SINOPSIS


   Brujas Anónimas es una blognovela orientada a un público juvenil y con una temática fantástica. Se desarrolla en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Sigue la historia de Micaela, una joven universitaria que un día descubre, a su pesar, la existencia de una sociedad paralela dentro de su propia ciudad.














Aviso

Este blog cierra sus puertas en enero 2018.
Muchas gracias a todos los que me acompañaron durante estos años.

El último libro de la serie se publicará directamente en ebook.


sábado, diciembre 23, 2017

Brujas anónimas - Libro III - La pérdida


   ¡Buenas tardes!
   Hoy se terminó de publicar en el blog el tercer libro de la serie Brujas anónimas. Pero esas no son todas las novedades: Ya está disponible en ebook y tapa blanda.
 
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Libro III - Epílogo - pag 1


(Debido a la extensión de los capítulos, se publican en varias páginas.)
 
   Cuando estuvieron solas en la pieza de Mariana, esta se volvió hacia su amiga.
   —¿Ese es el libro de la casa en miniatura —sonrió a la vez que se sentaba en la cama con más cuidado del que en general mostraba— o sacaste otro más de la biblioteca?
   —El de la casa —dijo Micaela con la mirada baja—. Mira, lamento no haber confiado en ti, es solo que tu hermano siempre estaba ahí y yo…
   —Tenías razón —habló con dureza Mariana mientras desviaba momentáneamente la mirada— y yo no lo vi. —Volvió a concentrarse en su amiga. —Entiendo por qué podrías dudar de él y tal vez de otros de la familia, pero ¿de mí? Yo jamás te haría algo así, Mica, ¡jamás!
   —Lo siento, debería haberlo sabido, es solo que yo… tenía miedo.
   Mariana suspiró.
   —Debemos hacerlo mejor esta vez, no podemos dejar que nos separen —sonrió con más confianza—, somos nosotras contra el mundo.
   Micaela sonrió a su vez y se sentó también en la cama. Alisó las mantas con las manos.
   —Lo primero que haremos será buscar a Nesi —miró hacia la puerta cerrada—, no podemos esperar a que terminen de decidirse o a que lo hagan las matriarcas.
   —Claro —dijo Mariana con seriedad—, espero que Federico no le haya hecho nada.
   Micaela asintió. Miró a su amiga que se veía muy pálida, lo que se remarcaba todavía más con su vestimenta oscura, como sus ojeras. El pelo todavía se veía descolorido. Micaela se preguntó cada cuánto se lo teñiría. Estuvo a punto de preguntárselo cuando sus ojos se deslizaron hacia la herida del cuello y por un momento le pareció ver una sombra allí, pero pestañeó y ya no estaba.
   —Lo salvaremos —afirmó Mariana.
   —Sí —hizo eco Micaela, y agregó para sí:
   «Y también te salvaremos a ti. Lo que te sucedió es mi culpa, como lo fue lo de Ceci, y no voy a dejar que vuelva a suceder. Seré la luminosa que todas quieren que sea, no importa cuánto me disguste, cumpliré mi deber. Pero no puedo hacerlo sola, ya lo entendí.»
   —¿Mica? —la voz de Mariana sonaba tentativa.
   —¿Qué?
   —Mmm, lo lamento…
   —Ya lo sé, no hace falta que sigas disculpándote.
   —Creo que sí —dejó escapar un gran suspiro—, no pude encontrar la caja. Tal vez también haya sido Federico —sacudió la cabeza de un lado a otro con lentitud— y el único trozo de pergamino que nos quedó, lo tiene la abuela, creo que se lo dio a las matriarcas. —Levantó la vista hacia Micaela con una mirada algo tímida. —Lo siento.
   Micaela se tensionó un momento y luego lo dejó ir. Todavía tenía el libro sobre su regazo y mientras le acariciaba la tapa, recordó lo que había sucedido en la plaza, cuando casi había logrado leer aquel idioma. Y lo que había pasado con aquel joven…
   —No importa. Hay algo más que tengo que decirte, sobre el muchacho. No le conté todo a Gilda. —Dio unos golpecitos a la tapa de libro. —Y también sobre esto.
   —Ya lo sabía —sonrió Mariana—, dime la mejor parte, amiga.
   —Solo para nosotras, amiga.
   Ambas asintieron mientras sonreían.
 
*Fin del epílogo*

 
 *Fin del libro III de Brujas Anónimas*
Brujas_Anonimas-cabecera
 

sábado, diciembre 16, 2017

Libro III - Capítulo XI - pag 1


(Debido a la extensión de los capítulos, se publican en varias páginas.)
 
   Cuando regresó a su propio cuerpo, se sintió muy dolorida y no pudo evitar dejar salir un gruñido al intentar ponerse en una posición más cómoda, algo que las ataduras no permitían. Con un salto, recordó donde estaba y abrió los ojos. Los vampiros bebé estaban todavía jugando a su misterioso juego, aparentemente concentrados solo en eso. No parecían haber escuchado sus gruñidos o no le habían prestado atención. ¿Cuánto tiempo habría pesado? Micaela no estaba segura, se sentía tan cansada que debían de haber sido varios minutos que se sintieron como horas. Pero el rescate estaba en marcha, la familia de Mariana estaba planeando el ataque, aunque Mariana ya estaba en marcha y sabía que no tardaría mucho en llegar.
   «Atolondrada», pensó Micaela, y no pudo evitar sonreír.
   Ahora solo quedaba aguantar hasta que la ayuda llegara. Se volvió a mirar al muchacho, tenía los ojos cerrados, parecía que todavía no había salido del trance en el que habían entrado los dos hacía unos minutos.
   Micaela esperó durante largos minutos, mirando el rostro compungido y los ojos cerrados del muchacho antes de darse cuenta de que estaba dormido. Por un momento, creyó que debería descansar, era obvio que lo necesitaba. Pero en ese momento era más necesario todavía que ambos estuvieran alertas, no tendrían muchas oportunidades y tenían que aprovecharlas al máximo. Se contorsionó para darle unas suaves patadas hasta que se despertara.
   —Eh, ¿qué pasó? —se despabiló el joven.
   —Te quedaste dormido.
   —Lo siento —se sonrojó—, estoy algo cansado.
   Micaela estuvo a punto de decir algo cuando vio las marcas en el cuello del muchacho.
   —¿Ellos han estado…?
   —Sí —sonrió débilmente el muchacho—, no lo pueden evitar.
   Micaela calló unos segundos, ¿qué se sentiría…?
   —No —murmuró y sacudió la cabeza.
   El muchacho la miró con una expresión inquisitiva.
   —Nada —dijo Micaela—, lo importante es que pude hablar con Mariana, ya viene para acá y también su familia, son brujos.
   La cara del joven se iluminó durante un instante antes de que el cansancio volviera a vencerlo.
   —Esa es una buena noticia, tal vez todavía podamos salir de aquí —echó un vistazo a los vampiros—, esperemos que los adultos tarden en regresar.
   —¿Por qué estás aquí?
   —¿Quieres decir por qué estoy todavía vivo? Supongo que esperan que les diga dónde están los otros.
   —¿Quiénes?
   —Los mentores —suspiró— o al menos los que quedan.
   —Nosotros también estamos buscando, pero no logramos dar con ninguno.
   —¿Hay otros como tú?
   Micaela sacudió la cabeza.
   —No, solo conozco brujas y brujos, y bueno, una de ellas es mi —sonrió con vacilación— protectora.
   —Bien —asintió—, algo es algo, por lo menos no estás tan sola, pero necesitas un mentor y tienes que averiguar porque tu antecesora tomó esa decisión.
   —Estaba en peligro.
   —Pero ¿estaba muriendo? Porque no entiendo por qué si no elegiría a alguien sin entrenamiento. Debe haber otra razón para que se sacrificara.
   —Ella me dijo —frunció el ceño Micaela— que no fue… que solo fue…
   —¿Cuándo hablaste con ella? ¿Todavía está aquí? O sea, sé que dijiste que… Mmm, sabes que existen los fantasmas, ¿no?
   Micaela cerró los ojos un momento.
   —Sí, conocí uno, pero ya no está y ella… también desapareció.
   El muchacho suspiró.
   —Entonces no queda más que averiguar —una vez más miró de reojo a los vampiros bebé que no les prestaba atención—, si te digo dónde podrías encontrar un mentor, ¿no se los dirás, no?
   —Claro que no.
   —Aunque te torturen.
   —No le deseo a nadie ser presa de los vampiros —dijo con dureza Micaela—, no otra vez.
   El muchacho la miró con atención.
   —Ya veo. —Asintió. —Entiendes.
   Cerró los ojos otro momento, y Micaela dudó sobre si había vuelto a quedarse dormido.
   —¿Cómo podemos hacer esto? En general, debería poder pasarte ese conocimiento con solo tocarte, pero ya no me queda magia.
   —¿Los mentores tienen magia?
   —Sí, una especie de ella, así como los luminosos, no tan fuerte, pero nos permite conectar con ustedes y ayudarlos —suspiró—, pero ya no la tengo.
   —¿Qué sucedió?
   El muchacho hizo un gesto con la cabeza hacia los vampiros.
   —¿Por beber tu sangre?
   —No debería suceder, pero parece que encontraron una forma. Esto es muy diferente a la historia de siempre, están acabando con todos los mentores y consumen nuestra magia.
   —¿Cómo? ¿Por qué?
 
  


Libro III - Capítulo XI - pag 2


 
   —No lo sé —el muchacho se relamió los labios resecos.
   Micaela miró a los vampiros bebé, y notó la respiración agitada del muchacho.
   —Debes descansar.
   —No, mi tarea, al igual que la de los protectores es la de cuidar de los luminosos —sonrió— cuidar de ti.
   Micaela vio que el rostro del muchacho se volvía rojo y se le hinchaban las venas de la frente y el cuello.
   —¿Qué haces? —susurró ella.
   —Un último esfuerzo —gruñó él y estiró su brazo hasta rozarle la mejilla antes de caer laxo sostenido solo por las cadenas.
   Micaela sintió una quemazón que le entraba al cuerpo y le costó reprimir un grito. Cuando abrió los ojos, los vampiros bebé estaban a su lado. Uno de ellos examinaba al muchacho.
   —Ya no sirve —dijo y soltó la cabeza.
   —La tenemos a ella —dijo el otro.
   —No podemos, no tenemos que tocarla hasta que regresen.
   —No lo notarán —se adelantó un paso, pero el otro lo detuvo.
   —Sí, lo harán y no les gustará.
   El vampiro se acercó a ella relamiéndose los labios. Se acercó los suficiente como para que ella sintiera el olor agrio de su aliento. La olfateó como si fuera un perro y luego le lamió la mejilla.
   —Basta —dijo el otro—, te digo que lo notarán.
   —¿Y qué si notan un poco? Ella seguirá viva te lo prometo.
   —No me interesa saber qué me harán a mí si no es así —agarró al otro del brazo y lo lanzó contra una de las paredes. Micaela contuvo un jadeó.
   Mientras los vampiros bebé peleaban entre sí, Micaela observó el cuerpo laxo del muchacho que colgaba de las cadenas. Los vampiros bebé lo habían dejado allí. Simplemente, lo habían hecho a un lado con asco como si no fuera más que basura. Micaela tardó una eternidad en quitarle los ojos de encima, sin apenas registrar el ruido de la pelea entre los vampiros. Ya se le había pasado la sensación de lo que fuera que le hubiera hecho y no sentía nada más, no sabía nada que no supiera antes. Cerró los ojos con fuerza y apretó los labios. No tendría que estar allí, no tendría que haber intentado eso sola. ¿Qué pasaría si Mariana no llegaba a tiempo? ¿Cómo podría salir de allí? ¿Qué sucedería con su madre si ella…?
   No dejó que ese pensamiento terminara de formarse en su mente y abrió los ojos con un respingo. Tomó aire con fuerza como si hubiera estado bajo el agua y comenzó a retorcerse en las cadenas.
   —Quédate quieta —le dijo uno de los vampiros, el único que quedaba en pie.
   Pero Micaela no le prestó atención y continuó debatiéndose con las cadenas de sus muñecas, tendría que haber una forma de aflojarlas de la pared.
   —Te dije que te quedaras quieta —repitió el vampiro y cuando se acercaba para calmarla él mismo, aparecieron los demás vampiros y, detrás de ellos, el hermano de Mariana.
   Micaela se quedó inmóvil.
   —Federico —musitó.
   El vampiro más viejo se acercó a ella, había algo extraño en él, no estaba segura de haberlo notado antes. Contenía una oscuridad más allá de la propia de ese tipo de seres. Sus ojos eran dos vacíos negros. Micaela no podía dejar de mirarlo. Las sombras se arremolinaban alrededor de él. Ella sacudió la cabeza para despejar la mente, la luz blanca brillaba con fuerza, casi sin que ella tuviera que buscarla.
   —Interesante —ladeó la cabeza el vampiro— es solo una iniciada, aunque ya le hicieron un traspaso.
   Micaela estaba a punto de contestarle con algún insulto cuando vio detrás del vampiro el rostro de Federico.
   —¡Sabía que no podía confiar en ti! —gritó a la vez que sacudía las cadenas con más fuerza.
   El hermano de Mariana, en vez de amilanarse, dio un paso al frente, franqueado por dos vampiros.
   —Esto no tenía que terminar así, Mica, en serio que no, pero no tuve más opción, ya casi no quedan luminosos ni mentores.
   —¿Qué? —dijo Micaela y su pregunta resonó por la cripta y encontró un eco, que sonaba mucho a otra voz.
   Todos levantaron la mirada hacia el hueco por el que había entrado Micaela antes, allí había otra persona. Micaela frunció el ceño y entornó los ojos para tratar de discernirla.
   —¡No puedo creer que hayas traicionado a la familia de ese modo!
   —¿La familia? —preguntó el muchacho—. No soy nada para ellos, solo uno más de una larga lista de hermanos, no significo nada.
   —Eres un brujo, de una de las mejores familias de brujos —Mariana, en su fervor, se había adelantado hasta el borde mismo del risco—, la abuela Gilda…
   —La abuela Gilda —dijo él con sorna—, ella y las demás matriarcas solo nos impiden ser todo lo que podríamos ser. Los hombres atados a las reglas de las mujeres, ¿qué es un hermano más en un lugar donde los brujos no valen nada? Pues no será siempre así, yo lo cambiaré todo.
   —Eres un imbécil, siempre lo supe. ¿Acaso tú les entregaste a Mica?
   Micaela iba a negarlo, cuando vio que se adelantaba el vampiro más viejo, bajo él las sombras se arremolinaban. Y entonces comprendió.
   —¡Corre, Mariana! ¡Vete!
   Su amiga se volvió hacia ella con una sonrisa.
   —Vine a rescatarte y eso haré.
   —No, Mariana, no lo entiendes, ellos son…
   Pero antes de que pudiera terminar de hablar, los vampiros se lanzaron contra Mariana. Al segundo, una explosión de humo llenó la cripta, y luego otra y otra, hasta que ya no se podía ver nada. Se escucharon gritos y golpes. Micaela tosía entre la bruma, intentando ver algo más allá de sus narices. Sintió una mano sobre sus piernas.
   —No te preocupes —dijo Federico—, yo me quedaré a tu lado.
   Micaela sacudió las piernas.
   —¡No me toques! ¿Cómo pudiste? Todo este tiempo, mientras nosotros buscábamos a los mentores…
   —Nosotros hacíamos lo mismo —hizo un gesto de asco hacia el cuerpo del muchacho—, aunque no encontramos muchos.
   —¿Qué le hicieron?
   El muchacho se encogió de hombros.
   —Solo tomaron su sangre.
   —No, hay algo más.
   El joven la miró con atención y ladeó la cabeza.
   —¿Por qué lo dices?
   —Lo sé, lo siento.
   Él sonrió.
   —No tienes idea de lo que sientes. ¿Crees que soy tan tonto como mi hermana? Solo intentas que hable, pero como no me importa —volvió a sonreír—. Encontraron la forma de no solo beber su sangre, sino también su magia a través de ella. —Hizo un gesto con la mano—. Creo que fue en algún libro, de esos que mi hermana cree que no sirven para nada. ¿Pero sabes qué es lo que lograron?

Libro III - Capítulo XI - pag 3


 
   —Las sombras están dentro de los vampiros —murmuró Micaela.
   El hermano rio.
   —Pues tal vez sea cierto que eres más inteligente que mi hermana. No sé si eso lo adivinaste o te lo dijo él, si es que en algún momento lo adivinó —le dio un golpe al muchacho—, pero es así. Antes no podían mantenerse mucho tiempo así, pero ahora así.
   —Son corpóreas —jadeó Micaela—, ¿qué significa eso?
   —¿No lo sabes? —se puso de pie—. Pues ya lo verás.
   El humo seguía a su alrededor, pero se había oscurecido. No tardó mucho en escucharse un murmullo. Fue un sonido que nació desde los más graves que puede oír un humano y comenzó a elevarse a la vez que se hacía más rápido. Pronto las voces comenzaron a distinguirse, solo que hablaban un idioma que no era conocido. Sin embargo, Micaela lo sentía como familiar. Cerró los ojos y trató de concentrarse en él. Todo era negro a su alrededor. Negro y frío.
   Escuchó un grito, lejano y familiar.
   —Mariana —murmuró y abrió los ojos.
    Sacudió las cadenas con fuerza, pero no podía liberarse. Tampoco podía ver más que los ojos de los vampiros a su alrededor y las siluetas de algunos vampiros bebé. Ya ni siquiera distinguía al hermano de Mariana.
   —Mariana —volvió a murmurar y escuchó otro grito reverberar por la cripta.
   Cerró los ojos con fuerza y, temblando con todo el cuerpo, buscó la luz en su interior. La sintió caliente y solo entonces notó lo fría que se sentía. Se acurrucó alrededor de la luz hasta que el calor traspasó todo su cuerpo y luego dejó que la inundara. En vez de tomar un poco con la mano, se metió de lleno en ella, dejó que se le metiera por todo el cuerpo y volviera a salir como una erupción.
   Cuando abrió los ojos, la cripta ya se podía ver. Había algunos vampiros en el suelo a su alrededor, pero otros más allá la miraban con odio. El hermano de Mariana estaba al lado del vampiro viejo, y Mariana estaba a sus pies, el cuello desangrado.
   —¡No! —gritó Micaela y sintió que las cadenas se rompían.
   En ese mismo instante, escuchó varios gritos a la vez, y muchos cuerpos que caían sobre el suyo, clavándola en el piso.
   Micaela tardó unos momentos en darse cuenta de que todas las manos que tiraban de ella no lo hacían en la misma dirección y que no todas estaban frías. Tuvo que juntar toda su fuerza de voluntad para dejar de debatirse el tiempo suficiente para detectar a quienes pertenecían esas manos y quienes eran el verdadero enemigo. Intentar mirar alrededor no fue fácil, el lugar volvía a tener un poco de humo y las sombras reptaban por las paredes de la cripta. Además, el aliento inmundo de los vampiros tan cercanos le hacían llorar los ojos. Aun así, pudo distinguir que los brazos que tenía a su alrededor de su torso eran uno de Eva y otro de una de las matriarcas. En cambio, en sus piernas, se aferraban unos cuantos vampiros. Aunque no el más viejo, que estaba enfrentando a Gilda, Andrés y el resto de su familia. También había otras matriarcas que se defendían o atacaban al resto de los vampiros.
   Micaela sintió que tiraban con más fuerza de sus piernas y las uñas de los vampiros se le hundían en la carne. El tirón de Eva y las demás brujas no era mucho más suave. Se mordió los labios y volvió a buscar la luz. Esa vez la concentró en sus piernas. Poco después salieron todas disparadas hacia atrás, contra las rocas. Varias mujeres gruñeron antes de ponerse de pie y ayudar a Micaela. Ella quiso correr hasta donde estaba Mariana, pero no la dejaron.
   —Todavía no, debemos distraerlo —dijo Eva e hizo un gesto hacia el vampiro más viejo, el hermano de Mariana estaba detrás de él.
   Micaela endureció el gesto y avanzó un paso sin darse cuenta. Tenía los brazos liberados, en algún momento las matriarcas tendrían que haber soltado las cadenas. Miró al piso y vio el cuerpo del muchacho, al que nadie prestaba atención. Sintió que la furia la invadía y cerró los ojos en busca de su magia. Luego los abrió y los enfocó en sus manos mientras intentaba reproducir esa misma bola de energía que veía en su mente entre sus manos reales.
   —¡Ahora! —escuchó que gritaba Eva y no lo razonó, sino que sencillamente lo dejó ir.
   La explosión sacudió toda la cripta y cayeron algunos pedazos del techo. El polvo que se levantó la hizo toser y guiñar los ojos. Sin embargo, no tuvo tiempo de recomponerse, varias manos tiraron de ella.
   —Mariana —dijo con confusión mientras corría con torpeza.
   —Andrés la trae —le dijo Eva mientras la empujaba fuera, las sombras estaban llenando la caverna otra vez, aunque eran hebras que se arremolinaban hacia el centro.
   El vampiro estaba tirado en el suelo y se lo veía muy delgado. Federico estaba de pie a su lado, las sombras se arremolinaban a sus pies y, poco a poco, comenzaron a enroscarse en sus tobillos y subir por sus pantorrillas.
   Micaela jadeó y paró en seco.
   Eva se dio la vuelta para ver qué le había llamado la atención y se quedó inmóvil al ver a su hijo siendo consumido por las sombras.
   —No hay tiempo —dijo Gilda quién apareció de repente entre el polvo y los pedazos de roca que todavía caían del techo.
   Empujó a su hija con firmeza.
   —No puedo dejarlo.
   —Él hizo su elección —dijo Andrés, quien pasaba a su lado con Mariana inconsciente cargada al hombro.
   —Es nuestro hijo —suplicó Eva mientras veía cómo el muchacho se convulsionaba.
   —Ya no —dijo una de las matriarcas y ayudó a Gilda a llevarse a Eva de allí.
   Otra de las brujas empujó a Micaela y a duras penas subieron los escalones que los separaban de la casa por la que habían entrado. En el camino se encontraron con otros brujos que seguramente se habían quedado allí para mantener el camino de regreso despejado. Los ayudaron a subir y siguieron protegiendo la retaguardia hasta que llegaron a la casa en miniatura a tropezones.
   Una vez que estuvieron todos allí, encontraron a otra de las matriarcas que se acercó ansiosa y los contó.
   —¿Falta alguien?
   —Federico —dijo Eva y se volvió hacia la puerta, aunque no la dejaron acercarse.
   Otra de las matriarcas negó con la cabeza y la primera hizo una señal que puso a los brujos a trabajar de inmediato. En pocos minutos habían sellado la puerta por la que habían entrado.
   —No durará mucho —dijo uno de los brujos mientras se secaba la respiración—, tenemos que irnos de aquí. Además, amanecerá pronto.
   —Mariana —Micaela se acercó a su amiga, que seguía inconsciente.
   Su padre la llevaba en brazos, la cabeza caía contra su pecho.
   —Estará bien —dijo, pero su voz sonaba tensa.
   —No podemos quedarnos charlando aquí —los apresuró Gilda.
   —¡Nesi! —dijo Micaela de repente—. ¿Alguien lo vio? —se volvió hacia la puerta sellada. —Federico sabía qué había pasado con él.
   Gilda apretó los labios.
   —Debes confiar en él, Micaela, los duendes tienen muchos recursos.
   —Pero si estaba ahí, no podemos dejarlo.
   —Lo buscaremos después.
   —¡No! No podemos dejarlo, no podemos siempre dejar algo atrás.
   —Federico —murmuró Eva.
   —No —dijo Gilda e hizo un gesto para que miraran alrededor—, tenemos que cuidar a nuestros heridos. Ni siquiera sabemos qué le hicieron a Mariana, ni que le pasó a Federico. Jamás habíamos visto a las sombras actuar así. No estamos preparados.
   —No sabemos qué le ocurrirá para entonces —dijo Micaela, pero no sonaba tan convencida mientras miraba a su amiga y no dejaba de ver sobre ella el rostro de Cecilia, y a veces el de su propia madre.
   —Tenemos que tomar una decidió ahora —dijo uno de los brujos.
   —Nos vamos —dijo Gilda y, en varios grupos, fueron saliendo de la casa en miniatura a la mañana que comenzaba a amanecer. Solo con la renuencia de Micaela y Eva.
   Micaela no prestó atención.

Libro III - Capítulo XI - pag 4


 
   Unos días después estaban todos reunidos en la sala. La familia de Mariana estaba seria, Diego y Sebastián estaban sentados a cada lado de un nuevo hermano del cual nadie le había dicho el nombre a Micaela. Todos y cada uno tenían una mirada de resolución en sus rostros daba miedo. Por momentos parecían no poder creer lo que había hecho Federico, y no dejaban de preguntar si era cierto, aunque dos de ellos lo habían visto con sus propios ojos; y por otro querían encontrarlo y terminarlo con sus propias manos.
   Micaela solo quería encontrar a Nesi. Ahora que sabía que su madre estaba bien y que Mariana se recuperaría, solo le restaba saber por la salud del duende y cada día que pasaba se ponía más nerviosa. Sabía que si no se decidía nada en esta reunión, otra vez tendría que salir por su cuenta y ya se estaba cansando de ese ejercicio una y otra vez.
   —Debemos calmarnos y pensar esto racionalmente —dijo Gilda como siempre, sentada como una reina en su sillón individual.
   —¿Cómo podemos hacer eso, mamá? ¡Él es mi hijo! ¿Cómo pude no verlo?
   —Ninguno de nosotros lo hizo, por eso es que no debemos dejar que se nos nuble la mirada otra vez, tenemos que ser racionales.
   —Tú me lo dijiste, Mica, y yo no quise creerte —Mariana habló con un hilo de voz, tenía el cuello vendado, por lo demás se veía bien, aunque su pelo había perdido algo de su color característico.
   Micaela apretó los labios y no dijo nada.
   Su amiga inspiró y espiró con gran movimiento de los hombros.
   —No sabemos tampoco qué le hizo a Nesi —sacudió la cabeza de un lado para otro—, fallé de todas las formas posibles.
   Eva puso una mano sobre la de su hija.
   —Todos lo hicimos, sobre todo yo, debería haber…
   —No podemos empezar con eso —insistió Gilda—, ya revisaremos eso en el futuro para hacerlo mejor la próxima vez. Ahora debemos solucionar el problema presente. Debemos encontrar a Nesi, debemos saber cómo las sombras se volvieron corpóreas y debemos saber qué pasa con los mentores.
   Micaela vaciló.
   —¿Sabes algo? —Gilda se abalanzó hacia ella como un león sobre su presa.
   —Ese muchacho… él era un iniciado de mentor.
   —¿Un iniciado de mentor? —preguntó Diego.
   —¿Sabías que existían? —Andrés le preguntó a Gilda.
   La abuela negó con la cabeza y volvió a concentrarse en Micaela.
   —Cuéntanos.
   Micaela le contó lo que le había dicho el muchacho, aunque no lo que había hecho. También les dijo lo que le había contado el hermano de Mariana sobre las sombras y beber la magia junto con la sangre, aunque no dijo nada del misterioso libro. Creía que estaba relacionado con el que ellas habían encontrado en la casa en miniatura. Por suerte, el bolso se le había quedado enganchado a la espalda, ni siquiera había notado que le colgaba contra la pierna hasta que uno de los brujos se lo había hecho notar antes de salir de aquella casa. No parecía haber notado lo que llevaba ni nadie más.
   Mientras contaba con cuidado lo que le había contado el muchacho y cómo la había ayudado a contactar con Mariana. Sintió la mirada de su amiga sobre ella, y trató de hacerle entender que hablarían después, no sabía si lo había notado. Tal vez debería volver a practicar esa habilidad de comunicarse con ella mentalmente.
   Sacudió la cabeza ante ese pensamiento, ¿cuándo se le había vuelto tan normal pensar en esas cosas?
   —¿Estás bien, Mica? —preguntó Sebastián.
   —Sí, solo pensaba en… no sé cómo llamarlo —suspiró—, ni siquiera sé qué era, ¿un fantasma?
   —Proyección astral —sonrió Mariana con un poco de su personalidad de siempre, y volvió a apagarse de repente—, nunca lo logré.
   —Hablando de fantasmas —dijo el nuevo hermano—, me dijeron había uno, un hombre tatuado en los subtes, ¿realmente desapareció?
   —Sí —dijeron Mariana y Micaela a la vez.
   —Eso pasa con los fantasmas —descartó Gilda.
   —Ya lo sé, abuela —la interrumpió el joven, que ahora que Micaela lo miraba mejor, parecía ser el mayor de todos—, es solo que los fantasmas suelen ser buena fuente de información, pueden ir a lugares que lo demás no.
   —Lo entiendo, pero no contamos con esa opción en este momento. Ahora debemos concentrarnos en encontrar mentores y luminosos vivos, si es que queda alguno.
   —Y encontrar a Nesi —agregó Micaela.
   —Sí, pero tú no puedes hacerlo —alzó los brazos antes de que la interrumpieran—, ¿no te has visto a un espejo, no?
   —Brillas como nunca —dijo Sebastián con una sonrisa.
   —Ni siquiera hace falta concentrarse para verlo —agregó Diego.
   Micaela se miró las manos y también lo vio. Era la primera vez que veía su propio brillo.
   —Ya pasará —murmuró algo incómoda y poco convencida.
   —Hasta entonces, estarás más segura en la casa; de todas formas, Mariana también tiene que recuperarse.
   «Así que volvemos al mismo esquema», pensó Micaela y se recostó sobre el sofá.
   —No te preocupes, Mica —dijo Mariana a su lado—, estaré bien en seguida y saldremos a buscar a ese duende molesto.
   —Bien —Gilda se puso de pie—, tenemos mucho para hacer todavía y no podemos confiarnos, las sombras podrían dar el próximo paso en cualquier momento.
   Micaela y Mariana se levantaron para irse, mientras los demás se quedaban discutiendo los próximos pasos. Micaela no pudo evitar mirar a Eva, que estaba más callada de lo acostumbrados.
   —Vamos, Mica —insistió Mariana.
   Y ella la siguió, que los demás discutieran todo lo que quisieran e hicieran sus planes. Ella haría los suyos, todavía estaba sola, como sabía manejarse. Miró el cuello vendado de Mariana que caminaba delante de ella, pero tenía una amiga que había ido a rescatarla aún después de su pelea. No era una debilidad confiar en ella. Se irguió mientras la seguía a su pieza y cerraban la puerta para hacer sus propios planes.
 
*Fin del capítulo XI* 
 

sábado, diciembre 09, 2017

Libro III - Capítulo X - pag 1


(Debido a la extensión de los capítulos, se publican en varias páginas.)
 
   No había corrido ni la mitad del trecho que la separaba hasta su destino cuando sintió que se le erizaban los pelos de todo el cuerpo. Se detuvo sin poderlo evitar y miró hacia el costado. Varios pares de ojos estaban fijos sobre ella. Oyó a los vampiros relamerse, pero no los vio moverse.
   Micaela intentó seguir corriendo. Dos pasos después estaba rodeada de vampiros. Solo podía ver a los adultos, pero sabía que los demás, los bebés, estaban detrás, los podía sentir caminando detrás de los adultos, arrastrando los pies, haciendo resonar sus dientes. La recorrió un escalofrío.
   Pese a sus intentos, se había quedado inmovilizada, con una mano en puño y la otra aferrada a la tira de su bolso. Los vampiros estaban tan cerca que el olor era insoportable y le hacía lagrimear los ojos; sin embargo, se obligó a sí misma mantenerlos abiertos. El rostro que tenía cerca estaba tan consumido que casi queda la calavera. ¿Se trataría de uno de los más antiguos? No lo sabía, Mariana nunca le había dicho…
   Mariana...
   Pensar en su amiga le dio un poco de fuerzas, aunque la rabia se mezclara con sus recuerdos, y dio un paso hacia atrás. Entonces sintió una respiración sobre su cuello y por sobre su cabeza. Un escalofrío más violento que el anterior le sacudió el cuerpo, pero no se dio la vuelta, mantuvo la mirada erguida, mirando hacia delante. Sabía que tendría al menos tres vampiros detrás, pero ellos no se movían. ¿Acaso estaban esperando que ella hiciera el primer movimiento?
   Micaela inspiró con fuerza y se arrepintió al momento. El hedor era insoportable y no pudo evitar toser. Los vampiros se habían acercado imperceptiblemente, ella se sentía cada vez más ahogada. Cerró los ojos a su pesar y se concentró en la luz en su mente. Estaba tan cerca, podía tocarla con sus manos imaginarias, llegó hasta ella, sintió su calor, su electricidad, pero antes de alcanzarla, sintió las garras que se clavaban en sus antebrazos, sus hombros, e incluso en su cabeza.
   Aterrorizada, encogió los hombros hacia sus orejas en protección de su cuello, pero no sintió nada allí, sino que la elevaron por los aires y cuando fue capaz otra vez de abrir los ojos, notó que estaba en el centro de la cripta, contra la pared rocosa y encadenada a ella, junto al muchacho que ahora la miraba con los ojos agrandados.
   Micaela abrió la boca, pero fue capaz de callarse antes del primer sonido, al recordar quiénes estaban a su alrededor. Intentó soltarse las cadenas, pero estaban hundidas tanto en la pared como en sus muñecas. Apretó los labios para reprimir el dolor que le subió hasta el hombro cuando intentó zafarse.
   —Ahora tenemos dos —dijo uno de los vampiros bebé—, ¿podemos comernos a uno?
   —No —dijo con aspereza uno de los adultos—, todavía necesitamos cierta información; además, esta no es como el muchacho, huele diferente.
   —Es una luminosa —dijo otro de los vampiros, y los demás se volvieron a verlo, era el más decrépito y hediondo de todos.
   —¿Estás seguro? —preguntó otro de los vampiros.
   El viejo se acercó a Micaela, quien se apretó contra la pared, pero no pudo alejarse de él, y le lamió la mejilla.
   —Sí —dijo cuando volvió a alejar—, estoy seguro.
   Los vampiros adultos se alejaron para formar un grupo del cual excluyeron a los otros y hablaron en voces ajadas que se desintegraban antes de llegar a los oídos de Micaela. Por más que se esforzó, no logró escuchar nada. Además, la distraía la mirada del muchacho sobre ella. Tenía tantas ganas de hablarle, pero tenía que esperar la oportunidad en que nadie los oyera.
   Cada tanto algunos de los vampiros adultos miraban en su dirección y ella apretaba los labios hasta que le dolían los dientes. Poco después todos los vampiros adultos desaparecieron y solo quedaron un par de vampiros bebés que se alejaron de ellos para jugar a algo en el suelo. Se tiraban uno al otro unas especies de rocas que Micaela no quiso ni especular qué podían ser.
   Con cuidado, intentó moverse a una posición más cómoda, pero los brazos estaban demasiado altos y le tiraban de las axilas. Además, el bolso le había quedado entre la espalda y la pared y el libro se le clavaba en la baja espalda. Se rindió a los pocos minutos, cada movimiento le hacía más daño que otra cosa. Por otro lado, no quería que se dieran cuenta del libro que llevaba con ella.
   Cuando vio que los vampiros bebé no les prestaban atención, ladeó la cabeza para mirar al joven, que estaba con la mirada fija en ella.
   —¿Dónde está tu mentor? —preguntó él.
   Micaela parpadeó antes de susurrar.
   —No tengo.
   El joven pareció sorprenderse, pero rápidamente se desanimó y dejó salir un largo suspiro.
   —No sé por qué me asombro.
   —¿Quién eres?
  El muchacho tragó saliva y trató de acomodarse antes de contestar, hizo una mueca.
   —Soy un mentor, o casi, no había terminado el entrenamiento.
   —¿Entrenamiento? —frunció el ceño Micaela.
   —Sí, ya sabes.
   —No, no lo sé.
   —¿Dónde entrenabas?
   —¿Entrenar? —la voz de Micaela subió lo suficiente para que los vampiros bebé gruñeran, aunque no se volvieron hacia ellos—. Una loca se me tiró encima un día en una plaza y luego… —intentó hacer un gesto con la mano que le arrancó una mueca— luego esto.
  El muchacho frunció el ceño.
   —Eso no está bien.
   —Ya lo sé —dijo Micaela con los dientes apretados.
   —Debe haber sido una emergencia, tú eras la única opción. ¿Dónde está ella ahora? ¿O sea, ella…?
 
  


Libro III - Capítulo X - pag 2


 
   Micaela enarcó las cejas.
   —Ella no sobrevivió.
   El muchacho quedó pensativo.
   —Entonces debe de haber otro motivo —murmuró.
   —¿A qué te refieres?
   —Tengo que pensar.
   Micaela boqueó varias veces antes de poder hablar.
   —¿Pensar? Lo que tenemos que hacer es ver cómo salir de aquí.
   El muchacho se volvió otra vez hacia ella, sus ojos tardaron en enfocar.
   Pestañeó.
   —Bien, ahora es el momento, tardarán un par de horas en volver. ¿Sabes por dónde salir?
   —Sí —dijo Micaela, más animada.
   El muchacho asintió.
   —Libéranos.
   —¿Cómo?
   —Ya sabes.
   —No, no sé.
   —Ah, claro, sin entrenamiento, bueno, veamos —cerró los ojos un momento—, ¿cómo era eso?
   Micaela se mordió el labio, a la vez que miraba de reojo a los vampiros. Era imposible saber cuánto tiempo tenían. Observó al muchacho con ansiedad.
   Él cerró los ojos un momento y luego movió los labios como si estuviera recitando una lección de memoria. Abrió los ojos y la miró.
   —¿Tienes alguien a quién pedir ayuda? —la miró de arriba abajo—, no llevas ningún artefacto mágico… aunque ese libro.
   —Shhh —susurró Micaela—, ¿cómo sabes de él?
   El muchacho intentó encogerse de hombros y esbozó una sonrisa tímida.
   —Clases de rastros básico —suspiró—, si no tienes mentor va a ser un poco difícil que te lo explique, en general hay una conexión, ¿sabes? Entre ellos. Lo único que se le parece es una conexión con un protector. Ah —se desanimó—, pero seguramente tampoco sabes eso, los protectores son brujos que a veces se asignan a los luminosos, aunque no es lo más común… —la voz se le perdió—. ¿Qué pasa?
   Micaela vaciló.
   —Ten… tengo una protectora.
   Los ojos del muchacho se agrandaron.
   —¿En serio? —miró alrededor con sutileza—. ¿Dónde está? ¿Por aquí?
   —No —Micaela evitó su mirada—, no está aquí, tuvimos una… discusión.
   —Oh.
   El ruido de los vampiros se incrementó y se empujaron el uno al otro hasta que casi se volvió violento antes de calmarse de repente. Lucieron algo desorientado durante un momento y luego continuaron con su juego.
   Micaela miró al muchacho.
   —Oh, no son muy estables en este período. —Suspiró. —¿Crees que vendrá si la llamas? Creo que debería, nunca supe de un protector que se negara, bueno, solo…
   Micaela trató de removerse, pero era complicado en su situación.
   —No lo sé, supongo, no sé.
   —Podríamos intentar.
   —Pero no sé cómo llamarla, no tengo nada que…
   —Yo sí, puedo decirte cómo —echó un vistazo a los vampiros— tenemos que hacerlo rápido, no sabemos cuánto tardará en llegar a aquí.
   Micaela solo vaciló un momento más antes de asentir e intentar inclinarse hacia él lo máximo posible. El joven emitía un calor que era muy tentador y casi se queda dormida mientras escuchaba su voz calma que trataba de tranquilizarla y guiarla hacia la energía que bullía en su interior. Era muy diferente a como la había guiado Gilda en otras ocasiones. Casi podía sentir que la llevaba de la mano, aunque sabía que no estaban lo suficientemente cerca como para tocarse. La sensación era tan real que no pudo evitar mover los dedos y sentir cierta decepción al notarlos vacíos.
   Se concentró en la voz del joven y en la sensación envolvente de sentirse protegido. ¿Cuándo había sido la última vez que se había sentido así? Notó que las lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas. ¿Por qué lloraba?
   —Vas muy bien —murmuró el joven—, los sentimientos son una de las puertas.
   Pero no podía dejarse llevar por ellos, si perdía el control…
   —Tienes que dejarte llevar por ellos, te guiarán hacia tu protectora, están conectadas por la… —vaciló— amistad.
   Sí, lo estaban, por más que estuviera enojada con ella, decepcionada tal vez. Todavía la sentía como una amiga. No le fue difícil ver su rostro en su mente, sentirla con una intensidad todavía mayora a la del joven, Mariana podría estar allí por lo que ella sentía, a su lado, casi podía tocarla, oír su voz, la veía…
   Micaela abrió los ojos.
   —No —se apresuró a decirle—, no abras ahora los ojos, no lo pierdas la conexión.

Libro III - Capítulo X - pag 3


 
   Ella se apresuró a volver a cerrarlos y concentrarse en su amiga, que ya se estaba alejando, pero pudo agarrarla antes de que se desvaneciera. Esta vez le resultó más fácil acercarla a ella. Estaban juntas, paradas en el pasillo que llevaba a su habitación. Podía volverse y ver todo lo que sucedía allí. Mariana no estaba calmada, nadie estaba calmado.
   Micaela estaba parada al lado del Mariana como ¿un fantasma? ¿una proyección? No lo sabía, solo sabía que estaba a su lado y que esta obviamente no la veía, no notaba su presencia. Pero Micaela podía ver todo lo que sucedía, incluso ir hacia donde iba su amiga. Mariana había revisado toda su pieza hasta dejarla de cabezas.
   Nesi, Nesi llamaba a cada rato, pero no había rastro del duende por ningún lado.
   Micaela sintió una opresión en el pecho y casi pierde la conexión.
   Concéntrate, oyó la voz del muchacho en su mente y volvió a enfocarse en su amiga, no podía dejarla ir, tenía que hacerle saber dónde estaba, tenía que pedirle su ayuda, si todavía estaba dispuesta a dársela.
   Finalmente, Mariana pareció decidir que no le quedaba otra opción más que ir en busca de su abuela. Micaela la siguió hasta la sala, donde Gilda estaba con Eva. La abuela no esperó a que terminara de entrar para preguntarle por Micaela.
   —Mmm —Mariana desvió la mirada—, no sé dónde está.
   —¿Cómo que no sabes? ¿No habías ido a buscarla? ¿Qué estuviste haciendo este tiempo?
   Mariana levantó ambas manos y dio un paso atrás.
   —Eh, abuela, mira, revisé la casa en miniatura a conciencia, pero no encontré nada, ni siquiera un rastro que indicara que Micaela haya estado allí recientemente. O sea, me refiero a después que nosotras… Tampoco la encontré en mi… en uno de los lugares habituales. Creo que la perdí.
   —¿Que hiciste qué?
   —No es nada, abuela, solo estamos un poco desencontradas.
   —¡No tendrías que haberla perdido de tu vista! ¿Qué clase de protectora eres?
   Mariana dio otro paso hacia atrás, pero su madre intervino antes de que ella pudiera hablar.
  —Mamá, por favor —dijo Eva—, baja la voz.
   Gilda apretó los labios a la vez que inflaba la nariz.
   —Tu hija debe aprender a tomar en serio sus responsabilidades.
   —Lo hace —dijo Eva—, pero no podemos alterar a Marisa, por favor.
   Gilda le lanzó otra mirada, y se volvió hacia su nieta.
   —Cuéntamelo todo.
   —No hay mucho que contar. Ustedes lo vieron, discutimos esta mañana, hacía rato que ella estaba rara, no confía en nosotros —lanzó una mirada a su madre—, solo fue una discusión como cualquier otra. Pensé que iría a dar una vuelta, se calmaría, nos calmaríamos y luego regresaría.
   —Ella no es como nosotros —dijo Eva con calma—, que estamos peleándonos todo el tiempo y sabemos que no es en serio. No nos conoce tanto y todo esto es muy nuevo todavía para ella, tienes que tener más paciencia con ella. Ella ni siquiera tiene hermanos, ¿cómo podría comprender una relación como la tuya con tus hermanos.
   —Tu tarea, tu única tarea, es protegerla —se irguió Gilda—, no proteger tu ego.
   Mariana se volvió hacia su abuela.
   —Lo estoy haciendo lo mejor que puedo.
   —Entonces te queda mucho por mejorar.
   —¡Mamá! —Eva se interpuso entre las dos—. No seas tan dura con ella, aun es muy joven y está haciendo su mejor esfuerzo.
   —Eva, por favor, no solo perdió a una luminosa a su cuidado, sino que abrieron una caja que habían prometido no tocar si no era en nuestra presencia.
   Mariana frunció el ceño.
   —Nunca prometimos eso.
   —Mariana, habían dicho que no abrirían la caja —le recordó Eva.
   —Pensamos que se habían olvidado —se encogió de hombros Mariana—, pero ese es otro tema del que quería hablar —puso los brazos en jarras—, ¿quién se metió en mi pieza y se la llevó? ¿Fuiste tú, abuela?
   —¡Por supuesto que no! —se irguió Gilda todavía más, casi como si midiera dos metros—. ¿Te crees que soy una adolescente? Estaba confiando en ustedes, en que me dirían una vez que estuvieran listas para abrir la caja, obviamente, las consideré más maduras de los que son.
   —No te atajes con eso, abuela, lo que quiero saber es por qué la caja no está en mi habitación, donde la guardamos.
   —No lo sé —suspiró Gilda—, pero no fui yo, y estoy bastante segura de que no fue nadie de esta familia.
   —¿Se fue caminando sola?
   —Mariana —le llamó la atención Eva.
   —Mamá, ¿cómo vamos a esperar a que Micaela confíe si me desaparecen cosas de mi pieza? Dijiste que ella es diferente, pues bien, entonces díselos a los demás. Porque yo puedo buscar al culpable y hacerme cargo de ello, pero a Micaela solo le parecerá más sospechoso.
   —Bien —dijo Eva—, iré en busca de los demás y arreglaremos esto. No le diremos nada a Marisa aún.
   Gilda asintió.
   —Vamos —se volvió hacia Mariana después de que se fuera su hija—, todavía no me has contado qué sucedió.
   —Fue una discusión sin sentido, como te había dicho. Micaela estaba enojada porque Federico nos sigue a todos lados. Tal vez no deberías haberlo puesto a hacer eso. Y por lo de la caja… y lo del libro.
   —¿Qué libro?
   —Uno de la biblioteca —hizo un gesto Mariana—, no importa. Lo que importa es la caja y Micaela y por qué pusiste a Federico a seguirnos a todos lados cuando supuestamente estabas confiando en nosotras.
   Gilda entornó los ojos.
   —No lo hice. ¿Desde cuándo sucede esto?

Libro III - Capítulo X - pag 4


 
   —Siempre está en el camino, no pensé que… —Gilda la miraba con atención—. Ya sabes, lo encontramos en la cripta y luego, en el subte, cuando fuimos a buscar al hombre tatuado. Siempre detrás de las paredes y puertas. —Se detuvo un segundo y murmuró—: la caja…
   —Me ocuparé de Federico. ¿Qué había en la caja aparte de esto? —levantó el papiro en blanco que le había quitado a Micaela de la mano—, y ¿de qué cripta hablas? ¿Cuándo hablaron con el hombre tatuado? —suspiró—. Hay demasiadas cosas que no nos dicen. ¿Cómo vamos a protegerlas?
   —No tienes que protegernos.
   —¿Cómo no voy a hacerlo? Ella es una luminosa y tú… tu eres mi nieta.
   Mariana se removió incómoda.
   —¿A dónde pudo haber ido Micaela? —insistió Gilda—, piensa.
   Mariana se encogió de hombros.
   —Pensé que había ido a la casa en miniatura, como te dije, pero no estaba ahí.
   —¿Qué casa?
   —Otro de los refugios de la luminosa anterior.
   —¿Y por qué no sabía de esto? ¿Estaba en la caja?
   —Ehh, más o menos, fue algo que descubrimos hace poco —Mariana se rascó la cabeza—, no es lo importante.
   —Todo es importante.
   Mariana suspiró.
   —Me refiero a que no es importante ahora. Ella no estaba allí y no sé a dónde más pudo ir.
   —Al menos Nesi está con ella.
   —Ehhh…
   —¿Mariana?
   La joven apretó los labios e infló las mejillas antes de contestar.
   —Hace rato que no lo veo, era una de las razones por las que discutimos con Mica, ella creía que Federico había tenido algo que ver con que ese duende desapareciera. ¿No escuchaste esa parte?
   —Esto es peor de lo que imaginé —Gilda se puso de pie—, la gente desaparece a tu alrededor y tú ni siquiera lo notas. No ves nada más que tu propio ego y todo lo que crees que estás haciendo bien. No sabes por qué tu hermano te sigue, no sabes dónde está Nesi y no solo te peleas con tu protegida, sino que la pierdes a ella también. —Bajó el tono de voz y se quedó quieta frente a su nieta. —Me decepcionas.
   Mariana apretó las mandíbulas y bajó la vista. Se quedaron así hasta que Eva volvió a la habitación seguida por su marido y varios de sus hijos excepto Federico.
   —Bien —inspiró Gilda—, tenemos mucho trabajo que hacer, esperemos llegar a tiempo. Mariana, vuelve a relatarnos el encuentro de la cripta y lo que encontraste en esa casa en miniatura.
   Mariana lo hizo como un autómata, relataba los hechos, pero estaba desconectada, claramente pensando en otra cosa.
   —¡Mariana! —le llamó la atención Gilda—, concéntrate en lo que estás diciendo, esto es importante.
   Mariana pestañeó.
   —Lo siento, abuela, es que siento… —miró alrededor.
   Allí, a su lado, estaba Micaela. Todavía conectada a ella, pero esta vez tirando de su brazo, intentando por todos los medios llamar su atención. La voz del muchacho apremiaba en su mente. «No tenemos mucho tiempo, no tenemos mucho tiempo, se darán cuenta si siguen así, tienes que comunicarte con ella.»
   «Pero ¿cómo? —gritó con frustración en su mente Micaela y sintió que el muchacho retrocedía—. Perdón, es que hacer rato que intento llamar su atención, pero no lo logro, la veo, la escucho, pero no puedo llegar a ella».
   No estoy seguro, vaciló el muchacho.
   Micaela lo intentó otra vez, esta vez agarró la mano de su amiga entre las suyas e intento focalizar toda su energía allí.
   —Es como si la sintiera —murmuró Mariana mirando su mano—, aquí junto a mí.
   Gilda saltó de su asiento con una agilidad inusitada y agarró a su nieta de las mejillas.
   —Concéntrate —le dijo clavando su mirada en los ojos de su nieta y murmuró unas palabras en otra lengua que Mariana repitió sin pensarlo y, de repente, Mariana se volvió hacia onde estaba Micaela, todavía con los ojos cerrados, pero podía verla. Micaela lo notó en su mirada.
   —¿Mica?
  —¿Mariana? ¿Me ves?
   —Sí, ¿eres realmente tú?
   —No tengo mucho tiempo, estoy en… no lo sé, es otra cripta subterránea, se entra por la casa en miniatura —sacudió la cabeza mientras se atropellaba con las palabras—. No, no desde allí, sino desde la casa de al lado, hay una puerta oculta… Mariana, hay muchos vampiros aquí y un joven, creo que él sabe dónde están los mentores… Tienes que venir —vaciló—, ¿vendrías?
   —¡Por supuesto que voy! ¿Dónde es?
   —Pregúntale cómo llegar allí —dijo Gilda—, cómo accedemos.
   —Es lo que estoy haciendo —gruñó Mariana—, ¿dónde está la puerta oculta, Mica?
   —En el cuarto donde estaba el libro, detrás está una palanca para una puerta hacia la casa vecina y allí…
   Pero las fuerzas se le iban y no pudo hablar más. Solo pudo ver cómo Mariana intentaba alcanzarla otra vez, como se caía con furia en el sofá mientras su abuela le decía que recobrara el aire y el resto de la familia planeaba su rescate.
   Lo último que vio antes de desvanecerse fue a Mariana saliendo de la habitación cuando los demás discutían, seguramente para ir a buscarla por su cuenta.
 
*Fin del capítulo X* 
 

sábado, diciembre 02, 2017

Libro III - Capítulo IX - pag 1


(Debido a la extensión de los capítulos, se publican en varias páginas.)
 
   Se detuvo a los pocos pasos. ¿Cómo la abriría?
   En la visita anterior había estado siguiendo a Mariana y no había prestado mucha atención a cómo había abierto la puerta.
   —Es cierto que estoy dependiendo demasiado de ella —murmuró—, no sé cómo sucedió eso, antes yo era más independiente.
   Pero aun entonces, tampoco sabía cómo forzar cerraduras así que el resultado era el mismo. Avanzó unos pasos más para quedar frente a la casa, a solo unos centímetros de la puerta, y se quedó allí unos momentos mientras vacilaba sobre cómo debía entrar. Por su mente desfilaron varias escenas de películas donde el protagonista forzaba la puerta con algún alfiler y casi se le escapa una carcajada. No se veía sí misma haciendo aquello, además de que se vería muy sospechoso.
   Volvió a ponerse seria. Tenía que encontrar otra forma de entrar, tenía que haber otras opciones.
   —A lo mejor todavía está abierta —musitó, no recordaba si Mariana la había vuelto al cerrar al irse. Tampoco había prestado atención a aquello. Hizo una nota mental de estar más atenta en el futuro cuando estuviera con su amiga…
   —Si es que… —sacudió la cabeza, no era momento de pensar en ello. Lo importante era encontrar a Nesi y solo se le ocurría que pudiera haber pistas de su paradero en esa casa.
   Estiró el brazo hacia el picaporte cuando vio una sombra cruzar de una pared a la casa vecina, como si la atravesara. Después de una breve vacilación, se acercó a la ventana de aquella casa y miró a través de un pequeño hueco en el borde de la persiana. Allí había un vampiro. Estaba segura, aunque solo fuera una silueta más en las penumbras de esa habitación, lo sentía en lo erizada que tenía la piel.
   Micaela entornó los ojos intentando verlo mejor, pero sin delatar su presencia. De repente agrandó los ojos y contuvo la respiración. No era un vampiro, era el vampiro, el que había estado hablando con el hermano de Mariana en su visión cuando…
   —Te encontraré —musitó Micaela a la vez que presionaba el trozo de tela que llevaba en el bolsillo.
   Vio al vampiro desaparecer en una puerta oculta. Se inclinó en un intento de ver un poco más, pero no tenía un buen ángulo y solo pudo notar que la casa estaba ocupada. O al menos allí vivía gente, aunque no hubiera nadie en ese momento.
   —O a lo mejor lo mantienen así por apariencia.
   Miró alrededor. Ya habían comenzado a aparecer personas en la calle, pero aún todavía nadie parecía interesado en lo que ella estaba haciendo. Miró la puerta de aquella casa y vaciló. Entrar en una o la otra tenía que ser más o menos igual. Pero ¿y si algún vecino conocía a sus habitantes y la veía intentando entrar en su casa? No, era más seguro entrar en la otra, que todos sabían desocupada y que era lo suficientemente famosa como para atraer curiosos cada tango. Miró la pared que las separaba, donde le parecía haber visto la sombras que la atravesaba, allí tendría que haber otra puerta oculta, tal vez incluso en la misma habitación donde encontrara el libro. Eran solo conjeturas, pero una corazonada le decía que tenía que haber alguna forma de acceder a la casa de al lado. Intentó no pensar en por qué estaba confiando en las corazonadas de repente. Solo podía esperar que al vampiro no se le ocurriera regresar justo cuando ella estuviera allí.
   Volvió hasta la puerta de la casa en miniatura y probó el picaporte: cedió con facilidad. Micaela dejó escapar un suspiro y se apresuró a entrar. La casa estaba en penumbras, no tenía electricidad y todavía no entraba el suficiente sol por las ventanas. Rebuscó en su bolso y encontró la linterna. Contuvo la respiración mientras accedía a la habitación: estaba vacía. Comenzó por el lugar donde había hallado al libro, o mejor dicho lo había encontrado Nesi. Apretó los labios. Y comenzó la búsqueda en forma metódica. Tuvo la suerte de encontrar la puerta bastante rápido, eran tan pequeña que tuvo que encorvarse para pasar por allí. Por suerte, encontró la casa siguiente vacía también.
   Allí se demoró casi una hora en encontrar la siguiente puerta oculta. Esa la llevaba a través de un largo pasillo que se volvía terroso y rocoso a la vez que cada vez más angosto y oscuro. Se guio caminando con una mano en la pared, no quiso encender la linterna para no avisar de su llegada, aunque la mantenía al alcance de la mano. Sentía una brisa tibia que le daba en el rostro.
   Después de lo que le parecieron horas de descender por el pasillo interminable, este comenzó a ensancharse y nivelarse. Micaela disminuyó el paso, no quería chocarse con nada. Poco después comenzó a ver cierta luminosidad al final de su camino. Si bien le dieron ganas de echarse a correr, se contuvo. Aunque no podía saber exactamente qué era lo que encontraría allí, sabía que al menos habría un vampiro y ya había pasado por aquella situación. ¿Y qué más podía hacer? Cualquier camino la llevaría a un vampiro. Echó un vistazo atrás, el camino de regreso a través del pasillo sería largo para hacerlo sola si tenía que huir.
   Suspiró y volvió a encarar el trecho que le quedaba por delante.
   Caminó deliberadamente con lentitud hasta que llegó hasta la parte donde el pasillo se abría a una cripta.
   —Otra vez una cripta —suspiró.
   Se detuvo en el borde para observar mejor. Se asomó con una lentitud dolorosa para asegurarse que no hubiera nadie mirando en su dirección, a la vez que contenía la respiración. La escena se abrió ante ella como si fuera en cámara lenta. La cripta era amplia y se notaba que también era antigua y estaba en desuso, había trozos gigantescos de piedra por todos lados y no se alcanzaba a ver el techo, oculto primero en telarañas y luego en oscuridad. En el centro estaba el vampiro que había visto en la casa, o al menos creía que era ese, pero no estaba solo, había allí al menos otros diez vampiros y no solo eso, sino que también había unos jóvenes que si su intuición era correcta, tendrían que ser vampiros bebés.
   Micaela volvió a retroceder hacia el pasillo y la seguridad engañosa de su penumbra. Se llevó una mano a la boca y se apretó los labios para ahora cualquier exclamación que se le pudiera escapar. No había forma de que ella pudiera enfrentarse sola a todos ellos. ¿Cómo se le había ocurrido que podría hacer aquello?
  


Libro III - Capítulo IX - pag 2


 
   Instintivamente, su mano se movió hasta el bolsillo donde había guardado el trozo de tela de la ropa de Nesi.
   —Nesi.
   Por él estaba haciendo aquello. Tenía que rescatarlo, no podía dejar que le sucediera nada por culpa suya. Echó otro rápido vistazo, los vampiros parecían estar discutiendo entre sí en murmullos huecos que cortaban el aire y llegaban a sus oídos como un horrible stacatto. No había forma de entrar a la cripta sin que la vieran, ni tampoco podía confiarse en quedarse observando desde allí, ya que en cualquier momento alguno podría darse la vuelta para mirar en su dirección.
   Volvió a retroceder.
   «¿Y si llegan más a través de la casa?».
   Miró hacia el pasillo por el cual había llegado y reprimió un escalofrío. Entonces estaba atrapada, no tendría forma de escapar en esa situación. ¿Cómo pudo haber ideado un plan tan malo? Se suponía que era inteligente, ¿acaso no era una estudiante universitaria? Pero no había estudios que prepararan para esa situación.
   «Ahora ya estoy aquí —pensó— y no me iré sin Nesi. Además, si ya están reunidos, tal vez no esperen a nadie más. Solo tengo que hacerlo con rapidez».
   Sí, ese era el mejor plan: localizar al duende y tratar de salir de allí sin que los vieran. Solo esperaba que él no se encontrara en la otra punta de la cripta. Volvió a asomarse. Los vampiros se habían movido un poco de lugar y Micaela pudo ver qué era lo que los había congregado. Contra una de las paredes se hallaba encadenado un joven, solo un poco mayor que ella por lo que pudo ver. Ella tuvo que llevarse las manos a la boca otra vez para evitar que se le saliera un grito. Apretó las manos hasta que los nudillos se le volvieron blancos y se acercó un poco más para ver mejor. El joven estaba de rodillas, de espaldas a la pared, tenían la cabeza gacha. Micaela avanzó otro paso. No podía evitar sentir una conexión con aquel muchacho. Se acercó un poco más y en ese momento, él levantó la vista y miró justo en su dirección. Micaela se mordió el dedo con fuerza para no hacer ningún sonido y volvió a retroceder. El corazón le latía con fuerza.
   Tenía que sacarlo de allí. No sabía por qué, pero estaba segura.
   —Tal vez —musitó—, tal vez es como yo… por eso la conexión.
   Retrocedió otro paso más hacia el interior del pasillo, aunque no oyó que ninguno de los vampiros se hubiera percatado de su presencia. Esperó a calmarse un poco antes de volver a asomarse. La cabeza del muchacho había vuelto a caer hacia delante. Micaela se obligó a dejar de mirarlo e intentó contar todas las personas que se hallaban allí, eran casi veinte, la mayoría de ellos vampiros adultos.
   Suspiró.
   No había forma de evitarlos a todos. Tal vez lo mejor sería esperar, a lo mejor la reunión era pasajera y la mayoría de ellos se iría pronto. Seguramente solo dejarían algunos de guardia con el muchacho. A menos que se llevaran al muchacho con ellos cuando se fueran. Tampoco veía a Nesi por ningún lado, aunque el duende era lo bastante pequeño como para que no se viera a mucha distancia, incluso menos en ese ambiente irregular, llenos de escombros y con mala iluminación. Volvió a mirar al muchacho. Aun cuando con Nesi pudieran escapar con velocidad, a él no podrían arrastrarlo de la misma manera. Tendría que cambiar el plan y esperar a que se fueran la mayoría de los vampiros. Esperaba no estar equivocada en que aquella era una reunión momentánea.
   Se acomodó en unos de los recovecos de la pared y se dispuso a esperar.
   De repente, se irguió de un salto, ¿qué pasaría si ese pasillo fuera la única salida? No lo creía así, pero había una posibilidad de que algunos se fueran por ese lado. Tenía que buscar otro lugar donde pudiera esperar a que todo estuviera más despejado. Miró alrededor de la cripta. Las paredes eran desiguales, rocosas y llenas de recovecos, pero ninguno lo suficientemente grande para que ella pudiera ocultarse dentro. Siguió revisando hasta que encontró uno bastante lejos del lugar donde estaba. No era una apertura muy grande, pero estaba cerca de un escombro de considerable tamaño y entre los dos le ofrecerían bastante protección. Sin embargo, tendría que caminar, o mejor dicho correr, varios metros para llegar hasta él.
   Los vampiros elevaban el sonido de sus voces cada tanto y alguno que otro se alejaba del grupo para después volver a acercarse. Los vampiros bebés que estaban alrededor parecían ansiosos y no dejaban de moverse alrededor de sus adultos.
   Micaela tenía que apresurarse, no podía dejar que la reunión terminara antes de que ella pudiera ocultarse en algún otro lugar. Midió la distancia de dónde se encontraban los vampiros. Era improbable que miraran hacia su dirección si ella no hacía ruidos ni nada que atrajera su atención, pero sabía tan poco de ellos, no sabía qué tan buena era su visión ni sus oídos. ¿Acaso podrían olerla? No, sino ya lo hubieran hecho.
   Se mordió el labio y se frotó las manos. Se acomodó el bolso en forma cruzada, para que no se le cayera. No tenía muchas opciones, tenía que moverse de ese lugar, tenía que quedarse allí para tratar de sacar al joven, tenía que quedarse allí para encontrar a Nesi. Volvió a mirar hacia el lugar donde quería ir, revisó otra vez la posición de los vampiros, fijó la mirada en su objetivo y tomó impulso para correr con todas sus fuerzas.
 
*Fin del capítulo IX* 
 

sábado, noviembre 25, 2017

Libro III - Capítulo VIII - pag 1


(Debido a la extensión de los capítulos, se publican en varias páginas.)
 
   A la mañana siguiente, se levantaron temprano otra vez, pero esa vez el resto de la familia también estaba despierta y Eva las presionó para que desayunaran antes de salir. Como siempre la mesa era ajetreada, llena de comida y conversaciones cruzadas que era difícil seguirlas todas a la vez. La única ventaja de ello era que a veces se hacía más fácil volverse invisible, sobre todo cuando Gilda no se mostraba muy inquisitiva. Micaela la miró de reojo, la mujer parecía estar sumergida en sus propios pensamientos. Observó uno a uno todos los que estaban en la mesa, cada uno parecía ocupado en sus propios desayunos, excepto Federico, que la estaba y mirando y le guiñó un ojo cuando ella le dirigió la mirada.
   Micaela ni siquiera le devolvió una visita y se removió algo incómoda en la silla. Apenas tuvo la oportunidad de hacerlo, se levantó de la mesa, fue la primera en hacerlo.
   Después de comprobar que su madre estaba bien y ya había desayunado, se dedicó a buscar al duende. Estuvo buscando a Nesi por todos lados durante largos minutos, no lo veía desde la noche anterior y aquello era extraño. No estaba ni en la habitación de Mariana ni en la que compartía con su madre. Revisó también en la sala de estar y en la tienda, pero el duende no se encontraba por ningún lado.
   Al final, no le quedó más opción que decidir que aparecería cuando quisiera, aunque le parecía extraño que no le avisara que no estaría, no era la primera vez que se iba un par de horas para hacer cosas personales, lo que fuera que hacen los duendes cuando están solos. Además, no tenía ninguna forma de comunicarse con él. Tal vez pudiera preguntarle a la familia de Mariana si había alguna forma de hacerlo, pero no se sentía con ganas de hablar con ninguno de ellos. Solo quería irse en cuanto Mariana terminara de una vez por todas de desayunar; tendrían que irse sin Nesi.
   Cuando estaba saliendo de la habitación después de despedirse de su madre, se cruzó con el hermano de Mariana en el pasillo. El muchacho retrocedió un paso al verla y pegó la espalda contra la pared opuesta.
   —¿Qué sucede? —preguntó Micaela y se puso en guardia de inmediato.
   —Nada —sonrió él y continuó avanzando por el pasillo de forma de mantenerse lo más alejado posible de ella.
   —¿Qué es eso? —Micaela saltó sobre él y le arrancó algo de la mano. El muchacho se dio vuelta con una rapidez que sorprendió a Micaela, quien casi cae para atrás.
   —¿Qué estás haciendo? —preguntó él.
   Su rostro, casi siempre risueño, mostraba furia por primera vez desde que lo conociera.
   Micaela observó el trozo de tela que tenía en la mano. Sintió que se le aceleraba el corazón, ella conocía esa tela, la había visto muchas veces, decenas de veces.
   —Esto es de Nesi, ¿dónde lo encontraste? ¿Dónde está él?
   —No sé de qué hablas, es solo un trapo —Federico se frotó las manos, tenía manchas rojas en algunos de los dedos.
   Micaela se encaró a él, quien le llevaba una cabeza de altura, aunque era casi igual de delgado que ella.
   —¿Qué le hiciste a Nesi? —elevó la voz Micaela y le tocó el brazo.
   Al momento, como una explosión en su cabeza, pudo visualizar una imagen nítida en su mente, bañada en una luz blanca. Le era difícil enfocar la escena, el lugar, pero podía ver a las personas que estaban en el centro. Allí estaba el hermano del Mariana y junto a él, un vampiro; también estaba Nesi, no vio nada más que al duende intentado de huir. No había ningún sonido, pero la mueca del rostro del duende era inconfundible, estaba gritando.
   Micaela se soltó al instante a la vez que se tambaleaba y apoyaba la espalda contra la pared. Se llevó una mano al pecho mientras trataba de recuperar su respiración jadeante. Cuando notó que Federico se movía, volvió a saltar sobre él, con súbita energía.
   —¿Qué le hiciste? —repitió y agarró al muchacho por la ropa, tirando de él, aunque no llegó a moverlo.
   —¿Qué está pasando? —preguntó Mariana, que había entrado en el pasillo. De fondo se escuchaba el resto de la familia, todavía sumergida en la conversación del desayuno.
   —¡Mira esto! —Micaela agitó el trozo de tela frente a Mariana—, ¿lo reconoces?
   —Es solo un trapo —repitió Federico.
   —Me parece familiar, pero no sé…
   —¡Es de Nesi! —gritó Micaela y señaló a Federico—, él le hizo algo, aunque no sé qué. —Se volvió hacia el joven otra vez. —¿Qué le hiciste? ¿Dónde está?
   —Yo no hice nada.
   —Cálmate, Mica —intercedió Mariana—, seguro que hay una explicación.
   —¡Deja de defenderlo! Él está con ese vampiro. —Volvió a intentar zarandear al joven, con el mismo resultado que antes. —¿Qué estabas planeando con ese vampiro? ¿Qué le hiciste a Nesi?
   —¿De qué vampiro hablas? —Mariana miraba confundida de uno a la otra.
   —Del que está confabulado con tu hermano, ¿es que no me estás escuchando?
   —Yo no estoy confabulado con nadie, estás delirando —Federico se zafó de las manos de Micaela y se dio la vuelta para irse.
   —¿Qué te pasa, Mica? Esto es una locura.
  


Libro III - Capítulo VIII - pag 2


 
   —Lo que pasa es que no puedo confiar en ninguno de ustedes, nunca debí hacerlo. Lo intenté, pero no… no puedo.
   —Espera, espera, creo que estás tomando decisiones apresuradas, seguro existe una explicación.
   —¿Para esto? —Micaela volvió a agitar el trozo de tela frente al rostro de su amiga—. Para todas las veces que apareció detrás de nosotras sin explicación, que el vampiro desapareciera cuando llegó él... ¿No lo ves? Todo esto está relacionado.
   —Basta, Micaela —se puso firme Mariana—, estás paranoica. ¿Es por eso que estás ocultando cosas?
   Micaela entornó los ojos y dio un paso hacia atrás.
   —¿Te creías que no me había dado cuenta?
   —Bueno, con tu familia, tienes experiencia, ¿no?
   —No te metas con mi familia, Mica, allí marco el límite. Nosotros te dimos un lugar donde quedarte.
   —¡Porque ustedes me quitaron el anterior! ¡Me quitaron todo! Hasta el único amigo que me quedaba.
   El silencio se condensó en el pasillo mientras ambas amigas se miraban, ahora con la familia entera a su alrededor, salvo Federico.
   —Chicas, por favor —comenzó Andrés.
   —No, no —dijo Mariana—, saquemos todo a la luz, como ese libro que sacaste de la biblioteca y que no deberías haberlo hecho.
   —¿Estuviste revisando en mis cosas?
   —No son tuyas, ese libro no, ¿y a quién crees que reprendieron?
  —¿Cuándo…? No, ¿sabes qué? No importa. El otro sí es mío —caminó hacia la habitación de Mariana— y la caja es mía también. —Se guardó el libro que habían encontrado el día anterior en el bolso y comenzó a buscar por el dormitorio. —¿Dónde está, Mariana?
   —Donde siempre, Mica —Mariana se cruzó de brazos—, ¿qué piensas hacer?
   —Niñas —se acercó Gilda—, habían prometido que no abrirían la caja si…
   Micaela se rio con un ruido extraño.
   —¡Claro! Porque aquí cumplen con todo lo que prometen. ¿Dónde está, Mariana?
   —¡Donde siempre!
   Mariana la hizo a un lado y comenzó a buscar ella también, pero mientras más revolvía más obvio se hacía que la caja no estaba allí.
   —No lo puedo creer —murmuraba Micaela—, no lo puedo creer.
   Mariana se dio la vuelta, solo tenía uno de los pergaminos en blanco en la mano. Vaciló al levantar la mirada hacia Micaela.
   —¿Qué es eso? —se acercó Gilda y lo agarró.
   —La prueba de que no debería haber confiado —dijo Micaela y salió corriendo.
   Empujó al resto de los familiares que se habían reunido en el pasillo. Siguió corriendo hasta que estuvo muy lejos de la casa de Mariana. Cuando pudo detenerse un poco para tranquilizarse, se sentó en un parque y sacó el libro que llevaba en el bolso. Debía encontrar las respuestas por sí misma, tenía que haber una forma de librarse de todo aquello, de recuperar su vida, lo que pudiera recuperar de ella. Pero allí no había nada que pudiera usar, lo cerró de un golpe.
   Todavía era demasiado temprano para que hubiera mucha gente alrededor, solo unos pocos corredores y algunos otros que andaban paseando sus perros. Micaela los observó sin verlos realmente. Necesitaba decidir su próximo paso. Acarició el libro que tenía sobre el regazo mientras pensaba a dónde podría ir. La casa pequeña era la mejor opción, pero allí era donde había planeado ir con Mariana y no quería cruzarse con ella. Aunque tal vez no fuera a ir después de la discusión que habían tenido. No tenía forma de saberlo.
   —Nesi —susurró.   
   Tendría que ir a buscarlo. Sabía que algo le había pasado, así como que estaba segura de que Federico tenía algo que ver. Seguramente, él también había sido el que se llevó la caja.
   Micaela se llevó las manos a la cabeza y suspiró.
   No sabía qué camino tomar y esa vez estaba totalmente sola, no le quedaba ningún amigo. Volvió a mirar el trozo de tela que aún llevaba en la mano y lo guardó con cuidado en su bolsillo. Abrió el libro otra vez, esta vez con más calma, y miró la dedicatoria. Todo era de aquella mujer que le había arruinado la vida, y no quedaba de ella más que preguntas y problemas. La dedicatoria parecía ser de un mentor, pero no era el nombre del hombre tatuado, aunque eso ya lo sabía. Sin embargo, ahora ya ni siquiera lo tenía a él. Pero recordaba lo que le había dicho. Sostuvo el libro sobre sus muslos, apoyó ambas palmas sobre sus páginas y cerró los ojos para concentrarse en esa bola de luz que siempre estaba flotando en su mente. La acarició a la vez que acariciaba las páginas del libro. Cuando ya no podía ver nada más que luz blanca a su alrededor, abrió los ojos y los fijó en el libro. Las letras comenzaron a acomodarse, o era que tal vez ella comenzaba a comprender el idioma. Era una historia, pero comenzaba muy atrás, no le decía nada que la ayudara en ese momento. La frustración hizo que perdiera la concentración y otra vez las palabras se volvieran extrañas.
   Cerró el libro de un golpe y lo volvió a guardar en el bolso. No tenía otra opción, tendría que regresar a la casa, no tenía otra idea. Tampoco tenía mucho sentido rechazarlo, tendría que hacerlo en algún momento, y no podía estar esperando a que Mariana la ayudara o que Nesi apareciera. Siempre había hecho todo sola, ¿por qué de repente necesitaba la ayuda de otras personas?
 

Libro III - Capítulo VIII - pag 3


 
   Se puso de pie con resolución y se llevó la mano al bolsillo. Pero Nesi, él no se había ido por voluntad propia estaba segura.
   —No, no —musitó—, debe de ser una forma de distraerme. Además, debo confiar en Nesi. Seguramente si encuentro si sigo esta pista encontraré también una sobre él, si es cierto que lo tiene aquel vampiro.
   No podía estar segura de las visiones que tenía, no habían funcionado con Cecilia.
   —Pero eso fue porque ellos me mintieron —murmuró con fervor y la expresión de resolución volvió a su rostro.
   No, no volvería a dudar de lo que sabía que tenía que hacer. Y lo haría por su cuenta, como hacía siempre todo, como siempre le había funcionado.
   Miró alrededor para ubicarse y luego se dirigió a la parada de autobús que la dejaría de nuevo en aquella casa en miniatura. El camino no era largo, pero el micro avanzaba con lentitud. Micaela se sentó en el fondo, era la única persona allí y se sintió cómoda de poder tener un tiempo sola. Hacía mucho tiempo que no pasaba unos momentos solo con sus propios pensamientos.
   Todo le parecía tan lejano: su antigua casa, la facultad, el trabajo. Ya no recordaba nada de ellos. Hacía solo un par de meses atrás cuando tenía toda su vida planificada y estructurada y ahora no solo todo era un caos, sino que no tenía siquiera un lugar propio, tenía que vivir de prestado con una familia que apenas conocía. Si no fuera porque su madre estaba enferma, se iría a probar suerte por su cuenta.
   —No, no puedo pensar así —susurró—, mamá está bien ahora, por lo menos la cuidan a ella —suspiró y se miró las manos. Marisa recibía más cuidado del que podía darle ella entre el trabajo y la facultad.
   La facultad, se rio sola y varias cabezas se voltearon a mirarla. Qué extraño se sentía pensar en aquello, ya no estaba segura de querer volver a estudiar allí. No la extrañaba más de lo que extrañaba su tranquila vida ordenada y sensata. Tal vez esta era una buena oportunidad para un comienzo fresco, tanto para ella como para Marisa. Cuando todo aquello terminara, y ella se ocuparía de que así fuera, podrían irse a vivir a otra casa, tal vez un departamento más pequeño en un barrio más alegre. Ella encontraría otro trabajo y retomaría el estudio, aunque tal vez en otra carrera. La seguridad estaba bien, pero en estas semanas había notado que no tenía nada más.
   Estaba tan ensimismada en sus pensamientos que casi no se da cuenta cuando llegó a su parada. Solo tuvo tiempo de levantarse a tocar el timbre por la lentitud con la que avanzaba el colectivo. Solo un par de cuadras la separaban de la casa y las caminó con energía, esos minutos lograron que terminara de despabilarse y pudiera concentrarse en la tarea que tenía frente a ella. Antes que todos sus sueños, estaba la realidad que tenía que vivir en ese momento.
   Cuando llegó a su destino, todavía era lo suficientemente temprano para que aun no hubiera mucha gente en la calle. Dejó salir un largo suspiro y se puso manos a la obra. Revisó un poco alrededor, por si veía a Mariana o, peor, a Federico, pero no parecía haber nadie conocido por allí. Esperó hasta que nadie estuviera mirando en su dirección, pero después se dio cuenta que sería muy difícil controlar aquello. ¿Cómo podía saber si había personas mirando a través de sus ventanas? Esta no era la clase de cosas que estaba acostumbrada a hacer. Por lo menos no lo estaba hacía unos meses.
   Finalmente, decidió que la mejor opción era también la única que se le ocurría en ese momento. Se encogió de hombros, irguió la cabeza, y avanzó hacia la puerta.
 
*Fin del capítulo VIII* 
 

sábado, noviembre 18, 2017

Libro III - Capítulo VII - pag 1


(Debido a la extensión de los capítulos, se publican en varias páginas.)
 
   —¿Por qué nos estás siguiendo? —lo encaró Mariana.
   Las personas alrededor los miraron con atención y mala cara. Federico retrocedió un paso y alzó ambas manos mostrando las palmas.
   —No las estoy siguiendo.
   —Pues apareces allí donde nosotras vamos —dijo Micaela—, ¿cómo sabías que íbamos a estar aquí?
   Micaela se contuvo para no mirar hacia su amiga, pero esta estaba con la mirada fija en su hermano y no lo hubiera notado.
   —¿La abuela te puso en esto?
   —No, no, te lo aseguro, solo quiero estar seguro de que están bien.
   —Pues no necesitamos tu ayuda.
   —La necesitaron en la cripta.
   Las personas volvieron a mirarlos.
   —Aquí no —murmuró Micaela— y se apresuró a llegar a la puerta que recién se había abierto en la estación.
   —No necesitamos tu ayuda —dijo Mariana una vez más cuando estuvieron en la plataforma— y tampoco queremos tu compañía, vete.
   —Vamos, Mariana, sabes que te vendría bien alguien más de tu lado. ¿Qué le pasó al hombre tatuado? —miró hacia el subte que se alejaba—. ¿Desapareció?
   —Eso parece —dijo Micaela acariciando su bolso, donde volvía a estar Nesi.
   —¿Les dijo algo?
   —Eso es algo nuestro —dijo Mariana—, ¿no tienes nada que hacer?
   —En realidad no —el muchacho ignoró a su hermana y se dirigió a Micaela—. ¿Qué les dijo?
   —Nada que ayudara mucho. —Micaela desvió la mirada. —Solo que necesito un mentor, pero eso ya lo sabíamos.
   —Vamos, chicas, pueden confiar en mí.
   —Pero no queremos —insistió Mariana y tomó del brazo a Micaela—, déjanos en paz.
   Federico no las siguió fuera de la estación, pero de todas formas dedicaron varios minutos a dar vueltas para perder a cualquiera que quisiera seguirlas. Finalmente, entraron en un café de barrio semivacío donde eligieron una mesa en un rincón oscuro y frío que las invitó a tomar varias tazas de café.
   —Bien —Mariana se inclinó hacia delante—, ¿qué te dijo?
   —En realidad no mucho —Micaela suspiró y sacó la hoja—, dijo que es un lenguaje antiguo, que lo reconoce, pero que no puede leerlo.
   —¡Eso es lo mismo que nada!
   —¿Sabes por qué desapareció?
   Mariana se encogió de hombros.
   —No sé mucho de fantasmas, no tienen normas estrictas, aparecen y desaparecen, no se entiende muy bien por qué.
   —Entonces no tenemos mucho más que hacer…
   —¿Qué?
   —Me preguntó si habíamos abierto la caja. Aunque no le había contado sobre ella… —sacudió la cabeza—. Como sea, debe de ser importante.
   —Bueno, lo intentamos ¿o no? Pero además de unas fotos y esos pergaminos en blanco —Mariana frunció el ceño—, ¿le preguntaste por la foto?
   Micaela se irguió en la silla con frustración.
   —Me dijo que encontrara a un mentor. Todo regresa a lo mismo: que encontremos otro mentor o…
   —¿O qué?
   Micaela se encogió de hombros, evitó mirar a Mariana a los ojos.
   —Si ella estuvo huyendo de las sombras, ¿no tendría más de una casa?
   —Sí, claro. Tendría que tener varios lugares seguros. No creas que no pensé en eso antes, pero ¿cómo encontrarlos? Eso es otra cosa. Necesitaríamos algo de ella y la única foto en la que se veía su rostro solo nos llevó hacia la cripta…
   Levantó la vista hacia Micaela que la miraba con una tenue sonrisa en los labios. Mariana se golpeó la frente con la mano.
   —¡Qué tonta! Si nos llevó hasta esa hoja, entonces también es de ella. —Frunció el ceño. —Si es que esa era la hoja que teníamos que encontrar, quién puede saberlo con todo ese revoltijo.
   Micaela acarició el libro.
   —¿La única forma es que lo sumerjas en ese hechizo?
   —Sí, ¿por qué?
   —Porque si hubiera otra cosa…
   Mariana negó con la cabeza.
   —Es el único que conozco, tal vez podrías hacerlo sumergiendo la mano con la que tocaste algo, pero eso es muy distante y muy poco probable, a menos que tengas una fuerte conexión y… —negó con la cabeza—, no, no funcionaría.
   —Está bien, no te preocupes, probemos con la hoja.