SINOPSIS


   Brujas Anónimas es una blognovela orientada a un público juvenil y con una temática fantástica. Se desarrolla en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Sigue la historia de Micaela, una joven universitaria que un día descubre, a su pesar, la existencia de una sociedad paralela dentro de su propia ciudad.














sábado, mayo 24, 2014

Libro II - Capítulo VI - pag 1


(Debido a la extensión de los capítulos, se publican en varias páginas.)
   Estuvieron felices de alejarse de las febriles cuadras de ese barrio. La gente seguía apareciendo por todos lados, parecía que las veredas iban a hundirse bajo su peso. Las calles no eran mejores, los autos parecían baldosas de colores sobre el asfalto.
   Los tres suspiraron cuando el auto por fin se liberó y entró en una zona más despoblada. Federico respiró al frenar en un semáforo en rojo y frotó los ojos.
    ―¿Qué te pasa? ―preguntó Micaela.
   ―Es por el auto ―sonrió Mariana―, es como un bebé para él. Lo cuida como si fuera a enfermarse o algo, debe de haber estado sufriendo todo el tiempo que estuvo estacionado en ese lío de gente y autos.
   ―Solo porque tú no te preocupas por nada, no critiques a los demás ―se puso en marcha otra vez con la luz verde―. Traerlo a este enjambre siempre es una locura.
   Lejos de ofenderse, Mariana se rió a grandes carcajadas que se contagiaron a Micaela, aunque en menor medida. Todos iban más tranquilos, el viaje no había sido en vano, ya que habían encontrado una pista. Además, habían liberado al Golem, si bien no habían encontrado al brujo que lo había creado. A ninguno le preocupó demasiado el destino del otro brujo, pero se cuidaron de no decirlo en voz alta.
   ―El Golem será justo ―fue el único comentario de Mariana.
   Llegaron a la panadería a media tarde. Micaela entró con ligereza, sin mirar los estantes semivacíos a su alrededor, ni a los posibles clientes. Se dirigió a la puerta que comunicaba con la casa de Mariana. Los hermanos tuvieron que apresurarse para alcanzarla.
   ―¿Estás bien, Mica? ―ante la mirada de su amiga, agregó―. Ya sabes a qué me refiero.
   ―Sí, Mariana, no te preocupes, solo quería llegar de vuelta y ver a mamá ―se frotó las manos, todavía levemente luminosas.
   ―Claro ―asintió Mariana y la observó perderse hacia el fondo de la casa.
   Nesi iba saltando delante de Micaela. Revisaron primero la cocina, allí estaba Marisa con la madre de Mariana. Ambas sostenían una taza de té de frutos rojos que inundaba el aroma de la cocina. Micaela inspiró profundamente y se acercó a su madre.
   ―¿Cómo estás, mami?
   ―Bien, hija ―sonrió Marisa―, me siento tan bien que ayudaré a Eva a preparar la comida.
   ―Me alegro ―el rostro de Micaela resplandeció―, a mí me siempre me encantó lo que cocinas.
   Marisa extendió el brazo y acarició el rostro de su hija, el cual era muy similar al de ella, sobre todo la parte de los ojos y la frente.
   ―Lamento no haber podido estar ahí para ti con más frecuencia ―sonrió con tristeza―. Te abandoné demasiado pronto.
   ―No, mamá, no pienses así ―Tomó la mano de su madre entre las suyas―. Estuviste enferma, nada más. Ahora estoy feliz de que te sientas mejor.
   ―Mejora rápidamente ―dijo Eva y se puso de pie para acercarse a la cocina―. ¿Quieres un poco de té, Mica?
   Ella asintió, con un gesto algo rígido. Observó cada movimiento de la mujer, preguntándose cuándo le contaría lo de Cecilia. Ella era lo única que quería hacerlo, entonces ¿por qué no lo hacía? ¿Tan fuerte era la imposición de Gilda?
   ―¿Cómo les fue? ―preguntó Marisa, a su lado.   


Libro II - Capítulo VI - pag 2


   ―Excelente ―dijo Mariana mientras entraba en la cocina y abría la heladera―, ¿qué hay para comer?
   ―¿No almorzaste? ―frunció el ceño Eva y puso las manos sobre la cadera.
   ―Comimos hamburguesas ―dijo Federico, que miraba por sobre el hombro de su hermana―. En realidad, yo solo una ensalada saludable.
   ―¡Quítate! ―dijo Mariana y dio un codazo hacia atrás.
   ―Salgan ambos ―dijo Eva―, dentro de poco estará lista la merienda. ―Señaló con un dedo a su hija―. No te llenes con porquerías.
   Cerró la puerta de la heladera y alejó a sus hijos, quienes se resistieron solo para demostrar que debían hacerlo.
   ―Bueno ―Federico se sentó en una de las sillas libres―, encontramos al Golem, pero no al brujo, al menos no al que lo creó.
   ―¿Estaba suelto? ―preguntó Eva mientras servía tres tazas de té.
   ―No ―Mariana se metió en la boca un bocadillo que había logrado sacar de la heladera―, había otro brujo asqueroso que lo manipulaba.
   ―Lo liberamos ―dijo Federico mientras olía su taza y fruncía el ceño―, en realidad, lo hizo Mica.
   Marisa apretó el hombro de su hija y le sonrió. Micaela se ruborizó levemente.
   ―Encontramos un diario ―dijo, como si quisiera desviar la atención de ella.
   ―¿Dónde está? ―preguntó Eva.
   ―Aquí.
   Nesi otra vez lo llevaba sobre la cabeza. Eva se agachó a recogerlo y lo hojeó con el ceño fruncido. Antes de terminar de mirarlo, lo cerró de un golpe.
   ―Creo que tenemos que dárselo a la abuela para que lo examine.
   ―Sí, pero no estaba en la sala, ni en su habitación ―dijo Federico.
   ―Salió hace unas horas ―suspiró Eva―, debe de volver en cualquier momento.
   Micaela y Mariana intercambiaron una mirada.
   ―¿Está con ellas, no? ―la voz de Micaela rezumó tanta hostilidad que su madre la miró con fijeza.
   ―Es probable ―asintió Eva lentamente―, aunque a veces también le gusta pasear sola, caminar le despeja la mente.
   ―Bueno ―aplaudió una vez Mariana―, no queda más que esperar un rato. Aprovechemos para descansar y merendar en paz.
   ―Todavía falta un poco ―Eva puso los ojos en blanco―, ¿por qué no te das un baño?
   ―¿Por qué las madres siempre solucionan todo con un baño? ―refunfuñó Mariana―. Eso solo te dará diez minutos. Mica, ¿quieres estudiar un poco? Todavía nos queda la tarea que tenemos que entregar mañana.
   ―En realidad, yo ya la hice ―dijo Micaela.
   Federico rio discretamente, su hermana lo ignoró.
   ―Mejor, así me ayudas con la mía.
   Sacó a Micaela de la cocina y la arrastró hasta su habitación. Una vez que llegaron, cerró la puerta tras ellas y se tiró en la cama.
   ―No te quedes ahí parada, siéntate o algo.
   ―¿No vas a bañarte? ―preguntó Micaela mientras se sentaba en la única silla de la habitación
.

Libro II - Capítulo VI - pag 3


   ―Más tarde.
   ―¿Y la tarea?
   ―Más tarde.
   Se quedaron en silencio un rato. Mariana mirando el techo y Micaela mirando el piso, apoyada contra el respaldo de la silla.
   ―No van a decírmelo.
   ―¿Qué cosa? ―preguntó Mariana y después cerró los ojos―. Ah, eso. No, supongo que no. Al menos no por ahora. No importa, lo averiguaremos nosotras.
   ―¿Cuándo?
   ―No hace falta que mañana vayamos a clase.
   Micaela frunció los labios y recorrió el borde del escritorio con un dedo.
   ―Supongo que no.
   ―Bien, está arreglado entonces.
   Dejaron pasar otros minutos, cada una sumida en sus propios pensamientos. Mariana canturreaba por lo bajo, de forma algo entrecortada. Micaela se fue relajando sobre la silla y estiró las piernas.
   ―Fue algo bueno lo que hiciste por el Golem ―dijo de repente Mariana.
   ―Lo sé ―murmuró.
   ―Sé por qué estás enojada.
   ―¿En serio? ―Micaela levantó la vista y miró a su amiga inmóvil en su cama.
   Su ropa, completamente negra, contrastaba con las sábanas crema de su cama desecha. Parecía que hacía días que no la tendía.
   ―Sí, aparte de lo obvio, lo cual también me enoja a mí ―se detuvo unos segundos antes de continuar―. Debe de ser por algo de lo que dijo la abuela, no sé lo que habrá sido, pero la conozco. Seguro dijo algo que no te gustó entonces, y ahora te estás dando cuenta de que tiene razón.
   Se quedaron en silencio otro rato. Mariana se quitó una de las pulseras que llevaba y comenzó a tirarla hacia arriba y volver a agarrarla antes de que la golpeara en la cara.
   ―A mí siempre me molesta cuando me hace eso ―agregó.
   ―No fue la abuela ―susurró Micaela.
   Mariana detuvo su juego con la pulsera y volvió a ponérsela en la muñeca.
   ―Bueno, supongo que el efecto es el mismo.
   Se oyeron pasos por el pasillo. Ambas voltearon a mirar la puerta justo cuando se abría y Eva asomaba su cabeza.
   ―La merienda ya está lista.
   ―Perfecto ―Mariana se incorporó en la cama.
   Su madre le dio un rápido vistazo a Micaela y volvió a alejarse, dejando la puerta levemente abierta. Mariana se puso de pie.
   ―No hay mucho que hacer, Mica. Yo… eh… digamos que no lo admito si tiene razón, pero si siento que es así… bueno, sigo ese consejo ―sonrió―. Aunque primero golpeó un par de cosas, para sacarme el enojo.
   Le tendió la mano a su amiga.
   ―Mientras que no me pegues a mí.
   Micaela sonrió y aceptó su mano, se puso de pie y la miró de frente. Asintió levemente, una vez.
   ―No puedo prometer nada ―dijo mientras Mariana abría la puerta del todo.

Libro II - Capítulo VI - pag 4


   ―Pues te aviso que soy de las que golpean de vuelta.
   ―No lo dudo ―rió Micaela, mientras caminaba detrás de su amiga hacia el comedor.
  La mesa estaba servida como si cada merienda fuera un acontecimiento. A su alrededor estaban Marisa, Eva, Federico y otro de los hermanos de Mariana.
   ―¿Sebastián? ―susurró Micaela a su amiga, quien asintió.
   ―Cuidado, amigos ―dijo Federico―, llega la arrasadora de comida.
   ―Ja ja ―dijo Mariana sentándose a la mesa―, ¿y qué te importa si estás todo el tiempo a dieta?
   Sebastián sonrió.
   ―En eso tiene algo de razón, hermano, es como si estuvieran invertidos.
   ―¿Y eso que quiere decir? ―frunció el ceño Mariana―. Que las mujeres no podemos tener apetito, que tenemos que ser todas anoréxicas.
   Sebastián levantó ambas manos en defensa.
   ―Oye, yo no dije nada de eso.
   ―Entonces ten más cuidado con las palabras que pronuncias, jovencito ―Gilda entró como un torbellino en el comedor― y con el significado que puedan llevar.
   Miró a todos con sus ojos taladradores y se sentó a la mesa, al lado de su hija. Se sirvió un poco de té, bajo la mirada de los demás, y tomó una de las magdalenas del plato central de la mesa.
   ―¿Cómo fue?
   ―Encontraron esto ―dijo Eva tendiéndole el diario.
   ―El Golem estaba siendo controlado por otro brujo ―dijo Federico―, Mica lo liberó y lo dejamos a su merced.
   Gilda hizo un sonido con la garganta y miró a Micaela por sobre sus gafas. Asintió, con una sombra de sonrisa en los labios.
   ―Eso está bien.
   Volvió su atención al diario. Se detuvo en algunas páginas y se guió en el dedo en la lectura antes de continuar con la lectura. Cerró e inspiró con fuerza. Volvió a prestar atención a su té.
   ―Está en código y tiene varias capas de magia como protección.
   ―¿Cuánto se tardará en descifrarlo? ―preguntó Federico.
   ―Tal vez una semana, o un poco más ―los ánimos alrededor de la mesa se desinflaron―, pero hay algo que ya podríamos investigar.
   ―¿Qué cosa? ―preguntó Micaela, quien todavía no había comido nada y cuyo té se enfriaba frente a ella.
   ―Hay algunos pasajes, que permiten ver los nombres de algunas calles, tal vez no le pareció importante ocultarlo o tal vez se fue borrando la protección. Pero va de acuerdo con una de las visiones que tuvimos.
   ―¿Visiones? ―dijo Mariana con la boca llena.
   Federico la pateó por debajo de la mesa, sin disimulo. Micaela se inclinó todavía más hacia adelante.
   ―¿Qué decían?
   ―Se veía un laberinto ―Gilda terminó su té―, al principio creímos que hacía alusión a lo complicado de la solución, pero con estas calles, creo que es una pisa más directa. Vamos a tener que hacer una visita al barrio de Parque Chas.
   El silencio que rodeó la mesa hizo que Gilda suspirara con exasperación.  

Libro II - Capítulo VI - pag 5


   ―Chicos ―dijo Sebastián―, por favor, es reconocido por ser un barrio de manzanas curvas, las calles dan vueltas y vueltas y la gente se la pasa perdiéndose dentro.
   ―Gracias, Sebastián ―apretó los labios Gilda―, por suerte parte de la familia conoce la ciudad en la que vive.
   Mariana puso los ojos en blanco y se sirvió otra medialuna.
   ―¿Cuándo vamos? ―preguntó Micaela.
   ―Mañana ―dijo la abuela.
   ―¿Por qué no hoy?
   ―Ya está anocheciendo.
   ―Pueden aprovechar para terminar la tarea antes de la cena ―dijo Eva mirando a su única hija.
   ―¿Para qué? ―se escandalizó Mariana―. Si mañana no vamos a estar, vamos al parque.
   ―Van al barrio que se llama Parque Chas ―dijo Gilda como un latigazo― y revisaré tu tarea antes de salir, no hay excusas para no continuar con tu educación. Creí que te interesaba convertirte en una bruja fuerte.
   ―No es haciendo esa tarea tonta como voy a lograrlo ―refunfuñó por lo bajo.
   ―Preferiría que hablaras en voz alta, si tienes algo que agregar.
   ―No, está bien ―suspiró Mariana.
   Gilda inspiró y miró alrededor de la mesa, se detuvo en Sebastián.
   ―Hablaré contigo antes de la cena.
   Mariana y Federico compartieron una sonrisa, que Sebastián intentó ignorar mientras se servía más té.
   ―Vamos ―dijo Micaela poniéndose de pie―, te ayudaré a terminar la tarea, así salimos temprano.
   Mariana sonrió y se puso de pie al momento, se llevó una magdalena más antes de salir detrás de su amiga. Micaela se encaminó hacia la habitación de Mariana, todavía atenta a la conversación del comedor, lo último que escuchó fue la voz de Federico.
   ―Tal vez Mica sea la cuidadora de Mariana.

*Fin del capítulo VI*
Brujas Anónimas - Libro II - Capítulo VI
 

sábado, mayo 10, 2014

Libro II - Capítulo V - pag 1


(Debido a la extensión de los capítulos, se publican en varias páginas.)
   Estuvieron caminando toda la mañana, hasta que les dolieron los pies y se cansaron de esquivar personas. Parecía que la gente no dejaba de acudir, seguían llegando como azotes, desde el subte, desde los colectivos, desde el tren.
   ―Nunca había visto tantos humanos juntos ―dijo Nesi que, cada tanto, asomaba un poco la cabeza desde el bolso que llevaba Micaela―. No creo que me guste estar mucho tiempo aquí.
   ―Créeme ―dijo Mariana―, ni a nosotros nos gusta estar tantos en el mismo lugar.
   ―¿Por qué no vamos a comer algo? ―dijo Federico, quien ya estaba mirando alrededor en busca de un local de comida.
   ―Sí, yo tengo sed ―dijo Micaela, que caminaba entre los dos hermanos.
   ―Aquí ―dijo Federico y las guió dentro de un local de comida rápida.
   El lugar estaba atestado de gente, tanto adultos como niños. Los jóvenes que atendían las cajas no daban abasto y su humor decrecía con cada nueva horda de gente. Ninguna de las sonrisas de Federico valió para que la cajera siquiera simulara que estaba atenta a sus necesidades.
   Llevaron la bandeja al primer piso, donde todavía quedaban mesas disponibles. Tuvieron la suerte de que se desocupara una pequeña al lado de la ventana. Apretujaron a Micaela contra el cristal, constantemente mirando alrededor, como si las amenazas estuvieran entre aquella cantidad de gente atenta a su propia vida y nada más.
   Nesi se escabulló del bolso y saltó dentro de la maceta con una fina planta que estaba al lado de la silla de Micaela.
   ―Oye ―dijo Mariana.
   ―Verde ―suspiró Nesi, abrazado a la hoja.
   ―Déjalo ―dijo Micaela―, no creo que nadie se dé cuenta.
   Comieron casi en silencio, al menos propio porque la cacofonía de voces no se interrumpía ni un segundo. Micaela no dejaba de mirar por la ventana.
   ―No te preocupes, Mica, seguro que lo encontramos.
   ―¿Y cómo puedes estar segura de eso? ―rió Federico.
   Mariana lo pateó por debajo de la mesa. Su hermano se atragantó y tuvo que beber un poco de gaseosa.
   ―Solo digo.
   ―Bueno, entonces no digas más ―suspiró Mariana―, a menos que sea un comentario optimista.
   Sin embargo, Micaela no los escuchaba, seguía mirando por la ventana. Se inclinó hacia el vidrio, la hamburguesa olvidada en sus manos.
   ―Mica, ¿estás bien? ―Mariana miró la comida de su amiga―. Casi no comiste nada.
   ―¿Hay un pasaje ahí, no? ―Micaela se apretó más contra el vidrio― ¿O es un callejón?
   Mariana y Federico miraron en la misma dirección que ella. Debajo, la calle seguía atestada de gente y de autos. Pero parecía haber un pequeño espacio entre dos edificios. Era difícil decirlo desde allí, aunque era probable que fuera un pasaje entre los dos. No se veían autos saliendo o entrando de ahí, sí gente que miraba hacia ese hueco.
   ―¡Allí! ―dijo Micaela y señaló sobre el vidrio.
   Una sombra se movió en el callejón.
   ―No sé lo que será ―dijo Federico―, pero a esta altura estoy dispuesto a investigar cualquier cosa.   


Libro II - Capítulo V - pag 2


   ―Bien ―dijo Mariana y, a medio levantarse, volvió a sentarse y le hizo un gesto a Micaela―, terminemos de comer ―le indicó.
   Micaela miró la comida que tenía frente a ella y suspiró.
   ―Tienes que terminar de comer.
   ―Temo que debo mostrarme de acuerdo con la bruja ―Nesi se coló en el regazo de Micaela.
   Micaela volvió a suspirar con fuerza y le dio un gran bocado al sándwich. Fue capaz de terminarlo en tres bocados que apenas masticó. Lo bajó todo con el resto de la gaseosa y comió la totalidad de las papas bajo la mirada de los otros tres, que hacía rato habían terminado de comer. Excepto que Nesi, del cual todavía no habían descubierto qué comía.
   ―Bien ―dijo Federico una vez que Micaela se hubiera tragado la última papa―, vamos.
   Se pusieron de pie a la vez. Nesi volvió a meterse en el bolso. Federico las guió entre el medio de la multitud. La gente aparecía de todos lados, como si creciera de las baldosas de la vereda. Siempre en el camino, siempre entorpeciendo el avance. Federico iba al frente, tirando del brazo de Micaela, Mariana iba detrás sin dejar de empujarla.
   «Es como si ya no tuviera ni el más mínimo control de por dónde voy», pensó Micaela, sin oponer ninguna resistencia al avance.
   Los rostros de las personas se desdibujaban a sus lados, escuchaba trozos de conversaciones sin sentido, algunas disparatadas, otras alarmantes. Lo único que sobresalía era el olor, la mezcla de perfumes fuertes, desodorantes llenos de alcohol, sudor de días y el fuerte tufo a lavandina.
   Por fin llegaron al callejón, y pudieron respirar. El lugar estaba oscuro, demasiado oscuro si se tenía en cuenta que era la mitad del día. El sol no podía haber estado más alto aunque lo hubiera querido.
   ―No se separen de mí ―dijo Federico y, por una vez, Mariana no discutió.
   Allí solos, avanzaron todavía más despacio que entre la multitud de gente. El lugar era inmenso. O tal vez fuera que la oscuridad del fondo no dejaba ver el final, por lo que parecía que no lo hubiera. Una enorme sombra se movió ahí y todos se detuvieron a la vez.
   Ambos hermanos rebuscaron en sus bolsillos, Micaela podía sentir a Nesi removiéndose en el bolso a su costado. La sombra se movió otra vez, creció y creció, como si estuviera trepando por las paredes que los rodeaban. Más negra que la oscuridad del callejón.
   ―Atrás ―dijo Federico a la vez que lanzaba algo brillante a la mole frente a ellos.
   El aire rugió a su alrededor y el suelo tembló bajo los pies del Golem que apareció ante ellos. La mirada de furia de sus ojos desiguales era difícil de mantener.
   ―¿Por qué lo hiciste enojar? ―dijo Mariana―. Se supone que es pacífico con la gente no agresiva.
   ―No lo agredí ―Federico seguía retrocediendo―, solo quería iluminar la zona.
   El Golem rugió y se abalanzó sobre ellos, como un alud. Micaela se hizo a un lado por instinto, mientras Mariana y Federico trataban de contenerlo. Nesi salió saltando del bolso y brincó por todos lados alrededor de la mole. El Golem lo espantó como si fuera un mosquito y siguió avanzando hacia los hermanos.
   ―¡Actúa como una víctima! ―le dijo Federico a su hermana.
   ―¿Yo? ―Mariana se detuvo, desconcertada.
   Micaela la empujó justo a tiempo, antes de que una de las enormes manos del Golem la golpearan. Cayeron junto a una de las paredes y se acurrucaron contra ella. Mariana iba a volver a ponerse de pie, pero Micaela la detuvo.
   ―No ―murmuró aferrándose a ella―, se supone que somos víctimas.

Libro II - Capítulo V - pag 3


   Federico se quedó inmóvil al ver que el Golem dirigía toda su atención a las chicas. Se quedó mirando, expectante, Nesi a sus pies, igual de pasivo. El Golem se acercó a ellas, su andar era pesado y reticente, como si luchara contra el aire para avanzar.
   Se inclinó hacia ellas, tenía un aliento fétido y llenaba el callejón como si fuera un lugar cerrado. Micaela clavó los dedos en el brazo de Mariana, susurrándole a su amiga que no se moviera. El Golem estuvo mirándolas un minuto, dos, hasta que al fin alzó ambas manos y las bajó en un fuerte golpe.
   ―¡No! ―gritó Federico y corrió hacia ellas.
   Impactó contra el Golem, pero no fue capaz de moverlo, aunque sí logró que perdiera su foco y el golpe diera contra los botes de basura al lado de las chicas. Mariana se puso de pie de un salto y le arrojó varias esferas al rostro.
   El Golem se frotó los ojos, sin dejar de bambolearse para todos lados. Los hermanos se miraron entre sí y asintieron.
   ―Mica ―dijo Mariana―, quédate detrás de nosotros y…
   Pero no terminó de dar la orden, una luz blanca, como un rayo golpeó al Golem en el pecho y la mole se quedó inmóvil. Y luego cayó con fuerza hacia atrás. El suelo se sacudió y los tres cayeron también al piso.
   Mariana y Federico se volvieron a mirar a Micaela mientras se incorporaban.
   ―Se estaban tardando mucho ―sonrió.
   Mariana lanzó una carcajada gutural.
   ―Así se hace, amiga ―le dio una palmada en la espalda―. Sabía que al final encontrarías la diversión en todo esto.
   Micaela aceptó su entusiasmo, a medida que iba perdiendo el suyo propio.
   ―Vamos ―dijo Federico―, antes de que se despierte.
   Se acercaron al Golem con cuidado. La mole no se movía para nada, ni siquiera respiraba, lo que siempre desconcertaba a la gente. Era como si estuviera congelad o cuando estaba inactivo.
   ―Pensé que habían dicho que era pacífico ―dijo Micaela.
   ―Se supone que lo era ―dijo Federico con el ceño fruncido―. Se ve que los rumores eran ciertos.
   Nesi saltó sobre la mole y recorrió parte del cuerpo, hasta llegar al pecho.
   ―Hay un rastro de magia aquí.
   ―Por supuesto que lo hay ―dijo Mariana―, así es como cobra vida ―agregó modulando demasiado.
   ―No te rías de mí, bruja, me refiero a un rastro de magia más allá de la animación.
   ―Sí, lo veo ―dijo Federico―, es como un cordón que va hacia… ―su voz se perdió, junto con su mirada, al fondo del callejón.
   ―Vayamos ―dijo Mariana, dando el primer paso.
   ―¡Ni se atrevan! ―rugió una voz desde la oscuridad.
   Sin embargo, nadie le hizo caso, sino que avanzaron con más bríos. Lado a lado, eran como una pared que iba cercando el camino. Podían ver una pequeña sombra revolviéndose contra la pared del fondo. Era obvio que no había salida por allí.
   Federico elevó la mano, tenía una bola de luz entre los dedos que iluminó con claridad mortecina el final del callejón. Había una casucha de madera ahí y la sombra se movía a su costado.
   ―¡No se acerquen! ―volvió a decir la voz chillona.
   ―Es un brujo ―dijo Nesi.
   ―Solo queremos hablar ―dijo Federico, sin dejar de avanzar.
   Cuando la luz por fin iluminó lo suficiente, vieron a un hombre pequeño, no superaba el metro y medio y era todavía más delgado que Micaela.
   ―No se acerquen a mí, no voy a dejar que…
   Se quedó inmovilizado a mitad de oración. Sus ojos casi se escaparon de su rostro, miraba de uno a otro, hasta que clavó su vista en Mariana. Ella se estaba limpiando la mano contra la ropa.

Libro II - Capítulo V - pag 4


   ―Se estaba demorando mucho ―dijo ella, guiñando un ojo a Micaela.
   Federico se acercó al brujo, negando con la cabeza y refunfuñando por lo bajo. La luz todavía entre sus dedos. Echó una ojeada a la casucha.
   ―No te quejes ―lo empujó Mariana y encaró ella al pequeño hombre―. ¿Quién eres y por qué controlas al Golem?
   ―¿Cómo sabes que no es mío? ―entornó los ojos el hombrecillo, era la única parte del cuerpo que podía mover: su rostro.
   ―Porque el Golem fue animado por un brujo que lo único que hace es mantenerlo así, no controla sus movimientos ―dijo Federico, echándole un vistazo a la gran mole inerte―. Además, se supone que es pacífico y protector, pero no defendió a las chicas cuando las vio acurrucada contra la pared.
   El brujo escupió al piso, o al menos lo intentó, la baba le quedó chorreando por la barbilla.
   ―Un completo desperdicio, eso era lo que era cuando lo encontré.
   ―Puaj ―hizo un gesto Mariana―, eres un hombre horrible. ¿Qué pasa? ¿Tu altura te causaba complejo y buscabas algo más grande?
   ―Basta ―dijo Federico con un suspiro―. ¿Qué quieres decir con que lo encontraste?
   El brujo miró hacia otro lado, todavía inmovilizado por lo que fuera que le había tirado Mariana. Clavó sus ojos en Micaela.
   ―¿Qué eres tú? Esa no fue ninguna magia que reconociera.
   ―Como si conocieras algo que valga la pena ―se adelantó Mariana, cubriendo en parte a su amiga―. No trates de cambiar el tema, ¿cómo lo encontraste? ¿Dónde está el otro brujo?
   El hombre pareció querer encogerse de hombros, los cuales no se movieron y el rostro se transfiguró de dolor. Jadeó.
   ―¿A quién le importa? Cuando lo encontré estaba solo, ya casi no le quedaba energía. ¡Es mío ahora!
   Federico lo miró con los labios apretados.
   ―¿Qué hacemos ahora? ―preguntó Micaela.
   ―¿Creen que esto puede servir?
   Nesi estaba a los pies de Micaela, llevaba una pequeña agenda sobre su cabeza. El brujo emitió un gruñido que sonó demasiado bajo para su enclenque cuerpo.
   ―¡Eso no es tuyo!
   Micaela se agachó para tomar la agenda que le ofrecía Nesi. El hombrecillo se subió hasta su hombro para poder ver lo que decía.
   ―Parece ser un diario ―dijo ella y lo compartió con los hermanos―, aunque no entiendo lo que dice.
   ―Mmm ―dijo Federico después de echarle una ojeada―. Sí, debemos llevarlo con nosotros, puede ser una pista.
   ―¡Es mío! ―gruñó el brujo.
   ―Probablemente, no lo es ―Mariana puso los brazos en jarra―. Lo que sí no es tuyo, es el Golem. Lo liberaremos.
   ―¡No! No, no, no, no pueden.
   Los hermanos le dieron la espalda y miraron la mole que seguía inmóvil sobre el suelo. Micaela se acercó a ellos.
   ―¿Alguna idea? ―dijo Mariana por lo bajo a su hermano.
   Federico frunció los labios.
   ―Tal vez yo...

Libro II - Capítulo V - pag 5


   Ambos se dieron vuelta para mirar a Micaela. Ella se frotaba las manos, nerviosa, Nesi seguía sobre sus hombros.
   ―No puede hacer daño ―se encogió de hombros Federico.
   Mariana la guió hacia el Golem, mientras su hermano bloqueaba la visión del brujo que no dejaba de refunfuñar tras ellos. Nesi saltó sobre el Golem y se paró sobre su pecho.
   ―Es aquí ―dijo y Micaela asintió.
   Ambas muchachas se arrodillaron frente al Golem. Mariana tomó las manos de su amiga y las apoyó sobre el lugar donde había marcado Nesi.
   ―Yo te guiaré ―dijo Mariana, con una voz templada, ajena a ella.
   Micaela cerró los ojos y se concentró en buscar una presencia en su mente, como la de Gilda. Sin embargo, no escuchaba la voz de Mariana, solo sentía la presencia a su lado. Encontró la burbuja de luz con más facilidad que las otras veces. Dejó que sus manos se llenaran de esa luz y luego abrió los ojos. Pudo verla atravesar el pecho del Golem, y entonces este respiró, una vez.
   Mariana la ayudó a ponerse de pie y se alejaron unos pasos mientras la mole se erguía. Sintieron la presencia de Federico tras su espalda. El Golem miró a Micaela con sus ojos inertes y luego se volvió hacia el brujo inmóvil.
   ―¡No, no, no! ―lo escucharon gritar mientras abandonaban el callejón con el diario en el mismo bolso en el cual iba Nesi.
 
*Fin del capítulo V*
Brujas Anónimas - Libro II - Capítulo V