la habitación. A veces se detenía a inspeccionar con más lentitud y luego retomaba su andar.
   —¿Tu nombre tiene algo que ver con el Nessie del lago?
   El hombrecillo se volvió a mirarla y después puso los ojos en blanco.
   —Humanos, las cosas que hay que oír de ellos.
   —Es que te llamas igual.
   —No, no me llamo igual, ustedes lo pronuncian igual.
   —¿Y cómo te llamas realmente?
   —No podrías pronunciarlo.
   Entonces fue el turno de Cecilia de poner los ojos en blanco.
   —No te molestes —le aconsejó Mariana—, es imposible hablar con ellos. Jamás contestan lo que le preguntas y solo hablan de cosas sin sentido.
   —No son sin sentido —chilló Nesi—, son demasiado complejas para que las entienda una bruja, sobre todo una bruja adolescente.
   —Entiendo mucho más que tú.
   —No, no lo haces.
   —Sí lo hago.
   —Que no.
   —Que sí.
   Cecilia se acercó a la cama de Micaela y se sentó con cuidado. Su amiga estaba con los ojos cerrados y respiraba con tranquilidad.
   —¿Mica?
   —Mmm.
   —¿Estás bien?
   Micaela abrió los ojos y la observó con una mirada cansada.
   —Sí, fue una pregunta tonta —Cecilia se acomodó el pelo tras la oreja—. Es que saliste corriendo así, después de aquel grito, en la casa de Mariana. ¿Qué sucedió?
   Los ojos de Micaela se llenaron de lágrimas y sacudió la cabeza lentamente.
   —Está bien —Cecilia le apoyó una mano en el hombro—, no tienes que hablar de eso ahora.
   Micaela pestañeó con fuerza y luego preguntó:
   —¿Cómo me encontraron?

Capítulo V - pag 6


   Bueno, no había muchos lugares donde buscar —sonrió Cecilia—. Después de que saliste… Gilda nos detuvo cuando íbamos tras de ti. Nos dijo que te diéramos un poco de espacio, que te siguiéramos, pero a la distancia. Cuando te encontramos, estabas subiendo al colectivo. —Miró de reojo a Mariana que seguía discutiendo con Nesi—. ¿Qué… qué sucedió en la plaza?
   —No lo sé. El perro iba a atacarme y yo… solo levanté las manos. No sé qué pasó —las palabras se le atragantaron.
   El cuerpo le tembló y cerró los ojos con fuerza.
   —Sshh, Mica, no debí preguntarte. Tranquilízate. Ya todo está bien, estamos contigo.
   —Nada está bien, Ceci, nada.
   —Shh, no pienses ahora. Descansa, ya verás cómo mañana en la mañana todo se ve mejor.
   Micaela reprimió las lágrimas cuando vio que su madre entraba en la habitación. Traía una mesa plegable.
   —Yo te ayudo, Marisa —dijo Cecilia y corrió a recoger la mesa.
   —Gracias, Ceci —sonrió Marisa—, la sopa ya casi está lista y calenté unos panes de esta mañana. De postre hay un poco de torta de naranja. Después todas nos sentiremos me… —se detuvo cuando vio a Nesi.
   —Buenas noches, señora —el hombrecillo hizo una reverencia—. Entiendo que es la madre de mi nueva huésped. Aprovecho para decirle que me siento honrado de pertenecer a su casa, nunca tendrá ninguna queja de mí.
   —¿Mariana? —preguntó tentativamente Marisa.
   —Ah, sí, este es Nesi —hizo un gesto Mariana que estaba ayudando a Cecilia con la mesa—, la ayudó a Mica esta tarde cuando la atacó un duende rojo.
   —¿La atacó?
   —No fue nada —Micaela reaccionó y le lanzó una mirada a Mariana para que se callase—. Fue un malentendido, así fue como conocimos a Nesi. Él ahora… bueno, parece que va a vivir con nosotras.
   —¿Con nosotras? —Marisa miraba de una joven a la otra.
   —No hay problema, Marisa —se adelantó Mariana—. Es algo bueno, en realidad algunos dicen que es de suerte. Aunque no sé a quién se le ocurriría —agregó por lo bajo.
   —Todos saben que somos de suerte, bruja —chilló Nesi.
   —Bueno, supongo que está bien —dijo lentamente Marisa.
   —¿Por qué no vamos a ver cómo va la sopa? —dijo Cecilia y se llevó a Marisa de la habitación.
   Mariana se volvió hacia Micaela.
   —Hay que reconocer que tu madre se lo toma con bastante calma.
   —Es maravillosa —sonrió Micaela y luego se puso seria—, pero no hace falta que le contemos más de lo necesario.
 

Capítulo V - pag 7


   —De acuerdo, aunque esto me recuerda que… —rebuscó en una enorme mochila que había traído consigo y Micaela no había visto antes—. Aquí está. Mi abuela me dio esto —le enseñó un pequeño bote—, me dijo que te curará la herida de la mano en un santiamén. —Se acercó a Micaela y se sentó en la cama—. Venga, veamos cómo está.
   Mientras Mariana le sacaba la venda, hizo una mueca al ver que seguía inflamada. No se había esparcido, pero tampoco se había curado. Aplicó la pomada con suavidad.
   —Lo siento —murmuró Micaela.
   —¿Mmm?
   —Siento haber salido corriendo así… yo… eh… es la segunda vez que me salvas.
   —La cuarta, si cuentas el taxi, —sonrió Mariana—, pero ¿quién lleva la cuenta? Mira, no te preocupes. Esto es raro para todas, y para ti todavía más. Ya lo solucionaremos, encontraremos la forma de que funcione.
   —Quiero volverlo atrás.
   —No creo que eso se pueda —su voz adquirió una dulzura insospechada—, pero lo intentaremos.
   Marisa y Cecilia volvieron cuando ya había terminado de vendar la mano de Micaela otra vez.
   Cenaron con tranquilidad, Cecilia y Mariana se ocuparon de mantener siempre un tema de conversación, uno que no tuviera nada ver con los acontecimientos recientes. Nesi caminaba de un lado a otro de la mesa, ya fuera comiendo alguna que otra migaja de pan, ya fuera limpiando y acomodando.
   Cuando hubieron terminado, Marisa propuso armar las camas para que Cecilia y Mariana se quedaran, pero ellas se negaron.
   —Mica necesita descansar —dijo Cecilia—, y lo hará mejor sin nosotras alrededor. Volveremos en la mañana.
   —No se preocupe, señora —dijo Nesi desde la mesa, estaba parado con las piernas separadas y los manos a la cintura—, yo me quedaré aquí para cuidar de ambas.
   —Ahora sí que me siento tranquila —murmuró Mariana.
   Nesi le lanzó una mirada venenosa, pero se abstuvo de contestar.
   —Es muy amable de tu parte —sonrió Marisa—. Encontraré un lugar donde puedas dormir.
   —No se moleste, señora —dijo Nesi—, yo puedo arreglarme solo.
   —Gracias —le dijo Marisa y luego acompañó a las chicas hasta la puerta.
   Cuando regresó junto a Micaela, le llevó una taza de té caliente y otra porción de torta de naranja.
   —Toma, hija, esto te hará dormir mejor.
   —Gracias, mami.
   Marisa le acarició lentamente la frente.

Capítulo V - pag 8


   No sé lo que está sucediendo, hija, pero te conozco, sé que tienes la fuerza para afrontarlo. Solo debes tener fe en ti.
   Micaela asintió en silencio.
   —¿Me prometes que lo harás? —su madre la miró con seriedad—. Nunca dejes de confiar en ti.
   —No lo haré, má.
   Micaela se quedó dormida antes de terminar el té. Sintió que su madre se quedaba a su lado, acariciándola lentamente y murmurando palabras reconfortantes.
   Ojalá despertara de aquella pesadilla.
 
*Fin del capítulo V*
 
Brujas Anónimas - Capítulo V

sábado, septiembre 14, 2013

Capítulo IV - pag 1


(Debido a la extensión de los capítulos, se publican en varias páginas.)
 
    —No me parece que sea una buena idea —repitió Mariana.
   A pesar del frío, se habían sentado en unos de los pocos asientos libres de la plaza. Compraron café a un vendedor ambulante que, y aunque el oscuro líquido casi no tenía gusto a café, sí estaba caliente.
   —Tengo que ir —insistió Micaela—, aunque sea para avisar que me siento mal. Necesito ese trabajo, no puedo perderlo.
   Mariana y Cecilia intercambiaron una mirada, lo que a Micaela le pareció raro. De repente parecían llevarse bien. Eso no le convenía, ya se estaba volviendo bastante difícil esquivar las intervenciones de Cecilia en su vida, y esa chica Mariana parecía ser aún más decidida.
   —De acuerdo —concedió Mariana—, te acompañaremos hasta allí y luego nos vamos a casa, a ver a mi abuela.
   —Está bien —Micaela miró su mano envuelta en parte de la camiseta de Cecilia y apretó el bolso.
   ―Eh, no cierres tanto que necesito aire aquí.
   Micaela no pudo evitar estremecerse cuando vio ojos verdes resplandecientes mirando desde el fondo de su bolso.
   ―Eh…, lo siento ―dejó una pequeña abertura y los sostuvo con más cuidado.
   Mariana se negó a tomar el colectivo y pagó un taxi hasta el trabajo de Micaela. En la puerta se cruzaron con un par de compañeros con los que solo intercambió un apresurado saludo.
   No pasó al sector de empleados, sino que se quedó en la entrada, buscando con la mirada entre todas personas con uniforme.
   —Otra vez llegando a horario —sonó una voz a sus espaldas.
   Micaela se volvió y encontró a Martín, su encargado. Se veía bastante pálido y con un poco de ojeras.
   —¿Ya no haces horas extras? —Martín se inclinó hacia ella.
    —Esta es una semana complicada —dijo Micaela retrocediendo un paso, él estaba demasiado cerca.
   Lo vio lamerse los labios y sintió un escalofrío.
  —Tal vez podríamos arreglar algo que funcionara, ¿por qué no vamos a la oficina a chalar un poco?
  —Eh, en realidad no puedo quedarme, no me siento muy bien, venía a avisar que no podía, eh, quedarme hoy.
   ―¿En serio? No te ves tan mal.
   ―Es…esteee… es el estómago, ya sabes ―Micaela se puso una mano en el abdomen―. Debe de ser algo que comí.
   —Es una pena. —Las pupilas de Martín se dilataron. —Vamos, ven a la oficina, te puedes sentar un rato y tomar algo caliente, te hará bien. Mientras discutiremos tus horarios, estoy seguro de poder encontrar algo adecuado para ti.
    —Bueno…, eh… tal vez un momento.
    —No —Mariana, que había estado mirando el negocio, se interpuso entre ellos—, ahora no puede, tiene que irse. Tal vez no venga el resto de la semana.
    —Mariana ―le dijo Micaela por lo bajo―, es mi encargado.
 

Capítulo IV - pag 2


   La joven de negro se dio la vuelta y le habló con las mandíbulas apretadas.
   —Debemos irnos —susurró—, ¿no quieres que te empiece a lamer el cuello, no?
   Micaela miró con ojos agrandados a Martín, el muchacho se relamía los labios y tenía los ojos inyectados en sangre.
   —Vamos, Micaela, un café caliente te hará bien ―insistió el muchacho.
   —Me parece que no ―retrocedió Micaela―. Mariana tiene razón, tengo que irme… a hacer algo...
   —¿A dónde? ¿No estabas enferma?
   —Por eso —intervino Cecilia con una mirada interrogante que fue desde Mariana hasta Micaela—, va al médico. Nosotras la vamos a acompañar.
   Estiró el brazo en dirección al encargado.
   —Hola, mi nombre es Cecilia, soy compañera de la facultad de Mica.
   —Hola —dijo él, pero ignoró la mano que ella le ofrecía.
   —Debemos irnos —repitió Mariana y empujó a Micaela lejos de allí.
   La mirada del encargado se clavó en sus espaldas a medida que se alejaban.
   —¿Qué fue todo eso? —preguntó Cecilia una vez que estuvieran varias cuadras de allí.
   —Eso era un vampiro —dijo una voz aguda desde el bolso de Micaela—, uno bebé si todavía puede andar bajo la luz del sol.
  —¿Un vampiro? —exclamó Cecilia.
   —Baja la voz —dijo Mariana mirando alrededor.
   —Un vampiro —susurró—, ¿vampiro bebé? Eso suena raro, casi tierno.
  —Pues no son nada tiernos —gruñó Mariana—. ¿Desde cuándo trabajas con un vampiro? —se volvió hacia Micaela a quien todavía llevaba del codo—. ¿Tienes idea de lo peligroso que es eso?
   —¿Desde cuándo? A ver, los vampiros no existen... en realidad —agregó por lo bajo.
   —Micaaa… —rezongó Cecilia—. ¿Cómo puedes decir eso cuando tienes un duende en el bolso?
   Su amiga suspiró y miró por la abertura del bolso, dos ojos verdes relucían en el fondo y creyó ver una mano que la saludaba.
   —No lo sé, nunca me había fijado… nunca me había mirado así… no sé qué está pasando.
   —No te preocupes —dijo Cecilia poniendo una mano en la espalda de su amiga—. No estás sola, lo solucionaremos juntas.
   Micaela sonrió débilmente.

Capítulo IV - pag 3


   Mariana las condujo en zig-zag a través de varias cuadras hasta que ya no sabían dónde estaban. Parecía que continuaban en el barrio de Colegiales, pero ni Micaela ni Cecilia reconocían las calles.
   Cuando se detuvieron en una de las esquinas, a esperar que cambien el semáforo, Cecilia se acercó a una mujer que lloraba agazapada junto a una puerta.
   Vestía toda de blanco, lo que llamaba la atención por el contraste con la ropa invernal del resto de la gente.
   —Disculpa, ¿estás bien? ¿Puedo ayudarte en algo?
   La joven lloraba por lo bajo y se estremecía cada tanto. El fino vestido que la cubría no era suficiente para protegerla del frío.
   —¿Estás perdida? —Cecilia se inclinó hacia ella.
   —¿Qué estás haciendo? —se acercó Mariana, Micaela la siguió.
   —Está llorando —dijo Cecilia—, tal vez la podemos ayudar.
   —¿A quién? —Mariana miró alrededor—. ¿A la puerta?
   Cecilia la observó incrédula.
   —¿Cómo puedes ser tan cruel? Es una niña, o al menos lo parece.
   Mariana volvió a escrutar los alrededores y luego se volvió hacia Micaela, quien negó con la cabeza.
   Cecilia volvió a inclinarse sobre la joven y le rozó el hombro.
   —No llores, dime en qué puedo ayudarte. No deberías estar tan desabrigada en este frío, ¿quieres que te alcancemos a algún lado?
   La muchacha murmuró algo, pero su rostro seguía escondido y no era comprensible lo que decía debajo de sus sollozos y gemidos.
  —¿Cómo dices? —Cecilia se acercó otro paso.
   —Esto no me gusta nada —dijo Mariana—. Lo que sea que veas, déjalo en paz. Vuelve aquí, Cecilia.
   —No podemos dejarla, está sola y sufriendo.
   —Cecilia, no es un buen indicio que solo tú puedas verla.
    —Estoy de acuerdo con ella —dijo Micaela, sorprendiendo a Mariana—, no deberías hablarle, ven, debemos llegar a la casa de Mariana.
   —No creo que sea para tanto, es solo una niña que está sufriendo.
   —A ver —dijo Nesi asomando la cabeza por la abertura del bolso—. Ah, sí, la bruja tiene razón, esta vez, no es nada bueno: la dama de blanco.
   —¿La dama de qué? —preguntó Micaela.
   Mariana se abalanzó hacia Cecilia y la alejó de allí a los empujones.
   —No la mires —gruñó—, no la vuelvas a mirar. ¡No te des vuelta!
   —Pero...

Capítulo IV - pag 4


   —¡No! Ya hiciste demasiado, debes olvidarla, no pienses en ella, no la mires.
   Mariana la empujó hasta cruzar la calle y durante toda la siguiente cuadra, mientras azuzaba a Micaela para que ella también se apresurara.
   Recién cuando llegaron a la otra esquina, Mariana le pidió a Nesi que se fijara si las seguían.
   —Diría que no —dijo el hombrecillo—, pero aún sigue parada en la otra esquina, mirando hacia aquí.
   —¿Cómo…? —dijo Cecilia.
   —¡No la mires! —gruñó Mariana y volvió a empujarla.
   Otra vez las hizo caminar cuadras y cuadras, a veces casi volviendo sobre sus pasos. Mariana se detuvo un par de veces y en esos momentos dejaba algo sobre el suelo.
   —¿Qué fue lo que pasó? —preguntó Micaela cuando creyó verla más calmada.
   —Si el duende tiene razón…
   —Siempre la tengo, bruja —chilló Nesi.
   —Si el duende tiene razón, entonces esa era la dama de blanco. Es un fantasma, aunque algo más que eso. Acecha en las personas compasivas, simula necesitar ayuda y luego estas desaparecen.
   —Pero parecía una niña tan frágil —dijo Cecilia.
   —Así es como atrae a sus víctimas.
   —¿Por qué solo Ceci la veía? —preguntó Micaela.
   —Bueno, supongo que yo no la vi porque no debo de ser muy compasiva —se encogió de hombros—, no creo que sea algo que me importe. Y diría que tú no la viste porque no crees todavía en estas cosas. Se necesitan ambas cualidades para que ella pueda ser visible.
   —Pues entonces te debo una —dijo Cecilia con un escalofrío.
   —Dos por el precio de uno —sonrió Mariana—, esta semana estoy salvando gente todos los días. Tal vez debería hacerlo como negocio.
   —Ja —saltó Nesi—, como si hubieras sabido qué estaba pasando si yo no te lo decía.
   —Lo hubiera adivinado.
   —Brujas —bufó el duende—, todas iguales.
   Micaela y Cecilia se miraron entre sí y compartieron una sonrisa.
   —Vamos —dijo Mariana—, todavía nos quedan unas cuadras.
   No se detuvieron hasta que entraron en una panadería y Micaela reconoció que era en la que había estado el día anterior. Mariana las guió hacia el fondo.
   Entraron en una habitación bastante grande y sombría que parecía ser la sala, pero estaba llena de cajas, espejos, ollas, todo tipo de recipientes y hasta una pequeña cocina. Había libros apilados por doquier, ninguno parecía tener menos de doscientos años.

Capítulo IV - pag 5


   Mariana les hizo lugar en un sofá oculto bajo capas de ropa y les indicó que esperaran allí, luego desapareció a través de otra puerta.
   Apenas se fue, Cecilia se levantó y comenzó a husmear alrededor.
   —Tal vez sería mejor que no tocaras nada —dijo Micaela.
   —No lo haré.
   El bolso de Micaela se revolvió.
   —¿Puedo salir? Hace mucho calor aquí.
   Micaela abrió el bolso y Nesi salió de un salto, cayó de pie en uno de los brazos del sillón. Miró alrededor y frunció la nariz.
   —Brujas, sus casas nunca huelen bien —se volvió hacia Micaela—, aunque yo nunca dejaré que eso suceda con la tuya. Encontrarás que soy muy útil y no pido mucho a cambio, en realidad tienes mucha suerte de que quiera estar contigo.
   —¿En serio?
   —¡Por supuesto! —Nesi se cruzó de brazos—. Algunos dicen que es de buena suerte tenernos a su lado.
   —¿Eres un leprechaun? —Cecilia se acercó a ellos.
   —Claro que no —su rostro vibró entre marrón y verde musgo—, no sé por qué ellos son tan famosos, no es cierto que estén llenos de oro, ¿sabes?
   —¿Entonces qué eres? —dijo Micaela.
   —Soy un…
   —Por aquí, abuela —Mariana entró de súbito en la habitación—. Verás que están todos a salvo, me ocupé de ellos.
   Una mujer alta y huesuda entró en la sala, de inmediato pareció ocupar todo el espacio.
   —Yo determinaré eso, Mariana.
   Observó a los tres de uno en uno, con unos ojos tan potentes que Micaela sintió la presión, como si la empujaran.
   Cuando terminó de mirarlos, inspiró profundamente con los ojos cerrados y se mantuvo así un momento.
   Cecilia tomó aire para hablar, pero Mariana le hizo gestos desesperados para que callara.
   Finalmente, la abuela abrió los ojos y se dirigió a un sillón individual que Micaela no había notado antes. Se sentó con majestuosidad y se volvió hacia Micaela.
   —Bien, niña, cuéntamelo todo.
   Micaela no lo dudó, había algo en el porte, en la voz de esa mujer que decía que era mejor obedecer.