SINOPSIS


   Brujas Anónimas es una blognovela orientada a un público juvenil y con una temática fantástica. Se desarrolla en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Sigue la historia de Micaela, una joven universitaria que un día descubre, a su pesar, la existencia de una sociedad paralela dentro de su propia ciudad.














sábado, julio 19, 2014

Libro II - Capítulo X - pag 1


(Debido a la extensión de los capítulos, se publican en varias páginas.)
   El hombre le tendió la mano y la ayudó a incorporarse. Micaela se soltó apenas estuvo de pie y miró a su alrededor. La habitación se veía como una sala muy confortable, una ventana daba al jardín exterior, que se veía normalmente frondoso desde allí.
    Dentro, las paredes eran de un color morado acogedor, con un par de cuadros colgados en cada pared. Todos eran acuarelas de un bello paisaje. Había pocos muebles, dispuestos de una manera que dejaban un amplio espacio en el medio. Donde ambos estaban de pie.
    ―¿Quién eres? ―preguntó Micaela.
   ―Nadie ―dijo el hombre y se pasó la mano por la cabeza rapada―. Es mejor que nos vayamos de aquí.
   ―¿Cómo llegaste aquí? ―Micaela no dejaba de mirar alrededor―. ¿Esta es tu casa?
   ―No.
   Micaela lo observó, el hombre desvió su mirada. Se veía mucho más nervioso que los previos encuentros en el subte. Mucho menos amenazador. Ella lo ignoró y revisó la habitación en la que se encontraban. Parecía como si todavía estuviera en uso. Había unas fotos sobre un aparador, se acercó a estudiarlas.
   ―La conocías ―dijo Micaela señalando las fotos donde aparecía la mujer―, ¿es esta su casa?
   ―Sí ―susurró el hombre y Micaela supo que estaba contestando a ambas preguntas.
   Comenzó a rebuscar en los cajones, solo había períodos viejos y algunos diarios personales casi vacíos. También encontró una carpeta, con fotos de diferentes personas, pero sin papeles que explicaran quiénes eran.
   ―Debemos irnos ―repitió el hombre y dio un dudoso paso hacia ella.
   ―Estoy tratando de encontrar algo ―suspiró Micaela y cerró el cajón de un golpe―, tal vez puedas ayudarme. ―Examinó al hombre de arriba abajo. ―Estoy buscando al mentor.
   El hombre se estremeció con un gran escalofrío. La miró de frente durante un segundo, solo uno, pero aquello bastó para que Micaela viera un gran dolor reflejado en ellos. Él tragó saliva, su pecho bajaba y subía en movimientos marcados.
   ―¿Eres tú?
   Él negó con la cabeza, sin dejar de moverse con nerviosismo. Pareció a punto de agregar algo más, pero luego volvió a sacudir la cabeza.
   ―¿Lo conoces?
   ―Debemos irnos ―insistió.
   ―¿Por qué? ―Micaela se acercó a él―. Si esta era la casa de ella, entonces yo debería poder entrar, ¿no? Es parte de su legado.
   ―No, la casa de los elegidos es única de cada una de ellos. Es una suma, la combinación de la esencia de ella, su protector y su mentor.
   ―¿Y dónde están ellos dos? ¿Por qué no me habló de nada de eso?
   ―Tal vez no tuvo tiempo ―el hombre se rascó la cabeza.
   Micaela se mordió el labio. Eso era cierto, pero después se le apareció, ¿por qué no se lo había explicado entonces? ¿Por qué no había vuelto a aparecer?
   ―Porque no era necesario ―dijo la mujer a su lado.
   Micaela pegó un salto, pero el que más se asustó fue el hombre, que se tropezó con un pequeño sillón y cayó al piso con gran estrépito. La mujer se acercó a él con una sonrisa y le tendió una mano tenue y luminosa.   


Libro II - Capítulo X - pag 2


   ―No te preocupes, Marce. Esta ya no es tu responsabilidad ―le acarició levemente el brazo, como si pudiera tocarlo―. Ojalá pudieras descansar.
   El hombre contuvo un gemido.
   ―No puedo.
   ―¿Qué es lo que está sucediendo aquí? ―se adelantó Micaela.
   ―Niña ―se volvió la mujer―, este no es tu lugar, debes buscar tu camino.
   ―¡Eso es lo que estoy intentando hacer! Pero nadie me cuenta nada, todo es un gran misterio ―señaló al hombre―. ¿Quién es él? ¿Por qué me persigue? ¿Está trabajando con los vampiros?
   ―¡No! ―se puso de pie el hombre, de repente lleno de energía.
   Caminó en círculos sin dejar de frotarse la cabeza y los brazos.
   ―No, no ―murmuraba por lo bajo.
   ―Ni tienes que preocuparte por él ―dijo la mujer con calma mientras trataba de tranquilizar al hombre tatuado―, es uno de los buenos.
   Micaela bufó y se cruzó de brazos.
   ―Aparece por todos lados, como si me persiguiera, como esos vampiros.
   ―No es lo mismo ―la mujer comenzó a sonar exasperada―, a los vampiros les atrae la energía. Marce es guiado por ―bajó la voz― la pena.
   ―Lo siento ―dijo él y volvió a masajearse la cabeza―, ya debo volver.
   La mujer asintió. Micaela cerró los ojos un momento y negó con la cabeza, se puso las manos a la cintura y después volvió a cruzar los brazos.
   ―Puedes hacer lo que quieras ―le dijo al hombre tatuado―, yo no me voy de aquí hasta que descubra dónde está el mentor ―se volvió hacia la mujer―. Y los vampiros me perseguían específicamente a mí, eso fue lo que me dijo aquella vampira. Antes de que tú… de que tú hicieras lo que hiciste.
   La mujer frunció el ceño y miró hacia la cómoda donde estaban las carpetas con las fotos de esas personas.
   ―Eso no debería ser así ―susurró.
   ―¿Qué cosa? ―se le acercó Micaela―. ¿De quiénes son esas fotos?
   ―No importa ―negó nerviosamente la mujer―, no puedo quedarme mucho tiempo aquí. ¿Es cierto que no apareció el mentor?
   Micaela alzó los brazos y miró al techo para lanzar una exclamación exasperación. Se sacudió el pelo, que ya lucía bastante desordenado, casi como el de Mariana.
   ―¡Claro que no!

   ―Eso no debería haber sido así ―suspiró la mujer―, él debería haber aparecido casi a la vez que el protector.
   ―¿Cómo? ¿Por arte de magia?
   La mujer la miró con los ojos entornados.
   ―Veo que todavía sigues siendo igual de escéptica. Pero es algo así ―se encogió de hombros―, es una relación que se establece en el momento.
   ―Está bien ―Micaela sonó cansada―, no discutamos por eso. ¿Cómo hago para encontrarlo?
   La mujer y el hombre tatuado se miraron, compartieron un momento que parecía demasiado íntimo. Micaela se removió en su lugar con nerviosismo.
   ―Tal vez… ―dijo la mujer al fin―, revisa el último cajón de aquel mueble
.

Libro II - Capítulo X - pag 3


   Micaela la obedeció y encontró una pequeña caja de madera. Estaba cerrada, aunque no se veía ninguna cerradura o candado. Tenía unos grabados alrededor, no parecía realmente una lengua, aunque algunas formas le resultaron familiares.
   ―¿Cómo la abro? ―dijo mientras intentaba levantar la tapa.
   ―Tu protectora sabrá hacerlo ―la mujer resplandeció―. Debo irme.
   Micaela se volvió. La mujer, que estaba difuminándose, miró al hombre tatuado, el cual no dejaba de moverse de un lado a otro y, cada tanto, miraba por la ventana. Se dio la vuelta cuando notó la mirada de la mujer sobre él.
   ―Yo la llevaré hasta el subte ―dijo en voz baja.
   ―¿Cómo sabes…? ―frunció el ceño Micaela y se detuvo―. ¿Quién eres?
   ―Es un amigo ―dijo la mujer.
   ―Eso no significa nada.
   ―No soy nadie ―repitió el hombre.
   Micaela dejó la caja sobre la cómoda y se cruzó de brazos.
   ―Tan testadura ―dijo la mujer sacudiendo la cabeza―. Puedo dejar la puerta abierta durante un momento, no mucho. No vuelvas a venir, esta no es tu casa y no podrás volver a encontrarla. Marce te llevará con tus amigos.
   ―Espera ―dijo Micaela, pero la mujer ya había comenzado a desaparecer.
   Pronto no quedaba ni el más mínimo resplandor de ella en la habitación. La puerta se abrió y dejó ver el jardín exterior. Nesi esperaba del otro lado del umbral, pero no parecía ser capaz de notar que la puerta estaba abierta.
   ―Vamos ―dijo el hombre con un ademán.
   ―¿Quién eres? ―volvió a preguntar Micaela―. No voy a ir a ningún lado hasta que me lo digas.
   ―Por favor, no me hagas perder a otro ―suplicó el hombre.
   ―¿Eres un mentor?
   Él negó con la cabeza.
   ―¿Un protector?
   Él negó otra vez.
   La puerta se movió levemente, como si fuera a cerrarse. Las plantas del otro lado se agitaron bajo una suave brisa.
   ―No tenemos mucho tiempo ―dijo el hombre tatuado.
   ―Entonces explícate.
   Él se rascó furiosamente la cabeza rapada. Se sacudió los brazos, gimió y por fin la miró de frente.
   ―Fui un mentor ―susurró― o lo intenté.
   Micaela hizo un gesto hacia las fotos sobre la cómoda, pero él negó lentamente.
   ―No de ella, fue antes ―cerró los ojos―. Él era un chico tan joven, poco más que un adolescente. Solo un mes ―miró a Micaela con ojos llorosos―, solo tuve un mes.
   Micaela sintió un escalofrío y se ablandó un poco. El hombre se veía realmente en un gran estado de dolor.
   ―Está bien, nos vamos ―suspiró―. ¿Te llamas Marcelo?
   ―Sí ―asintió―, sí, vamos.
   Él hizo un ademán hacia la puerta. Micaela se guardó la caja en el bolso y lo siguió, pero luego se detuvo, miró hacia la cómoda. Corrió hacia ella, sacó la carpeta con las fotos y fue hacia la salida. La puerta tembló un poco, pero lograron salir antes de que se cerrara con un gruñido
.

Libro II - Capítulo X - pag 4


   Nesi saltó delante de ella.
   ―¿Señorita?
   ―¡No se detengan! ―gritó Marcelo corriendo hacia la reja exterior.
   El jardín mustio estaba adquiriendo color otra vez. Micaela lo siguió con Nesi saltando a su lado. Cruzaron la reja y Micaela trató de volverse, pero Marcelo la agarró del brazo y la hizo seguir un poco más. Cuando por fin se detuvieron, no fue capaz de distinguir la casa. Se abrazó a la carpeta, feliz de haber elegido llevarlas consigo.
   ―¿Quién es él? ―Nesi se paró con los brazos en jarra delante de él―. Huele como brujo, pero no exactamente.
   Micaela miró a Marcelo, su contorno comenzaba a difuminarse.
   ―¿Tú eres…?
   ―Vine en tu ayuda, pero tengo que regresar al subte.
   Ella asintió, por una vez sin pedir más explicaciones. Miró a su alrededor y volvió a encontrar a Mariana caminando por la acera de enfrente. Iba pateando prácticamente el piso y vociferando algo inaudible.
   Otra vez intentó cruzar la calle, cuando llegó a la mitad, estaba de regreso a la acera de enfrente. La vieron intentar de nuevo, el ceño fruncido y la cara casi roja. Micaela corrió a su encuentro, con Nesi y Marcelo a sus talones. Cuando Mariana llegó a la mitad y estaba a punto de dar la vuelta, Micaela extendió el brazo y aferró la muñeca de su amiga con fuerza. Mariana jadeó sorprendida. Micaela tiró con fuerza y ambas cayeron sobre la calle.
   ―¡Mica! ―Mariana la estaba aprisionando contra el piso―. Perdón, perdón.
   Se puso de pie y la ayudó a levantarse a ella.
   ―Pensé que no iba a encontrarte más.
   ―En realidad, te encontramos nosotros ―dijo Nesi.
   ―Ahora no tenemos tiempo, debemos ir al punto de reunión ―dijo Micaela.
   ―¿Qué hace él aquí? ―Mariana se interpuso entre su amiga y el hombre tatuado.
   ―Él… ―dudó Micaela― es un amigo. Vamos, tenemos que irnos, te contaré en el camino.
   Marcelo las guió a través de las calles circulares. A veces parecía dar la vuelta en la esquina y a veces a mitad de cuadra. Micaela terminó de contarle su historia justo cuando desembocaron en la avenida donde estaba la boca del subte.
   ―Hiciste bien en coger las carpetas ―dijo Mariana.
   ―Otra imprudencia ―murmuró Nesi.
   ―Pues si anduviéramos por la vida como tú, nunca conseguiríamos nada ―Mariana revisó la caja que le había dado Micaela―. Sí, seguro que puedo abrirla.
   ―¡Mariana, Micaela! ―la familia de Mariana apareció corriendo entre la gente de la acera que los miraban como si estuvieran locos.
   ―¡Qué suerte que están bien! ―dijo Eva abrazando rápidamente a cada una.
   ―¿Quién eres? ―preguntó Andrés a Marcelo, mirándolo con suspicacia.
   ―¿Es el hombre de los tatuajes? ―preguntó Federico.
   ―Es un amigo ―dijo Micaela y se volvió hacia él, que cada vez se volvía menos sustancioso―. Gracias.
   El hombre asintió y se dirigió hacia la boca del subte. Federico trató de interponerse en su camino.
   ―Déjalo ―dijo Micaela y se volvió hacia Andrés y Eva, quienes hicieron un gesto a su hijo
.

Libro II - Capítulo X - pag 5


   Marcelo le dedicó una temblorosa sonrisa a Micaela y se sumergió en la boca del subte. Todos se quedaron mirando en silencio.
   ―¿Qué es esa caja? ―preguntó Diego de repente.
   Micaela y Mariana intercambiaron una mirada, por suerte habían dejado la carpeta guardada en el bolso, pero la caja seguía en las manos de Mariana cuando llegaron al lugar de reunión.
   ―Tal vez tenga la pista para encontrar al mentor ―dijo Micaela, sin mirar a nadie en particular.
   ―Entonces es mejor que regresemos a casa ―dijo Andrés.
   Volvieron a la camioneta, el viaje fue bastante lento, como si hasta el vehículo estuviera cansado. Micaela y Mariana se sentaron en un rincón, solo acompañadas por Nesi y con la caja descansando entre las dos.
   Les relataron sus aventuras a los demás de forma muy escueta. Hasta Mariana dejó que Federico se regodeara en su pérdida por la calle sin salida. Sebastián los acompañó en el viaje de regreso también, algo irritado por haber perdido todo el día y que el hombre tatuado hubiera estado con ella parte de ese tiempo.
   ―Vele el lado bueno ―sonrió Federico―, ya puedes ser guía de subtes.
   Su hermano gruñó.
   ―Ya no hace falta que los revises ―dijo Diego con dignidad―, ese es el lado bueno.
   Federico se encogió de hombros y le guiñó un ojo a Micaela. Ella sonrió un poco, pero dejó de prestarle atención a mitad del viaje. Mariana se ocupó de mantenerlos distraídos, lo suficiente para que no hicieran demasiadas preguntas.
   Llegaron a la panadería cuando ya estaba anocheciendo. Ninguna de las dos había sentido que hubiera pasado tanto tiempo, y era raro que Mariana no hubiera mencionado la comida en ningún momento. Se apearon del vehículo con rapidez.
   El local estaba abierto aunque estaba tan vacío como siempre. Ni siquiera había alguien de la familia atendiendo, Micaela se preguntó si realmente era seguro mantenerlo abierto en esas circunstancias.
   Apenas entraron en la sala, la abuela Gilda salió a recibirlos. Pasó una rápida ojeada por el grupo, inspiró sonoramente y se irguió con tirantez.
   ―Tengo novedades ―dijo con gesto serio.
 
*Fin del capítulo X* 
Brujas Anónimas - Libro II - Capítulo X
 

sábado, julio 05, 2014

Libro II - Capítulo IX - pag 1


(Debido a la extensión de los capítulos, se publican en varias páginas.)
   El jardín a su alrededor cobró color, pero eran matices amenazadores, asfixiantes. No se podía ver la casa detrás de las frondosas plantas que aparecían por todas partes. Apenas si se veía la reja y un resquicio de la calle exterior. La cual seguía tan vacía como unos minutos antes.
   ―¿Nesi? ―la voz le tembló ligeramente.
   ―Sigo aquí, señorita.
   Micaela suspiró. El hombrecillo estaba a sus pies, observando el entorno con seriedad. Micaela no había notado en qué momento se había bajado de su hombro, casi nunca era capaz de sentir los movimientos de Nesi, a menos que estuviera brincando a su alrededor. Se aferró al bolso que colgaba a su costado.
   ―¿Qué sucedió?
   Nesi no dejaba de examinar todo lo que los rodeaba.
   ―Es un mecanismo de protección.
   Micaela se abrazó a sí misma y se frotó los brazos. Una brisa gélida se había levantado y balanceaba las ramas en torno a ella.
   ―No me hace sentir muy protegida.
   ―Es para proteger a la casa y a sus habitantes ―el hombrecillo lucía muy serio― de las amenazas exteriores.
   ―Yo no soy una amenaza ―elevó la voz Micaela y se tapó la boca al notar que su eco se dispersaba por el jardín.
   Las hojas de las plantas se agitaron en torno a ella y parecieron crecer un poco, como si expandieran al tomar aire para respirar, pero después nunca volvieran a su tamaño anterior.
   ―Estos sistemas asumen como una amenaza a cualquiera que entre en el lugar protegido sin ser invitado. ―Nesi aún examinaba con el ceño fruncido cada planta que tenía cerca, sin tocarlas.
   ―La puerta estaba abierta ―insistió Micaela.
   Nesi se quedó en silencio y ella se sintió realmente tonta. Sabía que estaba reaccionando como una nena, aunque era difícil evitarlo cuando las rarezas no dejaban de acumularse en su vida. Si al menos algo la previniera… Sacudió la cabeza para olvidar las palabras de Nesi, solo unos minutos antes de que ella entrara allí por su propia voluntad.
   ―Una trampa ―murmuró.
   ―Probablemente ―dijo el hombrecillo mientras se adelantaba para continuar con su examen.
   Micaela agradeció en silencio que no hiciera ningún comentario sobre sus advertencias previas. No soportaría que alguien más se pusiera en «plan Gilda». Dio una vuelta sobre el lugar.
   ―No puedo ver nada alrededor ―se inclinó de varias formas―. ¿Cómo salimos?
   ―Creo que será mejor no movernos mucho ―Nesi regresó junto a ella―, sino nos perderemos.
   ―¿Otro laberinto?
   ―Tiene sentido ―asintió Nesi.
   Micaela revolvió su corto pelo y suspiró. El bolso colgaba lánguido a su lado y ella dejó caer los hombros hacia delante.
   ―Encontraré la salida ―dijo Nesi―, no se preocupe.
   Micaela asintió en silencio, repetidas veces y se hizo a un lado, se dedicó a mirar hacia la calle por la pequeña rendija disponible en ese enjambre de hojas. Vio que alguien se acercaba caminando por la acera de enfrente. Se acercó más, tratando de no tocar las plantas a su alrededor, todavía le ardía el cuello. Se lo masajeó distraídamente.   


Libro II - Capítulo IX - pag 2


   Cuando vio que la persona en la calle de enfrente era Mariana perdió su resolución de prudencia y separó las hojas frente a ella para ver mejor. Su amiga caminaba con bríos, con decisión, inclinada hacia adelante.
   ―¡Mariana! ―se inclinó todavía más hacia delante, las hojas rozando sus orejas.
   ―Cuidado, señorita ―Nesi tiró de la botamanga de su pantalón.
   Micaela se contuvo de dar otro paso, pero siguió gritando el nombre de su amiga. Mariana desapareció de la vista, es decir, de todo lo que permitía ver la pequeña rendija entre la población verde.
   ―Uf, se ve que no puede escucharme ―Micaela frunció el ceño―. Está sola, ¿qué habrá pasado con los demás?
   ―No me asombra que los haya dejado ―bufó Nesi―, la bruja es muy imprudente.
   ―¿Por qué te cae tan mal? ―miró hacia abajo, el hombrecillo se mantenía junto a su pierna derecha.
   ―No es ella, sino que los brujos… digamos que no siempre son amables con los seres mágicos ―frunció los labios―, demasiado soberbios.
   ―Tal vez deberías tomarte un tiempo para conocerla, creo que ella no es tan mala ―sonrió con gentileza―. Debe de haber sido difícil crecer bajo la sombra de su abuela y ser la menor de tantos hermanos.
   Micaela alzó la vista justo para ver otra vez a su amiga caminando por la acera de enfrente, esa vez en sentido contrario. Avanzaba todavía con más decisión y Micaela estaba segura de que iba refunfuñando por lo bajo.
   ―Debe de estar buscándome.
   ―Va a ser difícil que nos vea estando dentro de esta trampa.
   Mariana despareció de la vista y, poco después, volvió a aparecer caminando hacia el otro lado. Micaela hizo señas con grandes aspavientos, sin dejar de gritar su nombre.
   ―Sí ―se desinfló―, parece que no nos ve.
   ―Parece ir concentrada en otra cosa ―Nesi se había subido a su hombro otra vez―, ni siquiera mira a los costados. Esa bruja es poco atenta a los detalles, así no nos encontrará nunca.
   Micaela vio pasar a su amiga de nuevo, cada vez caminaba más rápido y ahora ya gesticulaba con los brazos y se notaba que refunfuñaba con furia. En un momento se decidió a cruzar la calle, pero a la mitad, de repente estaba volviendo hacia la acera de enfrente. Micaela se frotó los ojos. Mariana se detuvo y se dio la vuelta, parecía tan sorprendida como ella.
   ―Creo que está atrapada ―murmuró Micaela―, en esa calle que nos habían comentado, de la que no se puede salir.
   ―Entonces no hay nada que hacer ―Nesi saltó al suelo―, ella deberá salir de su trampa sola, y nosotros de la nuestra.
   Tras una última mirada, Micaela suspiró y se volvió para enfrentar su propio reto. La vegetación parecía no haber cambiado mucho, era una cerca bastante cerrada, ni siquiera se podía ver el cielo arriba, aunque se filtraban débiles rayos de sol. Las plantas eran muy similares unas a las otras, como si no se trataran más que de una simple repetición y otra vez, una y otra vez. Micaela sintió que se mareaba.
   ―Creo que deberíamos tratar de… ―comenzó Nesi, cuando ella pasó caminando con bríos a su lado
.

Libro II - Capítulo IX - pag 3


   Micaela se internó en la vegetación con decisión. Apartaba cada planta que se ponía en el camino, a veces lanzando pequeñas chispas blancas por las puntas de los dedos. Nesi se apresuró para no quedarse atrás. Era difícil para él dar grandes saltos en toda esa maleza, así que debía dar unos cortos y más rápidos.
   ―No creo que sea prudente ―jadeó.
   ―No tenemos tiempo para la prudencia ―Micaela apartó otra planta y quebró una de sus ramas―. Mariana está atrapada, no sabemos dónde están los demás y debemos salir de aquí. O al menos encontrar algo de lo que vinimos a averiguar, si esta es realmente la casa que buscábamos.
   El jardín parecía extenderse durante kilómetros, aunque siempre mostrara un paisaje muy similar. Nunca se veía exactamente igual, pero la sensación de estar en el mismo lugar era innegable. Micaela no se detuvo un momento, caminó y caminó, evitó raíces que salían del suelo, plantas que se extendían como murallas. Solo se detuvo un momento cuando le dolieron demasiado las piernas. Notó que Nesi respiraba agitado. Le tendió la mano y dejó que trepara a su hombro, luego siguió caminando.
   Las plantas eran cada vez más frondosas y las ramas pronto comenzaron a parecer gruesos troncos. No tenía idea de cómo podían haber tantos árboles en el jardín de una casa, pero no tenía sentido pensar en ello. Lo más probable era que se tratara de una ilusión. La misma imagen que no paraba de repetirse, aunque variara un poco cada vez.
   Se empecinó en caminar más rápido. La luz se estaba atenuando a su alrededor, pero no podía estar segura de que se debiera a la caída del sol, sino al aumento del follaje. Nesi cada tanto le daba alguna indicación o la prevenía cuando estaba a punto de tropezar. El verde se condensaba en torno a ellos, lo que dificultaba el avance en forma progresiva.
   Pronto volvió a sentirse cansada y su paso perdió velocidad y decisión. Uno de los pies se enganchó en una de las raíces que sobresalían del suelo y cayó hacia delante, sobre sus manos. Escupió las hojas que se le habían pegado a la boca. Se levantó, pero las plantas volvieron a hacerla caer. Luchó durante unos minutos antes de rendirse.
   ―¿Es que no hay plantas amables? ―dijo tirándose de espalda con los brazos abiertos, la respiración acelerada.
   Nesi estaba parado cerca de su cabeza.
   ―No son plantas normales, fueron manipuladas ―frunció el ceño―. Una de las tantas cosas imperdonables que hacen los brujos.
   ―¿Y la otra? ¿La de la ventana?
   ―Una triste excepción ―Nesi desvió la vista.
   Micaela trató de ponerse de pie otra vez, pero las raíces habían aprisionado sus piernas. Tiró de ellas, pero era imposible destrabarlas. Al final, intentó lo que había hecho con el Golem. Cerró los ojos y se concentró, tratando de ignorar la sensación de soledad.
   «Es tonto esperar la voz de Mariana o algún otro ―se dijo―. Nunca antes había necesitado tener gente en mi cabeza.»
   Buscó la energía blanca que se mantenía latente en su mente, tenía su propio pulso, el cual todavía iba un poco descoordinado del de su corazón. Hundió las manos en las níveas y curvas paredes.
   De golpe, se sintió liberada. Suspiró y amagó con ponerse de pie, pero entonces el bosque a su alrededor desapareció y ella estaba dentro de un cuarto oscuro e infestado de olor mohoso a encierro. Se levantó, para lo cual aprovechó la tenue luz que se difuminaba a su alrededor. Cuando se apagó del todo, quedó sumida en la oscuridad.

Libro II - Capítulo IX - pag 4


   Sin embargo, era capaz de sentir las paredes en torno a sí, más próximas de lo que deberían estar en cualquier cuarto normal. Se volvió con cuidado, para tratar de no tropezar con nada. Por el rabillo del ojo captó un movimiento aún en toda esa negrura. Se acordó de las sombras, las que casi la habían ahogado en la plaza, pero no oía su murmullo. De todas formas, no le fue posible contener un escalofrío.
   Estiró los brazos y tanteó a su alrededor. No dio con nada sólido, pero sintió que algo se le enredaba entre los dedos. Era tenue y viscoso, como una telaraña. Se limpió las manos agitándolas nerviosa y después frotándosela por los vaqueros. Lo único que se oía era su propia respiración jadeante. Sabía que estaba sola, pero no pudo contener la necesidad de confirmarlo.
   ―¿Nesi? ―susurró.
   Su voz retumbó, como si estuviera al pie de un gran precipicio. Cerró los ojos y dio tres grandes inspiraciones. Volvió a abrirlos, aunque eso no significara nada en la oscuridad que la rodeaba. Estiró los brazos otra vez y dio un paso vacilante. Otra vez algo se le enredó entre los dedos, esta vez no era pegajoso, sino que parecía suave, afelpado y con la leve rugosidad de la hoja de una planta.
   ―No otra vez ―suspiró.
   Llamó la energía que sentía bullir dentro y sintió que le cosquilleaban los dedos. Trató de apartar de su mente la facilidad con la que la estaba llamando a cada rato. Todavía no estaba segura de querer acostumbrarse a ello.
   Resopló y apartó esos pensamientos. La habitación se iluminó por un momento y luego se volvió más oscura, más asfixiante. No había podido ver nada en ese breve instante de claridad. Las paredes se sentían todavía más cercanas y el suelo comenzó a hundirse.
   Micaela trató de asirse de algo, pero todo lo que proveía algún agarre también se le clavaba en las palmas, en los brazos. Atravesaba las gruesas mangas de su pulóver. Sintió que un líquido caliente le resbalaba por las muñecas. Intentó con más furia asirse, mientras el piso desaparecía a sus pies y sentía la brisa corriendo bajo las plantas de sus pies.
   Cayó sin fin, hasta que sus manos y rodillas golpearon contra un duro suelo. Perdió la respiración por unos segundos. Fuertes calambres le recorrían los brazos y las piernas. Se puso de pie temblando, otra vez estaba en una habitación opresiva y oscura. Tal vez fuera la misma. Inspiró otra vez, ruidosamente, y extendió los brazos, dio un paso adelante y otro, con decisión. Sus dedos chocharon de nuevo con esa sensación afelpada.
   El suelo volvió a disolverse y ella cayó emitiendo un alarido que le rajó la garganta. Sintió cada segundo de la caída. Esa vez se desplomó sobre uno de los lados y le retumbó el hombro y el codo derecho. Se levantó otra vez, llamó la energía a sus manos y a sus pies, y dio otro paso. El piso tembló, y se abrió.
   En esa ocasión, golpeó el piso de espaldas, lo que le quitó todo el aire de los pulmones. Cuando lo recuperó, gritó. Gritó varias veces su frustración. Y esa vez no se levantó, se quedó de espaldas en el piso, con la oscuridad pendiendo sobre ella. Cuando comenzó a calmarse, cerró los ojos. ¿Se rendiría?
   «¿Es eso realmente lo que voy a hacer: rendirme? ―pensó―. ¿Y defraudar a mamá, a todos los demás?»
   Y a ti, le dijo otra voz, que quiso que fuera externa, pero sabía que era suya. Una parte de ella que estaba decepcionada consigo misma
.

Libro II - Capítulo IX - pag 5


   Apretó los párpados e inspiró. Trató de recordar la clase de meditación que parecía estar en un pasado muy lejano. ¿Qué era lo que esa mujer había tratado de decirle? No podía recordarlo, ni tampoco lo que le había dicho Mariana cuando lo había intentado.
   Las paredes se sentían cercanas otra vez, el suelo se desvanecía, el miedo se arremolinó en su estómago. Así que se concentró en él, dirigiendo su respiración hacia esa zona. El aire comenzó a fluir de a poco, dentro y fuera de ella, y pudo olvidarse de las paredes y del piso disolvente bajo ella. Solo se concentró en su propio cuerpo y en el aire que circulaba por él.
    Por fin comenzó a relajarse y el lugar ya no parecía tan amenazante. Abrió los ojos y escudriñó la oscuridad. Aún no encontraba la salida, no tenía idea de donde pudiera estar, pero intentaba aceptarlo sin enfurecerse. Volvió a bajar los párpados.
   ―Simplemente, aceptar ―susurró―. Solo aceptar.
   ―Esa es la respuesta, pequeña.
   Micaela abrió los ojos de repente y se incorporó sobre los codos, le sonó la espalda con un ruido que colmó la habitación. Una habitación que estaba iluminada en ese momento y tuvo que cerrar los ojos y desviar la cara durante un segundo.
   Cuando le fue posible enfocar la mirada, vio que el hombre de los tatuajes estaba inclinado sobre ella.

*Fin del capítulo IX*
Brujas Anónimas - Libro II - Capítulo IX