SINOPSIS


   Brujas Anónimas es una blognovela orientada a un público juvenil y con una temática fantástica. Se desarrolla en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Sigue la historia de Micaela, una joven universitaria que un día descubre, a su pesar, la existencia de una sociedad paralela dentro de su propia ciudad.














sábado, octubre 21, 2017

Libro III - Capítulo III - pag 1


(Debido a la extensión de los capítulos, se publican en varias páginas.)
 
   Esa vez Mariana los guio hacia un lugar diferente, no muy lejos de allí. Federico asintió como si conociera el camino, no pareció notar las miradas que intercambiaron Micaela y Mariana. Poco antes de llegar, esta última decidió que sería bueno comprar algo de comer ya que pronto sería medio día.
   ―No sé cómo siempre puedes tener tanta hambre ―dijo Federico.
   ―Tú ocúpate de buscar un lugar donde estacionar, Mica y yo compraremos algo en aquel supermercado.
   Federico echó un vistazo al lugar e hizo un ruido raro con la garganta.
   ―Estaremos bien, Nesi está con nosotras.
   ―¿Desde cuándo…? ―comenzó a decir el duende y Mariana lo empujó de vuelta dentro del bolso de Micaela.
   ―Está bien, dejo el auto y las alcanzo, no se mueven de allí.
   Mariana puso los ojos en blanco y se apresuró a bajarse, aun cuando el auto no se había detenido del todo. Micaela la siguió en silencio.
   ―¿Estás bien? ―le preguntó Mariana cuando ya estaban en el supermercado―. Estás muy callada.
   Micaela vaciló y miró hacia la calle.
   ―¿Es por él? En serio no sabía que no nos seguía, jamás le diría nada justamente a él. Si quieres, nos podemos escabullir.
   Micaela vaciló un poco más y después suspiró.
   ―No, está bien. ―Revisó los paquetes de galletitas a su alrededor con desgana. ―¿A dónde vamos?
   ―Es otro de mis escondrijos ―sonrió su amiga―, uno que conocen algunos de mis hermanos. Siempre es bueno que conozcan algunos lugares ―le guiñó un ojo― y no otros. No te preocupes, en la primera oportunidad nos lo sacaremos de encima.
   Federico apareció antes de que Micaela pudiera contestar. Poco después estaban otra vez en uno de los escondrijos de Mariana.
   —Es obvio que deberíamos volver —dijo ella.
   —Que hubiera un vampiro allí no significa nada en realidad, hay infecciones en varios puntos de la ciudad. ―Federico miró las galletitas con el ceño fruncido. ―¿Por qué crees que está relacionado con lo que sucedió con Micaela? ¿O con los luminosos en general?
   Mariana intercambió una mirada con su amiga.
   —No es importante que conozcas los detalles. Solo necesitas saber que estamos seguras de que debemos investigar esa cripta ―frunció los labios―, o tal vez todo el cementerio. El tiempo que estamos perdiendo aquí, el vampiro puede estar borrando sus huellas.
   —Los vampiros no hacen esas cosas.
   —No me importa lo que hagan o no —intervino Micaela—, habíamos ido ahí por una razón y debemos asegurarnos de que no… mmm… debemos terminar lo que empezamos. No hace falta que vayas si…
   —Está bien, está bien —se rindió Federico—, pero, como dije antes, tenemos que ir preparados.
   —¿Cuánto nos vamos a tardar con eso?
   —Estoy con Mica, no nos podemos demorar mucho. Ya perdimos tiempo en venir hasta acá y…
   ―Tú quisiste parar a comprar comida.
   ―Si no hubieras estado allí y nos hubieras obligado a…
   ―Yo no obligué a nadie.
   ―¡Basta los dos! ―Micaela se puso de pie.
   Mariana la observó, algo sorprendida. Se volvió hacia su hermano.
   ―Tenemos que ir antes de que se oculte del sol.
   —Tenemos que terminar antes de que se vaya el sol —enfatizó su hermano.
   —Entonces no sigamos perdiendo el tiempo —dijo Nesi.
   Mariana enarcó las cejas, pero no contestó, comenzó a acumular las pociones que tenía allí y su hermano a clasificarlas. Micaela trató de concentrarse en su energía, esa vez tenía que ser capaz de llamarla en el momento que la necesitara. No podía ser que tuviera la forma de defenderse y siempre se paralizara.
   —Está bien —dijo Mariana después de dos horas—, vamos, no podemos demorarnos más.
   El regreso al cementerio en auto fue veloz. Mariana no dejaba de apremiar a su hermano y este no dejaba de chequear la posición del sol, aunque recién fuera mediodía. En el cementerio había más gente que a la mañana temprano, pero muy pocas personas cerca de la cripta donde habían estado. Por fuera, no parecía que nada hubiera cambiado. La puerta estaba cerrada.
   Se pararon a unos pasos de distancia.
   —Primero entro yo —dijo Federico.
  


Libro III - Capítulo III - pag 2


 
   —Entramos los dos o entro yo antes —rebatió Mariana.
   Su hermano alzó los brazos y los bajó de repente en un gesto extraño. Miró alrededor y de regreso a Mariana.
   —Alguien tiene que quedarse con Micaela.
   —Yo también entro.
   Federico volvió a hacer un gesto raro.
   —Chicas, esto no es lo mejor.
   —Ya te dije que tú no darías las órdenes —le recordó Mariana y asintió hacia Micaela.
   Ambas se dirigieron hacia la puerta de la cripta. Nesi asomó su cabeza desde el bolso observar a Federico, quien no tardó en seguirlas.
   La puerta seguía destrabada y se movió lentamente cuando la empujaron. Dentro estaba oscuro y apestaba, pero no demasiado. No parecía que el vampiro estuviera allí en ese momento.
   Entraron todos en la cripta y cerraron la puerta, no necesitaban que aparecieran curiosos imprevistos. La oscuridad mohosa y húmeda del lugar los envolvió al instante. Sin embargo, esa vez habían llevado unas linternas, algo que había sido muy tonto no haber hecho la primera vez, según le encantaba recalcar a Federico. Sin embargo, era poco lo que se podía vislumbrar, la atmósfera era densa, como si la oscuridad tuviera cuerpo, una consistencia pegajosa que había que apartar a base de empujones. Micaela y Mariana se mantuvieron juntas mientras avanzaban de a poco, ambas listas con una poción en la mano. Nesi estaba asomado al bolso de Micaela, entre ambas chicas, y cada tanto inspiraba con fuerza como si intentara oler a los vampiros antes de que aparecieran.
   —Deja de hacer eso —murmuró Mariana—, me pones nerviosa.
   —Lo hago como prevención para todos, brujas.
   —¿Y qué vas a hacer? ¿Gritar: ahí viene el vampiro?
   —Mariana.
   —Está bien, Mica, es que no me gustan estos lugares.
   —Lo dice la chica de negro —comentó Federico que iba detrás.
   Micaela apretó los labios y avanzó con más rapidez, forzando también el paso de su amiga.
   La cripta estaba vacía, pero en el extremo opuesto a la entrada había una angosta puerta que llevaba a otro nivel. El túnel solo permitiría que entraran de uno en uno y avanzaran en fila. Mientras Micaela y Mariana decidían en qué orden entrarían, con las interrupciones de Nesi, Federico ingresó primero sin preguntar nadie. Mariana gruñó y entró detrás de él. Micaela los siguió, con Nesi todavía en el bolso.
   La puerta conducía a un estrecho pasillo de piedra vieja y mohosa que estaba llena de huecos entre las uniones. Aun en las penumbras, se podía observar cierto movimiento en esos lugares. Instintivamente, todos se mantuvieron lo más alejado posible de las paredes. El camino iba en declive y a medida que bajaban el aire se hacía cada vez más pesado, forzándolos a respirar con la boca abierta.
   Bajaron por largos minutos en silencio. Las linternas no iluminaban más que unos pasos por delante de ellos ya que se preocupaban por no alumbrar demasiado, así como por no hacer mucho ruido. Si el vampiro todavía estaba por allí, no querían alertarlo de su llegada. No mucho después, el camino en declive se convirtió en una escalera desnivelada que los forzó a ir todavía más lento. Cada tanto alguno de ellos tropezaba y tenía que sostenerse de otro o de la pared. Entonces se detenían un momento, con la respiración contenida, atentos a cualquier otro ruido, antes de seguir avanzando.
   De repente, uno de los costados de la escalera dejó de tener pared. El aire que subió por ese lado se arremolinó a su alrededor e hizo los olores todavía más fuertes que antes. Se alejaron de ese tufo y apretaron las espaldas contra la pared. Hasta que Micaela se separó casi de un salto cuando sintió que algo le caminaba por el hombro. Mariana la iluminó un momento y luego le dio un golpe rápido.
   —Solo una araña.
   —¿Solo?
   —Hay cosas peores por aquí.
   —¿De dónde puede provenir esta brisa? —preguntó Micaela a la vez que aprovechaba la breve parada para mirar hacia abajo sobre el borde abierto.
   —Cuidado —dijo Federico y, en su apuro para agarrarla del brazo, empujó a Mariana contra la pared otra vez.
   —¡Eh, cuidado tú! —Mariana le devolvió el empujón.
   Él mantuvo el equilibro a duras penas.
   —¿Qué estás haciendo? ¿Estás loca?
   —No me empujes.
   —No lo hice, estaba sosteniendo a Micaela.
   —Paren un poco —dijo ella—, tenemos que pensar. ¿Cuánto tiempo más vamos a estar bajando? Ya no podemos siquiera ver por dónde vamos, mucho menos qué es lo que hay abajo. —Miró hacia arriba. —Ni tampoco por donde llegamos.
   —Creo que deberíamos reconsiderarlo —estuvo de acuerdo Federico. —Ya tendríamos que haberlo visto si estuviera acá. —Echó un vistazo a su hermana. —Tendría que haber escuchado los últimos gritos.
   Mariana gruñó y se llevó una mano a la cadera.
   —No podemos detenernos ahora.

Libro III - Capítulo III - pag 3


 
   —Estoy con la bruja —chilló Nesi—, el olor es insoportable, pero tenemos que saber en qué andaba ese vampiro.
   —Vamos, Mica, —insistió Mariana—, no podemos rendirnos ahora, apenas estamos empezando.
   —No digo que nos rindamos, es solo que… ―Inspiró. ―Está bien, pero si dentro de media hora no llegamos a ningún lado, tenemos que pensar en otra estrategia. Tal vez haya otro acceso o algo.
   —De acuerdo.
   Marina sonrió y se volvió para seguir avanzando, ahora iba a la delantera y Federico cerraba la marcha. Parecía dudoso todavía y no dejaba de echar vistazos alrededor.
   Veinte minutos después llegaron al final de las escaleras. Estas se abrían a una sala circular sin techo y con un suelo en parte de piedra y en parte de tierra apisonada, fría y mohosa. Las paredes eran igualmente decadentes, al menos lo que se veían de ellas. Era más amplia que la cripta superior y desde ella salían varios pasillos que se internaban en las oscuridades más profundas.
   Mariana giró sobre sí misma para alumbrar cada uno de ellos con la tenue luz de su linterna, en ninguno se veía el final.
   —Debemos revisar cada uno.
   —Son demasiados —protestó Federico.
   Nesi saltó del bolso y se asomó al más cercano.
   —Nos separamos —dijo Micaela.
   —No —dijeron ambos hermanos a la vez.
   —¿Entonces? —Micaela se dio la vuelta a mirarlos a los dos.
   Nesi regresó junto a ella, pero no volvió al bolso.
   —Nosotras vamos juntas —Mariana se acercó a su amiga.
   —Bien —dijo Federico—, vamos todos juntos.
   —Así vamos a tardar mucho Micaela se acomodó el pelo con ambas manos mientras echaba un vistazo a los interminables pasillos.
   —Supongo que puedo ir por mi cuenta —se encogió de hombros Federico.
   —No sé —vaciló Micaela.
   Mariana, que estaba de espaldas a su hermano, la miró con el ceño fruncido. Micaela negó imperceptiblemente con la cabeza y luego miró a Nesi, éste emitió un largo suspiro.
   —Está bien, iré con el brujo.
   —No hace falta.
   —Dos y dos —dijo Micaela.
   —Está bien, como quieran. No tenemos mucho tiempo.
   —Entonces, ¡a la acción! —Mariana se dio la vuelta y se encaminó al pasillo que tenía más cerca.
   —Espera —la llamó su hermano.
   —¿Y ahora qué?
   —Tenemos que coordinar cuándo nos reencontramos y dónde.
   —Aquí, ¿dónde más?
   Federico contuvo un bufido.
   —Bien, ¿y cuándo?
   —Cuando encontremos algo.
   —Ni siquiera sabemos qué buscamos, al menos yo no lo sé.
   Micaela se frotó la frente.
   —¿Tienen que discutir por todo?
   —Mica tiene razón, perdemos el tiempo. Volveremos aquí en… eh… cuatro horas.
   Federico miró su reloj y asintió.
   Mariana se apresuró a agarrar a Micaela de la muñeca y juntas entraron a uno de los oscuros pasillos. El lugar era igual de escabroso que la cripta anterior y estaba lleno de pequeños animales que salía volando y corriendo en todas direcciones cuando ellas se acercaban.
   —Puaj —dijo Mariana mientras quitaba las telarañas de encima—, ¿por qué estos lugares tienen que ser tan asquerosos?
   —No creo que haya otra forma para ellos —dijo Micaela, aunque llevaba los puños apretados y trataba de mantenerse alejada de las paredes.
   Mariana miró por sobre su hombro, aunque no se pudiera distinguir nada.
   —¿Por qué no lo dejaste ir solo? No se enfrentaría al vampiro, lo más seguro es que huyera como dicen que hay que hacer papá y mamá.
   —No era por eso sino… ¿qué pasa si él encuentra lo que nosotras buscamos?
 

Libro III - Capítulo III - pag 4


 
   —¿Cómo puede saber…? Ah, por eso era mejor que fuera Nesi con él, sí, entiendo.
   —Aunque también tendríamos que haber pensado en su seguridad. —Suspiró. —Ni siquiera pensamos bien en la nuestra.
   —No te preocupes por él, ni por nosotras, los brujos vivimos peleando vampiros —sonrió.
   No tardaron en llegar a un espacio circular más profundo, de acuerdo a la falta de aire. No habían dado un paso fuera del pasillo cuando vieron que allí había varios vampiros, unos más jóvenes. Mariana reaccionó con rapidez y lanzó tres hechizos antes de que ellos pudieran saltar hacia ellas. Micaela buscó la energía en su interior y el lugar no tardó en llenarse de una luz blanca que lo inundó todo y ahogó los gritos y chillidos de los vampiros. Cuando pudieron volver a enfocar la vista, ya no quedaba ninguno de ellos, aunque tampoco eran capaces de ver por dónde se habían ido.
   —Tiene que haber un pasillo oculto —dijo Mariana—, tenemos que encontrarlo.
   —No, mejor revisemos esto primero, antes de que alguno quiera regresar.
   Mariana miró hacia donde apuntaba Micaela, lo que se veía como un basural, pero que parecía contener algunos papeles.
   —¿Eso?
   —Pistas, eso es lo que vinimos a buscar.
   —Está bien —dijo Mariana, aunque se acercaba con demasiada lentitud.
   Micaela comenzó a revisar con rapidez. La mayor parte era basura.
   Pronto escucharon pasos por el pasillo. Era el hermano de Mariana. Esta se dio la vuelta para verlo, mientras Micaela se guardaba un pedazo de papel en el bolso. Nesi fue corriendo hacia ella.
   —¿Qué estás haciendo acá? —dijo Mariana.
   —Escuché gritos y vine a ayudarlas.
   —¿Cómo sabías dónde estábamos?
   Federico señaló a Nesi, quien se había subido al bolso de Micaela y la observaba desde allí.
   —Estoy bien —dijo ella—, los espantamos.
   —No tardarán en volver —aseveró Nesi.
   —Entonces debemos apurarnos.
   Micaela regresó su atención a la pila de basura. Nesi saltó sobre ella sin quedarse quieto en ningún lugar por mucho tiempo, era confuso de ver, como una mosca. Federico se acercó también al montón de basura.
   —¿Qué hay aquí?
   —Es lo que estamos tratando de ver —Mariana se interpuso en su camino—. ¿Y cómo puede ser que hayas llegado aquí tan rápido? ¿No se suponía que estabas investigando otro de los pasillos?
   Su hermano la miró con rostro impávido.
   —Puedo correr. Además, no pasó tanto tiempo desde que nos separamos. —Sonrió. —Tampoco es que ustedes hayan avanzado mucho, apenas entré al pasillo ya estaban aquí, no es mi culpa de que seas lenta, hermana.
   Mariana abrió la boca, pero fue capaz de cerrarla antes de que saliera algún sonido. Entornó los ojos.
   —¿Y qué encontraste en el tuyo? Si se puede saber.
   —Nada —Federico se encogió de hombros. —¿No deberíamos estar ayudando a Micaela? La idea era irnos de aquí antes de que oscureciera.
   Mariana suspiró y se dio la vuelta. Comenzaron a revisar la basura junto a Micaela, sin dejar de echar furiosos vistazos a su hermano cada tanto. Pero este seguí con la misma impavidez de siempre.
   Después de varios minutos, Mariana llamó a los demás.
   —Miren esto.
   —¿Qué es? —preguntó Micaela.
   Federico inspiró con fuerza y murmuró un poco lo bajo.
   —Creo que esto es lo que la abuela estaba revisando con las demás. —Estiró el brazo, pero su hermana se alejó. —Esto demuestra que los vampiros están detrás de la desaparición de los mentores.
   —¿Cómo lo sabes? —entornó los ojos Mariana.
   Antes de que contestara, se escucharon ruidos en los pasillos.
   —Tenemos que irnos —dijo Federico.
   Micaela volvió a mirar a la pila de basura.
   —¡Ahora!
   Corrieron hacia el pasillo por el cual había llegado, los ruidos a sus espaldas eran cada vez más fuertes, así como el tufo. Mariana se detuvo un segundo para tirar algunos de los hechizos al hueco. Llegaron al espacio redondo y tardaron unos segundos en encontrar las escaleras por las que habían bajado. Las linternas ya eran incapaces de atravesar esa oscuridad. Si no fuera por Nesi, hubieran tardado valiosos minutos. Recién habían subido los primeros escalones cuando se volvieron a escuchar los ruidos. Mariana y Federico tiraron los últimos hechizos y todos corrieron escaleras arriba.
   La cripta superior estaba vacía y con la puerta entornada. Micaela frunció el ceño. No recordaba si la habían cerrado o no. Pero no tuvo tiempo de pensarlo, Mariana la empujó fuera, donde ya era de noche.
   —No se detengan —dijo Federico sin dejar de correr.
   Llegaron al auto jadeando.
   Casi una hora después, estaban de vuelta en la casa la casa de Mariana. Gilda los esperaba en la puerta.
 
*Fin del capítulo III* 
 

sábado, octubre 14, 2017

Libro III - Capítulo II - pag 1


(Debido a la extensión de los capítulos, se publican en varias páginas.)
 
   Al día siguiente, se levantaron antes que el resto de la familia de Mariana, incluso Gilda. Mariana preparó unas bolsas para llevarse el desayuno y comer sobre la marcha. Caminar diez cuadras bajo un cielo que todavía tenía ese color celeste claro que no terminaba de conformar un cielo real. Era un momento tranquilo del día.
   Mariana guio a Micaela hasta uno de sus escondites favoritos. Se trataba del altillo de una vieja casa deshabitada. Mariana le había dicho que durante mucho tiempo había pertenecido a una tía lejana de la familia que los demás habían dejado de lado. El lugar estaba mohoso y lleno de telarañas y polvo. La parte inferior, donde estaba la casa principal, se hallaba casi en ruinas y las escaleras apenas sostuvieron el peso de las chicas mientras subían. Mientras Micaela se aferraba a la pared para avanzar, Nesi llegó a la cima en pocos saltos.
   Mariana se acomodó en el piso, que no estaba para nada limpio, y puso frente a ella su libro de brujería. Luego se dedicó a rebuscar sonoramente en su bolso y sacar un bol, sal, varias bolsas de esencias, unas dagas de forma extrañas...
   —¿En realidad necesitas todo eso? —preguntó Micaela a la vez que arrugaba la nariz.
   —A los brujos les encanta su parafernalia —Nesi quien caminaba alrededor de las jóvenes mientras observaba atentamente cómo sus pies se hundían casi hasta los tobillos en algunos sectores debido al polvo acumulado.
   —Es mejor estar siempre listos —Mariana no levantó la vista hasta que estuvo rodeada de casi todo lo que llevaba en su bolso.
   Después de inspeccionar el piso y las marcas que el duende había dejado por allí, finalmente Micaela suspiró y se sentó al lado de su amiga. Nesi se recostó contra su pierna.
   —Llevaría meses limpiar este lugar.
   —No hace falta limpiarlo —Mariana no levantó la vista de la página que estaba estudiando.
   —¿Estás por hacer una… poción? —Micaela trató de sonar seria.
   Mariana le echó un vistazo y sonrió.
   —Algo así. —Comenzó a tirar las cosas dentro del bol sin un orden aparente. —Necesitaré la foto.
   Micaela vaciló.
   —No te preocupes, no le pasará nada.
   Micaela la sacó de su propio bolso y la mantuvo entre sus dedos mientras veía como Mariana cocinaba lo que fuera que se estuviera cociendo en ese bol. Todo lo que había lanzado dentro había comenzado a burbujear casi de inmediato.
    —¿Dónde está el fuego?
   —No necesita —dijo Mariana mientras no dejaba de revolver—, se calienta con magia, a la temperatura justa sin tener que esperar nada. —Sonrió y estiró el brazo. —Dame la foto.
   Micaela, todavía dudosa, se la tendió y su amiga la puso dentro del bol. Luego cerró los ojos y comenzó a murmurar por lo bajo palabras ininteligibles. Nesi sacudía la cabeza de un lado a otro, pero se abstuvo de comentar. Micaela se retorció los dedos mientras esperaba, con la mirada fija en la foto. Cuando el bol se llenó de humo, tuvo que contenerse para no intentar recuperarla.
   Después de unos minutos, el humo se disipó y Mariana abrió los ojos.
   —Si todo salió bien, como seguro que sucedió —volvió a sonreír y Nesi puso los ojos en blanco—, deberíamos poder ver algo.
   Con dedos cuidados, sacó la foto, que estaba intacta y la dejó a un lado, sobre el piso lleno de polvo. Micaela se apresuró a rescatarla y guardarla antes de volver ver a prestar atención a su amiga. Mariana miraba tan de cerca dentro del bol que casi hundía la nariz en él.
   —Ja, soy una genia —dijo a los pocos segundos y le dio el bol a Micaela.
   Ésta vaciló y se cubrió las manos con las mangas antes de aceptarlo.
   —Ya no está caliente.
   Micaela inspiró, tomó el bol con ambas manos y miró en su interior con el ceño fruncido. Lo giró hacia ambos lados e inclinó la cabeza de derecha a izquierda.
   —¿Qué significa?
  


Libro III - Capítulo II - pag 2


 
   —Ah, claro —dijo Mariana con algo de decepción en su voz—, tú no sabes leerlo. Es como interpretar las hojas de té.
    —¿Qué significa, bruja? —Nesi intercedió—. Lleguemos ya a lo importante.
   Mariana lo fulminó con la mirada.
   —Ya que no quieren saber de toda mi genialidad, solo les diré que es una pista figurativa, que hay que adivinar qué indica…
   —Mariana.
   —Uf, está bien. Es en el barrio de Flores.
   —¿Qué cosa?
   —No sé —se encogió de hombros—, solo sé que tenemos que ir ahí. Aunque ese barrio es bastante significativo, ¿no?
   —Vaya pista, bruja.
   —Es mejor que nada —suspiró Micaela—, pero ¿por dónde empezar? —¿Perdón? ¿Flores? ¿Es que acaso no conoces la leyenda?
   Micaela enarcó las cejas.
   —La del vampiro de Flores.
   Micaela endureció el gesto.
   —¿Por qué será que no me sorprende? —murmuró por la bajo.
   —Vampiros —dijo Nesi—, son como la peste.
   —Entonces nosotros tendremos que exterminarla —Sonrió Mariana.
   Micaela sacudió la cabeza.
   —¿Cuándo vamos?
   Mariana se puso de pie.
   —¿Para qué esperar?
   Decidieron tomar un colectivo, aunque tardarían más en llegar, podían usar ese tiempo para planear algo en caso de encontrarse con vampiros y además también podrían almorzar algo durante el viaje, ya que Mariana tenía hambre otra vez.
   Micaela dejó el bolso abierto a su lado para que Nesi pudiera mirar fuera. Estaban sentadas en el último asiento de un coche semivacío que se balanceaba con pereza sobre el empedrado.
   —¿Tienes alguna idea de por dónde deberíamos empezar a buscar? —preguntó Micaela—. Todo el barrio es mucho espacio para cubrir entre nosotras dos. Aunque nos dividiéramos…
   —No nos vamos a separar.
   Micaela la miró sorprendida.
   —¿Piensas que voy a volver a dejar que te quedes atrapada en una casa sin mí? —Sonrió. —¿Y perderme la diversión? —Sacó uno de los sándwiches que habían comprado. —Supongo que tendremos que empezar en el cementerio —se encogió de hombros.
   Micaela la observó con atención.
   —Pareces muy tranquila.
   Mariana se volvió hacia ella mientras masticaba y le hizo un gesto con las cejas.
   —Cuando te había dicho que vivía cerca del cementerio de Chacarita, te alteraste.
   —No me alteré, solo estaba preocupada, como cualquiera con sentido común en una noche oscura. Ahora es de día.
   —Todavía no entiendo cómo eso cambia tanto las cosas.
   —Lo hace, ¿es que tus encuentros con las sombras no te han dicho nada?
   Revolvió la bolsa en busca de la bebida mientras sostenía el sándwich con la otra mano.
   —Pero siempre hay sombras, no es necesario que sea de noche para eso.
   —No, pero hay más de noche.
   —En realidad, hay menos —sostuvo Micaela—, necesitas luz para que haya sombra. De noche, simplemente está oscuro.
   Mariana la miró con cierta irritación, mientras salía una risa aguda del bolso de Micaela. Ella miró hacia el resto del colectivo, pero nadie les prestaba atención.
   —Tengo sed —dijo Mariana.
   Micaela, que no estaba comiendo, apretó los labios. Sacó una de las bebidas, la abrió y se la dio a su amiga.
   —Deberías comer algo ahora. Quién sabe cuándo volveremos a tener tiempo.

Libro III - Capítulo II - pag 3


 
   Micaela miró con desgana los sándwiches y escogió el más pequeño. Lo comió con desgana mientras el colectivo seguía avanzando. Terminaron su temprano almuerzo casi cuando tenían que bajarse. Mariana lo hizo de un salto, Micaela la siguió con más lentitud, asegurándose de no dejar suciedad en el colectivo.
   Mariana comenzó a caminar con bríos cuadra tras cuadra.
   —¿Cuánto falta?
   —Ya poco.
   —¿Por qué nos bajamos en esa parada si estaba tan lejos?
   Mariana miró hacia atrás, por sobre su hombro.
   —Porque no queremos que nos sigan.
   —¿Quién?
   —Nunca se sabe.
   Micaela no contestó, pero empezó a mirar sobre su hombro cada pocos minutos.
   Llegaron al cementerio poco después, las entradas estaban abiertas y unas pocas personas caminaban dentro. Eran un lugar pintoresco y casi podría parecer un barrio tranquilo si no fuera porque se supiera qué era lo que habitaba en esas casas.
   —Saca a Nesi —dijo Mariana.
   —¿Perdón?
   —Déjalo suelto, podremos revisar más espacio más rápido.
   Micaela abrió el bolso y Nesi salió de un salto, cayó justo frente a Mariana.
   —Bruja, no soy un perro para utilizar.
   —Yo no dije que eso.
   —Sí, lo hiciste. No me trates así, los brujos se creen… —masculló tan por lo bajo que no se entendieron sus siguientes palabras—. Yo estoy aquí solo por ella, la luminosa.
   —Por favor, Nesi, ¿nos podrías ayudar?
   Micaela se había agachado. Nesi asintió y se alejó de allí a veloces saltos.
   —Podrías ser un poco más amable con él.
   Mariana se encogió de hombros.
   —Es solo un duende.
   —No para mí, me ayudó cuando…
   —¿Cuándo no quisiste que yo lo hiciera?
   —Cuando no tenía que hacerlo.
   —Todavía no sabemos bien sus intenciones. ¿Por qué está aquí? ¿Por qué se unió a nosotras? Sabes, en general son muy egoístas.
   —Tu abuela confía en él.
   Mariana bufó.
   —Como yo lo veo, esas son más razones para desconfiar todavía —Frunció el ceño al mirar hacia una de las casas más grandes de las que las rodeaban.
   —Nunca me dijiste de dónde…
   —Allí —la interrumpió Mariana—, entremos en esa.
   Se acercaron con cautela, Mariana iba delante con su bolso lleno de hechizos preparados que había recogido de su escondrijo (tenía casi un arsenal allí). Micaela trató de concentrarse en la energía que veía en su mente, pero todavía le era muy difícil controlarla, esperó poder hacerlo si lo necesitaban. Se quedó en el umbral mientras Mariana se adentraba de a en la casa. Micaela observó cómo su sombra se alargaba desde la puerta hasta Mariana y luego se desprendía.
   Tardó unos segundos en reaccionar.
   —Mariana —dijo a la vez que avanzaba un paso, con el brazo estirado hacia delante.
   Su amiga se dio la vuelta justo cuando la puerta se cerró de un golpe. Con el último toque de luz, Micaela vio como el vampiro cerraba sus garras alrededor del cuello de Mariana.
   —¡No!
   La oscuridad era total. Micaela no solo no podía ver nada, sino que además no podía escuchar nada más que un lento arrastre de pies contra un suelo lleno de polvo.
   —¿Mariana? —Micaela murmuró y se movió hacia delante con los brazos extendido, esperando el impacto en cualquier momento.
   ¿Por qué Mariana no había gritado? ¿Por qué no lo hacía ahora?
   Apartó esos pensamientos de su mente, no tenía sentido en pensar en ellos. Su protectora era fuerte, seguramente ya se había liberado del vampiro y ahora estaba…
   Micaela siguió avanzando y, de pronto, sonó un fuerte golpe frente a ella y se sintió impulsada hacia atrás. Pegó contra la pared y se deslizó hacia el piso. Al instante notó que algo caía sobre sus piernas. Pateó con fuerzas y trató de alejarse, pero no podía ir más allá de la pared que tenía a sus espaldas. No se oían más ruidos que los suyos propios tratando de moverse.
   Se ordenó a sí misma tratar de recuperar el control y concentrarse en la luz de su interior. Cuando se calmó un poco, advirtió que aquello que había caído sobre sus piernas no se movía.
   —¿Mariana? —volvió a murmurar mientras palpaba el bulto inmóvil.
 

Libro III - Capítulo II - pag 4


 
   Antes de que pudiera asegurarse, algo la agarró por las muñecas y tiró de ella hacia arriba. Dio un pequeño grito y en seguida tuvo que cerrar la boca por el aliento fétido que le cayó en la cara. Sintió que los dientes del vampiro se acercaban a su cuello y se retorció con todas sus fuerzas. Sin embargo, era demasiado menuda para causar algún efecto. Intentó tranquilizarse otra vez y focalizar su atención en la energía blanca que estaba siempre bullendo en su cabeza, pero le era casi imposible concentrarse.
   Sintió una lengua lamer en el lugar justo donde latía su vena.
   —¡Mariana! ¡Mariana! ¡Despierta! —No dejaba de moverse y gritar.
   El vampiro ahora reía sobre su rostro, no parecía tener apuro.
   Entonces se escucharon golpes a la puerta. Micaela aprovechó la distracción para zafarse a las patadas y cayó encima Mariana, quien comenzaba a despertarse. Pronto el vampiro estaba de vuelta sobre ellas.
   —¡No! —gritó otra vez y en ese momento un poco de su energía blanca iluminó el lugar.
   El vampiro se tapó el rostro y retrocedió, pero la luz no duró lo suficiente. La oscuridad volvió a cubrirlas. Aunque Mariana se había despertado. La puerta seguía sonando con fuertes golpes y alguien gritaba del otro lado.
   —Hazte a un lado —gruñó Mariana la vez que se ponía de pie.
   Micaela se corrió y tropezó hasta la puerta para intentar abrirla. No podía ver ni sentir el picaporte, sintió que como se le doblaban y rasguñaban los dedos cuando intentaba tirar de unos pasadores de metal. Por fin logró destrabarla y, en cuanto lo hizo, la puerta se abrió con fuerzas, apenas tuvo tiempo de retroceder para que no la golpeara. Federico, el hermano de Mariana, entró seguido de Nesi. Micaela se dio la vuelta, su amiga estaba de pie frente al vampiro, con expresión fiera en el rostro. El vampiro vaciló al mirar hacia la luz que ahora entraba a través del hueco de la puerta y, antes de que alguien pudiera detenerlo, se escurrió dentro de la cripta.
   —Vamos —dijo Mariana e intentó seguirlo.
   —No —Federico la agarró del brazo—, no es seguro.
   —¡Déjame! —Mariana se sacudió.
   —¡Estás sangrando! —Micaela se apresuró a llegar a su lado.
   —Es solo un rasguño.
   —No seas tonta, bruja. —Nesi estaba a sus pies. —Tuvieron suerte, era un vampiro adulto, y bastante viejo por el olor que dejó detrás.
   Mariana se tranquilizó, después de zafarse del agarre de su hermano.
   —¿Y tú que estás haciendo aquí? —escupió.
   —Quería asegurarme de que estuvieran bien —se defendió él.
   —¿Nos seguiste?
   —Tú lo sabías —dijo Micaela mirando a Mariana y alejándose de ambos, con Nesi de vuelta en el bolso—, lo sabías.
   —¡No, claro que no! —Mariana sonó indignada.
   —Dijiste que tratabas de despistar.
   —Eso lo hago siempre, no sabía que él… —Inspiró y se volvió hacia su hermano. —¿A quién más le contaste?
   —A nadie, solo quería estar seguro de que estaban bien. ¿En qué andan?
   —No te diremos nada.
   —Vamos, sabes que venir a estos lugares es demasiado peligroso, puedo ayudarlas.
   —¿Por qué habríamos de creerte?
   —Nos seguiste —lo acusó Micaela, con los brazos cruzados sobre el pecho.
   —Por su seguridad.
   —No te creo. ¿Por qué nos ayudarías? ¿Por qué no le contarías a mamá?
   Él se encogió de hombros.
   —Yo también quiero averiguar qué pasa y a mí tampoco me cuentan mucho.
   Mariana entornó los ojos y lo miró largos minutos, sin pestañear ni una sola vez.
   —Está bien —dijo al fin a la vez que arreglaba su ropa—, pero harás lo que nosotras digamos.
   —No me convence.
   —No te preocupes, Mica, puedo manejarlo.
   Micaela frunció los labios, miró de uno a otro y salió de la cripta. El sol fuera le hizo guiñar los ojos.
   —Yo tampoco confío en él —susurró Nesi—, lo mantendré vigilado.
   —Gracias —murmuró ella.
   Mariana y su hermano los alcanzaron poco después. Ella no dejaba de mirar la cripta de la que habían salido.
   —No puedes entrar allí de forma improvisada —le advirtió su hermano—. No deberían haberlo hecho la primera vez.
   Mariana estudió a Micaela, que parecía renuente a hablar, y luego se masajeó las sienes.
   —Supongo que tendremos que organizarnos.
   Federico suspiró.
   —Vamos, vengan por aquí, traje el auto.
 
*Fin del capítulo II* 
 

sábado, octubre 07, 2017

Libro III - Capítulo I - pag 1


(Debido a la extensión de los capítulos, se publican en varias páginas.)
 
   Micaela se concentró en quitarse el polvo de la ropa. Se golpeaba una y otra vez a lo largo de todo el cuerpo, pero no lograba eliminar las marcas grises que se extendían desde las rodillas hacia los tobillos y a lo largo de ambos antebrazos además de por todo el costado derecho. Tendría que restregarla, pero eso solo lograría que además de sucia estuviera arrugada.
   —Te falta el pelo —le dijo Mariana, que no había hecho nada por limpiarse.
   Micaela la miró de arriba abajo y frunció el ceño.
   —¿Por qué tú ni siquiera lo intentas?
   Mariana se encogió de hombros. Como siempre, estaba vestida completamente de negro, lo que en realidad no hacía mucho por hacer menos visible la suciedad que llevaba encima. Sin embargo, Micaela, con su ropa de color claro, no tenía forma de que no se le notara. Cada tanto se detenía, como si se rindiera, y luego comenzaba de nuevo a restregar la tela.
   —¿Por qué te importa tanto? En casa están acostumbrados a que aparezca así, al igual que cualquiera de mis hermanos. Es normal para los brujos.
   —No soy bruja —murmuró Micaela.
   Mariana enarcó las cejas y se cruzó de brazos. Su amiga suspiró.
   —Para mí no es normal esto. —Micaela se empecinó en tratar de arreglarse el pelo que, aunque corto, estaba bastante desaliñado.
   —Bah, te preocupas demasiado.
   Mariana se dio la vuelta y en pocos pasos llegó a la panadería de su familia y entró en el local. Micaela la siguió sin dejar de aplanarse el pelo sucio.
   El local estaba vacío, como casi siempre que pasaban por allí. Y, como no podía ser de otra manera, Micaela se preguntó en qué momento del día habría alguna actividad, al menos de parte de los demás brujos. ¿O tal vez fuera durante la noche? Estaba segura de que debían de tener ese lugar por algo más que apariencias, pero siempre olvidaba preguntarlo. Casi todo el espacio estaba lleno de polvo y no había nada que indicara que alguno de los estantes estuviera poblado en algún momento. Detrás de uno de los mostradores estaba uno de los hermanos de Mariana, leía un libro y no se inmutó ni levantó siquiera la mirada cuando ellas entraron.
   —Mamá está enojada, descuidaste varias de tus tareas.
   —Las haré esta noche —dijo Mariana y siguió de largo.
   El hermano las miró entonces y le sonrió a Micaela cuando ella pasó a su lado. Ella sonrió a su vez, aunque brevemente. Se detuvo.
   —¿Qué es lo que…?
   —Vamos, Mica —la llamó Mariana desde la puerta de acceso a la casa. Micaela cerró los ojos brevemente.
   —Espera solo un momento —murmuró y volvió a abrir los ojos.
   El muchacho estaba otra vez concentrado en su libro, como si ya se hubiera olvidado de su presencia. Micaela sacudió la cabeza y se volvió para seguir a su amiga.
   La sala que atravesaron después también estaba vacía, pero se escuchaban voces provenientes del comedor, además del ruido de platos y vasos. Sin embargo, Micaela no fue en esa dirección, sino que se apresuró a ir a la habitación que compartía con su madre.
   Marisa estaba sentada en la cama, leyendo un libro. Micaela la observó unos momentos sin entrar a la habitación. Su madre había recuperado algo del color de sus mejillas y tal vez algún que otro kilo. Que ya tuviera suficientes fuerzas como para intentar leer un poco fue algo que alegró inmensamente a Micaela. Tal vez eso fuera lo único bueno de la situación que estaba viviendo.
   —¿Vas a quedarte en el umbral? —Sonrió Marisa, sin levantar la vista.
  


Libro III - Capítulo I - pag 2


 
   Micaela entró y se sentó, con cuidado, en la cama a su lado.
   —Estaba mirándote —apoyó una mano en el antebrazo de su madre―, te ves mucho mejor. ¿Cómo te sientes?
   Marisa sonrió con más fuerza, dejó el libro y tomó la mano de su hija entre las suyas.
   ―Me siento mucho mejor, creo que dentro de poco podré salir un poco de la cama.
   —Eso es maravilloso.
   Micaela le apretó las manos; sus ojos brillaban.
   Marisa vaciló. El libro cayó al piso
   —Sabes que no es seguro…
   —Lo sé —se apresuró a decir Micaela y apretó los labios un instante―, pero es bueno saber que te sientes mejor. Mucho mejor que antes, eso lo importante ahora, nada más.
   Marisa asintió.
   Micaela recogió el libro y lo dejó sobre la cama, al lado de su madre, acarició la tapa un instante. Era una novela que su madre había leído decenas de veces. Micaela sonrió y levantó la vista, pero Marisa aún se veía triste.
   —A veces quisiera… —suspiró—, tal vez si tuvieras hermanos o si yo los tuviera. ¿Sabías que nunca supe si tu padre los tenía? Tal vez tengas tíos o tías, incluso primos.
   Micaela sacó la mano de la tapa de libro.
   —Creí que dijiste que era hijo único.
   —Eso me dijo él, solo vi a su madre una vez, de lejos, no hablé con ella ni con nadie de la familia. Pero ahora que lo pienso, tal vez no sea del todo cierto, es probable, sabes, tal vez tengas una…
   Micaela le tapó la boca.
   —Estoy bien, mami.
   —Micaela, no sabemos si… y si yo…
   —Pase lo que pase estaré bien. Además, si la hubiera tenido, ya nos habríamos enterado, ¿no? Lo único que importa ahora es que tú estés bien, mami, nada más.
   Marisa dejó pasar unos minutos antes de estirar el brazo para sacar unas pelusas del pelo de su hija.
   —¿Qué has estado haciendo?
   Micaela ese encogió de hombros y desvió la mirada.
   —Por ahí, con Mariana.
   —Me alegra tanto que tengas amigas, esa chica te hace mucho bien.
   Micaela la miró con sorpresa.
   —¿En serio?
   —¿No te diste cuenta todavía? —volvió a sonreír Marisa.
   —¿De qué cosa?
   Su madre volvió a vacilar.
   —De que, en parte, se parece a Ceci —ambas callaron unos momentos—. Las dos llenas de vivacidad, energía y un poco atolondradas. Justo lo que te hace falta, tu complemento.
   —No… no creo que yo… tengo energía.
   —Claro que sí, pero eres más prudente, hacen un buen equipo.
   —¡Ja! Eso ya lo sabía yo —dijo Mariana con expresión triunfante desde el umbral—. La cena ya está lista, ¿vienes, Mica?
   —Te traeré un poco —le dijo a su madre.
   —No te preocupes por mí.
   ―Sí, no te preocupes —dijo Mariana tirándole del brazo―, mamá ya viene con la bandeja. Ven, pasemos por mi habitación antes.
   Micaela miró a su amiga mientras caminaba, había algo distinto en ella, algo que no encajaba con la imagen que tenía hacía solo unos momentos. Ladeó la cabeza.
   —¿Te cambiaste la remera?
   Mariana sonrió.
   —Pero no el pantalón —miró las piernas de su amiga—, ¿eso qué arregla? Además, supongo que no te bañaste —frunció la nariz.
   —Lo haré después, lo importante es evitar las preguntas durante la cena.
   —¿No dijiste que estaban acostumbrados?
   —Ah sí, no se asombran, pero que preguntan… preguntan.
   Micaela vaciló y se miró la ropa.
   —Te prestaré algo para que te pongas encima, solo dices que tenías frío y listo. Menos explicaciones es mejor.
   Micaela puso los ojos en blanco y la siguió hasta su habitación, cerró la puerta después de entrar. Nesi estaba parado frente a la caja abierta sobre la cama. Miraba la foto con el ceño fruncido. Eso era lo que habían encontrado en la caja que no tendrían que haber abierto aún, algunas fotos extrañas y unos pergaminos en blanco. O por lo menos no habían logrado hacer que apareciera ningún tipo de escritura en ellos. En algún momento tendrían que pedirles a las matriarcas y pedirles su ayuda, pero por el momento…

Libro III - Capítulo I - pag 3


 
   —No deberíamos dejarlo así —dijo Micaela y se apresuró a guardarla bajo la cama de Mariana.
   —No te preocupes —dijo su amiga con un gesto de la mano—, nadie puede entrar en mi pieza. Además, Nesi se supone que está vigilando. —Hizo una mueca. —Bueno, supongo que es mejor que nada.
   El duende se volvió hacia Micaela con los brazos en jarra.
   —Puedes confiar en mí más que en la magia de la bruja.
   Mariana amenazó con golpearlo, pero dejó de prestarle atención de repente, como si le hubiera acabado de ocurrir una idea. Se llevó la mano al mentón y se golpeó el labio con el dedo repetidas veces. Luego se volvió hacia su amiga con un gesto extraño en la cara.
   —Creo que es momento de cambiar el enfoque.
   Micaela se había sentado en la cama, al lado de Nesi que seguía en pose.
   —¿A qué te refieres? No pienso decirles…
   —No, no —gesticuló Mariana—, no me refería eso, sino a hacer una búsqueda más agresiva.
   —¿Qué tienes en mente? —enarcó las cejas Micaela.
   Mariana enarboló una gran sonrisa, lo que hizo que su amiga se pusiera en guardia. Mariana revolvió entre unos estantes llenos de caos junto a su cama y sacó uno de sus libros de brujería. Lo hojeó de atrás hacia delante y de vuelta hacia atrás antes de detenerse en una página y levantar la vista mientras acariciaba la hoja frente a ella.
   —Hay un hechizo que hace mucho que quiero intentar.
   Micaela suspiró, cansada.
   —Mariana…
   —Funcionará, confía en mí.
   Micaela abrió la boca, pero en ese momento golpearon a la puerta.
   —Chicas, la comida se enfría.
   —Hablaremos después —dijo Micaela solo con los labios, sin voz, y se levantó para abrir la puerta.
   La cena transcurrió como todas las de la familia de Mariana: mucha comida y muchas conversaciones a la vez, que todos parecían escuchar y seguir en paralelo. Gilda no apareció hasta que ya habían llegado al segundo plato y lo primero que hizo fue clavar la mirada en su nieta durante largos segundos antes de hablar.
   —Mariana, estás descuidando tus tareas. ¿Es que te volverás una bruja perezosa?
   —Mi tarea como protectora de Mica es la principal.
   —Pero no la única, y ¿qué le estás enseñando? ¿Cómo va su aprendizaje?
   —Eh… bien.
   —Mañana haremos unas pruebas —Gilda paseó su mirada también por Micaela—. Debemos estar preparados, siempre.
   —¿Hay alguna novedad? —preguntó la madre de Mariana.
   Gilda inspiró con fuerza y apretó los labios.
   Mariana se apresuró a susurrarle algo a Micaela.
   —Fíjate, siempre me asombra que pueda hablar con los labios tan juntos, a veces creo que es ventrícula.
   Micaela esbozó una sonrisa, pero ambas se pusieron serias cuando la abuela comenzó a hablar.
   —Las matriarcas estamos siguiendo diferentes pistas, pero los vampiros son elusivos y las sombras todavía más. Es poco el conocimiento que tenemos —se encogió de hombros con tanta rigidez que podría haberse quebrado—, que siempre hemos tenido, sobre los luminosos. Lo único que tenemos claro y sobre lo que no hay discusión es que tenemos que protegerlos.
   —¿Qué hay sobre un mentor? —preguntó el padre de Mariana.
   —Eso también está resultando difícil, no logramos dar con el rastro de ninguno.
   —Me preocupa —inspiró Eva—, un mentor tendría que haber aparecido inmediatamente a la transformación de Mica o poco después. Mamá, ¿crees probable que no lo hayan notado? Es decir, tampoco sabemos cómo… a menos que…
 

Libro III - Capítulo I - pag 4


 
   Dejó que las palabras flotaran en el aire. Todos dejaron de comer y los platos comenzaron a enfriarse lentamente.
   —Tal vez deberíamos volver a buscar a ese hombre tatuado —opinó Federico—, el que anda en el subte.
   Micaela y su amiga intercambiaron una mirada.
   —No hubo suerte —dijo Sebastián—, ya lo intentamos.
   —¿Cuándo? —preguntó Mariana con el ceño fruncido—. ¿Por qué no me dijeron nada?
   —No era necesario —Gilda por fin tomó asiento.
   —Ya habíamos pasado por esto —dijo Micaela con la voz tensa—, no resultó bien la última vez que nos ocultaron cosas.
   —Eso podría decirse de ambos lados.
   —Nosotras no ocultamos nada —Mariana se llenó la boca de comida.
   —¿Qué hacen todo el día en la calle?
   —Le estoy mostrando a Mica el mundo de los brujos.
   —Esto no es diversión —dijo Gilda.
   —Mamá —dijo la madre de Mariana—, deja que se relajen un poco, necesitan hacerlo. Micaela aprenderá mejor a controlar su magia en un ambiente más distendido. —Miró a su hija, quien sonreía con la boca llena. —Aunque eso no evita que Mariana haga sus tareas.
   —Las haré, las haré —Mariana hizo un gesto con la mano y aprovechó para servirse un poco más de comida.
   Gilda volvió a apretar los labios.
   —No tenía sentido decirles nada del hombre tatuado hasta que lo encontráramos.
   —Pero si nosotras íbamos… —comenzó Mariana.
   —La idea es no exponer a Micaela innecesariamente.
   —Él no es un peligro.
   —Eso no lo sabemos.
   —No importa —dijo Micaela con firmeza—, nos habíamos puesto de acuerdo en que me informarían de cada paso.
   —Te informaríamos de cada avance —puntualizó Gilda.
   —Eso no es lo que habíamos hablado.
   —Mica —Mariana extendió su brazo hacia ella y luego se volvió hacia su abuela—. Ella tiene razón, habían dicho que compartirían información con nosotras.
   Gilda volvió a inspirar.
   —Una de las matriarcas tuvo una visión, no era seguro estar cerca de ese hombre. Niñas, solo tratamos de protegerlas.
   —Mantenernos en la ignorancia no es protegernos —siguió presionando Micaela—, ¿cómo pueden pedirme confiar en ustedes si siguen ocultando cosas?
   —Es cierto —confirmó Diego—, si nosotros no decimos lo que hacemos o sabemos, ¿cómo podemos esperar que ellas nos digan lo que ocultan?
   —Nosotras no ocultamos nada —repitió Mariana, sin que le temblara la voz ni que se le enrojecieran las mejillas.
   Micaela desvió la mirada.
   —Todo el mundo sabe lo que buscamos —siguió su amiga—, no es ningún secreto.
   —Mariana —dijo su padre—, también habíamos acordado que no se pondrían en peligro.
   —No estamos en ningún peligro —puso los ojos en blanco la joven—, solo hacemos algunas investigaciones. —
   Esto es tan triste —dijo Eva—, ¿cuándo nos convertimos en una familia donde no confían los unos en los otros?
   —No seas melodramática, hija.
   —No nos alteremos, a todo el mundo le gusta su independencia —dijo el padre con una sonrisa—. Hagamos un trato: sí o sí nos avisaremos cuando surja algo importante o peligroso. —Hizo una pausa para pasear la mirada por todos los que se sentaban a la mesa, era una de las pocas veces que se lo veía tan serio. —Vamos a tener que confiar en el criterio de los demás.
   A lo largo de la mesa, la mayoría asintió a regañadientes.
 
*Fin del capítulo I* 
 

sábado, septiembre 30, 2017

Brujas Anóminas - Libro III


Brujas_Anonimas-icono 
¿Y si un día descubrieras que existe otro mundo dentro de tu propia ciudad?
 
La vida de Micaela es un caos y se siente perdida. Aunque aceptó que el mundo mágico en el cual se vio sumergida, todavía está rodeada de preguntas. Y cada respuesta genera todavía más interrogantes. El principal problema es que no sabe en quién confiar. Si aquella mujer realmente la eligió al azar, ¿por qué tenía una foto suya? En un camino que todavía parece un laberinto, Micaela debe encontrar una salida. Aunque, ¿está dispuesta a hacer sacrificios? Ya perdió una amiga, ¿qué más puede perder?
 
 
La aventura continúa en octubre.
 
Comienza a leer el libro III el próximo sábado.
 
 
Recuerda a los personajes.
Brujas_Anonimas-logo
 
  
Ponte al día con los dos primeros libros:





sábado, agosto 26, 2017

Libro III - Muy pronto...


   ¡Buenas tardes!
  
   Muy pronto podrás leer el libro III de Brujas anónimas.

   ¿Ya leíste los dos primeros?
 
   Libro I

Brujas_Anonimas_LibroI-tapa
 
 
  
Brujas_Anonimas_LibroII-tapa

sábado, mayo 20, 2017

Libro II - La búsqueda disponible en librerías


   ¡Buenas tardes!
   Más novedades de las Brujas anónimas. Primero el blog cambió de maquillaje, después el Libro I salió con nueva tapa y ahora: ya está disponible el Libro II.
   Te presento al segundo libro de la serie, Brujas anónimas - Libro II - La búsqueda:

Brujas_Anonimas_LibroII-tapa
 
¡También está disponible la versión impresa!




sábado, abril 08, 2017

Las brujas tienen nueva tapa


   ¡Buenas tardes!
   Las novedades de Brujas anónimas siguen en marcha. No hace mucho el blog cambió de maquillaje, ¿qué te parece el nuevo aspecto?
   No es lo único que se puso más lindo, te presento la nueva cubierta para el Libro I de la serie:

Brujas_Anonimas_LibroI-tapa
 
¡También está disponible la versión impresa!