SINOPSIS


   Brujas Anónimas es una blognovela orientada a un público juvenil y con una temática fantástica. Se desarrolla en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Sigue la historia de Micaela, una joven universitaria que un día descubre, a su pesar, la existencia de una sociedad paralela dentro de su propia ciudad.














sábado, abril 26, 2014

Libro II - Capítulo IV - pag 1


(Debido a la extensión de los capítulos, se publican en varias páginas.)
   El viaje de regreso fue silencioso y corto, demasiado corto para que ellas arreglaran sus ideas, sobre todo por las constantes preguntas de Gilda. Nunca antes habían visto tan habladora a la abuela, en general parca de palabras.
   ―¿Por qué no me lo dijeron? ―repitió por tercera vez.
   ―No nos diste mucho tiempo, abuela.
   ―Tuvimos todo el viaje de ida, Mariana ―se acomodó la falda―. Creo recordar que hablaste bastante, como siempre, sin decir nada que valiera la pena escuchar.
   ―Pues entonces me callo ―refunfuñó Mariana y se volvió para mirar a través de la ventanilla.
   Gilda mantuvo una dignidad tensa durante el silencio subsiguiente. Solo daba pequeños resoplidos cada tanto, para indicar que aguardaba una explicación.
   ―Son muy imprudentes ―dijo Nesi, que se había sentado en el asiento entre Micaela y la abuela Gilda.
   ―¿Y por qué no me lo dijiste tú? ―dijo esta última―. Pensé que serías la voz de la prudencia con ellas, pero veo que eres igual.
   Mariana se volvió, sonrió y le sacó la lengua a Nesi.
   ―¿Y después qué? ―preguntó Micaela de repente.
   Todos se volvieron a mirarla. El auto se detuvo suavemente, frente a la panadería, pero ninguna hizo un amago de bajarse. El chofer se mantenía con la mirada al frente.
   ―¿Y luego qué? ―repitió Micaela y se volvió hacia Gilda―. Encontramos a este mentor, matamos al vampiro y ¿qué? ¿Se supone que ésta va a ser mi vida? No ―negó con la cabeza―, no, debe de haber una forma de liberarme, eso es lo que deberíamos estar buscando.
   ―Niña, ya te dijimos…
   ―Que no lo saben todo ―Micaela sonó dura, para su pequeña constitución―, lo vimos hoy, ni siquiera están segura de si existe o no el mentor. ¿Cómo pueden saber si hay una salida o no?
   Gilda suspiró.
   ―Lo que también vimos ―continuó Micaela con un tono aún más insidioso, que la sorprendió incluso a ella―, es que no es la matriarca mayor, como había dicho.
   La abuela tensó los dedos sobre el regazo y cerró los ojos durante un breve instante antes de contestar.
   ―Soy la matriarca de la zona, Capital Federal por su cantidad de población, está dividida en tres zonas ―explicó con lentitud―. Soy la matriarca de una. Las demás, representan otras áreas del país.
   ―Como sea ―susurró Micaela―. Con tantas de ustedes, deberían poder encontrar una forma de liberarme.
   ―Ni... ―apretó los labios―. Micaela, eres necesaria para…
   ―¡Alguien más puede serlo! Yo tenía una vida, ahora ni siquiera tengo un hogar.
   ―Lo tienes con nosotros ―Mariana apoyó su mano sobre el brazo de su amiga.
   Micaela se mordió el interior de las mejillas e inhaló sonoramente.
   ―Una habitación en tu casa no es un hogar. No me malentiendas, es generoso de tu parte, de toda la familia, pero no es mi hogar. No quiero pasar el resto de mi vida escondiéndome.
   ―No tendrás que hacerlo ―dijo Gilda―, una vez que adquieras la suficiente habilidad.
   ―¡No la quiero! ¿Es que no lo puedes entender? ¿O es que no quieres? Porque así tienes a tu bruja especial, tu luminosa, justo bajo tu ala.
   Micaela la miró con furia, los puños apretados sobre el regazo. Gilda arrugó el gesto, parecía que estuviera oliendo algo asqueroso, pero sus ojos no dejaron de relucir.
   ―No voy a negar que sea mejor tenerte entre nosotras, que dejar suelto ese poder.   


Libro II - Capítulo IV - pag 2


   ―Tenerme tú ―masculló Micaela―, en vez de cualquier otra.
   Gilda se acomodó el pañuelo que llevaba al cuello. Mariana no quitaba los ojos de su abuela, al igual que Nesi, que se quedó inmóvil entre las dos dialogantes.
   ―Cualquier ventaja siempre es bienvenida, pero no te confundas, niña, no es esa la razón por la que hago lo que hago, ni es el motivo de las decisiones que tomamos las matriarcas ―clavó su vista en Micaela―. Pasé toda mi vida defendiendo lo correcto, lo bueno y esa es siempre mi prioridad. Proteger la vida, nada más.
   ―¿A costa de la mía?
   ―A costa de la mía ―dijo Gilda con fervor―, si es necesario.
   El silencio volvió a envolver el interior del auto. El chofer seguía callado, como si fuera parte del coche, no se movía, ni siquiera se podía ver su rostro.
   ―Bajemos ―dijo Gilda―, estoy segura de que Eva tiene listo el almuerzo desde hace horas.
   Micaela fue directa a la pieza que compartía con su madre y no salió para almuerzo, Eva les llevó la comida a ambas. Mariana se pasó por allí después de comer con el resto de la familia, lo que hizo en un tiempo record para ella.
   ―Mica, ¿estás bien?
   ―Sí ―asintió.
   ―Es que pareces un poco… ―miró de reojo a la madre de Micaela― inestable. ―Levantó ambas manos cuando su amiga la miró. ―No digo que no tengas motivos, pero me preguntaba…
   ―Estoy bien ―dijo Micaela.
   ―¿Qué sucede? ―preguntó Marisa, estaba en la cama, sentada contra el respaldo y arropada con varias mantas.
   ―Fuimos a ver a las matriarcas ―dijo Mariana y puso los ojos en blanco―, imagínate un montón de Gildas mirándote fijo.
   ―Supongo que no es muy agradable ―sonrió Marisa―. Es una buena mujer, aunque algo apasionada.
   ―Eso es quedarse cortos ―murmuró Mariana.
   Marisa echó un vistazo a Micaela y tomó la mano de su hija entre las suyas. La acarició unos minutos antes de hablar.
   ―Eva me comentó que iban a ayudarte.
   ―Quieren encontrar un mentor ―dijo Micaela en forma mecánica, sin mirarla―, alguien que me entrene.
   ―¿Y tú no quieres eso?
   Micaela alzó la vista hacia el rostro de su madre, lo escudriñó durante largos minutos.
   ―Quiero tener mi vida de vuelta, ¿no es lo que deseas?
   Marisa suspiró y le acomodó un mechón de pelo a su hija.
   ―Lo que uno desea de la vida y lo que obtiene no siempre suele coincidir.
   ―¿Entonces no tengo que intentarlo siquiera?
   Marisa le acarició el rostro.
   ―Siempre debes intentarlo ―sonrió―, pero en este caso creo que te estás resistiendo a algo que no es necesariamente malo.
   ―Má, esto es una locura.
   ―Tal vez ―asintió lentamente―, pero ¿pensaste en quién se quedaría con este don si tú lo dejas?

Libro II - Capítulo IV - pag 3


   Micaela se mordió el labio y negó con la cabeza.
   ―Mica, hija, no conozco a otra persona mejor que tú.
   ―Má…
   ―No, déjame terminar ―la miró con seriedad―, eres compasiva, responsable, con un alto sentido del deber, inteligente. ¿No crees que esas sean las razones por las que este don cayó sobre ti? ¿Qué pasaría si lo tuviera una persona con menos cualidades que las tuyas?
   ―Yo no soy todo eso ―susurró Micaela.
   ―Eres eso y más ―sonrió Marisa―, tuviste que madurar tan rápido, siempre estuviste sola y saliste adelante por toda la fuerza que tienes aquí ―le apoyó una mano en el pecho, sobre el desbocado corazón de Micaela―. No puedo decir que entienda todo lo que está pasando, pero sé que eres digna depositaria de este don y que con él podrías hacer mucho bien. Piénsalo.
   Mariana se había mantenido quieta durante la conversación, sentada en la única silla de la habitación, Nesi estaba congelado sobre su regazo. Micaela se limpió suavemente las mejillas y asintió una sola vez, antes de acurrucarse contra su madre.

***
 
   El día siguiente lo pasaron en la casa. Micaela casi no se separó de su madre, todos les dieron el espacio que necesitaba, incluso Mariana quien fue a clases sin quejarse y hasta aceptó pasar unas horas en el local.
   Pero hacia la noche, Gilda las llamó a reunirse con ella en la sala. Los padres de Mariana también estaban allí, así como Federico que era el único de los hermanos que andaba rondando por la casa.
   ―Hoy recibí novedades de las matriarcas ―comenzó Gilda con mucha pompa.
   ―¿Qué decían? ―Mariana se deslizó hacia la punta del sillón―. ¿Era sobre el vampiro?
   ―Compórtate, Mariana ―se irguió la abuela en su asiento―. Todavía no pudieron localizarlo.
   ―¿Y el mentor? ―preguntó Eva.
   Micaela la miró con el ceño fruncido. ¿Es que acaso se lo habían contado a todo el mundo? Federico tampoco parecía sorprendido.
   ―Creemos que sí. No pudimos todavía encontrar muchos datos de la mujer, pero la imagen del Golem no deja de aparecer. Así que creemos que tiene algo que ver.
   ―¿Golem? ―preguntó Micaela a su pesar―. Creo que alguna vez leí un libro sobre él.
   ―Y no está tan alejado de la realidad ―dijo Andrés, que estaba sentado al lado de su esposa. Se volvió hacia su suegra―. Es difícil acercarse a él, solo se deja ver cuando quiere proteger a alguna víctima. Y es muy perspicaz con las simulaciones.
   ―Últimamente, no actúa muy bien ―suspiró Eva―, he oído que no siempre aparece y a veces solo se queda parado, sin hacer nada.
   ―No perdemos nada con ir, ¿no? ―se encogió de hombros Federico―. Yo puedo hacerlo.
   ―Creemos que es mejor que vaya Micaela ―dijo Gilda―, si la reconoce, hay oportunidades de que sea más propenso a hablar.
   ―No podemos dejar que vaya sola ―dijo Andrés.
   ―Irá con su protectora ―dijo Gilda, como si estuviera masticando las palabras.
   Mariana sonrió y le dio una palmada en la espalda a Micaela.
   ―No te preocupes, no es lo más divertido, pero no hay problema.
   ―Nosotros la acompañaremos ―dijo Andrés.


Libro II - Capítulo IV - pag 4


   ―No ―dijo Gilda―, si ustedes están, tal vez no aparezca. Ya que suele hacerlo cuando detecta a una víctima en potencia, alguien que no se pueda defender.
   ―¡Entonces no tendría que ir yo! ―rió Mariana.
   Todos la miraron con el ceño fruncido y pusieron los ojos en blanco. Nesi la pinchó en la pierna con rama pequeña, que no se sabía de dónde la había sacado.
   ―Ay ―dijo Mariana y se frotó la pierna―. No se pongan así, fue solo una broma para relajar el ambiente. Mica y yo podemos ir y volver sin problema.
   ―Como decía ―continuó Gilda―, hay más posibilidades si van jóvenes que puedan parecer necesitar protección. De todas formas, debido a los rumores que se oyen, Federico irá con ustedes.
   El muchacho le guiñó el ojo a su hermana y Mariana bufó y, de repente, se irguió en su asiento.
   ―¿Qué hay del hombre tatuado? ¿No habías dicho que Federico iba a buscarlo?
   ―No ―dijo Gilda―, dije que uno de tus hermanos lo haría. Ya se lo encomendé a Sebastián.
   Micaela y Mariana intercambiaron una mirada. Andrés tomó aire.
   ―¿No crees que deberías consultarlo primero con los padres de los chicos?
   ―¡No somos chicos! ―dijeron Federico y Mariana a la vez.
   ―Soy su abuela y no dejaría que se expusieran a un peligro innecesario.
   ―¿Y a uno necesario?
   ―Andrés… ―dijo Eva.
   Su marido se puso de pie y suspiró.
   ―A veces no sé ni para qué me invitan a estas reuniones, no consideran mi opinión.
   ―Podemos dejar de invitarte ―Gilda miró por sobre sus anteojos.
   ―¡Mamá!
   ―Lo retiro ―dijo con las cejas enarcadas mientras desviaba la mirada.
   Andrés negó con la cabeza en silencio y salió de la sala. Eva fue tras él.
   ―Parece que papá no está teniendo un buen día ―dijo Federico.
   ―¿Cuándo salimos? ―preguntó Mariana.
   ―Mañana por la mañana ―Gilda miró a Nesi― y esta vez espero algo mejor de ti al cuidar de estos muchachos.
   Nesi puso los brazos en jarra y elevó la barbilla.
   ―No entiendo ―dijo Micaela, hablando por primera vez desde que se definiera la acción a seguir―. ¿Qué es este Golem y por qué debemos encontrarlo?
   ―Es un ser creado por magia ―dijo Gilda―, una muy potente. Tal vez la persona que lo controla conozca al mentor o tal vez hasta lo sea.
   ―¿Y por qué nosotros?
   ―Solo se aparece frente a personas que necesitan de su ayuda, su protección. ―Gilda tensó los labios en lo que parecía una sonrisa. ―Seguro habrás escuchado las leyendas que se cuentan sobre su aparición.
   Micaela suspiró.
   ―No presto mucha atención a ese tipo de habladurías.
   ―No te preocupes, esta no es de las más interesantes ―Mariana le palmeó la espalda―. ¿Dónde quedaba su radio de acción?
   ―Donde está lleno de gente ―sonrió Federico―, en Balvanera.
   ―Once ―murmuró Micaela―, nunca me gustó mucho ese barrio.

Libro II - Capítulo IV - pag 5


   ―No le gusta a nadie ―dijo Mariana.
   ―Fue creado por humanos ―frunció el ceño Nesi―, ¿por qué no habría de gustarles?
   ―Ya lo verás ―sonrió Mariana.
   ―Hora de ir a dormir ―dijo Gilda poniéndose de pie―, deben estar descansados para mañana.
   Micaela se demoró en salir de la sala. Se quedó a solas con Gilda. Se acercó a ella con lentitud, la mujer no se movió, ni siquiera la miró de frente, esperó hasta que la muchacha estuvo lista.
   ―Sobre lo que pasó en el coche… ―comenzó Micaela.
   ―Te estamos presionando, lo sé, y nunca es bueno en alguien como tú.
   ―¿Como yo?
   Gilda sonrió.
   ―Alguien responsable, tan consciente de sus responsabilidades que se sobre exige a sí misma. Nuestra presión se suma a la que tú misma te creas. Y, por eso, te pido disculpas; pero no voy a hacerlo por mis creencias ni por hacer lo que estoy segura de que es lo correcto.
   Micaela se mordió el labio.
   ―Supongo, pero yo no estoy segura.
   ―Tienes que pensarlo, niña ―recién en ese momento se volvió hacia ella―, realmente pensarlo.
   ―Lo sé ―suspiró Micaela―, es solo que estoy tan… enojada.
   ―Es natural ―asintió―, no te preocupes, pasará. Solo es importante que sepas que no estás sola.
   ―Está bien ―dijo Micaela―, lo pensaré.
   Fuera, en el pasillo que conducía al comedor y el resto de las habitaciones de la casa, la esperaba Mariana.
   ―¿Quieres comer un poco de pastel? ―susurró―. Mamá y papá siguen discutiendo en su pieza, no se darán cuenta.
   ―¿No te preocupa que estén peleando?

   ―No es en serio, siempre pelean así y después se besuquean ―hizo un ademán Mariana―. Ven, un poco de azúcar nos hará bien.
   Micaela la siguió a la cocina. Comieron una porción cada una, paradas al lado de la pequeña mesa de la cocina.
   ―Sabes ―sonrió Mariana luego de tragar su último bocado―, sé exactamente lo que necesitas.
   ―¿Y qué es eso?
   ―¡Una clase de meditación! ―tronó los dedos―. Te pondrá a dormir así de rápido.
   Micaela sonrió y terminó su porción. Poco después fueron a la pieza que compartía con su madre, ella estaba leyendo una revista. Accedió a tomar la clase con ella, solo unos minutos después, Mariana cerró la puerta de la habitación, con madre e hija durmiendo profundamente.
   Al día siguiente, luego de un desayuno donde Eva y Andrés no se dirigieron la palabra, más allá de las predicciones de su hija. Los tres salieron, en el coche de Federico, hacia el barrio de Once.
   Aún a esa temprana hora, la conglomeración de gente ya había empezado. Se dirigieron hacia la esquina dónde habían decidido comenzar con la búsqueda: el último lugar donde se había reportado su aparición. Nesi se asomó desde el bolso que llevaba Micaela.
   ―Esto es horrible ―frunció la nariz.
   ―Te lo dije ―dijo Mariana con una sonrisa―, unas horas acá y pierdes el aire. Mmm, pierdes las ganas de vivir.
   ―Voy a tener que estacionar a unas cuadras ―dijo Federico con resignación―, no hay lugar por acá.

Libro II - Capítulo IV - pag 6


   Se aperaron unos minutos después, y lucharon para mantenerse juntos frente a esa marea de gente que no dejaba de golpearlos. Las personas rezumaban actividad y las conversaciones alrededor pronto se convirtieron en una cacofonía agobiante.
   ―¿Y ahora qué? ―preguntó Micaela.
   ―Ahora buscamos al Golem ―dijo Mariana.
   ―¿Cómo?
   Los hermanos se miraron.
   ―Caminando.
   ―¿Caminando? ―la incredulidad tiñó la voz de Micaela.
   ―Sí ―dijo Federico―, la mejor forma de encontrar al Golem es dejar que él nos encuentre a nosotros.
   ―Este va a ser un largo día ―suspiró Micaela.
   ―Ni que lo digas ―dijo Mariana a su lado.
 
*Fin del capítulo IV*
Brujas Anónimas - Libro II - Capítulo IV
 

sábado, abril 12, 2014

Libro II - Capítulo III - pag 1


(Debido a la extensión de los capítulos, se publican en varias páginas.)
   Regresaron en taxi, se lo merecían después de lograr deshacer al mundo de una amenaza. Era la primera vez que realmente habían trabajado en equipo y los resultados fueron excelentes. A solo un día de su resolución, ya habían conseguido avanzar con sus propios planes.
   El viaje de vuelta estaba tardando un poco más, el tráfico había aumentado hacia el mediodía y el auto avanzaba con lentitud, como en una procesión. El taxista las miraba con disimulo, ambas estaban despeinadas, con la ropa rota por varias partes y bastante sucias. Varios taxis habían rechazado llevarlas, pero éste parecía que se había apiadado de ellas, en repetidas ocasiones insinuó acercarlas a un hospital, pero ellas lo rechazaron firmemente.
   Compartieron una sonrisa tonta durante todo el viaje, mientras Nesi no dejaba de refunfuñar por lo bajo desde el bolso. Le pagaron al taxista y bajaron en la esquina de la cuadra de la panadería. Dieron vueltas hasta que el coche al fin se alejó.
   ―Eso fue impresionante ―rió Mariana quien con el cabello señalando en todas direcciones parecía una loca―, sabía que podía vencer a uno de ellos.
   ―No fue muy prudente ―dijo Nesi.
   ―Tú estuviste de acuerdo ―frunció el ceño Micaela dirigiéndose a su bolso y luego irguiéndose otra vez cuando notó lo ridícula que se veía.
   ―Estuve de acuerdo en alejarla de esos chicos, pero no deberían haberse enfrentado a ella sola, todavía no tienen el entrenamiento suficiente. ―Nesi gesticuló tanto que el bolso se balanceó peligrosamente en el hombro de Micaela. ―Y mucho menos tomarse el tiempo para interrogarla.
   ―Tengo todo el entrenamiento que necesito ―dijo Mariana― y es hora de que mi familia lo reconozca, ahora que ya maté a uno de esos bichos, por fin me respetarán.
   ―¿Crees que deberíamos decirle?
   Micaela se paró a unos menos de la panadería. Mariana detuvo su danza triunfante.
   ―¿Por qué no? Esto al fin los animará a buscar al vampiro que atacó a… ¿no es eso lo que querías? ¿Que tuvieran las pruebas para que se pusieran en movimiento? Ahora no pueden decir que es una casualidad.
   ―Sí, es que… ¿y si no nos dejan volver a salir? Ya sabes, por si es peligroso.
   ―Pues tendrán que encadenarme ―agitó un puño Mariana.
   ―Tal vez deberíamos ―gritó Nesi y una persona que pasaba cerca las miró con el ceño fruncido.
   ―Oh, cállate ―le gruñó Mariana al bolso.
   Cuando llegaron a la panadería, la abuela las estaba esperando en el local. Las miró con una reprimenda tal que hizo que ambas bajaran la vista a la vez. No era habitual ver a la abuela en aquel lugar.
   ―Se demoraron bastante ―dijo mirando sus ropas desaliñadas―, ¿estuvieron jugando en la plaza?
   ―Un poco ―sonrió Mariana.
   La abuela entornó los ojos y su nieta volvió a adoptar una expresión seria. Gilda paseó la mirada por las dos jóvenes, inclinándose un poco hacia adelante. Cerró los ojos e inspiró profundamente.
   ―Vayan a cambiarse, debemos salir.
   ―¿A dónde vamos?
   Gilda fulminó a su nieta con la mirada y Micaela empujó a su amiga hacia la parte trasera del local. Dentro de la casa, recibieron la reprimenda de Eva. Esa vez fue menos silenciosa y más fácil de ignorar. Por suerte, el paquete con hierbas había sobrevivido en buen estado.
   ―Es increíble ―dijo Eva―, ni siquiera se te puede pedir un simple mandado.
   ―Tal vez estoy para cosas menos simples ―Mariana iba a seguir a su madre a la cocina, pero Micaela la detuvo del brazo.   


Libro II - Capítulo III - pag 2


   ―Vamos a cambiarnos, no creo que tu abuela nos espere mucho o que le guste hacerlo.
   Mariana frunció la nariz y obedeció, sin dejar de refunfuñar todo el camino hacia su habitación. En menos de media hora, y después de que Micaela hiciera una breve visita a su madre, estaban de vuelta en el local donde las esperaba una impaciente Gilda. Nesi las acompañaba otra vez en el bolso.
   ―Al fin ―dijo y salió de local con grandes zancadas.
   Las chicas se apresuraron a seguirla. Fuera las esperaba un auto negro y antiguo. La abuela entró en la parte trasera y dejó la puerta abierta, como invitación. Se miraron entre las dos y Micaela, con un suspiro, entró primera.
   ―¿A dónde vamos? ―intentó de vuelta Mariana cuando ya habían recorrido un trayecto.
   ―A la reunión ―dijo Gilda.
   Mariana se irguió en el asiento y agrandó los ojos desmesuradamente.
   ―¿La reunión?
   Su abuela asintió con un solo movimiento seco. Micaela las miró a ambas con el ceño fruncido.
   ―La de matriarcas ―susurró Mariana.
   ―No estoy segura de querer ir ―dijo Micaela de repente.
   ―Estoy al tanto de tu renuencia ―dijo Gilda― y la comprendo, pero también sé que eres suficientemente inteligente para ver que necesitas ayuda con lo que está pasando, y nosotros somos tu mejor opción.
   Micaela contuvo la respiración y se dedicó a mirar por la ventanilla, ignorando las miradas que le lanzaba Mariana. Se escuchó un vago refunfuñó desde el bolso de Micaela y Nesi asomó la cabeza con cuidado.
   ―¿Y a ti quién te invitó? ―Mariana se cruzó de brazos―. ¿Es que tienes que ir a todos lados con nosotras?
   El hombrecillo puso los brazos en jarra y la miró en silencio.
   ―No empieces, Mariana ―dijo Gilda―, no tardaremos en llegar.
   ―¿Y por qué me culpas a mí? Yo no estoy haciendo nada ―refunfuñó―, al menos soy la única que está hablando en ese momento, lo que hace el viaje más ameno.
   La mujer le dirigió una mirada dura y Mariana bufó.
   El viaje fue bastante corto, el auto se detuvo en un barrio tranquilo y algo anticuado. Las casas eran todas bajas, ninguna tenía siquiera un primer piso, y todas se hallaban ocultas tras frondosos jardines. Había otros autos negros estacionados a lo largo de la cuadra donde pararon ellos.

   ―Esto no lo hace muy sutil ―dijo Mariana mientras se movía para contar todos los autos que estaban a su alrededor.
   ―¿Tengo que amordazarte? ―Gilda se volvió hacia ella.
   Mariana reprimió la réplica y se bajó del auto, Micaela salió tras de ella. Gilda utilizó la otra puerta y se reunió a su lado. Las guió hasta las rejas exteriores de la casa más grande de la cuadra, la que abrió con un leve roce de los dedos.
   Atravesaron el jardín sin poder contener el asombro por la variedad y la intensidad de las plantas encontradas allí. Hasta Nesi se emocionó y no dejaba de chillar señalando una u otra variedad especialmente exótica.
   Dentro de la casa, se oía el bullicio de varias mujeres hablando a la vez, y algún que otro ladrido, así como el tímido piar de un canario. La habitación a la que entraron parecía abarrotada, aunque no había más de seis mujeres allí, incluyendo a Gilda. Ella les indicó que tomaran asiento en uno de los sillones.

Libro II - Capítulo III - pag 3


   La mayoría de las mujeres no les dedicó mucha atención, solo una de ellas les sonrió y les ofreció algo de tomar.
   ―No otra vez té ―refunfuñó por lo bajo Mariana.
   ―Al final vas a tomarle el gusto ―dijo Micaela que parecía haberse amigado con la situación, lo suficiente para relajar un poco el gesto.
   ―Nunca ―contestó su amiga con ferocidad.
   Nesi salió del bolso, y pegó un salto impresionante cuando una bola gris se abalanzó sobre él.
   ―¿Ese perro no es…? ―comenzó Micaela.
   ―Sí ―dijo Mariana y señaló hacia un rincón, donde la mujer de las hierbas conversaba con otra sumamente delgada y baja, no debería de llegar al metro y medio.
   Poco después, una de las mujeres llamó al orden y todas quedaron en silencio al unísono. Gilda tomó la palabra e hizo un breve resumen de lo que había sucedido desde que Micaela tropezara con Mariana.
   ―¿Cómo sabemos que es seguro que se queden en tu casa? ―preguntó una de las brujas más jóvenes.
   Los hombros de Gilda se tensaron, pero fue Mariana la que contestó.
   ―Somos muy eficientes en casa, gracias, además yo soy su protectora.
   La bruja la miró con calma y después regresó su vista a Gilda, como si todavía esperara una respuesta.
   ―Les puedo asegurar que siempre hay la suficiente cantidad de brujos cualificados cerca de ella.
   ―Pero no está aprendiendo nada ―dijo otra de las brujas―, se nota que el poder se le escapa sin control.
   Varias de las mujeres entornaron los ojos para examinar a Micaela. A ella casi se le cae la taza que tenía entre las manos y tuvo que morderse el labio con fuerza para evitar contestar a aquella acusación.
   ―Pasó por una terrible experiencia ―dijo la de las hierbas―, necesita tiempo.
   ―Eso es lo que nunca tendrá ―sacudió la cabeza la bruja baja y menuda―, siempre van a estar persiguiéndola. Debe aprender a defenderse, y a hacer su trabajo.
   ―¡No hablen de mí como si no estuviera aquí! ―Micaela se puso de pie, la taza olvidada se volcó sobre el sillón.
   Mariana se paró a su lado y le puso una mano en el hombro, ejerció una leve presión.
   ―Sí, no sean tan desconsideradas, ni siquiera sabemos sus nombres.
   ―Y no los sabrás ―dijo la bruja más joven―. No hay ningún truco que puedas utilizar para que los compartamos. Recuerda que todas tenemos muchos más años que tú, muchacha.
   Mariana abrió la boca.
   ―Cállate ―dijo Gilda― y no avergüences a la familia. ―Se volvió hacia Micaela―. Solo estamos analizando la situación. Te trajimos aquí porque querían escucharte, no te preocupes por… la falta de tacto de algunas.
   ―Como si ella lo tuviera ―musitó una bruja rechoncha y con un enorme rodete.
   Micaela se volvió a sentar, la postura rígida. Mariana la tomó de la mano. Estaban más juntas la una a la otra.
   ―Debemos encontrar al mentor ―dijo una de las brujas.
   ―Ni siquiera sabemos si eso es cierto ―dijo la baja.
   ―¿Qué mentor? ―preguntó Micaela.

Libro II - Capítulo III - pag 4


   Gilda suspiró y miró a sus hermanas. Algún tipo de comunicación se intercambió entre ellas. La conversación se llevó en una sucesión de tensos silencios y un suspiro general.
   ―Aparte de una protectora o un protector, suele haber un mentor, al menos al principio, pero en tu caso no apareció ninguno. ―Suspiró―. Eso es lo que creemos, como ya les había comentado, la información no está completa.
   ―Tal vez no sea necesario en este caso ―sonrió Mariana.
   ―No seas tan creída ―la previno Gilda―, necesitas todas la ayuda que puedas conseguir.
   ―Ella nunca me dijo nada sobre un mentor ―murmuró Micaela.
   ―¿Qué fue lo que te contó, querida? ―se inclinó hacia ella la bruja de las hierbas a la vez que le ofrecía otra taza de té.
   Micaela sonrió con tristeza y sacudió levemente la cabeza.
   ―No me dijo nada que sirviera, solo que no podía evitar lo que estaba pasando y que yo solo… ―suspiró― solo pasé por allí en el momento menos indicado.
   Las brujas se miraron entre sí, pero no dijeron nada, como si se comunicaran mejor con silencios y miradas.
   ―Insisto en que deberíamos buscarlo.
   ―¿Cómo? ―preguntó Gilda―, no sabemos nada sobre qué buscar.
   ―¿Recuerdas el rostro de la mujer? ―dijo la bruja más joven―. Si buscamos más datos sobre ella, tal vez encontremos gente con la que se haya relacionado.
   Micaela asintió lentamente.
   ―Sí, creo que sí… ―perdió la vista en el recuerdo― también estaba… no.
   ―¿Qué cosa? ―preguntó Gilda―. Niña, cualquier cosa puede ayudar.
   ―No soy «niña» ―apretó las mandíbulas Micaela―. No creo que sea nada.
   ―De todas formas nos gustaría escucharlo ―la alentó la bruja de las hierbas.
   Micaela miró a Mariana, pero esta parecía estar perdida con lo que fuera que ella quisiera mencionar. Nesi estaba sentado en el brazo del sillón, a su lado, expectante.
   ―Al principio, antes de… nos cruzamos en el subte con un hombre extraño…
   ―¡Ah, sí, lo recuerdo! ―saltó Mariana, haciendo caso omiso a la mirada de reprimenda que le lanzó su abuela―. Él parecía estar al tanto de que yo era la protectora.
   ―Eso no me gusta nada ―suspiró una de las brujas.
   ―Pero debemos investigarlo ―dijo la más baja.
   Todas asintieron como una.
   ―Bien ―dijo la más joven―, ven y siéntate en el centro, debemos extraerte la imagen de esa mujer.
   Micaela se tensó en el sillón.
   ―Suena peor de lo que es ―sonrió la bruja de las hierbas.
   Cuando terminaron, le ofrecieron más té. Nesi, que había desaparecido durante el proceso, reapareció y captó la atención de todas las brujas, que hasta entonces no lo habían notado. La mayoría parecía animada, excepto la más joven que tenía una expresión de continuo fastidio en el rostro.
   Nesi parecía feliz de recibir tanta atención y se ofreció a llevar las bandejas vacías a la cocina, la cual clamaba ya haber limpiado.
   ―¿Qué es? ―preguntó Micaela.
   La bruja de las hierbas sonrió.

Libro II - Capítulo III - pag 5


   ―¿Perdón, querida?
   ―Nesi ―repitió Micaela sin quitar un ojo de la cocina, por si el hombrecillo volvía―. ¿Qué tipo de duende es?
   ―Es un… ―su perro saltó a su regazo―. Oh, ¿qué haces, travieso?
   ―Si no hay nada más ―dijo Gilda poniéndose de pie―, deberíamos estar volviendo.
   ―Esperen ―dijo Micaela y miró a Mariana.
   Mantuvieron su propia conversación privada.
   ―Creí que no querías ―gruñó por lo bajo Mariana.
   ―No estoy segura ―susurró Micaela―, ¿cómo puedo saber qué es lo mejor en este caso?
   ―Bueno, yo pensé que teníamos que hacerlo.
   ―No creo que sea el momento de discutir sobre de quién fue la idea.
   ―Solo digo…
   Micaela la amonestó con la mirada, Mariana asintió.
   ―Está bien.
   Micaela observó a las brujas, todas las miraban en silencio, expectantes, pero tranquilas. Gilda había vuelto a sentarse.
   ―Hay algo más ―dijo Micaela.
   Entre ambas, les contaron sobre la vampira que habían encontrado fuera de la casa de la de las hierbas. Las había estado siguiendo y estaban bastante seguras de que pertenecía a la banda del vampiro que ya había amenazado a Micaela.
   ―¿Cómo sabes que las seguía? ―preguntó la bruja joven.
   ―Porque lo dijo ―se encogió de hombros Mariana.
   ―Pudo haber dicho cualquier cosa ―dijo otra de las brujas―, no tienen ninguna necesidad de decir la verdad.
   ―Pero estoy segura de que lo hacía ―Micaela se corrió hacia la punta del sillón―, no puedo explicar por qué, pero lo estoy. Y según ella, no era la única que hacía esa tarea, aunque no sabemos si se refería a su grupo o a otro.
   Intercambió una breve mirada con Mariana y se mordió el labio. Su amiga hizo un leve gesto de asentimiento.
   ―Debemos ir en busca del vampiro adulto ―dijo Mariana elevando levemente la voz―, una vez que acabemos con él se terminará la amenaza.
   ―Creo que no recuerdas lo que pasó la última vez que hicimos eso ―dijo Gilda.
   Mariana titubeó y miró a Micaela que bajaba la mirada y presionaba las manos contra el sillón.
   ―Por supuesto que lo recuerdo ―se irguió Mariana― y por eso es justamente por lo que debemos volver.
   Micaela intercambió una mirada con ella y asintió.
   ―Fue imprudente que actuaran por su cuenta ―bufó Gilda y se acomodó la ropa―. Sabía que algo había pasado cuando las vi volver, pero no creí que fueran tan irreflexivas.
   ―Debemos averiguar más ―dijo una de las brujas.
   ―¿No era que teníamos poco tiempo? ―dijo Mariana.
   ―Con más razón, debemos invertirlo en investigaciones útiles, para estar preparadas cuando sea necesario actuar.
   ―¿Entonces qué? ―alzó Micaela―. ¿Simplemente lo dejamos así? ¿Dejamos que ese vampiro… se salga con la suya?


Libro II - Capítulo III - pag 6


   No, querida ―dijo la bruja de las hierbas―, pero primero debemos prepararnos mejor, más todavía si es cierto que hay otros grupos de vampiros que están al acecho.
   ―Debemos encontrar al mentor ―insistió la otra bruja.
   Micaela suspiró y se retorció los dedos sobre el regazo.
   ―Avanzaremos en ambos frentes ―dijo la bruja de las hierbas.
   Las otras brujas la miraron con furia.
   ―Si no lo hacemos, estas muchachas lo harán por su cuenta.
   La mayoría negó con la cabeza. «Imprudente» refunfuñaron otras. La de las hierbas era la única que mantenía una sonrisa. Les ofreció otras galletas antes de que se fueran.
   ―¿Qué hacemos con el hombre del subte? ―se volvió Mariana justo antes de salir y se mordió la lengua.
   ―Creo que de eso podemos encargarnos nosotros ―dijo Gilda sin volverse a mirar a sus hermanas―, mandaré a algunos de mis nietos. Uno de los hermanos de Mariana ―agregó cuando vio la sonrisa de esta.
   Mariana se cruzó de brazos y negó con la cabeza mientras se dirigían al auto.
   ―Estoy segura de que puedo convencer a Federico para que se apunte a la tarea ―dijo Micaela por lo bajo.
   Los ojos de su amiga se iluminaron.
   ―Seguro que a él después lo podemos convencer para compartir con nosotras lo que descubra o hasta nos deje acompañarnos. ―Miró hacia los lados, su abuela se había detenido a hablar con una de las brujas―. Sobre lo otro…
   ―Bueno ―suspiró Micaela―, no pasó lo que dijiste, no las impulsó a hacer nada. ―Alzó una mano cuando Mariana quiso replicar―. Pero al menos no nos prohibieron nada, podemos seguir con nuestros planes.
   Mariana frunció el ceño.
   ―No les contaste todo.
   ―No ―susurró Micaela.
   ―Vamos, muchachas ―las llamó Gilda―. ¿Es que no quieren volver para almorzar?
   ―Siempre ―sonrió Mariana y le guiñó un ojo a Micaela―, nada como comer en familia y conversar con tus hermanos.
 
*Fin del capítulo III*
Brujas Anónimas - Libro II - Capítulo III