SINOPSIS


   Brujas Anónimas es una blognovela orientada a un público juvenil y con una temática fantástica. Se desarrolla en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Sigue la historia de Micaela, una joven universitaria que un día descubre, a su pesar, la existencia de una sociedad paralela dentro de su propia ciudad.














sábado, noviembre 09, 2013

Epílogo - pag 1



(Debido a la extensión de los capítulos, se publican en varias páginas.)

 
    El almuerzo del domingo era todo un acontecimiento en la casa de Mariana. No solo estaba la familia a pleno: Eva, Andrés y seis hijos. Sino que también acudían parientes lejanos y amigos de la familia.
   La mesa estaba tan colmada que apenas era posible mover los brazos sin dar un codazo a la persona que se tuviera al lado. Aun así, todos se mostraban felices. La charla no cesaba un segundo, aunque había momentos de crescendo y otros de murmullos, jamás llegaba al silencio.
   Micaela estaba sentada a la mesa, con su madre y Mariana una a cada lado. Estaba muy feliz porque su madre ya podía levantarse de la cama, y se la veía muy animada. Pero una parte de ella sentía nostalgia. Por la casa a la que no volvería y por la vida que había dejado atrás, y por las personas que faltaban.
   «No puedo pensar en eso todavía», se dijo.
   Todo había concluido el día anterior, un frío sábado de inverno. Ese domingo a la mañana se había despertado otra vez en la casa de Mariana, pero esta vez no en su cuarto. Sino en uno más grande, con una cama enorme: la habitación de los padres de Mariana. Al darse vuelta, había visto que ella dormía en el otro extremo.
   No había pasado mucho tiempo antes de que Nesi apareciera saltando dentro de la cama y Gilda y Eva entraran en la habitación.
   A partir de allí había caído una explicación después de otra, y vuelta a empezar cuando Mariana se despertó.
   Se ofrecieron muchas disculpas en un mar de lágrimas que ningún hombre osó interrumpir. Poco después se unió Marisa y se renovaron las historias, los planes, los acuerdos. Se decidió que Micaela y Marisa se mudarían allí, por lo menos de momento.
   El trabajo de Micaela sería investigado antes de que le permitieran regresar y comenzaría su entrenamiento en el mismo grupo que estaba Mariana. Quien también la acompañaría a la facultad cuando fuera posible. Como no había otra opción, Nesi se quedó con ellas.
   Antes de ir a su casa por última vez, a buscar todo lo que pudiera rescatar de allí, la familia de Mariana les preparó un almuerzo de bienvenida.
   Es tu ingreso oficial a nuestra sociedad, le había dicho Mariana, Brujas Anónimas en Bs. As. a que tiene pega, ¿eh?
   ―¿Mica, estás bien? ―preguntó Mariana volviéndola a la realidad de la mesa.
   ―¿Eh? Sí, solo estaba pensando.
   ―Todo estará bien, hija ―dijo su madre apoyando una mano en el brazo de Micaela―. Iremos poco a poco. Lo importante es que estamos juntas y tenemos gente que nos ayuda y a quienes le importamos.
 

Epílogo - pag 2


      ―Sí, mamá ―sonrió tímidamente Micaela.
   Echó una ojeada a su alrededor, Nesi la saludó desde el centro de la mesa, donde estaba inspeccionando las fuentes de comida. Micaela inspiró y espiró lentamente.
   Esa sería su familia a partir de hoy, y también su nueva vida. Todavía no estaba segura de poder aceptarla.
   ―Poco a poco ―musitó para sí y tomó el tenedor.
   Miró la comida frente a ella durante un segundo y luego, con decisión, tomó el primer bocado.
 
*Fin del epílogo*
 
Brujas Anónimas - Epílogo
 
*Fin del libro I de Brujas Anónimas*
Brujas_Anonimas-cabecera
 
 

sábado, noviembre 02, 2013

Capítulo XI - pag 1


(Debido a la extensión de los capítulos, se publican en varias páginas.)

    Era la madrugada del sábado cuando volvieron a la casa de Mariana. Gilda salió a recibirlos con la feliz noticia de que Marisa estaba despierta. Micaela la empujó a un lado y corrió hasta la habitación donde estaba su madre.
   —Micaela, hija —sonrió Marisa desde la cama.
   —Mamá —se abalanzó sobre ella y se aferró a su madre.
   —Hija, ¿qué sucede? —Marisa la abrazó con fuerza—. Dime, Mica, ¿qué pasó?
   —Ceci… lia… —balbuceó—… ella… oh, mamá… ella… el vampiro la… él la…—se deshizo en llanto y su madre la dejó liberarlo.
   Poco después, Mariana entró tímidamente en la habitación. Marisa le hizo señas para que mantuviera el silencio. Micaela se había dormido sobre su regazo.
   Fue un sueño pesado, lleno de imágenes terribles y del rostro acusador de Cecilia. Micaela se despertó hacia el atardecer, otra vez estaba en la habitación de Mariana. Y ésta estaba sentada al lado del escritorio, junto a Nesi.
   —Micaela —saltó Mariana de su asiento—, ¿cómo estás? —Apretó los labios al instante. —Quiero decir, ¿necesitas algo?
   —Quiero volver a casa —dijo Micaela con voz ronca.
   —No…, no puedes.
   Micaela se puso de pie y comenzó a buscar sus zapatillas.
   —Por favor, Mica, no es seguro.
   —¿Seguro? ¿Acaso es seguro estar con ustedes? ¿Lo fue para Cecilia?
   —Eso no es justo, nosotros no la metimos en este lío, ella debió quedarse en la casa.
   —¿Fue culpa de ella?
   —No, lo que digo es que… nosotros no creamos esta situación, sino que…
   —¿Entonces es culpa mía?
   —¡No! Mica, no entiendes lo que quiero decir.
   —No, no lo entiendo, Mariana, no entiendo lo que pasó. —Encontró las zapatillas y se las puso—. Confié en ustedes, confié en ti, en que sabían más que yo, en que me podrían ayudar… me equivoqué.
   —Fue error nuestro, Mica, es cierto. La abuela realmente lo lamenta.
   —¡¿De qué me sirve que lo lamente?! ¿De qué le sirve a Cecilia?
   Se encaminó hacia la puerta.
   —Micaela.
   —Déjame en paz, mi vida era mejor cuando no te conocía.
   Mariana se quedó congelada en el centro de la pieza y bajó el brazo que había extendido hacia Micaela. Nesi, en cambio, la siguió fuera de la habitación. Micaela fue a ver a su madre. Allí encontró también a Eva.
   —Hija —dijo Marisa—, ¿cómo te sientes? Ven, siéntate conmigo.
   Micaela se acercó mirando de reojo a Eva.
   —Estoy bien, má.
   —No, no lo estás —le tomó el rostro en las manos—, pero eres fuerte, sé que saldrás adelante. Cecilia lo hubiera querido así.

Capítulo XI - pag 2


   Micaela volvió la cabeza.
   —No sé lo que hubiera querido —susurró.

   —Hija…
   —Debemos irnos, mamá —Micaela se puso de pie—, debemos volver a casa.
   —No creo que sea una buena idea… —comenzó Eva.
   —¿Acaso te lo pregunté, bruja?
   —¡Micaela! —la amonestó su madre.
   —Sus buenas ideas hicieron que mataran a Cecilia, madre. Nos vamos de aquí.
   —Micaela —dijo Eva—, sé razonable. Tú madre todavía está débil y tu casa no es segura.
   —Estar con ustedes tampoco —se volvió hacia su madre—. ¿Mamá?
   —Hija, creo que tienen razón, no es seguro regresar a casa.
   —¿No quieres volver?
   —Quiero lo que es mejor para ti.
   —Yo quiero volver a casa —insistió Micaela.
   —Hija, ahora estas dolorida y enojada, es comprensible. ¿Por qué no descansas un poco y lo piensas más tranquilamente?
   —¡No tengo nada que pensar! —bufó Micaela—. Esto no es algo que se cura con descanso. Cecilia no va a volver, ella esta… —bufó otra vez y salió de la habitación.
   De camino a la salida por la panadería, se cruzó con Gilda, a quien dejó hablando sola en la sala, y con Andrés y Federico, que trataron de preguntarle cómo estaba.
   Sin embargo, solo llegó hasta la puerta que comunicaba con la negocio. Era imposible abrirla.
   Se volvió hacia Andrés que la había seguido junto con los demás.
   —Déjame salir.
   —No es seguro.
   —No te pregunté eso, ¡déjame salir!
   —Micaela —se acercó Federico—, ¿qué te pasa?
   —¿Qué me pasa? ¿Acaso lo tienes que preguntar? Me quiero ir, lejos de ustedes, lejos de todas estas porquerías. ¡Dé... jen… me… sa… lir!
   —Micaela —dijo Andrés—, entiendo cómo…
   —¡No! ¡No entiendes nada! —un cosquilleo tibio bajó por sus brazos hasta sus dedos—. No entiendes cómo me siento, no puedes saberlo. ¡No es tu vida la que está hecha un desastre! No fuiste tú el que perdió a su única amiga. ¡No sabes nada!
   Las últimas palabras fueron acompañadas por una fuerte explosión y Micaela se vio empujada hacia atrás. Cuando pudo levantarse, notó que estaba en la panadería, en medio de mucha madera destrozada y algo de mampostería.

Capítulo XI - pag 3


   Aguzó el oído, no escuchó ningún ruido. Se puso de pie y echó a correr. Corrió durante cuadras y cuadras, como loca. Veía la gente pasar a su lado, como si estuvieran inmóviles, algunas la señalaban con el dedo, pero ella seguía corriendo. Era raro que no se quedara falta de aire o que no le dolieran las piernas, aunque no le importó, no quiso analizarlo. Siguió corriendo con todas sus fuerzas.
   Cuando se detuvo ya se iba el sol y estaba en una plaza.
   «No, la plaza, donde comenzó todo —se dijo—. ¿Cómo puede ser que siempre termine aquí?»
   No había nadie alrededor. Caminó hacia los juegos y se sentó en una hamaca. Estaba húmeda y las cadenas, muy frías. Se balanceó lentamente mientras pensaba en todo lo ocurrido en esos días.
   ¿Por qué le había pasado eso a ella? ¿Por qué a ella?
   —¿Por qué? —dijo en voz alta.
   El viento vibró a su alrededor.
   —¿Por qué? —se puso de pie y miró a su alrededor—. ¿Por qué mi hiciste esto? ¿Por qué me elegiste a mí? ¡Contéstame, maldición!
   —Deberías cuidar los modales, niña.
   Micaela se sobresaltó y dio la vuelta, allí estaba la mujer, la que había iniciado su pesadilla. Recordaba su voz.
   —Fuiste tú, ¿por qué me hiciste esto?
   Ella inclinó la cabeza.
   —Eras un recipiente adecuado.
   Micaela se atragantó.
   —¿Qué? ¿Eso es todo? Solo algo que pasaba por ahí y te servía, ¿eso soy?
   —¿Qué esperabas que te dijera? ¿Qué querías oír?
   —Que…—se dejó caer en la hamaca—, ¿entonces esto no fue más que mala suerte?
   —¿Para quién? —la mujer ahora estaba sentada en una hamaca junto a ella.
   Recién en ese momento, Micaela notó que podía ver a través de ella, o casi.
   —¿Tú estás…?
   Ella rió.
   —Sí, ¿por qué sino te hubiera dado mi poder?
   —Pero, entonces estabas viva…
   —No por mucho tiempo —la mujer suspiró—, no podía huir más de ellos, debía enfrentarlos o transferir mi poder. No era lo demasiado fuerte para lo primero.

   —Lo siento —susurró Micaela, pero después se animó—. Si tú estás aquí y puedo hablarte, entonces…
   —No.
   —Ni siquiera sabes qué iba a decir.

Capítulo XI - pag 4


   —No puedes hablar con tu amiga. Ella no es como nosotros, y yo solo me quedaré aquí un tiempo, hasta que te acomodes.
   —¿Qué me acomode? Yo no me voy a quedar con esto. Si soy solo un recipiente, puede haber otro.
   —Eso te molestó, ¿no? —sonrió la mujer—. Esperabas que te dijera que eras la elegida, la que iba a salvar el mundo.
   —No —se sonrojó Micaela.
   —Claro que sí, todo el mundo lo espera, yo también lo hice —suspiró—. Era tan joven e ingenua, me recuerdas a mí a tu edad.
   —¿Cómo hago para encontrar otro recipiente?
   —Lo cierto es que no se puede decir que alguien sea especial —continuó, ignorando la pregunta de Micaela—, porque todo lo somos. Cada uno para algo distinto, tú eres un recipiente adecuado, como lo fui yo. Las dos somos especiales, yo hice me parte, tú harás la tuya.
   —¿Cómo hago para encontrar otro recipiente?
   —Ese conocimiento solo se adquiere cuando hay necesidad.
   —Yo lo necesito.
   —No —se volvió para mirarla de frente—, lo que necesitas es aceptar lo que pasó y aprender a vivir con ello.
   —No quiero esto.
   La mujer se encogió de hombros
   —Aun así lo tienes.
   —¿Cómo puedes ser tan cruel?
   —¿Cómo puedes ser tan llorica? Tienes un poder formidable, una oportunidad como pocas personas de aprender muchísimo, de ver otros mundos dentro de este mismo y de hacer mucho bien. ¿Por qué te niegas?
   —Perdí a mi amiga.
   —No puedo cambiar eso, pero no puedes asegurar que no hubiera pasado si nunca nos hubiéramos cruzado en el camino. Fue la decisión de Cecilia arriesgarse, no la tuya, no la de Mariana y ni la de su familia.
   —Casi pierdo a mi madre.
   —También la salvaste.
   —Eres imposible —bufó Micaela.

   La mujer rió con ganas.
   —Mi protector decía lo mismo.
   Micaela se aferró a las cadenas de la hamaca.

Capítulo XI - pag 5


   —Lo lamento, niña, esto no es fácil para nadie. Sé que pronto entenderás por qué no podía dejar que este poder se perdiera.
   —¿No hay ninguna forma de pasárselo a alguien que lo quiera?
   —No, ninguna en la que puedas sobrevivir, el poder ahora es parte de ti. —La miró seriamente—. Y debes aprender a controlarlo, rápido.
   —No, no quiero…
   —No tienes tiempo, niña, mira a tu alrededor.
   Micaela le hizo caso. Había oscurecido notablemente. Cuando el fantasma de la mujer desapareció, Micaela notó que esa era la única luz que había en la plaza. Un fuerte viento la golpeó y la tiró de la hamaca. Al apoyar las manos en el piso, las sombras treparon por ellas como insectos.
   Se puso de pie de un salto, pero estaban por todos lados, subían por sus piernas, se abrazaban a su espalda. Las sintió cosquillear en sus orejas y el murmullo comenzó a caminar por su piel, asfixiándola.
   Cada vez era más difícil moverse, incluso respirar. Las sombras que la envolvían ocupaban todo su cuerpo. Trató de gritar, pero por más que se esforzaba, no se oía ningún sonido. Cuando estaba a punto de sucumbir al pánico, escuchó la voz de la mujer:
   «Contrólate.»
   Micaela respiró profundamente y trató de calmarse. Cerró los ojos y dejó de luchar contra las sombras, se concentró en serenar sus pensamientos.
   Poco a poco, pudo ver la esfera blanca que habitaba su mente. Era más frágil que cuando practicaba con Gilda, casi transparente y temblaba frente a ella.
   Estiró el brazo y apoyó la mano en una de las paredes, esta de deshizo entre sus dedos. Las sombras comenzaron a apretarla otra vez.
   —¡Micaela! ¡Micaela! —sonó la voz de Mariana.
   Micaela se concentró en ella, se levantó a duras penas y avanzó hacia el lugar desde donde provenía su voz. Cada paso agotaba sus fuerzas, pero se negaba a rendirse. Los murmullos trataban de adormecerla, mas ella comenzó a tararear para sí misma.
   —¿Micaela?
   El rostro de Mariana apareció frente a ella.
   —Micaela —sonrió—, estás bien. No preocupes, estoy aquí.
   Mariana avanzaba entre las sombras con una luz brillante en una de sus manos. Llevaba el brazo alzado como si pueda mantenerlo por encima de la marea de sombras.
   —Mica, Fede y Sebas también están cerca. Tenemos que aguantar —alcanzó a Micaela—. Vamos, tratemos de alejarnos.
   —Mariana —se debatió Micaela—, yo…
   —Calla, ahora no es el momento —sonrió—, además ya no importa. Ven dame la mano y…

   Un tentáculo la golpeó en la espalda y la tiró al suelo, la luz que llevaba en la mano se le cayó y se apagó al instante.
   —¿Mariana?
   —Mica, estoy bien —jadeó—, tenemos que… ¡Aaahhh!

Capítulo XI - pag 6


    —¿Mariana? ¡Mariana!
   Micaela comenzó a manotear a su alrededor. Las sombras la tiraron al piso otra vez, trató de levantarse y la aplastaron. Sintió el peso sobre su espalda, la agobiaba, le quemaba. Pataleó para sacárselas de encima, pero cada vez le quedaban menos fuerzas. Los quejidos de Mariana también estaban disminuyendo.
   «No te rindas.», la voz de la mujer sonó lejana.
   Lo único que podía sentir Micaela era aquel peso enorme sobre su espalda y las lágrimas que le caían por las mejillas.
   «No te rindas, acepta el poder que se te dio, podrías salvar a Mariana.»
   Micaela reaccionó.
   Ya no podía oír la voz de Mariana. Se refugió en su mente y se concentró en su amiga, trató de escuchar su voz. Tenía que seguir allí, no podría soportar otra pérdida. Ella la salvaría, de algo tendría que servir lo que había pasado, ella la salvaría.
   «Así es, niña, puedes hacer bien, si lo aceptas.»
   —Lo hago —murmuró Micaela.
   En ese momento la esfera reapareció en su mente, más blanca que nunca. Micaela apoyó ambas manos sobre la pared y se internó en ella. La luz blanca la envolvía, la atravesaba. Sintió que se elevaba por su garganta y atravesaba los brazos. La sintió salir a través de sus manos y de su boca.
   El colgante que llevaba en el cuello se derritió.
   Por un instante, vio toda la plaza iluminada como si fuera de día. Mariana estaba en el suelo, a un lado de ella. Se veían dos personas que corrían hacia donde se encontraban. Una pequeña sombra tembló a su izquierda. Micaela se volvió hacia ella, estiró su mano hacia ella y mostrándole la palma, sonrió.
   Escuchó la voz de Federico justo antes de desvanecerse.
 
*Fin del capítulo XI*
 
Brujas Anónimas - Capítulo XI