SINOPSIS


   Brujas Anónimas es una blognovela orientada a un público juvenil y con una temática fantástica. Se desarrolla en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Sigue la historia de Micaela, una joven universitaria que un día descubre, a su pesar, la existencia de una sociedad paralela dentro de su propia ciudad.














sábado, agosto 09, 2014

Libro II - Epílogo - pag 1


(Debido a la extensión de los capítulos, se publican en varias páginas.)
   La explicación a Gilda, que los esperaba levantada y con varias pociones y cremas curativas, fue bastante escueta y sin emoción. Mariana se despertó poco después de que terminaran de arreglarle la muñeca.
   ―Tardará unos días en curarse ―dijo Eva―, no la fuerces mucho.
   ―Está bien ―refunfuñó Mariana mientras se incorporaba.
   ―Te dijo que descansaras ―dijo Diego.
   ―¿Estoy sentada o no? ―Mariana suspiró con fuerza―. No puedo creer que me lo haya perdido todo.
   ―No fue tan emocionante ―dijo Sebastián―, excepto lo que hizo Micaela.
   ―¿Un látigo? ―se iluminaron los ojos de Mariana―. ¿En serio? Vas a tener que mostrármelo.
   ―Será en otra ocasión ―dijo Gilda con rigidez―, me preocupa más la información que dio ese vampiro.
   Micaela se removió en su asiento. No había creído que Eva hubiera escuchado tanto de la conversación, y no quería preguntarle. Lo que más le molestaba era que no había dudado ni un segundo en compartirla con los demás, sin preguntarle.
   ―Se ve que saben más que nosotros ―dijo Andrés con una mirada de reprimenda a su suegra―, más que las matriarcas.
   La abuela se acomodó la ropa. No contestó, pero se notaba que estaba muy enojada.
   ―¿Qué información? ―preguntó Mariana.
   ―Según dijo este vampiro ―explicó Diego cuando los demás dudaron en hablar―, tienen una lista de los posibles candidatos a ser portadores de la luz y los tienen vigilados. Como el vampiro que trabajaba con Micaela.
   Las jóvenes intercambiaron una mirada sin poder evitarlo.
   ―¿Qué sucede? ―preguntó Federico.
   ―¡Qué entrometido! ―suspiró Mariana, pero se volvió a su abuela―. Eso va de acuerdo a lo que dijo la primera vampira que interrogamos.
   ―Es peor ―dijo Eva―, porque entonces pensábamos que se debía a que Micaela era la elegida, pero ahora sabemos que la vigilaban desde antes.
   ―¿No era que no se sabía cómo pasaba el poder de una persona a otra ni por qué eran elegidas? ―dijo Andrés.
   Gilda apretó los labios.
   ―Es obvio que necesitamos conseguir más información.
   ―Hay algo más ―intervino Diego, con el ceño fruncido―, por lo que cuentan, nunca hablan en singular ―se volvió hacia su abuela―. ¿Hay más de un portador a la vez?
   ―Como dije ―bufó Gilda―, necesitamos más información y no la conseguiremos aquí. Ahora tenemos que descansar y mañana veremos cómo continuar.
   Todos se levantaron con desgano de sus asientos. Despidieron a los amigos de Eva y Andrés y después, cada uno, se dirigió a su propia habitación.
   Federico siguió a Micaela y a Mariana hasta el cuarto de su hermana y les sonrió cuando ellas le cerraron la puerta en la cara.
   ―Tu hermano está raro.
   ―Sospecha ―murmuró Mariana― y no va a calmarse hasta que sepa algo.


Libro II - Epílogo - pag 2


   ―Tal vez deberíamos darle alguna información falsa ―Nesi se encogió de hombros cuando lo miraron―, a los humanos le encantan los secretos, no importa si son ciertos.

***
   Dos días después, fue el segundo funeral de Cecilia. Micaela y Marisa hablaron un poco con los padres de ella y Micaela se disculpó por no haber podido mantener el contacto. Se despidieron poco después, ellos estaban destrozados que apenas si escucharon lo que ellas les decían.
   ―Ya lo decidí ―dijo Micaela cuando volvía en el auto con Mariana y Marisa, el resto de la familia había decido concederles algo de espacio.
   Marisa la miró expectante, su hija inspiró profundamente.
   ―Lo acepto ―dijo con sencillez.
   Su madre tomó una de sus manos y la apretó levemente, con una sonrisa. Mariana tomó la otra, su muñeca casi recuperada.
   ―No lo harás sola ―dijo.
   Nesi asentía sobre el asiento, en el medio de las dos.
   El viaje de regreso fue mucho más tranquilo que el de ida, como si por fin el ambiente se hubiera despejado un poco. Cuando llegaron a la panadería, fueron directas a la puerta trasera y luego a la habitación de Mariana. Por suerte la casa estaba vacía excepto por Eva, que se llevó a Marisa a la cocina por un té caliente.
   Cerraron la puerta de la pieza, Micaela caminó uno de los escondites que habían elegido, sacó la caja y la colocó sobre el escritorio. Apoyó una mano sobre la caja, aún cerrada. Mariana se paró a su lado y también puso una mano sobre la tapa. Nesi saltó sobre el escritorio y se apoyó sobre un costado de la caja.
   ―¿La abrimos? ―dijo Micaela.
   Mariana sonrió.
*Fin del epílogo*
Brujas Anónimas - Libro II - Epílogo
 
 *Fin del libro II de Brujas Anónimas*
Brujas_Anonimas-cabecera
 

sábado, agosto 02, 2014

Libro II - Capítulo XI - pag 1


(Debido a la extensión de los capítulos, se publican en varias páginas.)
   Se sentaron en la sala con gesto solemne. Micaela tenía la caja sobre sus piernas, el bolso debajo de la caja, con la carpeta dentro. Nesi estaba sentado sobre el brazo del sillón, a su lado, del otro, estaba Mariana. La única persona que no se encontraba allí era Marisa y Micaela estuvo feliz de que así fuera. Ahora que se estaba recuperando no era momento para preocuparle con esa loca vida.
   ―Bien, madre ―dijo Eva―, ya basta con el suspenso.
   ―Me gustaría primero escuchar cómo les fue con su búsqueda.
   Todos se volvieron hacia las chicas. Micaela se aferró a la caja, fue Mariana la que tomó la palabra.
   ―Muy bien, encontramos a la casa de la mujer y al hombre tatuado ―miró de reojo a Sebastián, quien continuaba refunfuñando―. No vamos a poder volver, porque ella volvió a ocultarla, esta vez de forma más permanente. Pero se sorprendió de que no hubiera aparecido el mentor de Micaela. ―Señaló la caja. ―Dijo que su contenido nos ayudaría a encontrarlo.
   ―¿Y el hombre tatuado? ―preguntó Gilda.
   ―Un antiguo mentor ―se encogió de hombros Mariana―, al que no le fue bien, no dio más detalles, pero parece ser anterior a la mujer.
   ―No tenía mucha consistencia ―dijo Andrés.
   ―Casi como si fuera un fantasma ―agregó su esposa.
   ―Parece estar atado al subte ―dijo Mariana―, por lo empeñado que estaba en regresar.
   ―Bien, eso resuelve algunos temas ―asintió Gilda.
   ―¿Cuáles son las novedades? ―preguntó Micaela.
   La abuela le clavó la mirada y se acomodó la falda con parsimonia.
   ―Quiero que lo tomes con calma, como algo que es poco probable, más bien una trampa.
   ―¿Cuáles son las novedades? ―repitió Micaela con los dientes apretados.
   Gilda paseó la mirada una vez más por todos ellos.
   ―Bien, saben que uno de los temas que estábamos investigando era sobre el mentor.
   ―Eso lo hacíamos nosotras ―susurró Mariana, pero se calló con una mirada de su abuela y ambos padres.
   ―Tenemos muchos temas de los cuales ocuparnos ―inspiró Gilda―. Como decía, ese era uno de los temas, el otro fue el que nos comentaron ustedes, sobre el vampiro.
   Micaela se deslizó hacia el borde del sillón, centrando toda su atención en la regia mujer.
   ―Parece ser que es cierto que la estaban siguiendo a Micaela… y a otras personas. Todavía no estamos seguras de por qué exactamente, ya que no los convertían en vampiros, sencillamente los vigilaban. Aunque ahora todos parecen más concentrados en ti, todavía no dejan de prestar atención a los demás.
   ―¿Quiénes son? ―preguntó Andrés con el ceño fruncido―. ¿Brujos?
   ―Eso es de lo único que estamos seguros de que no ―inspiró Gilda, como si le molestase ignorar tantas cosas―. Pero no tenemos nombres ni fotos, solo información codificada que se refiere a ellos como sujetos.
   Micaela acarició el bolso bajo la caja. Sintió la mano de Mariana sobre su brazo, como si quisiera que dejara de moverse. Cuando levantó la vista, se dio cuenta de que su amiga no la miraba a ella, pero sí Federico. Así que se quedó quieta.
   ―¿Cómo podemos averiguarlo? ―preguntó Eva.
   ―Ya estamos en eso ―dijo con tirantez Gilda―, aunque no es esa la peor parte. Parece ser algo grande, algo que lleva mucho tiempo llevándose a cabo.


Libro II - Capítulo XI - pag 2


   ―Hay algo más ―dijo Eva.
   ―Sí ―Gilda volvió a concentrarse en Micaela―, es probable que tu amiga, no esté realmente… ―se acomodó en su asiento―. Puede ser que ellos la hayan convertido.
   ―¡¿Qué?! ―Micaela se puso de pie de un salto, el bolso y la caja cayeron con estrépito en el piso.
   ―No es nada seguro ―alzó las manos Gilda―, lo más probable es que se trate de una mentira para atraerte.
   ―Lo supieron todo este tiempo y no me lo dijeron.
   ―Calma, Micaela ―dijo Eva―, no sabíamos que…
   ―¡Claro que lo sabían! ―se volvió hacia la madre de Mariana―. Hace tiempo que los escuché hablando de ello. ¿Por qué no me lo dijeron? ¿Cómo voy a confiar en ustedes si no me cuentan nada?
   Eva le lanzó una mirada de reprimenda a su madre.
   ―Micaela ―intervino con calma Andrés―, no sabemos qué fue lo que escuchaste, pero puedes estar segura de que solo estamos tratando de protegerte.
   ―Debemos ir ―Micaela se mesó los cabellos―, debemos ir a buscarla.
   El silencio recorrió la sala, como si cada uno se lo pasara al otro con una mirada. Mariana se inclinó para recoger el bolso y la caja, la cual puso dentro.
   ―Aunque fuera verdad ―dijo lentamente Eva―, ella ya no sería…
   ―¿Qué importa? ―gritó Micaela―. Si hay una posibilidad de que esté viva, una sola, debo ir en su búsqueda. No puedo dejarla allí sola, no voy a abandonarla otra vez. ―Se puso las manos a la cintura y se balanceó de un lado a otro―. Y si no lo fuera, también tendríamos que ir por ella, ¿cómo vamos a dejar que sus padres ni siquiera tengan su… no puedan visitarla?
   ―Lo entendemos, Micaela ―dijo Eva―, en realidad lo hacemos.
   ―Debemos planear esto con calma ―intervino Gilda.
   ―¿Como la otra vez? ―rió amargamente Micaela―. Creo que tus planes no funcionan, esta vez iremos Mariana y yo nomás, nos podremos arreglar solas.
   ―Por favor, Micaela ―dijo conciliador Andrés―, solo queremos protegerte.
   ―Su método no funcionó la otra vez, ¿por qué no quieren reconocerlo?
   ―Lo hacemos ―dijo Eva―, esta vez lo planearemos todos juntos. Te aseguro que nos sentimos muy mal por lo sucedido y no vamos a volver a dejar que ocurra algo semejante.
   ―Vamos, Mica ―Mariana le puso una mano en el hombro, intentando que se sentara otra vez―, es mejor si somos muchos, no sabemos cuántos vampiros encontraremos allí. ―Miró a sus padres―. Esta vez se hará a nuestra manera, nosotras iremos al frente ―echó una ojeada a su amiga―, somos un equipo, ¿no? ―sonrió.
   Micaela la miró con fijeza y al fin suspiró. Asintió con un ademán cansado y se volvió a sentar. Mariana le devolvió el bolso.
   ―Está bien, pero no harán nada más sin consultarnos a nosotras.
   ―Cuenta conmigo ―Mariana le guiñó un ojo.
   La abuela las calibraba con la vista y, aunque fuera difícil creerlo, se vislumbró un atisbo de sonrisa en su rostro.
   ―No creo que todas las decisiones deban… ―comenzó Andrés, pero se calló cuando su mujer puso su mano en la rodilla.
   ―Hoy ya es tarde ―dijo Eva― y estamos cansados. Creo que sería mejor programarlo para mañana a la noche, así tendremos tiempo de convocar a algunos amigos
.

Libro II - Capítulo XI - pag 3


   ―Está bien ―dijo Micaela acariciando su bolso y sorprendiendo a los demás con la facilidad de su aceptación.
   Cuando se dio cuenta de que todos los demás la miraban, agregó:
   ―No quiero apresurarme y que salga mal.
   ―Bien dicho ―dijo Gilda.
   ―Entonces, prepararé la cena ―dijo Eva poniéndose de pie―, ¿por qué no descansan un poco hasta entonces?
   ―¿Qué hay de la caja? ―preguntó Diego.
   ―Sí ―dijo Sebastián―, después de pasearme tanto tiempo en el subte, me gustaría saber qué contiene.
   ―¿Qué tiene que ver eso contigo? ―frunció el ceño Mariana―. Tú solo tenías que encontrar al hombre tatuado y no lo hiciste ―sonrió―. La caja es para que la abra la protectora, o sea yo.
   ―Basta un poco con la arrogancia, Mariana ―dijo Andrés y se dirigió a su hijo―. Creo que deberíamos dejarlo para después, es mejor focalizarnos en el vampiro, mañana a la noche, y luego en el mentor. Si no apareció hasta ahora, puede esperar unos días más.
   ―Por una vez estoy de acuerdo con mi yerno ―dijo Gilda―, nos ocuparemos de la caja después. Por el momento, yo puedo guardarla en…
   ―Prefiero que la guarde Mariana ―dijo Micaela.
   Gilda bajó el brazo que había alzado. Se frotó los dedos entre sí como si quisiera limpiarlos.
   ―Ya veo ―murmuró―, no creo que haya ningún problema mientras que ella no haga ninguna estupidez.
   Todos se volvieron hacia Mariana.
   ―¿Cuándo hice yo una estupidez? ―enarcó las cejas y se puso de pie―. Vamos, Mica, podemos quedarnos en mi pieza hasta que esté la cena.
   ―Está bien ―la siguió Micaela―, pero primero quiero ver cómo está mamá.
   ―Yo podría nombrar muchas ocasiones ―se escuchó decir a Federico antes de que cerraran la puerta de la sala detrás de ellas.
   Estuvieron unos minutos con Marisa, quien estaba en la cama, pero con un bordado en las manos. Hacía años que Micaela no la veía a su madre con su hobby favorito.
   ―Voy en un minuto ―dijo Micaela a Mariana, quien asintió y saludó a Marisa antes de ir a su pieza, con Nesi pisándole los talones.
   Micaela cerró la puerta de la pieza, antes de volver a sentarse junto a su madre.
   ―¿Qué sucede, hija?
   ―Estuve pensando en lo que dijiste ―murmuró sin levantar la vista―, pero sigo sin poder evitar estar enojada.
   ―Es normal, trastornaron tu vida y lleva tiempo ajustarse. Además, lo que sucedió con Ceci…
   Micaela inspiró.
   ―Sus padres no dejan de llamarme y yo no les contesto.
   Marisa apretó los labios y esperó pacientemente a que su hija continuara.
   ―No sé qué decirles ―alzó la mirada, los ojos acuosos―, ellos deben de estar desesperados buscándola, no me imagino lo que debe ser que destrocen la tumba de ser querido, alguien que se fue demasiado pronto, sin sentido ―suspiró―. Yo sé lo que pasó, todo lo que pasó, pero no puedo decirles. Sé lo que verdaderamente sucedió y no puedo contarles nada. Si realmente soy esa persona que dices, ¿no debería decirles?

Libro II - Capítulo XI - pag 4


   Marisa acarició el rostro de su hija.
   ―Lo más difícil de la verdad, es que a veces, solo a veces, es mejor callarla para no hacer daño a las personas. En ocasiones, la auténtica valentía es silenciosa, simplemente prevenir el daño a los demás, aunque a uno se le parta el corazón.
   Micaela suspiró otra vez.
   ―No sé qué hacer, no sé qué hacer, má.
   ―Solo lo que te dicte tu corazón, hija mía, nada más. Incluso cuando te diga que te quedes inmóvil, ese tiempo también es valioso.
   Micaela se tragó las lágrimas.
   ―Mañana a la noche vamos a volver a salir.
   Marisa asintió, con un leve temblor en los labios.
   ―Ten cuidado.
   Micaela sonrió. Su madre nunca le hacía preguntas que sabía que no quería contestar. Siempre dejaba que fuera ella la que iniciara la charla, a menos que realmente la viera sufriendo.
   ―Gracias.
   ―¿Por qué? ―sonrió Marisa, sin dejar de acariciar el cabello de su hija.
   ―Por no llenarme de preguntas ―suspiró―, hay tanto dando vueltas ahora que no le encuentro sentido a nada.
   ―Ya lo harás, no te preocupes, ve de a poco, vive día a día.
   ―Supongo que no queda otra ―sonrió débilmente y se puso de pie―. Bueno, voy a pasar un rato con Mariana, nos vemos en la cena.
   ―¿Se están haciendo amigas, no?
   ―Sí, creo que sí.
   Micaela salió con lentitud de la pieza y cerró la puerta con dulzura. Apoyó la frente sobre la madera barnizada y suspiró quedamente.
   ―¿Cansada? ―preguntó Federico a su lado.
   Micaela se irguió.
   ―Un poco.
   ―¿Quieres ir a dar una vuelta? El aire fresco te vendrá bien.
   ―No, gracias, tengo algo que hacer con Mariana.
   ―¿Qué cosa?
   ―Algo de chicas ―dijo Micaela y encaró hacia la habitación de su amiga.
   ―Eso siempre suena misterioso ―sonrió Federico― e interesante.
   ―Y va a seguir siendo un misterio ―sonrió Micaela a la vez, mientras abría la puerta.
   Mariana se asomó y le frunció el ceño a su hermano.
   ―¿Qué haces aquí?
   ―Solo quería saber si Mica estaba bien.
   ―Está bien, gracias ―Mariana tiró de ella y amagó con cerrar la puerta, pero Federico metió la cabeza antes.
   ―Si es cosa de chicas, ¿qué hace él aquí? ―señaló con el mentón a Nesi.
   ―Él ni siquiera es humano ―Mariana empujó hacia afuera a su hermano―, no seas entrometido.
   Trabó la puerta con el cerrojo y después fue a su escritorio a buscar el polvo que había utilizada la otra vez. Lo roció en la puerta dos veces y murmuró unas palabras
.

Libro II - Capítulo XI - pag 5


   ―¿Crees que va a intentar escuchar? ―preguntó Micaela, que ya estaba sentada en la cama.
   ―Seguro ―suspiró Mariana y se sentó a su vez―, pero le va a resultar imposible, al menos por una hora. Después comienza a perder efecto.
   ―Bien ―asintió Micaela y sacó la carpeta de su bolso, que estaba sobre la cama de Mariana.
   ―Mica ―puso una mano sobre la de su amiga―, ¿cómo estás? ―Mariana frunció el ceño―. Es una pregunta que siempre suena mal, pero no hay otra.
   ―Estoy bien, es decir, todo lo bien que se puede estar. Mejor creo, ahora que podemos hacer algo para recuperar a Ceci ―suspiró―, lo que sea que vayamos a encontrar. Al menos podremos darles algo de paz a sus padres.
   ―Estoy contigo, no te olvides.
   ―Lo sé ―sonrió―. En toda esta locura, eres una de las dos cosas que tengo que agradecer.
   ―¿Solo soy una? ―enarcó las cejas Mariana.
   Micaela rió un poco. Nesi saltó sobre la cama.
   ―No eres la única importante, bruja.
   ―Eh… ―frunció los labios Micaela― en realidad, me refería a la mejoría de mi mamá.
   Entonces fue el turno de Mariana de reír, señaló a Nesi con el dedo.
   ―Arrogancia, ¿no?
   ―Perdona, Nesi ―Micaela se inclinó hacia él―, también estoy feliz de conocerte, no voy a negar que me salvaras varias veces.
   El hombrecillo pareció contentarse un poco, aunque aún se veía algo cabizbajo. Removió las sábanas bajos sus pies.
   ―En serio ―insistió Micaela y le tendió la mano.
   Nesi sonrió y le rozó un dedo con su mano, se estremeció de placer.
   ―¿Qué te pasa? ―frunció el ceño Mariana.
   Nesi pareció ruborizarse con ese tono amarronado que adquiría su rostro verde.
   ―Soy más sensible a la magia que tú, bruja, nada más.
   Las jóvenes intercambiaron una mirada, Mariana risueña, Micaela algo incómoda. Volvieron a prestar atención a la carpeta.
   ―¿Estás preguntándote lo que yo? ―dijo Mariana.
   ―Sí, pero la verdadera pregunta es ¿por qué tenía ella esta carpeta?
   Mariana se encogió de hombros.
   ―¿Porque buscaba lo mismo que los vampiros? Es decir, no lo mismo, pero sí debe de haber estado al tanto de la actividad de ellos.
   ―Puede ser ―dijo Micaela mientras hojeaba la carpeta, que no tenía muchos datos, solo fotos―, tal vez…
   Se detuvo en seco.
   ―¿Qué sucede? ―Mariana se inclinó sobre ella, Nesi también se acercó.
   Se quedaron en silencio unos minutos hasta que Micaela, lentamente, levantó la foto que no podían dejar de mirar. Era un retrato suyo, frente a la facultad.
   ―Creí que encontrarte en la plaza fue casualidad ―dijo Mariana.
   ―Eso fue lo que ella había dicho ―susurró Micaela.
   Se puso de pie y se paseó por la estrecha habitación. Se mesaba los cabellos sin dejar de murmurar para sí
.

Libro II - Capítulo XI - pag 6


   ―Todo es una gran mentira ―se volvió hacia Mariana.
   ―Yo no ―dijo ésta manteniéndole la mirada con fiereza― y quiero llegar al fondo de esto tanto como tú. No me gusta que me manipulen.
   ―No podemos confiar en nadie ―dijo Micaela, con un deje de tristeza en la voz.
   ―Solo nosotras dos ―se puso de pie Mariana.
   ―Nosotros tres ―dijo Nesi.
   ―Sí ―asintió Micaela y en ese momento golpearon a la puerta.
   ―¿Quién es? ―preguntó Mariana―. Con que seas tú, Federico…
   ―Soy tu madre.
   Mariana se apresuró a abrir la puerta.
   ―Solo venía a decirte que ya estaba la cena. ¿Por qué tenías la puerta sellada?
   Mariana bloqueó la vista mientras Micaela guardaba la carpeta con las fotos. Hizo grandes aspavientos para llamar la atención.
   ―Es por el entrometido de Federico, siempre dando vueltas por aquí.
   ―Ya sabes que la magia no es para frivolidades.
   ―No es frivolidad, solo quiero un poco de privacidad.
   ―Espero que no hayas estado haciendo ninguna tontería con la caja.
   ―¿Por qué creen todos que hago tonterías? ―abrió la puerta más―. ¿Quieres ver cómo está la caja? Mírala.
   Micaela ya había guardado la carpeta en el bolso, sobre la cama de Mariana, bajo las mantas deshechas. Eva miró la caja sobre el escritorio de su hija y luego echó un vistazo a la habitación. Mariana se le acercó y habló con por lo bajo.
   ―Mica necesitaba un momento a solas.
   ―Claro ―asintió Eva, más relajada―. Ya está la cena, chicas, después podrán dormir un poco.
   ―Bien ―le susurró Micaela a su amiga cuando pasó a su lado. Nesi se demoró un poco antes de seguirlas al comedor.
   La cena fue rápida, aún consistía en varios platos de comida, pero nadie los disfrutó realmente, ni siquiera Mariana. Todos parecían algo nerviosos. Terminaron de comer en media hora y se dispersaron.
   Micaela y Mariana regresaron a la habitación de esta última. Cuando llegaron allí, Nesi les dijo que había reubicado la carpeta, justo antes de que Federico entrara para buscarlas a ellas.
   ―Ese entrometido ―refunfuñó Mariana.
   ―Gracias, Nesi ―dijo Micaela.
  

***

   Durante todo el día siguiente estuvieron haciendo los preparativos para la noche. Se presentaron tres brujos más, amigos de Eva y Andrés. Decidieron ir a la estación de subte donde habían encontraron al vampiro la otra vez. Esta vez irían listos para enfrentar a un adulto y muchos bebés.
   ―¿Dónde están tus otros hermanos? ―preguntó Micaela mientras observaba los preparativos a su alrededor.
   ―Estudiando lejos ―se encogió de hombros Mariana―, visitan cada tanto
.

Libro II - Capítulo XI - pag 7


   Andrés las llamó poco después. Partieron hacia la estación Malabia en la misma camioneta que antes. Micaela no pudo reprimir los recuerdos de aquella noche y se mantuvo inmóvil en un rincón, abrazándose a sí misma. Mariana le hizo compañía en silencio.
   Una vez que llegaron, se apearon en forma ordenada. Micaela y Mariana iban al frente del grupo, franqueadas por Diego y Andrés. La entrada en el túnel del subte le resultó a Micaela demasiado familiar. Recorrieron los túneles hasta la nueva guarida del vampiro, lo encontraron casi bajo la estación Dorrego.
   La estrategia era sorprenderlos a ellos, pero no habían avanzado más de unos pasos dentro de la cueva, cuando se vieron rodeados de vampiros bebé. Andrés dio la señal para atacar, pero Micaela los detuvo.
   ―No, espera, quiero hablar con él.
   Los guiaron hasta donde los esperaba el vampiro adulto. Se veía tan grotesco como la última vez que lo vieron. Sus ojos se iluminaron cuando se posaron en Micaela y se relamió los labios.
   ―¿Dónde está? ―se adelantó Micaela, con Mariana a su lado.
   ―Acércate un poco más ―dijo el vampiro con un gesto lento y cuidadoso de su mano enjuta de largas uñas.
   ―Podemos oír bien desde aquí ―dijo Andrés.
   El vampiro nunca desvió la vista de Micaela. Se hizo a un lado de a poco, descubriendo una especie de tarima de piedra. Sobre ella, yacía Cecilia, como si estuviera durmiendo. Micaela corrió hacia ella.
   ―Mica ―Mariana fue detrás, con Nesi saltando a su alrededor.
   El vampiro agarró a Micaela antes de que llegara a mirar a su amiga. Sus manos eran fuertes tenazas alrededor de sus muñecas.
   Alrededor de ellos estalló el caos luego de un grito de Andrés.
   ―¡Mica! ―seguía gritando Mariana a su lado.
   Mariana intentó interponerte entre su amiga y el vampiro, éste la tomó de la muñeca y le torció el brazo. Micaela escuchó el ruido del hueso al romperse y el grito de Mariana. El vampiro la tiró contra la pared, la joven rebotó y quedó inconsciente en el suelo. Micaela estaba inmóvil.
   El vampiro jaló de ella, apartándola de la batalla. Micaela sintió que Nesi saltaba entre ellos, pero el vampiro se lo sacó de encima de un golpe. Ella todavía no podía moverse. Sintió el aliento fétido y cálido sobre su cuello. Notaba la roca de las paredes clavándose en la espalda, y los brazos atenazados por las largas uñas del vampiro.
   ―¡Micaela! ―escuchó que distintas voces la llamaban.
   La debilidad se acumuló en sus piernas, los brazos del vampiro era lo único que la mantenían de pie, clavada contra la pared. Comenzó a dejarse llevar.
   ―Sería tan simple ―susurró.
   ―Sí ―siseó el vampiro―, ríndete.
   Micaela cerró los ojos, se estaba adormeciendo otra vez. Esa vez volvió a encontrar los murmullos a su alrededor. Y de nuevo ella se estaba rindiendo. ¿Desde cuándo claudicaba con tanta facilidad? Nunca antes había sido así en su vida.
   ―Son ellos los que te hacen sentir así ―dijo la mujer, cuya voz apareció en su mente, tan nítida como si estuviera a su lado.
   ―¡Tú! ―dijo Micaela con voz ahogada―. Eres parte de todo esto, me mentiste
.

Libro II - Capítulo XI - pag 8


   ―No, te dije la verdad, tal vez no toda.
   Micaela se removió en los brazos del vampiro, todavía con los ojos cerrados. Sintió el roce de los dientes en su cuello.
   «¡Me usaste!» estalló Micaela en su mente y el vampiro se alejó un poco.
   «Bien ―dijo la mujer―, usa tu rabia, si eso es lo que te ayuda, pero no te dejes vencer. ¿Qué pasaría con tu amiga entonces?»
   Micaela se inmovilizó otra vez y el vampiro fortaleció su agarre. Ella vio el rostro de Cecilia en su mente, superpuesto por el de Mariana. Y volvió a escuchar el ruido del hueso rompiéndose.
   ―Otra vez no ―susurró―, esta vez no dejaré que suceda.
   ―Déjate ir ―murmuró el vampiro en su oído.
   ―No ―tragó saliva ella―, no, no voy a dejarme llevar.
   Se dio cuenta de que eso era prácticamente lo que había hecho desde que todo aquello había empezado. Se había dejado llevar, y eran demasiadas las veces que se había rendido a ese murmullo, cuando siempre había sido una luchadora. Ella había tomado el mando de su casa cuando su mamá enfermó, cuando eran solo ellas dos. Ella podía encargarse de las personas que amaba, hacía mucho que lo había decidido y no iba a cambiar esa opinión.
   «Bien ―dijo la mujer en su mente.»
   Los colmillos entraron de a poco en su cuello.
   ―Tú no eres mi amiga ―gritó Micaela abriendo los ojos―, me engañaste y no voy a dejar que le pase a nadie más.
   La mujer rió quedamente.
   ―¿Ahora eres una heroína?
   Micaela ya no sabía si la voz estaba en su mente o no, solo la oía a ella y se escuchaba a sí misma contestar en voz alta. Mientras trataba de alejar al vampiro de sí.
   ―Soy mejor que tú.
   ―Esa es una gran declaración.
   ―Soy una buena persona.
   ―Verás que es difícil permanecer así ―dijo con tristeza la mujer.
   ―Para mí no ―Micaela empujó al vampiro con fuerza, sus manos ardían y quemaron la enjuta piel de él.
   Su grito rechinó en sus oídos, pero ella no se detuvo. Hurgó por más de esa energía blanca en su mente, la llevó a sus dedos, como si fuera una soga.
   ―Un látigo ―susurró y lo enarboló contra el vampiro, que no dejaba de retroceder.
   Cuando sintió que se le acercaban los otros, los atacó con furia. Hasta que no quedó ningún vampiro bebé cerca. El adulto estaba retraído contra la pared. Cuando Micaela se acercó a él, éste desapareció detrás de la pared. Ella estaba por seguirlo, cuando escuchó que Eva la llamaba.
   ―Es suficiente, Micaela, será mejor que nos vayamos.
   Ella se dio la vuelta. Todos la miraban con la boca desencajada, algo asustados, algo incómodos. Dejó que el látigo desapareciera de sus dedos. Buscó con la mirada a Mariana, estaba en los brazos de su hermano, Sebastián.
   ―¿Está…? ―susurró.
   ―Solo inconsciente ―dijo Sebastián―, pero tiene la muñeca rota
.

Libro II - Capítulo XI - pag 9


   Micaela suspiró y luego, como si acabara de recordarlo, corrió hacia Cecilia. Andrés estaba junto a ella.
   ―Lo siento ―dijo éste―, solo está conservada, como un señuelo, pero nada más.
   Micaela tomó la mano de su amiga y cerró los ojos brevemente. Al menos se veía en paz y sus padres al fin podrían comenzar a rehacer sus vidas.
   ―Debemos irnos ―dijo Andrés.
   ―Está bien ―asintió Micaela.
   Los demás brujos ayudaron a transportar tanto a Mariana como a Cecilia. Cuando se estaban yendo, Micaela vio que uno de los vampiros bebé aún se movía. Se acercó con cuidado, con Nesi sobre su hombro.
   ―¿Qué sucede? ―se acercó Eva.
   ―¿Por qué me seguían? ―preguntó Micaela clavando un dedo en el hombro del joven en el suelo.
   El vampiro volteó la cabeza, entre estertores, Micaela agitó los dedos sobre su rostro, resplandeció con una luz blanca. El vampiro tembló. Micaela acercó la oreja a su boca.
   ―Con cuidado ―dijo Eva.
   Micaela apretó los labios y trató de mantener al vampiro fuera del ámbito de visión de Eva, sin que pareciera que lo hacía. Se concentró más, el aliento del vampiro le hacía cosquillas.
   ―Eras una de las posibles ―dijo con un hilo de voz.
   ―¿Posibles qué? ―susurró.
   ―De las posibles candidatas a ser una elegida ―tosió una sangre negra y espesa―, una portadora de la luz.
   ―¿Cómo lo sabes?
   El vampiro sacudió la cabeza y tragó saliva, o tal vez fuera sangre. Eva se acercó un poco más. Micaela no podía estar segura de cuánto escuchaba desde allí.
   ―¿Cómo lo sabes? ―insistió, concentrándose otra vez en el vampiro.
   ―Hay… una lista… ―su voz era cada vez más frágil― los adultos saben… nosotros los vigilamos.
   ―Entonces es cierto que el que trabajaba conmigo no era casualidad.
   El vampiro había cerrado los ojos, Micaela lo sacudió con fuerzas.
   ―No lo era ―susurró y sus ojos se volvieron a cerrar. Esa vez perdió todo el color que le quedaba a su piel y se le secó completamente.
   ―¿Quién está detrás de todo esto? ―preguntó Micaela, pero Eva le puso la mano en el hombro.
   ―Ya no puede contestar nada más ―esperó unos segundos antes de volver a hablar―. Debemos irnos.
   Micaela se levantó con lentitud y siguió al grupo sumida en sus propios pensamientos. Eva la miró con el ceño fruncido, pero no hizo ningún comentario. Diego y Federico cerraban la marcha.
   ―¿Qué fue eso que gritaste? ―preguntó este último cuando subían a la camioneta―. ¿Con quién hablabas?

Libro II - Capítulo XI - pag 10


   Micaela frunció el ceño.
   ―¿A qué te refieres?
   ―Cuando luchabas con el vampiro, parecía que hablabas con alguien, ¿qué decías?
   Micaela negó con la cabeza y centró su atención en Mariana.
   ―Déjala ―dijo Diego―, está confundida. Debe de estar agotada luego de la pelea.
   Federico entornó los ojos y no le quitó la mirada de encima durante todo el viaje. Algo que Nesi no se olvidó de susurrar al oído de Micaela. Ella levantó la vista hacia el hermano de Mariana. Federico le guiñó el ojo, pero Micaela no le devolvió la sonrisa.
 
*Fin del capítulo XI*
Brujas Anónimas - Libro II - Capítulo XI