SINOPSIS


   Brujas Anónimas es una blognovela orientada a un público juvenil y con una temática fantástica. Se desarrolla en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Sigue la historia de Micaela, una joven universitaria que un día descubre, a su pesar, la existencia de una sociedad paralela dentro de su propia ciudad.














sábado, octubre 26, 2013

Capítulo X - pag 1


(Debido a la extensión de los capítulos, se publican en varias páginas.)

    Micaela despertó poco a poco y se encontró en una habitación extraña. No era la suya, sino un pequeño cuarto casi desnudo. Apenas abrió los ojos, Nesi saltó a su lado.
   —¡Estás despierta!
   Mariana se apresuró a sentarse en la cama, junto a ella.
   —¿Cómo te sientes? Iré a buscar a la abuela.
   —Estoy bien —murmuró Micaela—, ¿y mamá?
   —Está bien, está en la habitación de mis padres. Voy por la abuela.
   Micaela cerró los ojos otra vez. Estaba a salvo, en la casa de Mariana y su madre estaba bien. Sonrió.
   —Pensamos que tardarías más en despertar —dijo Nesi—, casi ni respirabas.
   —Estoy muy cansada, ¿qué pasó?
   —Cuando los vampiros nos cercaron, casi estallaste. O por lo menos así lo sentí, Salí disparado de tu hombro, por suerte Eva pudo cogerme.
   —Lo siento, Nesi.
   —Oh, estoy bien. Soy muy resistente —sonrió el hombrecillo—, los vampiros salieron volando por todos lados.
   Gilda entró en la habitación.
   —Micaela, me alegro de verte despierta.
   —¿Cómo está mamá?
   —Descansando, está muy enferma.
   —Sí, esto justo tuvo que pasar cuando se estaba recuperando, ahora tendrá una recaída. —Gilda miró de reojo a Mariana y Nesi y les indicó que mantuvieran la boca cerrada. —¿Está herida? ¿Le hicieron algo?
   —No, querida, solo sufre las consecuencias de estar en esa atmósfera nefasta, necesita descansar.
   —Quiero verla —dijo Micaela incorporándose.
   —Tú también necesitas descansar.
   —Quiero verla, solo un momento.
   —Está bien —accedió Gilda—. Mariana, ayúdala.
   La habitación de los padres de Mariana continuaba en perpetuo desorden. Marisa ocupaba el centro de la cama y Eva estaba sentada a su lado, humedeciéndole lentamente la frente.
   Micaela se sentó a un lado y tomó la mano de su madre entre las suyas.
   —Mamá —suspiró con una sonrisa.
   —Estará mejor después de unas horas de sueño —dijo Eva—, no te preocupes, yo me ocuparé de ella.
   —Muchas gracias. Muchas gracias a todos. Nunca podré pagar lo que hicieron por mí hoy.
   —Anoche —murmuró Mariana y Gilda le dio un coscorrón.
   Micaela sonrió.
   —No sé qué habría hecho sin ustedes —miró alrededor del cuarto—. ¿Dónde está Cecilia?

Capítulo X - pag 2


   —Será mejor que vuelvas a la cama —dijo Gilda.
   —¿Volvió a su casa? —preguntó Micaela mientras Mariana la ayudaba a levantarse—. Quería disculparme con ella.
   Miró de uno a otro cuando nadie contestaba. Nesi había desaparecido y Mariana evitaba su mirada.
   —¿Qué pasó? ¿Dónde está Cecilia?
   —Tranquilízate —dijo Gilda—. Ella está a salvo… por el momento.
   —¿Por el momento? ¿Qué significa eso?

   En ese instante Andrés entró en la habitación, seguido de Federico.
   —¡Mica, estás despierta! —dijo este último.
   —¿Qué pasó con Cecilia?
   —Ups —Federico retrocedió.
   Andrés y Eva intercambiaron una mirada.
   —Ella fue capturada —dijo Andrés.
   —¿Qué fue qué? —Micaela cayó sobre la cama—. ¿Pero cómo…? ¿Qué fue lo que sucedió?
   —Estábamos en el andén, y cuando nos volvimos, vimos a Cecilia siendo retenida por un vampiro.
   —¿Por qué no la liberaron?
   —Era un vampiro adulto —dijo Eva.
   —¡¿Y qué?!
   —Pueden ser muy fuertes en su territorio —explicó Andrés— y este debía de serlo si pudo ocultar tan bien su presencia.
   Micaela cerró los ojos y tragó con fuerza. Sacudió la cabeza y se levantó de la cama.
   —¡Debemos volver a buscarla!
   —Ahora debes descansar —dijo Gilda.
   —¿Cómo voy a descansar?
   Eva se acercó a ella.
   —Sé que esto es muy duro, no se me ocurre qué decirte para consolarte, pero debes saber que estamos haciendo todo lo posible para ayudarte. Hemos solicitado refuerzos, otros brujos se unirán a nosotros. Por el momento debemos juntar fuerzas y planificar el rescate.
   —¿Y Cecilia? —se cruzó de brazos Micaela—. ¿Qué le pasará durante ese tiempo?
   Los brujos volvieron a intercambiar una mirada.
   —Ah —suspiró Micaela—, no me lo digan. Él me quiere a mí, por eso se quedó con Cecilia. ¿Qué soy yo? ¿Un maldito trofeo? Tal vez debería entregarme de una vez y que todo esto terminara.
   —¡Nunca digas eso! —Gilda se irguió ante ella.
   —Esto está lastimando a todos mis seres queridos —le contestó Micaela.

Capítulo X - pag 3


   —Lo solucionaremos, Mica —Mariana la abrazó—, ya verás que encontraremos la forma de tenerlos a todos a salvo. Y tú aprenderás a defenderlos también. Lo haremos juntas.
   Micaela se aferró a Mariana y se dejó guiar por ella de vuelta a la habitación. No quería que los demás vieran cómo se le arrasaban los ojos. Lo último que alcanzó a escuchar fue un susurró de Andrés.
   —¿Esa es nuestra hija? —preguntó a su esposa.
   Eva rió quedamente.
   Solo Nesi, que había reaparecido, siguió a las chicas hasta la pieza y se mantuvo en silencio mientras Mariana ayudaba a Micaela a acostarse.
   —¿Quieres algo de comer? ¿De beber?
   Micaela negó en silencio.
   —Trata de descansar, me quedaré contigo.
   Se durmió más rápido de lo que había esperado.
   En sus sueños volvió a visitar el túnel. Era tan real que podía sentir el olor y oír el correr de El Maldonado tras ella. Estaba en la misma sala donde habían encontrado a su madre, pero ahora era Cecilia la que estaba encadenada a la pared. Los vampiros bebés estaban sentados alrededor, en semicírculo. Junto a su amiga se erguía una criatura más temible.
   Era un ser enjuto, puro hueso y piel reseca. Se cuarteaba en las articulaciones y aún con ropa se podían adivinar las costillas debajo. Parecía estar hablando con la banda, pero no se oía ninguna voz.
   De repente se volvió hacia Cecilia y recorrió su rostro con un dedo. Abrió un fino tajo en la mejilla que no tardó en sangrar. Se inclinó sobre ella y lamió.
   Micaela se despertó de un salto. La habitación estaba a oscuras, Mariana todavía la sostenía de la mano, pero ahora estaba laxa.
   —Está dormida —susurró Nesi cerca de su oído.
   —Debo ir a buscar a Cecilia.
   —Ya habíamos hablado de eso…
   —No, Nesi, la acabo de ver, esa cosa se está alimentando de ella, debemos ir antes de que sea demasiado tarde. O sea, antes de que la premonición realmente suceda.
   —Iré a buscar a Gilda —dijo Nesi incómodo—, tú quédate aquí.
   Poco después, estaban otra vez en la sala, aunque esta vez estaba más colmada. Había dos brujos y tres brujas desconocidas, todos adultos. Cuando Micaela terminó de contar su sueño, uno de ellos exclamó:
   —Si ya se está alimentando de ella, no tendremos mucho tiempo, les cuesta detenerse una vez que empiezan.

Capítulo X - pag 4


   —Por eso debemos ir ahora —dijo Micaela—, antes de que ocurra lo que vi en mi premonición.
   —Esa no es una premonición —dijo el otro brujo—, esas no tienen sonidos y ni olores, esto fue un viaje astral, niña, estabas ahí cuando…
   —¡Silencio! —dijo Gilda.
   —¿Qué? —dijo Micaela—. ¿Qué quiere decir eso? —se volvió hacia Gilda—. Me dijiste que era una premonición, que podía detenerla porque aún no había sucedido.
   —No sabemos realmente cómo operan tus poderes —Gilda lanzó una mirada al otro brujo—, no es igual al de la brujería.
   —Pero me dijiste… ¡me mentiste!
   —No, te dije lo que me parecía más probable, basada en mi experiencia.
   Micaela dudó y miró hacia Mariana, ella parecía estar avergonzada y sorprendida a la vez.
   —¿Tú lo sabías? —le exigió.
   —¿Yo? —su expresión daba a pensar que no, pero Micaela no podía estar segura.
   «Si mintieron en eso, ¿en qué más?», pero otra voz en su mente le dijo que no podía detenerse en ello. Había muchos secretos en la vida de estas personas y ahora las necesitaba para rescatar a Cecilia.
   —Hablaremos de esto después —dijo mirando fijamente a Gilda—, ahora quiero concentrarme en rescatar a Cecilia.
   —Bien —dijo la matriarca—, el plan es básicamente el mismo. Aunque Andrés, Diego y Sebastián se encargarán de distraer a los vampiros bebés y el resto tratará de hacer lo mismo con el adulto, mientras Eva y Federico rescatan a Cecilia.
   —¿Y yo? —dijo Micaela.
   —Te quedarás con Mariana, a menos que nos digas que ya sabes cómo manejar ese poder que demostraste anoche.
   —Mamá… —dijo Eva.
   —Perdón —cerró los ojos Gilda—, estamos todos con los nervios a prueba.
   —Ya está todo listo —dijo Andrés asomándose al salón.
   Por segunda vez, se dirigían a la guarida de los vampiros.
   —¿No estarán dormidos? —preguntó Micaela—. Es mediodía.
   —Allí abajo no llega el sol —explicó una de las brujas— y aunque suelen descansar a estas horas, deben de estar esperándonos.
   En la camioneta iban más apretados, más en silencio. Estacionaron en un lugar distinto y estaba vez ingresaron por Dorrego. Micaela estaba franqueada por tres brujos y llevaba a Nesi a la espalda, asomando de una pequeña mochila. Lo único que escuchaba era cuchicheos entre los brujos y cada tanto alguno la aplastaba contra la pared.

Capítulo X - pag 5


   El olor en los túneles esta vez era repulsivo. Pensar que todo este tiempo había culpado al río subterráneo y ahora descubría que había un nido de criaturas ponzoñosas viviendo allí. Le dio un escalofrío al recordar que todos los días pasaba por allí de camino a la facultad.
   De repente el grupo se detuvo y se dividió. Micaela quedó con el grupo mayor. Estaban frente a la gran sala interior, en el acceso principal donde había una cruda escalera labrada en la roca.
   En el agujero estaban los ocho vampiros adolescentes y el adulto. Era fácil reconocer a este último, la mirada iba hacia ese punto lo quisiera uno o no.
   —No sean tímidos —dijo con una voz seseante que se elevó desde el pozo—. El trato es simple, la niña rubia a cambio de la morena.
   —No haremos ningún trato —se adelantó Andrés—. Devuélvenos a la chica.
   —No puedes exigir nada, brujo, no es de las tuyas —el vampiro sonrió con una son risa hueca—, es humana, terreno libre según los últimos pactos.
   —Estaba bajo nuestra protección cuando te apropiaste de ella.
   —Ustedes estaban invadiendo mi casa —se acercó hacia las escaleras—, si recuerdo bien.
   —Estábamos rescatando a otra humana bajo nuestra protección. Parece que últimamente te quedas con mucha de nuestra gente.
   —Los chicos deben alimentarse —acarició con ternura a uno de los adolescentes a su lado—, aun cuando se porten mal.
   Micaela retrocedió ante la amenaza que percibió en su voz.
   —Los humanos no son alimento suficiente —dijo Andrés.
   —¿Te estás ofreciendo, brujo? —el vampiro avanzó hasta quedar al pie de las escaleras—. Serías bienvenido, acércate un poco más.
   Ante la mirada sorprendida de Micaela, Andrés comenzó a bajar las escaleras. Nadie más se movió, todos estaban concentrados en cada movimiento del vampiro. Andrés llegó al final y quedó frente a él, a menos de tres metros.
   —Mi nombre es Jaime —el vampiro hizo una reverencia.
   Andrés se quedó inmóvil unos segundos y luego emitió un silbido agudo. Antes de que terminara de sonar, el vampiro había saltado sobre él, pero Andrés ya no estaba allí.
   El resto sucedió en una confusión que Micaela no pudo comprender. Los brujos aparecían y desaparecían por doquier. Los vampiros adolescentes caían de uno en uno, pero el adulto parecía estar en todos lados a la vez. Sus golpes estaban dejando huecos por toda la sala.

Capítulo X - pag 6


   En un momento sintió que alguien le tiraba del brazo. En medio de la polvareda, alcanzó a ver el rostro de Sebastián. Se dejó guiar por él a través de los túneles.
   —¿Cecilia? —gritó para hacerse escuchar.

   Sebastián le hizo unas señas. Micaela vio a Federico corriendo con un bulto en los brazos. Al pequeño momento de alivio, le siguió un sobresalto por la explosión que sonó detrás.
   —¡No te detengas! —la apremió Sebastián.
   En medio de escombros, llegaron tosiendo a la estación de Malabia. Eva, que dirigía el grupo, no los dejó descansar y los impulsó a salir de la estación y correr durante varias cuadras antes de llegar a la camioneta.
   —Diego, Sebastián —dijo Eva una vez llegaron—, vigilen. Federico, pon a Cecilia dentro.
   Micaela se apresuró a entrar tras él. Su amiga estaba inconsciente y se veía muy pálida, pero no había ninguna otra herida aparte del rasguño en la cara. Quiso acercarse a ella, pero la mantuvieron lejos mientras Eva y otra bruja que había aparecido poco después la atendían.
   Al rato llegaron Andrés y el resto del grupo. Estaban agotados y no pudieron dejar de toser hasta bastante después de que arrancara la camioneta.
   —Diego —dijo Andrés entregándole la llave—, conduce tú.
   Ya estaban a mitad de camino y Micaela aún no podía acercarse a Cecilia.
   —¿Cómo está?
   Las brujas alzaron la cabeza, se miraron entre sí, y luego volvieron a bajar la vista.
   —Iré a averiguar —dijo Nesi saliendo de la mochila.
   Se escurrió entre las personas alrededor de Cecilia y llegó hasta la cabeza de esta. Micaela trató de espiar, pero era imposible ver qué sucedía. Sencillamente había demasiadas personas allí.
   —¿Cómo está? —repitió.
   Nesi salió con los hombros encorvado y evitando la mirada de Micaela. Subió hasta su hombro y se acomodó lentamente en la mochila.
   —¿Nesi?
   —Lo siento —dijo el hombrecillo con un hilo de voz y se hundió fuera de vista.
   —¡No! ¡No puede ser! —Micaela se abalanzó hacia Cecilia.
   Las brujas le abrieron paso. Micaela cayó sobre su amiga, la tomó por las manos, estaban congeladas, sus mejillas estaban traslúcidas. La zarandeó tímidamente y luego cada vez más fuerte.
   —¡Despierta, Ceci! ¡Despierta!
   —No hay nada que puedas hacer —dijo Eva a su lado.
   —¡Despierta! Maldición, Cecilia, no me puedes hacer esto.

Capítulo X - pag 7


   Micaela la golpeó repetidamente en el pecho, mientras las lágrimas caían por sus mejillas.
   —¡Cecilia! ¡Cecilia!
   —Micaela —dijo Eva—, ella no..

   —¡Cállate! Esto es culpa tuya, de todos ustedes, y de Gilda. ¡Me mintieron! Me dijeron que estaba a salvo, que… que mi premonición... Era todo mentira.
   —Niña, nosotros no podíamos saber… —intentó una de las brujas.
   —¡Lo sabían! Gilda dijo que era una premonición, pero no era cierto, era lo que estaba ocurriendo en ese momento. Lo sabían y la dejaron morir, dejaron que esa cosa le chupara la sangre mientras ustedes hacían planes. ¡Ustedes la mataron!
   Micaela les dio la espalda y se inclinó sobre su amiga.
   —Oh, Ceci —murmuró—, Ceci, Ceci.
 
*Fin del capítulo X*
 
Brujas Anónimas - Capítulo X
 

sábado, octubre 19, 2013

Capítulo IX - pag 1


(Debido a la extensión de los capítulos, se publican en varias páginas.)

    Federico, Diego y Sebastián escucharon la versión abreviada de lo ocurrido y a la vez dieron parte de sus actuaciones. Esta vez estaban en el comedor, donde Eva había insistido en trasladarse y todos tenían una taza de té frente a ellos, aunque nadie lo estaba bebiendo.
   —Ya tengo preparados tres bolsos de armamento —dijo Sebastián—, todos cuentan con amuletos de atadura, pre-hechizos de ocultamiento, de velocidad y pociones para crear niebla, dormir, y erosionar metal —Diego levantó las cejas—. Asumí que si había vampiros, iba a haber cadenas por algún lado.
   —Y asumiste bien —dijo orgulloso su padre—. Bien, eso será suficiente para que vayamos nosotros cuatro. Federico, tú te ocuparás de proteger a Micaela. Diego, te ocuparás de la madre. Sebastián y yo vamos a…
   Gilda carraspeó, Andrés la ignoró.
   —Sebastián y yo vamos a…
   —Yerno, creo que yo soy la matriarca aquí.
   —Lo que no quiere decir que debes tomar todas las decisiones. Puedo planear un rescate, ya lo he hecho varias veces, con éxito.
   —Querido —intervino Eva—, nadie está diciendo que no seas capaz.
   —Pues yo creo que sí lo está diciendo. ¿Gilda?
   —Nada más lejos de la verdad, hijo. Es que olvidas que también debe ir Mariana y Eva es mucho más fuerte y tiene más experiencia que Federico.
   —¡Abuela! —exclamó este—. Yo puedo perfectamente enfrentarme a un par de vampiros bebés.
   —No sabemos cuántos son —insistió Gilda.
   —Entonces tal vez sea mejor que vayamos todos —propuso Eva.
   —¡Sí! —saltó Nesi.
   —Hija, a veces te excedes en la inclusión —la abuela puso los ojos en blanco.
   —Estaremos bien, mamá, sabes que si los dejas, probablemente vayan por su cuenta.
   —Lo que demuestra su falta de disciplina.
   —Y en esta ocasión —continuó Eva—, creo que será mejor tener manos de más.
   Gilda se encogió de hombros, pero su hija sabía que lo pagaría después. El primer precio sería un largo sermón sobre la obediencia y la necesidad de una jerarquía.
   —Debemos ponernos ropa más adecuada —dijo Eva—. Querido, ¿por qué no, mientras nos cambiamos, armas otros kits con Sebastián? Yo buscaré la ropa para ustedes.
   Todos se pusieron de pie, algunos siguieron a Andrés y otros a Eva. Gilda fue la única que quedó en su asiento. Detuvo a Cecilia cuando pasaba a su lado, Micaela también se quedó esperando, tras el umbral de la puerta.
   —Tú no puedes ir —dijo la matriarca a Cecilia.
   —No voy a ser la única que quede detrás.

Capítulo IX - pag 2


   —Yo también me quedo, eso no significa nada.
   —Micaela es mi mejor amiga y también la quiero a Marisa, hace años que la conozco.
   —Esto no tiene nada que ver con cuánto las quieres, sino con cuán útil puedes ser allí. Dime, ¿qué harías?
   Cecilia le mantuvo la mirada unos segundos y luego bajó los hombros.
   —No hay nada malo en ello, niña, simplemente tus fortalezas están en otro lado.
   —¿Puedo al menos acompañarla mientras se prepara?
   —Ve, pero después vuelve aquí conmigo, los esperaremos juntas.
   Micaela se adelantó, no creía que la hubiera visto del otro lado de la puerta, ni que Cecilia tuviera ganas de encontrarla allí. Se cruzó con Nesi que la instó a ir a la habitación de Eva.
   Mariana y Eva estaban en el medio de un caos importante. La madre de Mariana había extraído del armario varios conjuntos de ropa negra ajustada y llena de bolsillos que había separado sobre la cama.
   Mariana se acercó a ella cuando entró y le alcanzó un conjunto para que se lo probara. Cecilia entró poco después y se sentó en la cama repleta de ropa, a Eva le bastó un segundo para saber lo que pasaba.
   —Lo hace por tu bien, sé que es difícil verlo, pero queremos protegerte.
   —Lo sé.
   —¿Qué pasa? —preguntó Micaela evitando la mirada de su amiga.
   —No puedo ir con ustedes —suspiró Cecilia.
   Micaela se acercó a ella, se sentó a su lado y la tomó por las manos.
   —Después de mi mamá, eres la persona más importante para mí, la única amiga que tengo —Mariana gesticuló algo, pero su madre la golpeó en la cabeza—. No quiero ponerte en peligro.
   —También eres mi única amiga, Mica, quiero ayudarte.
   —Me ayudará saber que estás a salvo.
   —Eso no es nada.
   —Lo es para mí.
   —Está bien —suspiró Cecilia echándose hacia atrás en la cama—, no me gusta, pero sé que no puedo hacer nada. Te esperaré.
   —Gracias —dijo Micaela y comenzó a cambiarse.
   Menos de media hora después, estaban todos listos. Parecían un pelotón de película, todos vestidos de negro y con mochilas llenas de armas. Por suerte, Andrés tenía una camioneta donde todos entraban cómodamente. Diego acompañaba a su padre en la parte delantera y Eva y los demás iban detrás.

Capítulo IX - pag 3


   El viaje hacia la estación Malabia fue rápido y sin complicaciones dado que había pasado de la medianoche. Andrés les compartía el plan mientras manejaba. Él, Diego y Sebastián entrarían primeros, luego Mariana y Micaela y, por último, Eva y Federico. La misión de Mariana, recalcó, era única y puramente proteger a Micaela. No debía hacer nada más.
   —¿Lo entiendes, hija?
   —Sí, papá.
   —Dime de vuelta cuál es tu única preocupación.
   —Proteger a Micaela —hizo una mueca.
   —No atacarás ni perseguirás a ningún vampiro.
   —A menos que ataquen a Micaela y no tenga la opción de huir. Ya lo entendí, papá, no soy ninguna tonta.
   —No, pero sueles ser imprudente. Recuerda que tu madre, tus hermanos y yo estamos ahí para el trabajo duro. Lo importante es rescatar a Marisa, nada más.
   —Entendido — Mariana puso los ojos en blanco.
   —¿Y cuál es mi misión? —preguntó Nesi.
   —Bueno… en realidad no tenía pensado.
   —¡Yo voy! —chilló Nesi—. No me menosprecies, brujo.
   Andrés miró sorprendido por el retrovisor.
   —Sí que tienen carácter —murmuró.
   Eva lo hizo callar de una mirada y le dirigió a Nesi una sonrisa.
   —Tu ayuda será muy apreciada —se inclinó sobre él y susurró—, tú serás el verdadero encargado de cuidar a Micaela y Mariana, el juicio de mi hija puede ser un poco… temperamental. Confío en tu sabiduría.
   —No hay nada que temer conmigo a cargo —se irguió Nesi—, la tendré controlada.
   —Gracias —sonrió Eva.
   —¿Cómo vamos a entrar? —preguntó Micaela a Andrés—. O mejor dicho, ¿cómo vamos a encontrar ese túnel?
   —Un hechizo localizador —dijo Diego desde el frente—. Los vampiros ocultan las entradas a sus guaridas con magia. Es bastante fuerte, pero también bastante específica. Tenemos hechizos diseñados exactamente para ello. Lo que hace es buscar por resonancia una vibración equivalente a…
   —No creo que quiera saber tanto, Die —apuntó Federico—. No te preocupes, Mica, no es la primera vez que jugamos con vampiros bebés. Estaremos de vuelta en casa en un santiamén.
   Micaela insinuó una sonrisa, aunque no podía dejar de frotarse las manos. Era todo tan irreal, no habían pasado más de dos días desde que esa extraña mujer la atacara y su vida estaba patas para arriba. Solo esperaba que se arreglara con la misma rapidez.

Capítulo IX - pag 4


   —¡Ya llegamos! —anunció Andrés—. Desde aquí iremos a pie.
   Bajaron de la camioneta y Federico tropezó con una bulto tras la rueda, casi cae de lleno sobre Sebastián.
   —Eh, cuidado —dijo su hermano.
   —Perdón, no vi esa bolsa.
   —¿Qué bolsa? —se volvió Sebastián y observó el fardo negro—. Ah, debe de ser alguna de esas cosas de papá que no quiere que mamá vea.
   —Que no cree que mamá ve —acotó Federico.
   Ambos hermanos compartieron una mirada y sacudieron la cabeza al unísono.
   —No se demoren —los llamó Eva.
   Entraron en la estación de subte y caminaron hacia uno de los extremos del andén. Tuvieron que esperar unos minutos, hasta que Diego detectó y neutralizó todas las cámaras de seguridad. Aun así, tomaron la poción de camuflaje y esperaron unos minutos a que hiciera efecto.
   El sendero al lado de las vías era angosto, asfixiante y con un olor terrible. Caminaron en fila, pegados a la pared. Avanzaban lentamente, Andrés y Diego revisaban cada milímetro de la pared, hasta que se detuvieron. Casi a medio camino entre Malabia y Dorrego.
   —Es aquí —afirmó Diego.
   Su padre asintió y apoyó una mano en la pared. Cerró los ojos, los párpados temblaban mientras murmuraba rápidamente. Por un momento, Micaela creyó ver un destello en su mano, y luego la pared había desaparecido.
   —Recuerden el plan —dijo Andrés y se internó junto con Diego en el nuevo túnel frente a ellos.
   Este era todavía peor que el del subte. Más grotesco, más angosto y más pútrido. El intenso olor a humedad se mezclaba con un aroma que solo podía salir de un basural. El aire era viscoso y la visión casi nula. Mariana comenzó a tener arcadas, pero las reprimió luego de las fuertes reprimendas que recibió con su primera tos.
   El túnel principal tenía diversas ramificaciones. Micaela sentía un escalofrío cada vez que pasan por ellas. Estaba segura de percibir un aire gélido que se deslizaba por toda esa red de túneles y se arremolinaba en cada intersección.
   Poco después el camino fue haciéndose más ancho y las paredes parecían más trabajadas, o al menos más niveladas. La procesión se detuvo y tanto Mariana como Micaela se pusieron en punta de pie para tratar de ver qué sucedía. El que lo logró fue Nesi, que viajaba en el hombro de Micaela.
   —El túnel se abre en un lugar amplio y más profundo —susurró—, parecen haber unas escaleras, pero…ah… ese es el problema.
   —¿Cuál? —preguntó Mariana.

Capítulo IX - pag 5


   Son unas escaleras muy expuestas, todos nos verán bajar por ahí.
   Esperaron unos segundos más y entonces Andrés se volvió hacia ellas.
   —Tendremos que buscar otra forma de ingresar. Diego y yo exploraremos un poco, ustedes quédense aquí.
   Sin esperar respuesta, se alejó junto a su hijo mayor. Eva se encargó de agruparlos a todos y llevarlos hacia un recodo del túnel.
   —¿Estaba mamá allí? —Micaela le preguntó a Nesi—. ¿Llegaste a verla?
   —Lo siento, señorita, no pude hacerlo, hay una especie de niebla cubriendo el lugar, es muy poco lo que puede verse desde aquí.
   Micaela se mordió el labio.
   —No te preocupes —dijo Eva—, mi marido es excelente encontrando entradas inverosímiles. Volverá pronto.
   Micaela asintió y entonces contuvo un grito. Se quedó mirando por sobre el hombro de Eva.
   —¿Qué sucede? —preguntó esta y se volvió.
   Allí estaba Cecilia, inmovilizada. No había esperado encontrarlos en el recodo y ahora no tenía dónde ocultarse. Eva maldijo por lo bajo.
   —Eres peor que mi hija —murmuró y la tomó por el brazo casi golpeándola contra la pared.
   —Eh —se quejó Mariana, pero su madre la ignoró.
   Federico y Sebastián se miraron entre sí y boquearon ‘la bolsa’.
   —¿Qué haces aquí? —Eva encaró a Cecilia—. No es seguro para ti, ¿no entiendes que esto no es juego?
   —Claro que lo entiendo —exclamó Cecilia.
   —¡Ssshhh! —corearon todos.
   —Claro que lo entiendo —murmuró—, por eso quiero ayudar a sacar a Marisa de aquí.
  Eva suspiró mientras levantaba las manos, Micaela ocupó su lugar.
   —Me prometiste que te quedarías.
   —En realidad, no lo prometí, solo dije…
   —Cecilia —la interrumpió Micaela—, ¿cómo puedes llamarte mi amiga y no hacer este simple favor? Solo debías quedarte con Gilda, a salvo.
   —Mica, yo soy tu amiga y quiero ayudarte.
   —No puedes —gruñó Micaela—, ¿no entiendes que no puedes? No hay nada que puedas hacer para ayudar.
   —Mica —Cecilia se veía incómoda, el resto miraba hacia otro lado.
   —¿Qué está pasando aquí? —dijo Andrés que ya había regresado.  

Capítulo IX - pag 6


   Miró a Cecilia y luego a Eva que negó con la cabeza.
   —Últimamente se le escapan muchas cosas a Gilda —dijo.
   —No empieces —lo previno Eva.
   —Como digas —su esposo se encogió de hombros—. Encontramos otro acceso, no está lejos de aquí, deberemos usar una cuerda para bajar.
   Los guió a través de unos túneles pequeños, y terminaron en uno que solo les permitía avanzar a cuatro patas. Eva los instó a tomar otra poción de camuflaje antes de bajar. Después de una acalorada discusión, decidieron que lo mejor sería que Cecilia bajara con ellos.
   Para Micaela fue difícil utilizar la cuerda. No solía realizar actividad física y mucho menos una que requiriera tanto esfuerzo. Cuando por fin se agruparon en la enorme sala inferior, Micaela pudo ver que en uno de los extremos circulaba una corriente de agua y que desde allí provenía gran parte del olor. No parecía que hubiera nadie alrededor.
   —Está vacío —susurró.
   —No te confíes —dijo Andrés en su oído—, contamos seis, son buenos confundiéndose con esta clase de entornos.
   Avanzaron hasta ocultarse tras una gran piedra, desde allí pudieron ver a Marisa. Seguía encadenada a la pared, aunque estaba inconsciente. Martín estaba cerca de ella, pero le daba la espalda y conversaba con otro muchacho.
   Andrés les hizo unas señas a sus hijos y luego a Eva. Todos asintieron a la vez y Mariana se acercó Micaela. Por cómo se había colocado, Micaela notó que la estaba protegiendo con su cuerpo.
   «Esto es una locura», pensó.
   Andrés, Diego y Sebastián avanzaron sigilosamente, separándose de a poco. Se acercaban a Martín y el otro muchacho que no parecían notar nada. La discusión entre ellos estaba aumentando, y de repente se quedaron quietos. En ese momento, Federico corrió hacia Marisa y tiró el contenido de un frasco en las cadenas que tenía alrededor de las muñecas.
   La poción actuó con rapidez y vieron a Federico agacharse para recoger a Marisa. Antes de que pudieran pensar, estaban de vuelta frente a la cuerda. Si bajar había sido difícil, subir fue un suplicio. Por suerte, pudieron elevar a Marisa que seguía inconsciente. Cuando estaban avanzando por el túnel, escucharon el primer grito de advertencia.
   Apresuraron el paso y salieron al túnel principal, más ancho. Eva y Sebastián quedaron detrás, sembrando el suelo con diferentes objetos. Andrés y Diego se mantenían a la distancia, por delante. Federico llevaba a Marisa en brazos y Mariana tiraba del brazo de Micaela y de Cecilia. Nesi había saltado de su hombro y ahora no lo veía por ningún lado. Los gritos al fondo elevaron el tono y se tornaron en alaridos. Micaela se volvió.  

Capítulo IX - pag 7


   —No —dijo Mariana—, no te detengas.
   —Pero, tu madre, Federico.
   —Ellos estarán bien, vamos.
   —¿Dónde está Nesi?
   —No te preocupes por él, es más resistente de lo que parece.
   Comenzaron a caminar al trote. Micaela ya era capaz de ver el final del túnel, Andrés y Diego los esperaban allí. Nesi apareció poco después de que cruzaran ellas.
   —¿Estás bien? —se agachó Micaela.
   —Por supuesto, mi señora —el hombrecillo se notó incómodo—. Creí que lo mejor sería ir detrás, por si surgía algo.
   Micaela lo instó a que volviera a su hombro. Después esperaron.
   Pasó una eternidad antes de que Eva y Federico atravesaran la abertura, al unísono se tiraron hacia ambos lados y Andrés y Diego tiraron algo contra la entrada. Micaela tuvo que cerrar los ojos y cuando los volvió a abrir, la pared estaba de vuelta allí.
   —Vamos —los apresuró Andrés—, eso no durará para siempre.
   Corrieron a través del túnel pegándose a la pared, una vez tuvieron que detenerse y protegerse cuando una formación pasó a su lado.
   —Eso es extraño —dijo Sebastián—, ¿qué hace un subte a esta hora?
   Andrés y Eva se inmovilizaron al instante. Sin embargo, no había rastros de los vampiros, tampoco se escuchaba sonido alguno, lo que ponía a Micaela aún más nerviosa. Los padres de Mariana hicieron señas para que continuaran avanzando. Cuando estaban a punto de alcanzar el andén, supieron a qué se debía tanto silencio.
   Una barrera de vampiros los esperaba allí, al menos ocho. Todos se detuvieron a la vez y se midieron mutuamente. Marisa gimió en la inconsciencia. Andrés estaba por decir algo, pero entonces se sintió empujado hacia atrás. Apenas fue capaz de ver cómo los vampiros volaban por los aires.
   Micaela estaba a su lado, sus brazos refulgentes aún elevados y apuntando con las palmas hacia adelante. Se desmayó poco después. Sebastián alcanzó a sostenerla y la cargó al hombro. Salieron disparados fuera del andén antes de que los vampiros se recuperaran.
   Apenas fuera del túnel se volvieron atrás, a tiempo para ver como una mano de uñas largas y traslúcidas cogía del cuello a Cecilia. Mariana intentó correr hacia ella, pero su madre la detuvo.
   —No —dijo—, ese es uno adulto.
   Un rostro demacrado salió de entre las sombras y los observó con la cabeza inclinada. Con lentitud, señaló primero a Micaela y luego a Cecilia, entonces sonrió.
   —¿Qué hacemos? —murmuró Mariana.