SINOPSIS


   Brujas Anónimas es una blognovela orientada a un público juvenil y con una temática fantástica. Se desarrolla en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Sigue la historia de Micaela, una joven universitaria que un día descubre, a su pesar, la existencia de una sociedad paralela dentro de su propia ciudad.














sábado, marzo 29, 2014

Libro II - Capítulo II - pag 1


(Debido a la extensión de los capítulos, se publican en varias páginas.)
   Se levantaron a las diez de la mañana y, por primera vez en varios días, Micaela se veía determinada. Eva les sirvió el desayuno sin dejar de lanzar miradas especulativas a Micaela y de reprobación a su hija. Mariana, entre bostezo y bostezo, no parecía estar atenta a nada y comía con inocencia real en su rostro.
   Después de que Eva repitiera por enésima vez las hierbas que necesitaba y ambas madres le recomendaran cuidado a sus respectivas hijas durante años y que la abuela saliera a decirles que se apresuraran a volver y que no se desviaran por el camino, por fin salieron a la calle. El fresco del día les dio de lleno en la cara.
   ―Cualquiera diría que estamos yendo a la guerra.
   ―¿Es muy peligroso ese barrio? ―preguntó Micaela mientras se acomodaba el bolso en el hombro.
   Ambas evitaron hablar sobre su conversación de la noche anterior, llevada en susurros. Iban a simular actuar con naturalidad, pero controlarían todos los movimientos de los demás y tratarían de escuchar todas las conversaciones posibles. Hasta que tuvieran lo suficiente para poder actuar.
   Nesi había insistido en ir con ellas y ahora miraba desde el fondo del bolso, atento a cada una de sus palabras.
   ―En realidad es un barrio bastante aburrido. Mucha naturaleza, casi sin edificios, muchas casas bajas; todo muy tranquilo.
   Micaela frunció el ceño.
   ―¿Entonces por qué tanto celo?
   Intercambiaron una mirada y, sin darse cuenta, detuvieron su caminata.
   ―Supongo que por la naturaleza ―chilló Nesi desde el bolso―, los humanos siempre se ponen nerviosos cuando ven mucho verde a su alrededor.
   ―Yo no me pongo nerviosa por un par de plantas ―irguió la cabeza Mariana y retomó su andar.
   Micaela la observó, el pelo teñido de negro realmente la hacía verse muy pálida, y la ropa no ayudaba. La trató de imaginar en un alegre jardín lleno de flores de colores y tuvo que reprimir una sonrisa.
   ―¿Qué te sucede? ―entornó los ojos Mariana―. Estás más feliz que de costumbre, se ve que dormir tanto te hizo bien.
   Micaela percibió cierto resquemor en la voz de su amiga.
   ―Lo siento, no quise que pasara otra vez. ¿No habías dicho que sería bueno para el insomnio?
   Por la mueca de su amiga, Micaela supuso que aquello había sido una broma solo en parte. Después de todo, esas clases también eran una prueba para ella.
   ―No te preocupes ―suspiró Mariana―, ya encontraré la forma de que la abuela no nos azote a ninguna de las dos.
   Se detuvo en una parada de colectivo, a solo dos cuadras de la panadería. Micaela miró los números de las líneas que paraban ahí, no reconoció ninguna.
   Le parecía raro estar tan tranquila con dicho encargo, hacía unas semanas ni siquiera hubiera creído que existieran las brujas, ni los hombres lobo o los vampiros. Aún no estaba segura sobre qué creer, pero había visto demasiado cosas como para ignorarlas. Además, como fuera, todavía tenía algunos temas que cerrar, antes de retomar su vida anterior.
   ―Vamos ―Mariana tiró de su brazo para hacerla subir al colectivo―, deja de soñar despierta, ¿es que tampoco puedes mantenerte despierta durante el día? ―sonrió.   
  


Libro II - Capítulo II - pag 2


   El viaje fue corto y aburrido, el colectivo iba medio vacío, pero no sobraban asientos. Se pararon hacia el fondo y se dedicaron a mirar por la ventana, cada una sumida en sus propios pensamientos. Cada tanto, Nesi se movía nervioso en el bolso. Era obvio que no era cómodo para él viajar de esa manera, pero a Micaela no se le ocurría ninguna otra.
   Cuando Mariana se dirigió hacia la puerta, Micaela la siguió automáticamente. El timbre era silencioso, de esos que dejan la duda sobre si realmente sonaron o no. El colectivo se detuvo de golpe. Bajaron en un gran parque, llenó de chicos y perros corriendo por todos lados. Mariana frunció la nariz.
   ―Ahora recuerdo por qué no me gusta venir para este lado.
   ―¿Demasiada alegría?
   Mariana rio con un eco profundo.
   ―Mira quien lo dice, creo que nunca te vi hacer algo divertido, estás siempre más tiesa que un palo.
   Se miraron una a la otra fijamente, había demasiada tensión allí, que no habían sentido desde que se habían conocido. Las bromas tontas no estaban funcionando, aún se sentían incómodas entre ellas. Solo había pocos momentos de unión.
   ―Señoritas, me parece que debo recordarles su misión ―dijo Nesi desde el bolso.
   Micaela miró alrededor, pero no había nadie lo suficientemente cerca como para que lo hubiera escuchado. Mariana se puso en movimiento.
   ―Por aquí.
   Caminaron tres cuadras hasta una casa apacible, de dos plantas, rodeada por un exuberante jardín. Las hojas habían crecido tanto y se habían enredado de tal forma por todos lados que ya no se veían las rejas que separaban la casa de la calle. Mariana tocó el timbre escondido entre todo ese verde.
   Contestó una voz femenina, distorsionada por el portero viejo y falto de mantenimiento. Intercambiaron unas palabras en un idioma que Micaela no reconoció y esperaron. La puerta de la casa se abrió poco después y se escuchó un ladrido.
   Una mujer regordeta y de aspecto apacible se acercó por entre el enjambre de hojas de distintos tonos de verde. Miró fugazmente a Mariana y luego se concentró en Micaela. No quitaba la sonrisa de su rostro, pero su mirada era afilada. Micaela cambió el peso de un pie al otro.
   ―Relájate ―dijo Mariana―, es una de las buenas.
   La puerta de la reja se abrió con un quejido y un perro, que apenas se elevaba sobre el piso, apareció entre los pies de la mujer.
   ―Pasen ―dijo ella con voz suave y se hizo a un lado.
   La casa por dentro se veía tan acogedora como anunciaba su exterior. Todo allí parecía mullido, desde la alfombra que cubría todos los pisos hasta cada uno de los sillones que se miraban unos a otros en la sala.
   ―Siéntense, les serviré un poco de té.

   Mariana se desplomó en uno de los sillones. Cuando vio que Micaela se mantenía tiesa en medio de la habitación, le hizo señas para que se sentara.
   ―No podremos evitar el té, será mejor que lo hagamos rápido, además creí que te gustaba.
   ―Y me gusta ―Micaela se sentó con cuidado a su lado―, pero ella me pone nerviosa, la forma en que me mira.
   ―Es que ve lo mismo que todos nosotros, además ―se inclinó hacia mí― estoy bastante segura de que es una de las matriarcas.

Libro II - Capítulo II - pag 3


   ―¿No lo sabes?
   ―No revelan todas sus identidades ―se encogió de hombros―, se supone que como una estrategia de protección.
   La mujer volvió poco después, con una bandeja donde llevaba una tetera, tres tazas y un plato con galletas con chips de chocolate. Sirvió cada taza como si tuviera todo el tiempo del mundo. Mariana no dejaba de mover el pie.
   Micaela forzó una sonrisa cuando tomó su taza. Sorbió un trago y no puedo evitar cerrar los ojos.
   ―Es muy bueno ―dijo con una sonrisa verdadera.
   La mujer asintió.
   ―Llevo muchos años tratando de encontrar la combinación correcta de hierbas.
   ―¿Qué tiene?
   ―Después de tanto esfuerzo ―rio suavemente―, no crees que lo compartiré tan fácilmente, ¿no?
   Micaela se removió, algo incómoda, en el sofá. El bolso junto a ella se movió también y se abrió un poco más.
   ―¿Qué llevas allí? ―preguntó la mujer.
   ―Ah, es Nesi ―dijo Micaela abriendo el bolso del todo.
   ―Una molestia ―gruñó Mariana mientras tomaba otra galleta.
   El pequeño hombre verde saltó fuera del bolso y cayó en el brazo del sillón. Miró a su alrededor con el ceño fruncido, no parecía gustarle lo que veía.
   ―Qué raro ―dijo la mujer―, este no suele ser su hábitat natural. ¿Qué haces por aquí, querido?
   ―¿Por qué todos los humanos quieren saber lo mismo? ―bufó Nesi―. ¿Acaso les pregunto yo por qué viven donde viven?
   La mujer elevó las cejas.
   ―¡Qué carácter! ―murmuró.
   En ese momento, una bola gris saltó sobre el sillón. Micaela casi soltó la taza, que le salpicó té caliente en la mano y parte del pantalón. Nesi se había hecho a un lado antes de que el perro se acercara siquiera.
   ―No molestes a los clientes ―ladró su dueña―, ve a la cocina.
   El pequeño animal se arrastró fuera del cuarto con la cola entre las patas. Mariana carraspeó.
   ―Bien, tengo una lista de las hierbas que necesita mi mamá.
   ―Dámela ―dijo la mujer extendiendo la mano.
   ―Eh, bueno, en realidad me la sé.
   La mujer apretó los labios y Mariana sonrió, para nada nerviosa. Seguía recostada sobre el sofá, comiendo otra galleta y llenando de migas toda la parte frontal de su pulóver.
   ―Yo la tengo ―dijo Micaela mientras buscaba en el bolso.
   Se la entregó a la mujer y luego miró a Mariana, quien había fruncido el ceño.
   ―Me la dio tu mamá, por si te olvidabas de algo.
   ―La fe que me tienen es impresionante ―se estiró sobre el sofá―, ni siquiera sé por qué me dejan salir sola.
   La mujer se puso de pie y se arregló el delantal que llevaba sobre el vestido. Se veía bastante anticuada, pero Micaela no podía imaginársela con ropa más actual.
   ―Nunca te has destacado por tu madurez, muchacha. ―Echó una mirada a Micaela. ―Creo que ahora vas a tener que recuperar el tiempo con creces, tu misión es muy importante.

Libro II - Capítulo II - pag 4


   Estoy preparada ―dijo Mariana con la cabeza erguida de repente.
   ―Ya lo veremos ―dijo la mujer mientras caminaba fuera de la habitación―, ya lo veremos.
   Tardó bastante en volver. Podrían haber aprovechado ese tiempo en husmear alrededor, pero Mariana lo dedicó a repantigarse en el sofá y Micaela, a seguir rumiando sus pensamientos. La mujer volvió con un paquete y lo intercambió con Mariana, aunque no fueron billetes los que ésta le dio a cambio.
   Ya estaban a punto de irse cuando la mujer detuvo a Micaela sosteniéndola de la muñeca, le dio un pequeño paquete.
   ―Es para que hagas una infusión cuando sientas que estas demasiado desanimada ―amagó a rozarle la mejilla con un dedo―. Es una carga muy pesada para alguien tan joven. Te ayudará a olvidar tu pena.
   Micaela apretó el paquete entre sus dedos, el corazón se le había acelerado otra vez. No parecía poder pasar un día sin que se le descontrolaran los latidos.
   ―No creo que pueda olvidarla ―dijo con voz estrangulada.
   ―A ella no, pero la pena que acompaña su recuerdo, tal vez.
   Micaela asintió y se apresuró a alcanzar a Mariana que ya estaba en la puerta de la reja. La mujer se quedó mirándolas mientras la cerraban.
   ―Cierra sola ―dijo Mariana mientras se disponía a alejarse de allí lo más pronto posible.
   ―Espera ―dijo Micaela―, ¿y Nesi?
   ―Estoy aquí ―dijo el hombrecillo desde el bolso.
   ―¿Cuándo…?
   Mariana suspiró exageradamente mientras se ponía las manos a la cintura.
   ―Se ve que va a ser difícil perderlo.
   ―¿Y por qué querrías hacerlo, bruja? ―chilló Nesi―. Soy una de las mejores cosas que te pasó.
   Mariana rió con su sonido gutural.
   ―Si tú eres lo mejor, entonces no quiero pensar en lo malo.
   ―Si yo no estuviera aquí, tú no entenderías ni la mitad de lo que ocurre a tu alrededor.
   ―Como si necesitara que un duende gruñón me lo explicara.
   Micaela hizo caso omiso a su pelea, que era tan habitual como el día y la noche y se dedicó a mirar a la gente que pasaba por la acera de enfrente. Cada uno de ellos con una vida normal, como la que ella había tenido hacía solo unas semanas. Le llamó la atención una muchacha que seguía con avidez a unos chicos en bicicleta.
   ―¿Qué pasa, Mica?
   Micaela no se había dado cuenta de que había detenido su marcha, ni que Mariana se hallaba parada a su lado.
   ―Es esa joven, no sé, me parece rara.
   Mariana entornó los ojos y se quedó mirándola. Se inclinó hacia delante y frunció los labios. De pronto, sus mandíbulas se tensaron.
   ―Vampiro ―susurró.
   Micaela se puso en alerta en seguida. Sintió que el bolso se abría y Nesi se asomaba rápidamente para echar un vistazo.
   ―¿Estás segura?

Libro II - Capítulo II - pag 5


   Sí ―Mariana se volvió hacia ella, sus ojos rezumaban energía. ―No voy a dejarla escapar.
   ―Yo tampoco ―dijo Micaela con firmeza.
   Mariana sonrió y se frotó las manos antes de comenzar a hurgar entre los muchos bolsillos que había en su ropa.
   ―Bien, sigue mi liderazgo, lo primero que tenemos que hacer es alejarla de esos chicos ―hizo un gesto con la cabeza.
   ―De eso puedo encargarme yo ―dijo Nesi, sus ojos verdes refulgían desde el fondo del bolso.
   Ambas miraron al hombrecillo, que se encogió de hombros dentro del bolso.
   ―Los niños me seguirán, aunque no puedan verme bien ―sonrió―. Nunca hay que desdeñar la curiosidad e imprudencia de los humanos.
   Micaela le hizo una seña a Mariana para que contuviera la lengua.
   ―Bien ―repitió ésta sin quitar los ojos de la vampira que todavía se relamía mientras observaba a los chicos―, aléjalos de aquí. Nosotras nos ocuparemos de ella.


*Fin del capítulo II*

Brujas Anónimas - Libro II - Capítulo II

sábado, marzo 15, 2014

Libro II - Capítulo I - pag 1


(Debido a la extensión de los capítulos, se publican en varias páginas.)
   Micaela frunció la nariz y la movió de un lado a otro. Tenía los ojos cerrados con fuerza, enormes patas de gallo se extendían a los costados. Hincó los dedos en los muslos y apretó los labios. Se tensó.
   ―¿Qué está haciendo, señorita?
   Micaela abrió un ojo y miró hacia la mujer que oteaba sobre su cabeza. Abrió el otro ojo y torció el gesto, todavía tratando de mantenerse inmóvil.
   ―Me pica la nariz.
   Se escuchó la risa de Mariana a su lado, la cual se apagó de inmediato. La mujer a su lado bufó.
   ―Pues rásquese ―siguió caminando entre los jóvenes que estaban sentados a lo largo y ancho del amplio salón.
   Micaela se rascó con esmero y captó la mirada risueña de Mariana. Se encogió de hombros y volvió a cerrar los ojos. Estaba quedándose dormida cuando sintió un pinchazo en la pierna.
   ―¡¿Qué?! ―pegó un salto.
   ―¡Señorita! ―la mujer estaba en la otra esquina del salón, con los brazos en jarra.
   ―Perdón ―susurró Micaela y miró hacia el costado, Nesi la observaba con el ceño fruncido―. ¿Por qué hiciste eso?
   ―Se estaba durmiendo, señorita.
   Micaela suspiró y se acomodó otra vez en el pequeño almohadón. Tenía las piernas acalambradas, pero no se animaba a moverlas.
   ―Deberías haberme dejado ―murmuró.
   ―Es mi obligación que se entrene adecuadamente.
   ―¿Tu obligación? ―la voz de Micaela se elevó y echó un vistazo a la mujer, pero la bruja que se dedicaba a impartir esa clase estaba regañando a otro alumno en ese momento―. Pensé que te ocupabas de la casa.
   ―Lo hago ―el hombrecito se irguió―, pero también presto mi ayuda allí donde veo que haga falta.
   Micaela puso los ojos en blanco. Volvió a cerrar los párpados, pero entonces sintió un leve golpe en la cabeza y en los muslos. Se miró el regazo, un trozo de papel yacía allí. Lo abrió con cuidado, estaba en blanco.
   Miró alrededor, Mariana le hacía señas.
   ―Así no voy a poder concentrarme nunca ―gruñó Micaela.
   ―Como si lo estuvieras intentando ―sonrió Mariana.
   ―Ya es suficiente ustedes dos ―la bruja se acercó a ellas―. Estoy cansada de su falta de respeto y seriedad. Retírense.
   Micaela la miró con los ojos agrandados. Nunca había sido expulsada de una clase. Echó una mirada de aprensión a Mariana, pero ella ya estaba recogiendo sus cosas. Micaela suspiró y se puso de pie. Tomó su bolso, dejó que Nesi saltara dentro y se dirigió hacia la salida, bajo la atenta mirada de la mujer.   
  


Libro II - Capítulo I - pag 2


   La puerta las llevó a una mercería desierta y de estantes vacíos y empolvados. Micaela todavía no entendía cómo con esa pantalla lograban algo, ni siquiera podrían pagar el local. Mariana le había dicho que esa familia no lo necesitaba, aunque era difícil pensar que ninguna de las familias que pertenecían a la sociedad no lo hiciera.
   ―Uf ―resopló Mariana―, no quiero caer en estereotipos, pero esa mujer sí que es una bruja.
   ―No la llames así ―se acomodó la ropa Micaela―, no está bien.
   ―Pero lo es.
   ―Lo que quiero decir ―Micaela miró a la sonriente Mariana―… ¡déjalo!
   Salieron a un día frío de invierno, el viento las golpeó en el pecho y las forzó a cerrarse los abrigos. Solo ocho cuadras las separaban de la casa de Mariana. Las caminaron en silencio. Mariana leyendo y escribiendo mensajes de texto, Micaela ensimismada en sus pensamientos.
   ―¡Vamos, alégrate! ―dijo de repente Mariana.
   Micaela esbozó una triste sonrisa.
   ―No vamos a tener que ver más a esa mujer. De todas formas, no estabas aprendiendo mucho. La meditación no es lo tuyo, ¿no?
   ―Creo que no ―suspiró Micaela―, es demasiado poco… específica.
   Mariana gruñó algo por lo bajo mientras volvía a sus mensajes. Escribía con tanta velocidad que las teclas chillaban bajos sus dedos.
   ―Sigo sin entender muy bien lo que significa ser parte de la comunidad.
   ―Sociedad ―dijo Mariana―, sociedad Brujas Anónimas.
   ―No es realmente una, porque se llame así.
   ―Sí que lo es ―Mariana despegó los ojos de la pantalla del celular―, todas las familias tienen como un fondo que comparten y con el cual hacen inversiones y esas cosas.
   ―No me habías dicho eso.
   Mariana se encogió de hombros.
   ―No es lo más importante ―alzó un brazo y sacudió la muñeca frente a ella―, sino las fabulosas pulseras que vienen con ellas.
   Micaela sonrió levemente y meneó la cabeza, como así casi siempre que compartía una conversación con su nueva amiga. Miró su propia muñeca, a ella también le habían dado una pulsera, que hacía juego con la de Mariana. Aunque decían que no todas eran iguales, encontró que no todos los brujos querían mostrar las suyas.
   Se acercaban a la panadería cuando Micaela disminuyó el paso.
   ―A tu abuela no le va a gustar.
   ―A ella no le gusta casi nada ―rio Mariana―, no te preocupes, no es la primera vez que me expulsan de una clase. Aprenderemos más por nuestra cuenta.
   ―Supongo ―dijo con voz pequeña.
   Las energías comenzaban a agotársele. Solo habían pasado unos días desde que había empezado su nueva vida. Y toda la exaltación que había sentido en la plaza ese día, ya comenzaba a diluirse, dejando espacio para las dudas. Y también estaba lo de Cecilia. No había preguntado cómo los brujos se las habían arreglado para simular el accidente del cual le informaron a sus padres, pero ella ya no podía mirarlos de frente. Ni siquiera había podido hablarles durante el funeral.
   ―Vamos, Mica, no estés tan triste ―Mariana le puso una mano en el hombro―. ¿Otra vez estás pensando en eso?

Libro II - Capítulo I - pag 3


   ―¿Y cómo puedo no hacerlo? ―la voz se le estranguló y tuvo que esperar unos segundos antes de continuar―. Solo hace dos semanas y yo no puedo… no puedo dejar de pensar en que en cualquier momento me llamará.
   ―Tal vez… ―dijo Marian― si buscáramos a la familia de tu padre.
   ―¿Y eso en que ayudaría? ―frunció el ceño Micaela.
   ―Tener la familia cerca siempre te hace sentir mejor ―sonrió un poco Mariana―, aunque sean muy molestos.
   ―No ―inspiró Micaela―, a ellos nunca les importó mantener el contacto.
   Se habían detenido a unos pasos del local. La poca gente que iba por la vereda, caminaba apresurada y ni siquiera se fijaba en ellas. El silencio se estiró a su alrededor, al ritmo del viento gélido que se negaba a menguar. Mariana apretó los labios y se volvió para mirar a Micaela de frente.
   ―No hay nada que pueda decirte, Mica, solo que ella era una chica muy alegre y estoy segura de que le hubiera gustado que tú pudieras serlo también. Lo que hizo fue porque te quería, se preocupaba por ti.
   ―Fue mi culpa, yo la guié…
   ―No, Mica ―esa vez Mariana la tomó por los hombros con ambas manos―, no pienses eso. Fue culpa de esos vampiros, de nadie más, los encontraremos. Tú y yo, y les haremos pagar lo que le hicieron a Cecilia.
   Micaela asintió en silencio. Se tragó las lágrimas e intentó poner buena cara antes de ingresar a la panadería. No quería que su madre se preocupara, había mejorado tanto en las últimas semanas que había comenzado a abrigar esperanzas de que la enfermedad al fin la hubiera dejado libre.
   El local tenía un solo cliente que estaba siendo atendido por Federico. El muchacho le guiñó un ojo a Micaela cuando ella y Mariana pasaron hacia la puerta trasera. La sala estaba vacía, es decir, no había personas allí, pero seguía tan abarrotada como siempre. Micaela abrió el bolso para que Nesi saltara fuera. Como siempre, el hombrecillo miraba torno a sí y fruncía el ceño con fuerzas; sin embargo, no tocaba nada, Gilda se lo tenía prohibido.
   Mariana se demoró en la sala mientras Micaela se dirigía directamente a la habitación que compartía con su madre. No encontró a Marisa allí, así que revisó el comedor y luego la cocina. La encontró ahí, con la madre de Mariana.
   ―Hija ―la mirada de Marisa se iluminó―, ¿cómo te fue hoy?
   ―Eh, bien ―sonrió Micaela y se inclinó para darle un beso en la mejilla―. ¿Cómo te sientes? Te ves muy bien.
   ―Me siento así ―hizo una seña hacia la madre de Mariana―, debe de ser por la excelente comida de Eva. Creo que aumenté un par de kilos.
   Micaela miró el cuerpo débil y enjuto de su madre, debería aumentar como unos diez para estar en un peso razonable. Aunque era cierto que se veía mejor, más fuerte. Micaela miró a la madre de Mariana, que estaba preparando té y agregaba muchísimas variedades de hierbas.
   «Tal vez sea algo más que té», pensó Micaela y le sonrió brevemente.
   ―Pues deberías aumentar un poco más, mamá. ¿Ya comiste hoy?
   ―Todavía no sé en qué momento dejé de ser la madre ―sonrió.
   ―Es solo una hija responsable ―dijo Eva mientras ponía una taza humeante de té en las manos de Marisa―, no creo que la mía siquiera sepa qué como. Hablando de ella ―se dirigió a Micaela―, ¿no vino contigo?
   Micaela miró hacia atrás.

Libro II - Capítulo I - pag 4


   Habrá ido a su pieza.
   ―Puedo prepararles la merienda ya si quieren, avísale que vaya al comedor ―Eva abrió la heladera―. Seguro que Federico también se suma, aunque casi ni coma.
   Micaela le dedicó otra sonrisa a su madre antes de ir en busca de su amiga. No estaba cerca aún de la sala cuando escuchó la voz de la abuela Gilda. La mujer parecía estar realmente enojada. Micaela abrió la puerta y tres pares de ojos se volvieron a verla, Nesi estaba sentado sobre el hombro de la abuela.
   ―Fue mi culpa ―dijo Micaela.
   El rostro de Mariana era inescrutable, pero su postura indicaba que estaba incómoda.
   ―Ella es tu guía ―dijo con dureza Gilda― y la encargada de que te entrenes adecuadamente.
   ―Es que la meditación… ―empezó Micaela.
   ―Es una de las herramientas que más necesitas ―insistió la abuela―, debes aprender a controlar tu mente, a mantenerte calmada en situaciones estresantes.
   Micaela miró a Mariana, quien negaba lentamente con la cabeza. No fue capaz de descifrar lo que gesticulaba con los labios en silencio. Así que dijo lo primero que se le ocurrió.
   ―Mariana dijo que ella me iba a entrenar en ese aspecto, no necesitamos a la bruja.
   Mariana agrandó los ojos y luego bajó la cabeza y la sacudió con fuerza de un lado. Murmuraba por lo bajo, pero no se distinguían las palabras.
   ―¿Mariana como instructora? ―la abuela enarcó las cejas y se volvió para mirar a su nieta―. Tal vez eso sirva para que ambas aprendan algo. Pero quiero ver progresos, de aquí a una semana, o volverán a clases.
   ―Sí ―dijo Micaela.
   ―Y esto no significa que puedan abandonar las demás ―fulminó con la mirada a su nieta.
   Mariana asintió lentamente.
   ―Habla ―dijo Gilda.
   ―Sí, abuela.
   ―Bien ―suspiró―, debo ocuparme de otras cosas, las veré más tarde.
   Recién en ese momento, Micaela notó que la abuela estaba vestida para salir. Era una mujer impresionante, de esas que no puedes evitar darle el paso en la calle y luego quedarte mirando mientras se aleja.
   Nesi saltó de su hombro antes de que atravesara la puerta y se perdió detrás de uno de los sillones. Mariana frunció los labios.
   ―Creo que no fue tan mal.
   Micaela sonrió.
   ―Dice tu madre que si queremos merendar…
   ―¡Como si hiciera falta preguntar! ―Mariana se puso en camino, tiró del brazo de Micaela y la arrastró hacia el comedor―. Es mejor que empecemos antes de que llegue Federico.
   ―Si él ni siquiera come.
   ―Pero le gusta acaparar toda la atención ―bufó Mariana―, le gusta irritarme.
   Cuando llegaron al comedor, la mesa estaba puesta. Además de té y café, había tres platos con bocadillos: torta marmolada, medialunas y mini-facturas.
   ―Gracias, má ―dijo Mariana mientras se llenaba la boca con un poco de todas las cosas que su madre había puesto sobre la mesa.

Libro II - Capítulo I - pag 5


   Ya me lo agradecerás mañana.
   Mariana frunció el ceño mientras masticaba con esmero. Micaela estaba a su lado, hacía rato que mordisqueaba la misma medialuna.
   ―No pongas esa cara ―dijo Eva―, solo necesito que vayas a comprarme hierbas.
   ―Ah, no hay problema ―Mariana tragó de golpe―. ¿Quieres venir, Mica? Es una tienda muy interesante.
   ―Te hará bien pasear un poco ―dijo Marisa, que se había sentado a la mesa con ellas, aunque solo había bebido su té.
   ―Está bien, supongo ―se encogió de hombros Micaela―. Si no voy a la facultad ni al trabajo, no tengo mucho más que hacer.
   ―Lo siento ―dijo Eva―, pero realmente no podías volver a ese local, te conseguiremos otro trabajo si realmente lo quieres.
   ―Sí que lo quiero y quiero volver a la facultad.
   ―Hija ―Marisa le puso una mano sobre el hombro―, el descanso te hará bien, créeme. Nunca es bueno volver a rondar lugares… compartidos tan temprano.
   Micaela cerró los ojos y respiró con calma, para calmar los latidos acelerados.
   ―No quiero perder toda mi vida anterior ―susurró.
   ―No lo harás ―le dijo su madre―, solo te pido que vayas de a poco. Seguro puedes recuperar en la facultad, eres inteligente.
   ―Seguro, mamá ―le sonrió Micaela y luego se volvió hacia Marina―, ¿cuándo salimos?
   ―Mañana temprano ―dijo Eva.
   ―Yo podría ir también ―sonrió Federico.
   ―No creo que sea necesario ―dijo su hermana.
   ―A mí me parece…
   ―Que tienes suficiente trabajo en la panadería ―le dijo Eva― y si necesitas más para hacer, puedes pedirme.
   Mariana le sacó la lengua a su hermano y se inclinó hacia su amiga.
   ―Temprano para mí son las diez de la mañana ―susurró.
   Micaela esbozó una leve sonrisa. La merienda terminó pronto, al menos para todos menos para Mariana, que parecía decidida a terminarse toda la comida de la mesa antes de levantarse.
   ―Vamos a cenar después, ¿sabes? ―le dijo su madre.
   ―Es que está muy bueno ―dijo Mariana agarrando la última medialuna mientras se levantaba.
   Le hizo señas a Micaela para que la siguiera. Fueron a la pieza de Mariana y cerraron la puerta tras de sí.
   ―¿Qué sucede?
   ―Siéntate.
   Micaela obedeció lentamente y se sentó en la punta de la cama. Mariana la miró con la cabeza inclinada.
   ―Supongo que así servirá ―murmuró y luego agregó en voz alta―: cierra los ojos.
   ―Oh, no.
   ―Oh, sí, créeme, la abuela querrá ver avances y tú sola te metiste en este lío.
   ―Fue para salvarte ―dijo con exasperación Micaela.
   ―Lo sé, lo sé, pero tal vez no sea tan malo después de todo ―sonrió―. Ahora, cierra los ojos.

Libro II - Capítulo I - pag 6


   Micaela suspiró y apretó los párpados. No supo si Mariana era o no una buena profesora, porque se durmió hasta que tocaron a la puerta. Cuando se despertó, vio que Mariana roncaba a su lado, sentada en la silla y recostada sobre el escritorio. La sacudió para despertarla.
   ―¿Eh? ¿Qué pasó?
   ―Creo que la primera clase no fue muy bien.
   Golpearon a la puerta otra vez y esa vez la abrieron. Federico asomó la cabeza y luego entró con cuidado.
   ―¿Ya están durmiendo? ―le sonrió a su hermana―. Qué raro que vayas a perderte la cena.
   Mariana se puso de pie y se acomodó el pelo, que apuntaba a todos lados como si fuera una antena tratando de conseguir señal.
   ―Solo estábamos descansando un poco. Dile a mamá que ya vamos.
   Federico se quedó mirando alrededor de la pequeña habitación, como un perro husmeando por un hueso.
   ―¿Qué buscas? ―frunció el ceño Micaela.
   ―Nada.
   ―Entonces vete ―Mariana lo empujó a través del umbral―, nosotras vamos en unos minutos.
   Cerró la puerta y se volvió para encarar a su amiga.
   ―Bueno ―sonrió irónicamente―, ya sabemos que hacer la próxima vez que alguna tenga insomnio.
   ―Vamos a cenar ―sonrió Micaela.
   Salieron de la habitación, por suerte el pasillo estaba libre. Se escuchaban los ruidos de platos y cubiertos en el comedor, pero también unos murmullos furiosos provenientes de la sala. Luego de intercambiar una mirada, ambas se acercaron a la puerta y escucharon con atención.
   ―Ella debe saberlo ―se escuchaba la voz de Eva.
   ―Solo la preocuparíamos ―contestó Andrés, con un tono que indicaba que no era la primera vez que lo decía.
   ―Tal vez ―dijo su esposa―, pero queremos que confíe en nosotros. Y no va a hacerlo si le ocultamos esto.
   ―No sabemos todavía qué es esto ―sonó la voz de Gilda―. Solo parece ser un… ataque, por decirlo de alguna forma, unos vándalos, nada nuevo.
   ―¿Pero justo en el cementerio de Chacarita? ―insistió Eva―. ¿Y justo destrozaron las tumbas que incluyen la de Cecilia?
   Micaela se aferró a la muñeca de Mariana, esta la detuvo.
   ―Debemos seguir escuchando primero ―le susurró al oído.
   Micaela se contuvo a duras penas, le clavaba las uñas en el brazo a su amiga. Pero Mariana no se quejó, ni se movió.
   ―Ceci ―susurró Micaela por lo bajo.
   ―El de ella no es el único que falta ―continuó la voz de Gilda desde la sala―. Tal vez no signifique nada, no es la primera vez que vándalos irrumpen en un…
   ―¡Mamá, no podemos olvidar a ese vampiro, ese tal Jaime! Estaba muy interesado en conseguir un cambio por Micaela.
   ―No grites ―gruñó Gilda.
   ―Querida ―sonó reconciliatoria la voz de Andrés―, solo queremos estar seguros antes de darle la noticia. No queremos preocuparla sin sentido. Tal vez podamos solucionarlo antes de eso.

Libro II - Capítulo I - pag 7


   Ninguno de los tres dijo nada más por largos minutos. Micaela esperaba del otro lado de la puerta, aún aferrada al brazo de su amiga. De repente, Nesi apareció saltando entre ellas.
   ―¿Qué estás haciendo, chicas? ―Federico apareció en la otra punta del pasillo.
   Mariana se volvió hacia Micaela.
   ―Hablaremos más tarde ―musitó por lo bajo y luego tiró de ella para llevarla hacia el comedor―. Deja de estar en el camino, Federico, eres muy molesto.
   ―¿Estás bien, Mica? ―su hermanos se inclinó hacia ella.
   ―Sí ―Micaela esquivó su mirada y lo esquivó a él para entrar en el comedor, justo cuando la puerta de la sala se abría detrás de ellos.
   ―Ah, chicos ―dijo Eva―, la cena está lista.
   ―Y eso qué me importa ―murmuró Micaela.
   ―Más tarde ―repitió Mariana por lo bajo.
   Se apresuraron a comer para terminar la cena lo más rápido posible, debajo de las miradas escrutadoras de Gilda, Eva y, curiosamente, también la de Federico. Con la excusa de que tenían levantarse temprano al día siguiente, se levantaron de la mesa apenas terminado el postre.
   De vuelta en la habitación de Mariana, se sentaron en la cama. Una al lado de la otra, en silencio.
   ―Está bien ―dijo Micaela de pronto―, tendría que haber sabido que no iban a dejarme en paz tan fácil.
   ―Pues yo tampoco te voy a dejar ―dijo Mariana―. Soy tu protectora.
   ―Entonces ―se volvió para mirarla de frente―, ¿realmente estás conmigo?
   ―Sí ―la seriedad de Mariana lucía extraña en su rostro.
   ―Bien ―echó una ojeada a la puerta cerrada―. Es hora de que hagamos nuestros propios planes.

*Fin del capítulo I*
 
Brujas Anónimas - Libro II - Capítulo I

sábado, marzo 08, 2014

Brujas Anóminas - Libro II


 
¿Y si un día descubrieras que existe otro mundo dentro de tu propia ciudad?
La vida de Micaela ya no es la misma.
Desde que se viera empujada al mundo de misterios y peligros que conoció a partir de un simple encuentro en una plaza, todo lo que la rodea son preguntas.
Ya llegó el momento de comenzar a buscar respuestas, a intentar recuperar su vida o a crear una nueva. La principal pregunta que deberá enfrentar Micaela es: ¿puede aceptar lo que le sucedió?
 
El libro II de la serie Brujas Anónimas, La búsqueda, ya está en camino. 
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Conoce a los personajes.                                      Repasa el libro I.
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