SINOPSIS


   Brujas Anónimas es una blognovela orientada a un público juvenil y con una temática fantástica. Se desarrolla en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Sigue la historia de Micaela, una joven universitaria que un día descubre, a su pesar, la existencia de una sociedad paralela dentro de su propia ciudad.














sábado, junio 21, 2014

Libro II - Capítulo VIII - pag 1


(Debido a la extensión de los capítulos, se publican en varias páginas.)
    ―Vamos, Mica, ya es la hora.
   Mariana la sacudía con bastante rudeza, lo que parecía ser su trato habitual con cualquiera de la familia.
   Micaela se despertó de a poco, como si estuviera saliendo de un enjambre particularmente pegajoso de pensamientos. Mariana, ya totalmente vestida, la miraba con los ojos entornados.
   ―Te ves horrible.
   ―Gracias ―murmuró Micaela con los ojos todavía semi-cerrados.
   ―Apresúrate, ya está listo el desayuno y salimos en media hora.
   ―Sí, está bien ―Micaela sacó los pies fuera de la cama y miró alrededor―. ¿Mamá?
   ―Está en la cocina ―dijo Mariana mientras revisaba la ropa de su amiga y tiraba un par sobre la cama―, creo que esto estará bien.
   ―¿Ahora eliges mi ropa? ―enarcó las cejas Micaela―. ¿Eres mi protectora o mi niñera?
   ―Solo estoy apresurada por salir de esta casa.
   Se acercó a su amiga y frunció los labios en varias direcciones antes de decidirse a hablar. Micaela estaba en medio de un enorme bostezo cuando al fin lo hizo.
   ―Mira, ya sabes cómo es la abuela…
   ―No te preocupes ―Micaela se puso de pie y se dirigió al pequeño baño de servicio que tenían cerca de la habitación.
   Cuando salió para vestirse, Mariana ya no estaba en la habitación. Micaela le agradeció en silencio ese detalle.
   «Aunque tal vez no pudo esperar más por ir a comer el desayuno.» pensó con una sonrisa. Cada vez le agradaba más esa muchacha, realmente creyó que conseguirían ser amigas. No como había sido con Cecilia, pero…
   Se detuvo de golpe mientras se vestía y jadeó para recuperar el aire. Todavía le dolía mucho pensar en ella. No podía dejar de sentirse hastiada o enojada con los demás. Y ellos no dejaban de presionarla. Aún su madre. ¿Es que no podían ver lo que este cambio significaba para ella? ¿Lo mucho que le costaba aceptar todo aquello? Y ni siquiera tenía a su única amiga con ella, ya no. La única que la hacía reírse.
   Se limpió las lágrimas mientras se terminaba de vestir. Mariana podría ser una amiga, pero nunca sería como Ceci.
   ―Nunca ―susurró Micaela con fervor.
   Cuando abrió la puerta para ir al comedor, Nesi saltó en su camino. Llevaba en sus brazos un tazón casi más grande que él.
   ―Buenos días, señorita. Creo que no ha pasado una buena noche.
   ―¿Cómo lo sabes? ―Micaela se mantuvo inmóvil.
   ―Un buen casero sabe todo lo que pasa en su hogar ―Nesi sonaba digno y algo ofendido―. Este té le ayudará a sacarse el cansancio de encima.
   Micaela suspiró y se agachó. Con cuidado, tomó la taza que le ofrecía Nesi.
   ―Gracias, pero no hacía falta que la trajeras hasta aquí, estaba por ir al comedor.
   ―Este no es té de humanos, ni de brujos ―irguió la cabeza―, sino un verdadero té de hierbas.
   Micaela olió la taza. El aroma era delicioso, como de hierbas frescas con un pequeño toque de tierra mojada por la lluvia. Mezclado también se distinguía un leve perfume a flores. Sin embargo, casi no tenía color. Acercó la taza a los labios y sorbió con cuidado. Estaba a la temperatura exacta y sabía suave y denso, como la piel líquida de un durazno. Cerró los ojos durante el primer trago.   


Libro II - Capítulo VIII - pag 2


   ―Es delicioso ―susurró mientras el brebaje llegaba a todas las partes de su cuerpo y lo relajaba al instante.
   Abrió los ojos con lentitud. Nesi le sonreía desde el piso. Micaela le devolvió la sonrisa.
   ―Esto es realmente un té relajante.
   El hombrecillo asintió.
   ―Bébalo todo y se sentirá como nueva en un santiamén.
   Micaela le hizo caso. Esa bebida era milagrosa, cuando llegó al comedor se sentía llena de energía, completamente descansada y con más ánimo que en todos los últimos días juntos. La familia de Mariana estaba sentada a la mesa en exactamente la misma disposición que la noche anterior. Con la única ausencia de Gilda.
   «Gracias a Dios», pensó Micaela y se sentó al lado de su madre.
   Eva se apresuró a poner un plato lleno de tostadas con manteca y dulce de leche delante de ella. Además de servirle un tazón de té con leche y un vaso de jugo de naranja, que tenía toda la pinta de ser recién exprimido.
   ―Anoche no comiste nada ―le dijo Marisa a su lado, animándola a que tomara la primera tostada.
   ―No tenía mucha hambre ―dijo Micaela, que sintió que en ese momento su estómago sí le pedía que se metiera dentro todo lo que pudiera.
   ―Mica nunca tiene mucha hambre ―dijo Federico―, como todas las chicas normales, está atenta a su dieta.
   Mariana lo pateó bajo la mesa, Andrés el que le dio un coscorrón en la cabeza.
   ―Deja de decir pavadas, las chicas deben tener un apetito saludable al igual que los muchachos ―miró la única tostada magra en el plato de su hijo―, al menos como los que tienen cabeza.
   ―¿Tenemos alguna dirección en particular que seguir? ―preguntó Diego que, aunque no fuera el mayor, parecía ser el más serio de todos. Poco dado a bromas o conversaciones banales.
   ―Sí ―contestó su padre―, el barrio está compuesto casi en su totalidad por calles curvas. Así que lo mejor es seguir las indicaciones de los laberintos y girar siempre a la derecha o a la izquierda. Partiremos todos desde la misma esquina, e iremos en direcciones opuestas.
   ―¿No terminarían así dando la vuelta a la manzana? ―preguntó Sebastián quién parecía más interesado en el destino de los demás que en el propio, ya que suponía volver a vagar por las estaciones del subte.
   ―Eso sería lo más lógico ―dijo su madre―, sin embargo esa regla no se cumple en ese barrio. Eventualmente, terminaremos saliendo de él, así que estableceremos un punto de reunión. ―Echó una ojeada a su marido. ―Creo que la salida del subte es un buen punto de encuentro.
   ―Me parece bien ―dijo Andrés―. Recuerden también que hay una manzana sobre la cual es imposible siquiera girar hacia un lado, mucho menos dar la vuelta –bueno, todo lo que se puede dar la vuelta en las otras–, se termina siempre en la misma calle.
   ―Eso es imposible ―dijo Micaela, que se había terminado dos tostadas y la mitad del té con leche.
   ―Lamento decir que es cierto. Muchos brujos han intentado descubrir su misterio, pero aún no se encuentra la explicación de su naturaleza. ―Regó su mirada por toda la mesa. ―En el caso de que la encuentren, sencillamente crucen a la vereda de enfrente, den vuelta a una esquina y deberían poder alejarse de ella.
   ―Tal vez tengan que hacerlo más de una vez ―dijo Eva.
   ―A lo mejor no deberíamos llevar a las chicas… ―comenzó Diego.



Libro II - Capítulo VIII - pag 3


   ―¡Ni hablar! ―dijo Mariana salpicando parte de la comida que tenía en la boca.
   ―Por supuesto que vamos ―dijo Micaela―, somos las más interesadas, además si no voy yo ¿para qué haríamos esta excursión?
   ―No se peleen ―dijo Andrés y miró a su hijo serio―. Es correcto que hay cierto riesgo, pero es un laberinto inofensivo, solo te hace perder un poco de tiempo. Está comprobado por cientos de grupos. Solo debemos permanecer juntos en los grupos designados.

***

   El trayecto llevó poco más de media hora. Iban todos en la parte posterior de la camioneta, sumergidos en un silencio incómodo. Gilda los había despedido poco antes de que salieran. Fue más amable con Micaela, pero no había llegado a disculparse.
   Llegaron a la salida del subte, luego de estacionar a una cuadra de allí. Se despidieron de Sebastián, quien entró en la estación sin el más mínimo entusiasmo y mirando hacia atrás a cada rato.
   ―Pobre, Sebas ―dijo Federico, pero una sonrisa en sus labios desmentía que se sintiera tan mal por su hermano.
   Cuando Micaela le dirigió la mirada, este le guiñó el ojo y se puso a su lado.
   ―Pero puede arreglárselas solo.
   ―Nosotras también ―dijo Mariana parándose entre su hermano y Micaela.
   Andrés suspiró al mirarlos.
   ―¿Estás seguro de que no quieres cambiar de grupo? ―sonrió su esposa.
   ―Sí, estoy bien ―le dio un rápido beso a Eva, bajo los gruñidos de sus hijos, y todos se pusieron en camino.
   Dos cuadras después, en una de las esquinas, decidieron separarse. El barrio era tranquilo, tal vez demasiado. No se veía a nadie en las calles, ni siquiera paseando al perro. Las casas eran todas bajas y ninguna superaba los dos pisos. Los edificios parecían no haber inundado la zona todavía.
   ―Un barrio bastante aburrido, ¿no? ―dijo Mariana.
   ―A mí me parece tranquilo ―dijo Micaela que caminaba lentamente a su lado, respiró profundamente―. Hay bastante vegetación.
   ―No la suficiente ―acotó Nesi, que había asomado la cabeza por el bolso que se había convertido en su segundo hogar.
   ―Si fuera por ti, vivirías en una selva.
   ―Un bosque, bruja, aunque no creo que sepas la diferencia.
   ―Por supuesto que la sé.
   ―¿Cuál es?
   Mariana se cruzó de brazos y frunció el ceño.
   ―No es importante.
   Federico se rió a su lado.
   ―No lo sabes.
   ―¡Cállate! ―le dio un codazo en las costillas―. ¿Qué sabes tú?
   ―Cállense los dos ―suspiró Andrés―. Se supone que tienen que estar atentos a lo que estamos buscando.
   Micaela se detuvo de repente.
   ―¿Qué es eso?

Libro II - Capítulo VIII - pag 4


   Los demás se detuvieron a su alrededor y escudriñaron en la misma dirección que ella. Andrés les hizo una señal para que se quedaran detrás y se adelantó unos pasos. Mientras lo miraba rebuscar entre sus bolsillos, Micaela sintió que Nesi le llamaba la atención. Había una ventana cerca, con una planta exuberante que atravesaba la reja. Ella se aproximó con cuidado.
   ―Mica, no te alejes ―Mariana se mantuvo cerca.
   Micaela se volvió, todavía podía ver a los otros tres. Asintió en señal de que la había escuchado y se inclinó hacia la planta.
   ―¿Qué es lo que tiene? ―susurró.
   ―Está tratando de decirnos algo ―dijo Nesi.
   Micaela se arrimó más. Alcanzaba a oír un murmullo, como una canción lejana, apenas traída por el viento. No distinguía las palabras, solo la melodía. Se aproximó un poco más, sin darse cuenta de que se estaba alejando de la esquina en la cual se encontraban.
   ―Ya casi ―murmuró cuando su nariz rozaba las largas hojas de la planta.
   Sintió que una se le enredó en el cuello, como una bufanda, y comenzó a apretarse alrededor. La música tembló y creyó oír gritos de fondo. Las hojas se mezclaron con su pelo y la nariz estaba casi impregnada del olor a clorofila, se estaba ahogando. Recién en ese momento, su cerebro le recordó que respirar era necesario y comenzó a luchar para recuperar el aire. Sintió que le mordían la mano y la agitó con fuerza. La luz blanca le quemó los dedos y esa vez se sintió como algo más corpóreo, como si pudiera tomarla entre sus manos.
   Cayó hacia atrás jadeando. Cuando levantó la vista, las hojas de la planta se agitaban furiosas entre las rejas.
   ―¿Qué es eso? ―preguntó Micaela, todavía luchando para respirar, el cuello le ardía.
   ―Lo siento tanto, señorita ―Nesi saltaba de un lado a otro―, no sabía que era una de ellas, no lo sentí hasta que ya estaba demasiado cerca.
   ―No parece una planta carnívora ―frunció el ceño Micaela.
   ―No lo es, exactamente, se siente atraída por energías fuertes y las consume.
   ―¿Como un vampiro?
   Nesi se detuvo en su salto de un lado para otro. La miró pensativo. Por un momento, creyó que iba a recibir una de las respuestas cortantes que le dedicaba a Mariana, pero el hombrecillo pareció pensárselo mejor o tal vez recordó otra cosa.
   ―Podría decirse. Aunque no lo parecía, realmente, no capté su verdadera esencia hasta que ya era casi demasiado tarde.
   ―No te preocupes ―dijo Micaela poniéndose de pie y sacudiéndose la ropa.
   Se miró la mano, unas pequeñas marcas rojas señalaban el lugar donde había recibido la mordida. Echó una ojeada a la planta.
   ―¿Dónde está la boca? ―susurró.
   Nesi se aclaró la garganta.
   ―Lo lamento mucho, señorita, necesitaba hacer que despertara, que reaccionara.
   ―¡Tú me mordiste!
   El rostro verde de Nesi se volvió marrón grisáceo, se quedó inmóvil como una pequeña rama.
   ―Lo siento mucho, no había otra forma.
   ―Está bien, no te preocupes ―suspiró Micaela―. ¿Qué era lo que decía o cantaba esa… planta?

Libro II - Capítulo VIII - pag 5


   ―Esa parte es cierta ―Nesi saltó sobre su hombro―. Esas plantas, cuando quieren, suelen cantarles a las personas la ubicación de lo que están buscando. Detectan las búsquedas y a veces la contestan. En general, no piden más que un poco de atención a cambio, tal vez agua pura. Es muy raro que sean tan dañinas.
   Micaela miró la ventana con el ceño fruncido.
   ―Las personas que viven allí…
   ―No creo que lo noten ―dijo Nesi―, tienes que ser mágico o ser capaz de ver magia para poder hacerlo.
   ―¿Pero no les hará daño?
   Nesi se encogió de hombros.
   ―No tienen nada que ella desee, si no son mágicos.
   Micaela suspiró y miró alrededor. Los demás habían desaparecido de su vista. Caminó hasta la esquina, pero sabía que no los iba a encontrar. No le sorprendió encontrar la calle vacía. Nesi se removió en su hombro.
   ―¿Qué fue lo que dijo? ¿Lo entendiste?
   ―Sí ―dijo Nesi―, pero tal vez deberíamos buscar a los demás.
   ―¿Ir al punto de reunión? No, podríamos perder la oportunidad.
   Nesi frunció el ceño.
   ―Diría que no es prudente, pero ningún humano hace caso a esas observaciones, ni siquiera los mejores ―dio un suspiro mucho más grande que lo que su cuerpo permitía―. Es por allí.
   Tuvieron que caminar solo unos cuantos metros, para encontrarse frente a una pequeña casa con un jardín grisáceo y marchito al frente. Micaela la probó la puerta de las rejas frontales, estaba sin llave. Con un sonido chirriante, la abrió y puso un pie dentro del jardín. En el momento en que la puerta se cerró detrás, deseó haber sido todo lo prudente que Nesi hubiera querido.

*Fin del capítulo VIII*
Brujas Anónimas - Libro II - Capítulo VIII
 

sábado, junio 07, 2014

Libro II - Capítulo VII - pag 1


(Debido a la extensión de los capítulos, se publican en varias páginas.)
    Apenas llegaron a la habitación, Micaela cerró la puerta y pasó la llave.
   ―No sabía que la tarea fuera tan importante para ti ―Mariana se sentó sobre la cama con pesadez―. ¿No tendrías que haber ido a buscar la tuya?
   Micaela la miró con fijeza, todavía no se había separado de la puerta.
   ―Me estás empezando a asustar, Mica.
   ―No vamos a poder hacer… lo nuestro mañana.
   Mariana se rascó la nariz.
   ―Supongo que no, al menos no por la mañana, ya veremos cómo van las cosas ―ladeó la cabeza―. Encontraremos la forma, Mica, ya lo verás.
   Micaela asintió lentamente, sin dejar de mirarla. Apretó los labios y luego los frunció hacia adelante. Se frotó las manos, y después se cruzó de brazo.
   ―Mmm ―Mariana guiñó un ojo―, ¿hay algo más…?
   ―Quiero mostrarte algo, pero no quiero que los demás lo sepan, al menos no por ahora ―dijo Micaela en voz tan baja que apenas se oía―. ¿Qué tanto se escucha desde afuera?
   ―Nada, si yo no quiero ―sonrió Mariana y se puso de pie.
   Revolvió el cajón de su diminuto escritorio, sacó una pequeña bolsa y espolvoreó todo el contorno de la puerta.
   ―Ya está, no es mucho, dura una hora y solo les dificulta oír, si hablamos en voz baja, no se enterarán de nada.
   ―Bien ―dijo Micaela e inspiró.
   ―Dime ―Mariana miró a su amiga con expectación.
   Micaela rebuscó en el bolsillo trasero de su vaquero y sacó lo que parecía ser una foto bastante vieja. Se la dio a su amiga sin llegar a soltarla realmente. Mariana la examinó con el ceño fruncido.
   ―¿Quién es?
   ―Es ella.
   Mariana la miró un momento antes de entender, entonces volvió a la fotografía. Era el retrato de una mujer joven, cerca de los treinta años. Tenía el cabello oscuro y largo, caía rizado sobre ambos hombros. El mentón y la boca eran fuertes, aunque lo que más destacaban eran sus ojos. Su mirada atravesaba el papel de la foto y parecía atacar al que la miraba. A su lado había un hombre, algo mayor, que sonreía a la cámara. Y se vislumbraba al fondo otra sombra, otro hombre, algo desenfocado.
   ―¿Dónde la encontraste?
   ―En el diario.
   Mariana se quedó con la boca abierta.
   ―¡No lo puedo creer!
   ―Sssh ―Micaela volvió a tomar la foto entre sus manos―, baja la voz.
   ―No lo puedo creer, Mica, no de ti. ―Se revolvió el cabello con las manos. ―Yo haría algo así, ¿pero tú?
   ―¿Qué quieres decir? ―Micaela la miró con los brazos a la cintura y el ceño fruncido. Se veía mayor que cuando se habían conocido.
   ―Nada ―sonrió Mariana―, solo que tu estilo es más bien seguir las reglas. ―Frunció los labios. ―Aunque es cierto que tampoco querías contarle lo de la vampira al principio. Creo que te estoy contagiando.
   Micaela se desinfló como si la energía le hubiera durado solo un segundo. Suspiró y se sentó en la cama.   


Libro II - Capítulo VII - pag 2


   ―Seguir las reglas siempre me había funcionado bien, pero ahora…
   Mariana se sentó a su lado y le palmeó la mano amigablemente.
   ―Creo que es un buen cambio, tienes que relajarte un poco ―inclinó la cabeza y llevó los ojos hacia arriba―. No recuerdo haberte visto guardarla, fuiste muy rápida.
   Micaela se encogió de hombros, aunque se divisó una rápida sonrisa en sus labios.
   ―Entonces, esa es ella, y el hombre a su lado debe de ser el brujo que era su mentor, tal vez el mismo que creo el Golem. ¿Es como si hubiera alguien más, no?
   ―No se le distingue la cara, pero tiene tatuajes.
   ―¿Tatuajes? ―Mariana se frotó el mentón―. ¿Crees que sea…?
   Micaela asintió. Mariana golpeó un puño contra la palma de su mano y se puso de pie. Era de esas personas que no podía mantenerse en la misma posición durante mucho tiempo.
   ―Deberían haber dejado que fuéramos nosotros en su busca, ya lo conocemos. Yo lo vi una vez y tú, dos. Estoy segura que nos bastaría un solo viaje en subte para encontrarlo.
   ―Tal vez.
   Micaela estaba pensativa, no quitaba los ojos de la foto.
   ―Entonces, ¿por qué no querías que la tuvieran? ―Mariana se rascó la cabeza―. No tiene nada que no sospechen ya. Bueno, no saben exactamente el papel del hombre tatuado, pero lo están buscando.
   ―Si se las doy, no creo que me la devuelvan, además… ―dio vuelta la foto.
   Mariana se acercó con el ceño fruncido. Había algo escrito allí, las letras habían comenzado a desaparecer, aunque todavía se veían. Sin embargo, no era posible distinguir ni una palabra.
   ―No parece ningún idioma que reconozca ―frunció la nariz.
   ―¿No?
   ―No, lo siento, Mica.
   ―Tal vez sea un código ―suspiró Micaela―, como en el diario.
   ―Tal vez ―asintió Mariana―, podría hacer algunas averiguaciones.
   Micaela negó con la cabeza, pero antes de que pudiera hablar, Mariana la interrumpió:
   ―No te preocupes, no le diré nada a nadie de la foto ni la inscripción. Estoy de acuerdo en no mostrárselo a esas mujeres. Tienes razón, seguro que se lo guardan para sí y no nos dicen nada.
   ―Entonces no hay dudas, cualquier cosa que queramos averiguar, tendremos que hacerlo nosotras solas. ¿Estás de acuerdo?
   ―Claro ―sonrió Mariana―, somos un equipo.
   ―Bien ―suspiró Micaela―. Creo que ahora tendríamos que ponernos con tu tarea, sin duda nos van a preguntar cuando vayamos a cenar.
   Mariana se puso de pie y se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo cuando tenía el brazo extendido y se volvió hacia su amiga.
   ―Gracias, Mica.
   ―¿Por qué? ―frunció el ceño ella.
   ―Por confiar en mí.
   Las mejillas de Micaela enrojecieron levemente y ella desvió la mirada, a la vez que se frotaba el brazo.
   ―Bueno, eres mi protectora después de todo.
   Mariana sonrió y levantó el encantamiento de la puerta. Luego buscó el bolso que estaba debajo de la cama y comenzó a sacar papeles arrugados desde dentro.

Libro II - Capítulo VII - pag 3


   ―¿Esos son tus apuntes? ―Micaela enarcó las cejas.
   ―Sí, están un poco desordenados.
   ―¿Un poco?
   Mariana entornó los ojos.
   ―Mi fuerte es la parte práctica.
   Micaela negó con la cabeza y comenzó a planchar los papeles, mientras trataba de encontrar algún orden en ellos. En ese momento, sintieron unos leves golpes a la puerta.
   ―¿Quién es? ―preguntó Mariana.
   ―Déjame entrar, bruja ―chilló Nesi del otro lado.
   Mariana se golpeó la mejilla con un dedo. Micaela sonrió, se levantó y abrió la puerta lo justo para que el hombrecillo se colara dentro de la habitación. Nesi saltó sobre la cama, miró los papeles arrugados y luego a las chicas.
   ―¿Por qué la puerta estaba sellada?
   ―Porque en mi pieza hago lo que quiero ―contestó Mariana sin mirarlo.
   Nesi se volvió hacia Micaela, pero esta se limitó a negar con la cabeza.
   ―Sé que traman algo, deberían incluirme, yo sé mucho sobre magia.
   Mariana puso los ojos en blanco.
   ―Yo soy un ser mágico ―insistió Nesi.
   ―Yo también ―dijo Mariana.
   ―Tú solo eres un humano torpe con habilidades que no sabes usar.
   Mariana lo empujó fuera de la cama, pero Nesi cayó de pie en el piso.
   ―Basta los dos ―dijo Micaela con firmeza y se agachó para quedar al nivel de Nesi, echó una ojeada a la puerta entreabierta―. Te incluiremos si prometes no contarle a nadie.
   ―Mica.
   Nesi suspiró.
   ―Esa manía de los jóvenes humanos de evitar todo consejo de sus mayores.
   ―Es la única condición que te pido ―dijo Micaela―. Además si contáramos con tu consejo nos iría mucho mejor.
   Mariana gruñó, pero su amiga la ignoró.
   ―Creo que no hay opción, juré ayudarte, por lo que representas ―le echó una mirada a Mariana―. Veo que vas a necesitar bastante guía.
   ―Mira… ―comenzó Mariana.
   ―Esto es con la señorita ―puntualizó Nesi señalando a Micaela―, y por ella cumpliré con sus condiciones.
   ―Gracias ―sonrió Micaela.
   Nesi se cruzó de brazos y asintió.
   ―Bien, ¿qué es lo que traman?
   Las amigas intercambiaron una mirada.
   ―Mañana ―dijeron ambas a la vez.
 
***

Libro II - Capítulo VII - pag 4


   Poco después, Eva las llamó para la cena. A la mesa estaban sentados, Marisa, Andrés, Sebastián, Diego, Federico y Gilda. La comida era abundante, como siempre en la casa de Mariana. La mesa estaba llena de bandejas y Eva seguía trayendo más de la cocina. Micaela se sentó al lado de su madre. Cuando Mariana estaba a punto de sentarse, su abuela hizo una seña.
   Refunfuñando por lo bajo, Mariana volvió a su habitación y reapareció con la tarea. La cual Gilda inspeccionó con seriedad y recién entonces le dio permiso para sentarse a la mesa. Mariana todavía refunfuñaba cuando se sentó al lado de Micaela.
   ―¿Tuviste suerte? ―pregunté Andrés a su hijo mayor.
   ―No ―dijo Sebastián con un rápido vistazo a su abuela―, estuve casi todo el día recorriendo las estaciones del subte B, pero no me crucé con ningún hombre con las características que me nombraron.
   ―Porque tendrían que haber dejado que fuéramos nosotras ―dijo Mariana mientras se servía una porción generosa de puré de papas.
   ―No lo pueden hacer todo ustedes ―bufó Gilda―, bastante con que se enfrentaron al Golem. Tuvieron suerte de que ese brujo no fuera nada competente.
   ―Nunca unas felicitaciones ―murmuró Mariana por lo bajo.
   ―¿Quieres decir algo? ―entornó los ojos la abuela.
   ―Creo que Mariana actuó muy bien ―dijo Micaela― y fue rápida.
   Gilda la miró por sobre la nariz, dio un golpe seco con la cabeza y se volvió hacia Sebastián. Micaela estaba por continuar, pero sintió la mano de Mariana sobre su brazo, ella le negaba con la cabeza, pero a la vez sonreía.
   ―Entonces, como hablamos, deberás ir mañana otra vez ―le dijo Gilda a su nieto.
   ―Supongo que sí ―digo Sebastián mientras buscaba por la ensalada―, tal vez si tuviera ayuda.
   ―No lo creo ―dijo Andrés―, mañana vamos a ir a buscar la posible morada de la mujer o su mentor, y vamos en dos grupos.
   ―¿Vamos? ―preguntó Mariana.
   ―Sí, hija ―dijo Eva mientras llenaba el plato de Micaela―, no habrás pensado que íbamos a dejar que fueran solas, ¿no?
   ―Fuimos solas con el Golem.
   ―Porque se suponía que era inofensivo ―le echó una ojeada a su madre―, aún con los rumores que circulaban.
   Gilda se acomodó en su asiento, enarcó las cejas y se sirvió un poco de carne. Mariana suspiró melodramática.
   ―Pero…
   ―No vas a ganar nada discutiendo, hija ―dijo su padre antes de dar un trago.
   Micaela miró su plato repleto con el ceño fruncido. El de su madre estaba en igual condición, le sonrió con resignación y comenzó a comer. Ninguna de las dos había sido nunca de comer demasiado.
   ―¿Quiénes iremos? ―preguntó Micaela―. ¿Cuándo salimos?
    ―Temprano en la mañana ―dijo Andrés―. Como decía, vamos a ser dos grupos, iremos en la camioneta. Tú, Mariana, Federico y yo iremos en uno; Eva y Diego en el otro.
   Federico les guiñó un ojo y Mariana bufó, lo que con la boca llena no sonó nada placentero.
   ―Mariana ―dijo su madre.

Libro II - Capítulo VII - pag 5


   ―¿Qué? ―dijo Mariana cuando terminó de tragar―. No dije nada.
   ―¿Qué es exactamente lo que buscamos? ―preguntó Micaela, todavía no había tocado su plato más que para revolverlo.
   ―Las casas de los brujos siempre tienen una marca, algo que hace que las distingue de las demás, aunque solo es detectable para nosotros.
   ―Dentro debemos ser muy cuidadosos ―dijo Eva―, puede haber todo tipo de trampas, no hay ni un hogar brujo sin ellas.
   Micaela miró de reojo a Marisa, quien no dejaba de sonreírle con confianza.
   «¿Cómo puede tomar toda esta charla con tanta familiaridad?», se preguntó Micaela, pero en ese momento se le ocurrió algo.
   ―En este no hay ―dijo.
   La familia de Mariana se miró entre sí y todos sonrieron a la vez. Era obvio que eran más unidos de lo que demostraban las constantes discusiones entre ellos. En esa sonrisa todos se veían iguales.
   ―Por supuesto que las hay ―dijo Federico con una risita.
   Micaela miró a su alrededor. Las paredes lucían inmaculadas, con su color beige claro sin ninguna marca. Los muebles estaban relucientes, ninguna mota de polvo empañaba su color caoba. El cual Micaela todavía no lograba discernir si era real o no.
   ―No las puedes ver si no eres brujo ―dijo Andrés.
   Micaela frunció el ceño.
   ―¿Entonces solo los defiende de otros brujos?
   ―No ―dijo Eva―. Principalmente, sí, pero también de los demás. Lo que sucede es que tanto tú como tu madre son nuestras invitadas, por eso no les afecta.
   ―Podrías verlo si quisieras ―dijo Gilda―, es decir, si siguieran con las clases a las que se suponía que asistías con Mariana.
   ―Abuela, no sé si recuerdas que estuvimos ocupadas ―Mariana se sirvió aún más comida en el plato.
   ―Madre, por favor ―Eva la miró con voz conciliadora―, no seas tan dura con las chicas, se están portando muy bien.
   ―No soy dura, solo marco un punto… obvio.
   Micaela se puso de pie. La silla se arrastró sobre el piso con un sonido estridente que detuvo a todos con los cubiertos a medio camino hacia sus bocas. La familia de Mariana la miró al unísono.
   ―Estoy cansada ―dijo Micaela―, si mañana nos levantamos temprano, será mejor que me acueste.
   Marisa la miró con el ceño fruncido e hizo un amago por levantarse.
   ―Estoy bien, má, puedes quedarte a terminar la cena, solo voy a dormir.
   Micaela salió del comedor sola, lo único que alcanzó a oír antes de alejarse por el pasillo fue la voz de Andrés.
   ―Bien hecho, Gilda, haz que se aleje todavía más de nosotros.
   No alcanzó a oír la respuesta de la abuela y no estaba segura de querer haberlo hecho. ¿Por qué esa mujer seguía presionándola? Como si ella fuera culpable de la situación en la que estaban todos, como si se esperara que se sintiera maravillosamente honrada de lo que le había pasado. Hasta su propia madre pensaba que era un honor, un don que había que agradecer.

Libro II - Capítulo VII - pag 6


   Se cambió de ropa perezosamente y se acurrucó en la cama que casi estaba junto con la de su madre. Apenas un pequeño espacio para pasar, en esa pequeña habitación que era un préstamo. Todo el hogar que le quedaba en ese momento.
   Cuando su madre llegó, casi una hora después, Micaela seguía despierta, pero mantuvo los ojos cerrados. Y agradeció que su madre la dejara simular que ya dormía. La escuchó removerse en su cama y dormirse antes que ella. Pasó mucho tiempo antes de que al fin el sueño la venciera.
   Y a los pocos minutos, ya tenía a Mariana sacudiéndola para que se levantara.
 
*Fin del capítulo VII*
Brujas Anónimas - Libro II - Capítulo VII